WEEK EIGHT: INTERVIEWING SKILLS Objectives: By the end of this section you will be able to:
Stage 6 The multi cultural organisation
De los dichos de los violadores condenados surge de m anera reiterada la o p a cidad del acto para la co nciencia de quien lo com etió. A sí, cuando com param os la violación con otros delitos, com probam os que carece de la dim ensión instru m ental propia de éstos. El robo es m otivado por el deseo de apropiarse de los bienes de la víctim a. El hom icidio, por su parte, puede originarse en un deseo de venganza, en el m iedo y para defenderse de una posible acusación o delación, o en un encargo a cam bio de una sum a de dinero. A lgunos testim onios aluden a la oportunidad b rindada por un latrocinio exitoso para apoderarse de algo m ás, y dejan v er la violación com o un robo o com o parte de un robo. En un prim er análisis, este tipo estaría, po r ende, m ás cerca de una instrum entalidad: la apropiación por la fu erza de un servicio sexual. En verdad, to d a violación es un robo de algo, con la salvedad de que ese algo, com o se advierte p o sterio r m ente, n o puede robarse: es un bien huidizo, perecedero en alto grado. Se trata,
i.oino dijim os, de la exacción de lo fem enino en el ciclo confirm atorio tic la inasculinidad. Y en las declaraciones reaparece la perplejidad por la irracionali dad del acto. Porque, en últim a instancia, con la v iolación no se gana nada, lis pura pérdida, incluso desde el punto de vista del violador.
P odríam os decir que es un acto ininteligible, percibido a posteriori com o irracional, carente de sentido. Se parecería, en principio, a lo que Jonathan I letcher, en su exégesis de la obra de N orbert Elias, llam a “ violencia expresiva” , que constituye un “ fin em ocionalm ente satisfactorio en sí m ism o” , en co n tras te con la “ violencia instrum ental”, com o “ m edio racionalm ente escogido para alcanzar un objetivo determ inado” (Fletcher, 1997, p. 52). Sin em bargo, las co sas no ocurren del todo así, porque de hecho la violación responde dialógica- m ente a la interpelación de personajes que pueblan el im aginario del p erp etra dor, figuras genéricas-que lo aprem ian y exigen restaurar un orden dañado. En últim a instancia, están en ju e g o la virilidad y el prestigio personal que la v io la ción confiere com o valor. Podría decirse, por lo tanto, que se trata de una violencia instrum ental o rientada hacia un valor, esto es, la reparación o adq u i sición de un prestigio.
Sin em bargo, me gustaría insistir en que su aparente falta de finalidad racional reaparece com o perplejidad en el discurso de los entrevistados. A los ojos de éstos, el deseo o la intención que im pulsa al acto de violación cruenta, callejera, carece casi por com pleto de ¡nstrum entalidad. Si este delito, cuando se com ete contra una persona conocida, puede pensarse com o un intento de satisfacer el deseo sexual referido a una p ersona en particular, en el caso de la violación anónim a p erpetrada en la calle la situación no parece darse de ese m odo. En el discurso de los violadores se reitera la idea de que se trata de cualquier cuerpo y - l o cual es m ás so rp re n d e n te - m uchas veces de un cuerpo considerado abom inable o, por lo m enos, no especialm ente deseable. Por eso, aunque la sexualidad proporcione el arm a o instrum ento para p erpetrar la ag re sión, el ataque no es propiam ente del orden de lo sexual. Para poder extender nos sobre este aspecto, fundam ental pero evan escen te, d eberíam os co n sa grarnos a la com pleja tarea de investigar las relaciones entre sexualidad y agre sividad y preguntarnos si es posible, de hecho, separar estos dos cam pos. En otras palabras, deberíam os exam inar en detalle 'as posibilidades de d e f in ir - o n o - la sexualidad com o cam po perfectam ente aisiable de la experiencia h u m a na. P or el m om ento, sólo es posible atenerse, com o hem os hecho en este an á lisis, a las percepciones de los m ism os actores.
Esta am bigüedad de registros, esta superposición de los ám bitos de la sexualidad y el poder, tiene com o consecuencia la apariencia opaca e irracional con que se p resenta la práctica de la violación cruenta a los ojos de sus propios perpetradores. A decir verdad, en el caso de la violación cruenta entre personas
conocidas tam bién term in a por p revalecer el aspecto irracional, pues la pregun ta reaparece con otra form a: ¿cóm o se puede agredir y hasta elim inar a quien un instante antes era o bjeto de deseo? Q uiero d estacar que esta cuestión de difícil solución no constituye un problem a inquietante exclusivam ente p ara n oso tros, sino que m u ch as veces lo es para el propio violador.
Con tod o , es necesario señ alar adem ás que ningún delito se ag o ta en su finalidad instrum ental. Todo delito es m ás grande que su objetivo: es una form a de habla, parte de un discurso que tuvo que proseguir por las vías del hecho; es una rúbrica, un perfil. Y por esa razón es poco habitual el delito que u tiliza la fuerza estrictam en te n ecesaria para alcanzar su m eta. Siem pre hay un gesto de m ás, una m arca de m ás, un rasgo que excede su finalidad racional. Por lo tanto, casi todos los delitos se aproxim an en alguna m edida a la violación, por su naturaleza excesiva y arbitraria. Sin em bargo, si en los actos violentos en gen e ral habla el sujeto, m e inclino a creer que, a través de ella, en la violación cruenta habla m ás alto una estructura que lo disuelve y lo destruye en esa palabra com o un ju g u e te pereced ero de su lógica inexorable. A continuación intentaré de m o stra r esta tesis.