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WEEK 12: MANAGING DISCIPLINE

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4) To teach people the rules

L a noción de género transita p o r la antro p o lo g ía revitalizando la tensión b ásica entre la relatividad y la universalidad de las experiencias hum anas inherente a la disciplina. C uando, en la d éc ad a de 1930, M argaret M ead publicó S exo y tem ­ p e ra m e n to en tres so c ied a d e s m ela n esia s (M ead, 1935), inauguró una de las

dos vertientes que, con sus propias características y a pesar de h aber sufrido transform aciones, se m antiene hasta el p resente. Se tra ta del conjunto de asu n ­ tos que h ab itualm ente llam am os “ construcción cultural del g énero” y que tiene su p unto de p artid a en la com probación inicial de que “ m ujer” y “ h o m b re” son entidades diferen tes, asociadas con contenidos variables a través de las so cie­ dades. Se introduce así el “ g én e ro ” com o una cuestión antropológica, etn o g rá­ ficam ente docum entable.

H asta el d ía de hoy se producen innum erables tesis en program as acadé­ m icos en antro p o lo g ía que tratan de esa variación entre lo que es un hom bre y lo que es una m u jer en las diversas trad icio n es hum anas y con ello contribu­ yen, a partir del cono cim ien to sobre casos particulares, a diseñar un m apa general de las m aneras con que los géneros tom an form a en los diversos gru ­ pos hum anos. Ese p rim er m om ento se caracterizó por la propuesta de relativizar el género, colocarlo dentro de una persp ectiv a co nstructivista, y las centenas de tesis escritas dentro de este gran capítulo tuvieron com o título y tem a “ la construcción del g én e ro ” en una sociedad particular. Con todo, ese cam ino viene perdiendo aliento últim am ente, consum ido lentam ente por la irrupción de tem as y perspectivas nuevos. Estos nuevos análisis tienden a ser cada vez m ás transdisciplinarios y a u ltrapasar la m irada típicam ente relativista y etnográfica de la antropología.

La contrap artid a de aqu ella p rim era contribución, de aquel p rim e r punto de vista, em inentem ente antropológico y relativista, fue, a partir de la década de 1970, el énfasis colocado po r un conjunto de autoras en la cuestión de la universalidad de la je ra rq u ía de género, seguida po r una ten tativ a de g enerar m odelos para d ar cuenta de la ten d en c ia universal de la subordinación de la m ujer en las rep resentaciones culturales. E sta com probación, naturalm ente, no negó las estrategias singulares de las m ujeres p ara participar del p oder o situ ar­ se en p osiciones de autoridad, pero afirm ó que, en las m ás diversas socieda­ des, la ideología de género, aun p resentando diferencias, tiende a representar el lugar de la m u jer com o un lugar subordinado.

A p a rtir de esa g en eració n de estu d io s hoy clásico s, se co m p ru e b a el p rim e r gran d ile m a o co n tra d icc ió n que los estudios de g én e ro en fren ta n en a ntropología. Por un lado, el rela tiv ism o de las co n stru ccio n es: m u je r y h o m ­

bre son ca te g o ría s aso ciad as con co n ten id o s d iferen tes en tra d ic io n e s d ife ­ rentes y h asta en épocas d iferen tes de la m ism a h isto ria o ccid en tal. P or o 1ro lado el descu b rim ien to , a través y a p esar de las d iferen c ia s cu ltu rale s, de una te n d e n c ia a la u n iv e rsa lid a d de la je ra rq u ía del gén ero , o sea, de la u n iv e rsa ­ lidad del gén ero com o una estru c tu ra de su b o rd in ac ió n , dio origen a una serie de trab a jo s hoy clásicos. G ayle R ubin, S herry O rtner, N an cy C hodorow , L ouise L am phere, M ichelle R osaldo, R ayna R eiter son autoras que instalaron esa cu estió n , y con ello in stitu y e ro n la an tro p o lo g ía del g énero com o un área de estu d io s esp ecífica. E llas h ab laro n de esa te n d e n c ia je rá rq u ic a u n iv e rsa l, e in ten taro n , cada una a p a rtir de un ab o rd a je pro p io , a u n q u e rela cio n a n d o sus p e rsp e ctiv as, ex p lic a r po r qué, a p esar de las d iferen c ia s cu ltu rale s, a p esar del p rin cip io rela tiv ista, se da esa te n d e n c ia g en eral a la su b o rd in ac ió n de la m ujer. Tres obras c o lec tiv a s fu n d am e n tales m arcan esa época y esa p ersp e ctiv a, e s tab lecien d o las bases de los estu d io s de g én e ro en la a n tro p o ­ logía: Woman, C ulture a n d So ciety, de 1974, T ow ard a n A n tr o p o lo g y o fW o - mert, de 1975, y, m ás tard e, S e x u a l M eanings. The C u ltu ra l C o n stru ctio n o f G en d er a n d S ex u a lity, de 1981.

M ichelle R osaldo (1974) sitúa la je ra rq u ía com o oriunda de la separación de los trabajos de la m ujer y del hom bre en las esferas d o m éstica y pública, respectivam ente, teniendo en cuenta que la esfera p ública tiene la ca racterísti­ ca de tener m ás prestigio, de se r m ás valorizada, en la gran m ayoría, si no en la totalidad, de las sociedades conocidas (si bien su prestigio se acentúa en las sociedades m odernas). En opinión de R osaldo, sociedades com o los Illongot de las F ilipinas, donde los hom bres circulan po r las esferas p ública y d o m ésti­ ca, alternándose con las m ujeres en sus tareas, perm iten una igualdad m ayor entre los géneros.

El m odelo de N ancy C hodorow (1974; 1978), que hace converger el p si­ coanálisis con la antropología, ex p lica la subordinación fem enina en las m ás diversas sociedades por el fenóm eno de la socialización en proxim idad con la m adre, por el cual la m ujer em erge com o un ser social sin llegar a quebrar com pletam ente esa identificación prim aria y, por esto m ism o, sin transform arse ja m ás en un ser autónom o. Si en el hom bre el proceso de identificación secun­ daria se da p o r m edio de la ruptura -m u c h a s veces ab rupta y bastante c r u e l- de la identificación p rim aria con la m adre, C hodorow afirm a que en el caso de la m ujer no hay un corte claro entre la id entificación p rim aria con la m adre y la identificación secundaria que da origen a la identidad de género, pues am bas tienen un m ism o referente; se trata, por lo tanto, de dos m om entos sin solución de continuidad. La m adre percibe la hija, a su vez, com o una continuación de sí. S obre ella pesa la autoim agen m aterna, que le im pide em erger com o un ser plenam ente separado. H ereda así, tam bién, la desvalorización que pesa sobre la

m adre y sobre el trab ajo m aterno, contam inado p or el m enor valor de las tareas de la esfera dom éstica.

O tro tex to fundam ental para la discip lin a desde esta persp ectiv a u niver­ salista es el artícu lo “ Is F em ale to M ale as N atu re is to C ultu re?” , de Sherry O rtner (1974), que ex am ina el género a partir del presupuesto estructuralista de la oposición entre cultura y naturaleza. La autora propone com o centro de su m odelo la oposición lévi-straussiana entre cultura y natu raleza y la asociación entre m ujer y naturaleza, p or un lado, y hom bre y cultura, por el otro. De esa ideología de oposicio n es d erivaría la ten d en c ia bastante gen eralizad a en las sociedades hum anas de rep resen tar a la m ujer asociada con la n atu raleza/o b je­ to y al hom bre com o parte de la cu ltura/acción transform adora, par de aso cia­ ciones que co n fig u raría u na jerarq u ía.

Ese trab ajo suscitó p osteriorm ente u n a gran po lém ica o rig in ad a en la crítica del supuesto de u n iv ersalid ad de la represen tació n de n atu ra lez a y cul­ tura com o una oposición. En otras palabras, no toda sociedad hu m an a cons­ tru iría su noción de cultura en oposición a una n aturaleza que debe ser d o m in a­ da, dom esticada. Se pu so en duda, po r lo tanto, la v alidez de la tesis de O rtner sobre la subordinación universal de la m ujer, sustentada a p artir de la asocia­ ción de ésta con u n a n atu raleza objeto del trab ajo tran sfo rm ad o r de la cultura, propio del hom bre. A p esar de sus posibles invalidaciones a partir de trabajos etnográficos en sociedades donde la oposición cu ltu ra/n atu raleza no parece te n er la centralid ad en las representaciones y en los m itos que el estru ctu ralis­ m o sugiere, vale la pena v o lv e r constantem ente a este texto h istórico porque contiene, si no afirm aciones y proposiciones perennes, por lo m enos una for­ m ulación constantem ente ab ierta al debate y a las nuevas reflexiones.

En la co lección de estudios org an izad a m ás tarde p or Sherry O rtner y H arry W hitehead (1981), las autoras sustentan una variación de las tesis m e n ­ cionadas hasta aquí y afirm an que la te n d en c ia universal es asociar la m asculi- nidad y sus tareas p ropias con el prestigio social, y no n ecesariam ente con el poder, económ ico o político. Así, de acuerdo con esta perspectiva el ho m b re se constituye, a lo largo de un tiem po de escala filogenética, com o el locus o significante del prestigio, capaz de con tam in ar con su estatus todas las tareas y ios cam pos de ac tuación que se encuentren a su cargo - a p esar del carácter cam biante de esas tareas a lo largo de la h istoria y a través de las so c ie d a d e s- P or lo tanto, en este m odelo se aprecia una inversión: no serían los trabajos bajo la responsabilidad del hom bre los que le conferirían su im portancia, sino que él con tam in aría con el p restigio inherente a la m asculinidad las tareas que realiza. M asculinidad y estatus serían, en este sofisticado m odelo, cualidades intercam biables, y sólo eso p odría explicar, por ejem plo, el prestigio y la im por­ tan cia atrib u id a a la caza en sociedades sim ples donde, contrariam ente a lo

establecido po r las representaciones dom inantes, es la reco lecció n de frutos y tubérculos -re a liz a d a p or las m u je re s - lo que pro p o rcio n a el sustento b ásico y diario de esos pueblos (Slocum , 1975).

En otro artículo ya clásico, R ayna R eiter (1975) procuró m o stra r cóm o y po r qué en sociedades tradicionales y p rem odernas la esfera do m éstica tiene m ás im portancia que la que se le adjudica en el m undo m oderno, donde la esfera pública concentró el control total de la sociedad. A partir de esta co m p ro b a­ ción, la autora afirm a que, contrariam en te a lo que ap arece en nu estra p erc e p ­ ción y a lo que nuestros estereotipos nos llevarían a pensar, la m u je r ten d ría m ás p oder y m ás p restigio social en las sociedades prem odernas. D ada la im ­ portan cia y la autonom ía de la esfera d o m é stic a en estas sociedades, y dad a la asociación de la m ujer con la esfera dom éstica, ella con taría con un espacio p ara el ejercicio del p oder y ten d ría g arantizado un ám bito de prestigio, que a partir del dom inio de ese espacio le perm ite com petir con la je ra rq u ía m asculina. D ebido al fuerte im pacto que las d ecisiones de la esfera d o m éstica tienen en esas sociedades ellas podrían ser consideradas sociedades m ás igualitarias.

Con el advenim iento de las sociedades regidas por un E stado m oderno y la em ergencia de la esfera pública com o u n a e sfera totalm en te separada, esp e­ cializada en la adm inistración de la sociedad, su tradicional control por los h om bres desem bocaría en la co ncentración del dom inio de todos los ám bitos de la vida social en m anos de éstos. A nálisis m ás recientes m uestran que la esfera p ública m oderna no sólo se constituye com o un territorio exclusivam en­ te m asculino y no neutro, sino tam bién com o un dom inio del hom bre blanco, con poses y “ m o ral” , o sea “ n orm al” desde el punto de vista de su sexualidad (Warner, 1990,1992).

Sin em bargo, considero que el texto teórico de m ayor vig en cia entre los publicados en ese período es el de G ayle Rubin (1975), ya que hizo converger la persp ectiv a an tro p o ló g ica estru ctu ralista con la p sico an alítica de form a sofis­ ticada, conjugando el constructivism o relativista y la universalidad de la es­ tructura. R ubin enuncia la conocida “ m atriz sex o -g én ero ” , com o una m atriz heterosexual del pensam iento universal. Con todo, a p esar de su universalidad, en prim er lugar ella separa la dim ensión biológica del “ sexo” orgánico, anatóm i­ co, de la dim ensión “ sim bólica” , en que los térm inos tom an su valor del lugar que ocupan en una estructura de relaciones en la cual, generalm ente, m as no siem pre, los significantes anatóm icos representan las posiciones, que sin em ­ bargo no pueden ser consideradas fijas o adheridas a ellos. En segundo lugar, tam b ién separa el plano biológico de la dim ensión cultural, agregada, del “ g é­ n ero ” , dada por los contenidos relativos a cad a tradición.

A quí es im portante com prender la separación, pero tam bién las asocia­ ciones, entre el sexo biológico, en cuanto lectura de la naturaleza, por un lado,

y la posición señ alad a a cad a uno de ellos en una estructura de sentido em in en ­ tem en te abstracta, que se en cu en tra por detrás de to d a organización social, por otro; y, aun, la construcción variable, cultural e histórica, del conjunto de co m ­ portam ien to s y p redisposiciones ideológicam ente asociados con la dualidad de géneros p o r las rep resen tacio n es dom inantes. A cada uno de los térm inos de la clasificació n d im ó rfíca del m undo biológico m acho-hem bra se agrega un conjunto de significados distribuidos en la m atriz b inaria m asculino-fem enino, que co n fig u ra la dualidad de los géneros en la cultura y en la historia. E sta dualidad sim u ltáneam ente encubre y traduce una estructura que, m ás que em ­ pírica, es cog n itiv a - d e n o m in a d a “ m atriz h etero sex u al” por autoras com o R u­ bin y, m ás recientem ente, po r Judith B utler (1 9 9 0 )-.

La m a triz heterosexual es, ante todo, la m atriz p rim igenia del poder, el p rim e r registro o inscripción de la relación poder/sujeción en la experiencia social y en la vid a del sujeto: cristal o im prin tin g inoculado a partir de la entrada en la vida social a través de una “ prim era escena” , fam iliar y patriarcal, que tam bién obedece a esta estructura, in dependientem ente del aspecto an ató ­ m ico que ten g an los perso n ajes que la representan en cada una de sus v ersio­ nes (Silverm an, op. cit.). El patriarcado es una gram ática; las com binaciones de elem entos léxicos que organiza son ilim itadas. C ualquiera que sea el conjunto de trazos que vengan a en carn ar cultural y socialm ente la im agen de lo fem eni­ n o - o fe m e n in o s - y de lo m a s c u lin o -o m a s c u lin o s -e n una cultura particular, la estructura b ásica que articu la el par de térm inos m asculino/fem enino, donde el prim ero se co m p o rta com o sujeto de habla y entra activam ente en el ám bito pú b lico de los tru eq u e s de signos y ob jeto s, y el segundo p articip a com o objeto/signo, perm anece en el nudo central de la ideología que organiza las relaciones de género com o relaciones de poder. En este m odelo lévi-straussia- no la mujer, com o significante habitual de la posición fem enina, tiene la particu­ laridad de com portarse am biguam ente, participando de la estructura com o un verdadero anfibio: parte sujeto, parte objeto; parte hablante, parte signo. Y ello es así aun cuando, en la práctica, las p osiciones fem enina y m ascu lin a experi­ m enten la inflexión de la convergencia de otras dim ensiones sociales, com o clase, raza o nacionalidad.

M ucho se ha insistido en h acer n otar que no se trata de una única iden­ tidad fem enina, sino de una m u ltiplicidad de entradas de la fem ineidad en el m undo y de tip o s d iv ersificad o s de inserción en las in teracciones sociales - “Lo que está surgiendo en la literatura fem inista es, por el contrario, el co n ­ cepto de una identidad m últiple, cam biante y a m enudo au to co n trad icto ria [...] form ada p or la convergencia de representaciones de género, raza y clase hete­ rogéneas y heteró n o m as” (D e L auretis, 1986, p. 9, mi tra d u c c ió n )-. Tam bién -a p lic a n d o el m odelo de inspiración d e le u z ia n a - se ha llam ado la atención

sobre las sexualidades nóm ades que m od ifican el paisaje de género en el m un­ do contem poráneo, con lo cual se intenta rom per, po r otro cam ino, con la iner­ cia inherente a la form ulación lacaniana de la estructuración sim bólica y pensar el género de una form a m ás p lu ralista y dinám ica. C on ‘‘no m ad ism o ” los au to ­ res que han intentado la crítica p o r esta vía sugieren que lo que se da es una m ultiplicidad de p rácticas sexuales para los m ism os sujetos y un desd o b la­ m iento de las identidades de género. Pero el p roblem a de este m odelo reside en que en general dichos com portam ientos se arm an en nuevas identidades, su s­ tituyendo el dim orfism o anatóm ico por un polim orfism o de m arcas corporales, g estuales y de v estu ario , es d ecir que los sig n ific an tes acaban en general fijándose en identidades -a u n q u e m ú ltip le s - de la m ism a m anera que en el m odelo que com baten. Un ejem plo y a clásico que no consigue superar este problem a es la obra de N éstor P erlongher (1987). El m ism o énfasis se h a coloca­ do en la existencia de identidades m asculinas en plural, donde la articulación de género, raza y clase resulta en una gran variedad de identidades y en una m ayor com plejidad de las relaciones de p oder que las previstas p or el esquem a básico del género (C onnel, 1995; C ornw all y L indisfarne, 1994). Pero todas estas críti­ cas, po r cierto pertinentes, se centran en la dim ensión em pírica, sociológica y observable de la constitución de identidades y de las relaciones entre las m is­ m as, y no en la m ecánica que organiza las relaciones de p oder entre ellas. E sta m ecánica es la transposición, siem pre renovada, de la escena original, m odela­ da po r la “ m atriz h eterosexual” , in dependientem ente de las anatom ías que la rep rese n ten , a no ser que ex ista u n a d esco n stru cció n esclarecida, activ a y delib erad a de su estructura -c o m o la que analizo en el últim o capítulo de esta o b ra - y, aun así, la ten tativ a de desconstrucción puede fallar.

El artículo de R ubin, que y a anticipaba los elem entos de este tipo de argum ento, vincula de m anera d efinitiva el tem a antropológico del parentesco con los trab ajo s que introducen el m odelo de Lacan en la discusión del género. La au to ra citad a apunta al preciso núcleo donde las teorías de L évi-Strauss y Lacan, antro p o lo g ía y psicoanálisis, se encuentran y se tornan im posibles de disociar: la función central de la prohibición del incesto que im pone un régim en