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WEEK 13: INDIVIDUAL PERFORMANCE MANAGEMENT SYSTEMS

C om o m encioné, en tensión con la segunda de esas líneas de pensam iento, cuyo foco se en cu en tra en la je ra rq u ía , existen tentativas etnográficas de d es­ m o n tar el supuesto de la subordinación universal por p arte de autoras que colocan en el lugar central la p regunta p or la existencia de sociedades realm en ­ te igualitarias com o una preg u n ta aún no respondida de fo rm a definitiva. Un artículo p ublicado po r la an tro p ó lo g a in g lesa Joana O vering, “ M an control w om en? ‘T he catch 2 2 ’ in analysis o f gender” (1986), representa en m i opinión

uno de los m om entos m ás fértiles de esa discusión, pues d eja al descubierto su dificultad y la necesidad de esclarecer m ejor los p arám etros que puedan perm i­ tir su dilucidación. La autora ap lica la cuestión de la je ra rq u ía a un grupo indí­ gena de V enezuela - lo s P ia ro a - para, a p artir de un m ito, intentar p robar que se trata de u n a sociedad igualitaria.

C on todo, m e parece que el artículo de O vering acaba ju stam e n te por m ostrar la casi im posibilidad de llegar a una conclusión sobre la base de m a te­ riales etnográficos, dejando al descubierto la dificultad de observar el género. Surgen entonces las siguientes preguntas: ¿el género es o bservable? ¿D ónde se observa? ¿C uáles son los criterios para avalar el ca rácter igualitario o je rá r ­ quico que él asum e en una sociedad d eterm inada? Esta cuestión no com porta una p regunta de respuesta sim ple. M ás aún, creo actualm ente que el género no es ex actam ente observable, pues se trata de una estru ctu ra de relaciones y, com o tal, tiene un carácter em inentem ente abstracto, que se reviste de signifi­ cantes perceptibles, pero que no se reduce ni se fija a éstos.

A ctu alm en te la gran cuestión de la d iscip lin a es la siguiente: si desencia- lizam os el género, retiran d o a la b io lo g ía de su lugar d eterm in an te - q u e es la contrib u ció n an tro p o ló g ica po r e x c e le n c ia - pero co n tin u am o s constatando la je ra rq u ía del género, sólo nos queda la alternativa de intentar identificar m o d e­

los ex p lica tiv o s que sustitu y an a la b io lo g ía en la determ in ació n de la u n iv e r­ salidad de esa je ra rq u ía. P or ese cam ino p odem os llegar a la conclusión de que esa je ra rq u ía depende de un orden o estru c tu ra ab stracta bastante estable. U na estru c tu ra que es m ás del ám bito de las institu cio n es que de los sujetos sociales que tran sitan por ellas, y que fo rm a p arte del m ap a c o gnitivo con que esos sujetos operan antes que de una identidad estable supuestam ente inhe­ rente a su co n stitución. L ejos de ser inherente y d eterm in a d a de antem ano, esa identidad se va im prim iendo en el sujeto com o parte del proceso por el cual em erge com o un ser social a p artir de las id en tificacio n es en que se involucra. En este proceso, la lectura que él realiza de sus propios signos anatóm icos lo co n d u c irá a su construcción de una identidad, pero esa lectura o in terp reta­ ción de esos sig n o s o inscripciones anatóm icas, pese a estar inform ada p o r la cultura, es siem pre en últim a instan cia in dividual y puede ser bastante alea to ­ ria y accidentada.

E ntonces, ¿dónde observarem os aquello que es, en últim a instancia, lo m asculino y lo fem enino, si ellos constituyen sólo un ancla ideal de sustenta­ ción a partir de la cual los sujetos sostienen sus identidades, y n unca son realid ad es sociales concretas y p lenam ente estables, nunca están totalm ente encarnados, nu n ca se reducen a una realidad física? Si es verdad que los perso­ najes de la “escen a o rig in a ria” (S ilverm an, op. cit.), usualm ente una escena fam iliar, constituyen la referencia inicial para la aprehensión de lo que son las

posiciones relativas y los rasgos de los géneros, ellos no son m ás que repre­ sentaciones ejem plares, significantes finalm ente transitorios en una cadena de sustituciones a las que el sujeto será expuesto a lo largo de su vida. C onsidero, en oposición a la propia autora, que el te x to de Joana O vering da las pautas para entender esta cuestión a partir de un m ito que resum iré en seguida. A partir de este m ito y de su contexto, el artículo citado propone una conclusión, m ien­ tras yo llego a la conclusión opuesta. C onsidero que, aun cuando p erm ita esta discordancia, el artícu lo es del m ayor interés para m ostrar lo que estoy d escri­ biendo com o la dificultad de o b serv ar el género.

El m ito P iaroa relatado por la autora h abla de un dios llam ado W ahari, de sus varias m ujeres y de su h erm ano llam ado B u o k ’a, que tiene acceso sexual ilim itado a las m ujeres del grupo a las que satisface por m edio de un pene muy largo que carga enrollado en su cuello. Se trata de un estado paradisíaco de satisfacción irrestricta, interrum pida finalm ente cuando W ahari decide poner lím ite a la relación entre su herm ano y sus m ujeres. Vestido de mujer, sorprende a su herm ano y le corta el pene, dejándolo de dim ensiones norm ales. A partir de ese acto de castración B u o k ’a sangra y dice que m enstrua. Las m ujeres lo visitan una últim a vez y de esa m anera adquieren, por contagio, su m enstrua­ ción, con todas las restriccciones y la reclusión obligatoria asociadas con ella. A partir de ese m om ento, se instituyen en la sociedad Piaroa los lím ites de la actuación de h om bres y m ujeres. El hom bre pasa a tener lim itado el ejercicio de su sexualidad y la m ujer se som ete, desde entonces, a las im posiciones d eriv a­ das de su período m enstrual.

En su interpretación, Joana O vering identifica varios principios de igual­ dad vigentes en el contexto de las sociedad Piaroa: el hom bre y la m ujer sufren prohibiciones sim étricas y eq uivalentes, originadas en un m ism o acto. A m bos, descriptos com o seres que aspiran al p lacer sexual de la m ism a form a y en la m ism a m edida, acaban castrados, som etidos a reglas, tam bién en la m ism a m e­ dida. Para la autora, el m ito describe una sociedad relativam ente igualitaria porque los derechos y deberes de los hom bres y de las m ujeres del grupo tam bién se le presentan al etnógrafo com o bastante equilibrados en la práctica.

O curre que, en ese análisis, en su conjunto m uy inform ado por el co n o ci­ m iento profundo que la autora tiene de la vida social y de la cultura del grupo, queda afuera un elem ento de la n arrativa que m e parece esencial. M e refiero a ese ser trascen d en te que viene a separar los derechos y las obligaciones de los m iem bros del grupo, que asigna sus roles, d istribuye identidades y coloca límites. El portador de la norma. El gran legislador. Ese agente regulador, norma- lizador y d isc ip lin ad o ^ pese a ser trascendente, no es una entidad neutra sino un ser m asculino, encarnado en el dios W ahari com o em blem ático del papel m asculino en la sociedad. Es p articularm ente interesante y rev elad o r aquí el

hecho de que el resto, hasta el propio ejercicio de la sexualidad, se présenla com o secundario en la narrativa: en determ inado m om ento W ahari se dis Cruza de m ujer para aproxim arse a su herm ano y p oder castrarlo, pero esa fluctuación de los significantes no p erjudica su posición m ascu lin a en la estructura de relaciones. Tam bién es su herm ano, y no él, quien exhibe la sexualidad m ás activa. Pero ninguno de estos aspectos aparentes que asum e im portan, pues el papel de instituir la ley, d istrib u ir identidades y d efin ir responsabilidades en la vida social no es cedido a nadie y perm anece fu ertem ente asociado con la virilidad ideológica y trascendente del dios. La autoridad, po r lo tanto, no es neutra, no está encarnada en una figura andrógina, sino rad icad a en una d iv in i­ dad que exhibe los atributos de la m asculinidad. De este m odo, esa figura, esa posición en el discurso, aunque no actuante ni observable en el contexto so­ cial, constituye, de hecho, la llave de la com prensión de lo que es la m ascu lin i­ dad. El portador de la ley, el ju e z, com o fuente del sentido y de las reglas para la o rganización de la vida social - ta n to en ésta com o en otras so c ie d a d e s- tiene rostro m asculino. Se trata, una vez m ás, de la ley fálica de la interdicción, de la separación, del lím ite y del orden.

En el ejem plo p aradigm ático de este m ito y de su relación con una so c ie­ dad que la etnógrafa describe com o igualitaria es posible com probar lo que en este ensayo he llam ado la “ no o b servabilidad del g énero” . A los ojos del an tro ­ pólogo en el trabajo de cam po, las interacciones sociales y la distribución de derechos y deberes se presentan com o equivalentes, pero el soporte id eológi­ co que sustenta la jerarquía de p restigio de las tareas y la estructura que se trasu n ta en la n arrativa m ítica son claram ente patriarcales. En este sentido, podem os afirm ar que el patriarcado es sim bólico y sus huellas sólo pueden ser identificadas m ediante una “ escu c h a” adecuada y advertida. Lo que hace pen­ sar que si querem os errad icar la orientación patriarcal de nuestra afectividad y de acuerdo con lo que sugerí anteriorm ente al señalar el carácter superficial e inocuo de una transform ación que se restrinja exclusivam ente a la “dim ensión funcional del género” , no se trata sim plem ente de m odificar los com portam ien­ tos y los roles en la división sexual del trabajo, sino de m inar, desgastar y desestabilizar sus cim ientos y la ideología que de ellos em ana.

El paralelo con el proceso de la em ergencia del sujeto en el m odelo laca- niano es claro. A partir de una situación de indiferenciación original, en que la criatura hum ana se percibe en contigüidad indisoluble con el cuerpo de la m adre - q u e rep resen ta la fu n c ió n o p o sic ió n m a tern a, la función de lo fem eni­ no, cualquiera sea la persona que venga a cu m plir esta posición y cualquiera sea su s e x o - y en que los ojos de la m adre otorgan al niño la certeza de su existencia, la función fálica del padre - o fu n c ió n o p o sic ió n p a te rn a, de lo m asculino, cualquiera sea la persona o el sexo de quien venga a ocupar este

lu g a r- es ju sta m e n te la de hacerse presente capturando una parte del deseo

m aterno y sustrayéndolo, por lo tanto, de la criatura. L a función fálica, por lo tanto, intercepta e interd icta la fusión original entre el sujeto, que así se ve exigido de em erger a la vida social, y el personaje que, en esta escena, represen­ ta la función m aterna. N o im porta, com o y a dije, quién sea, de hecho, o cuál sea la an ato m ía del que ven g a a o cupar estas posiciones en la escena inicial. La escena siem pre incluirá estos papeles. Lo m aterno, lo fem enino, m arcado p or la p articipación en la satisfacción irrestricta, y la fusión a ser desarm ada, abolida; lo paterno, o fálico, po r la apropiación del falo al captar para sí u n a p arcela del d eseo m aterno, com o un p oderoso interceptador de ese deseo y, de esta form a, instau rad o r de la ley o lím ite y de la sep aració n de la cual dep en d erá la p o sib i­ lidad de convivir dentro de u n a norm a social. Lacan llam a a ésta ley de “ castra­ ción” o interdicción de la fusión originaria, y ella representa la transposición en el cam po p sicoanalítico de la prohibición del incesto en el cam po antropológico del parentesco, que tam b ién determ ina la instalación de la vid a social en un tiem po de escala filogenética.

En síntesis, a partir de la fig u ra m atern a lo fem enino es aquello que se sustrae, la falta, el otro, lo que se sum erge en el inconsciente, form ándolo. Por su parte, lo m asculino, la figura paterna, fálica y poderosa porque capturó una parte del deseo de la m adre, perm ite la satisfacción pero tam bién sabe cortarla, interdictarla, en nom bre de la ley que instaura: es el legislador, el discernidor, y tam bién el teórico, el filosofo y el ideólogo, po r ser capaz de oto rg ar los nom ­ bres, lugares y papeles, creando el m undo con sus objetos y personas im bui­ dos de valor y de sentido.

El niño, el sujeto que em erge para la vid a en sociedad, que viene a insta­ larse en el terreno de lo sim bólico, que se to rn a hum ano, debe ap ren d er a p rescindir de la fusión originaria, a curvarse a la ley del padre que lo separa, a introyectar los lím ites, a acatar la castración (Lacan, 1977). “ El sujeto - d ic e Judith B u tle r- se constituye p or m edio de operaciones de ex clu sió n ” (B utler, 1992, p. 14), em ergiendo de un m ar de negaciones. En su proceso constante y reiterado de em ergencia y de instalación en cada escena social, y cualquiera sea su anatom ía, el sujeto se encuentra, por lo tanto, siem pre del lado de la acción, de la ley, del ejercicio del poder. Al constituirse por la ley del padre, él es siem pre fálico, siem pre m asculino. F em enino será el exceso en él, el otro de él que, sin em bargo, perm anece en él y que él debe neg ar y ex purgar de po r vida p ara diferenciarse. A quello que él viene a silen ciar de sí. Pero fem enino es, tam bién, su origen, el universo com pleto, enteram ente placentero y sa tisfac to ­ rio del cual él proviene.

In m ed iatam en te d esp u és de su ap arició n , en un p roceso de segundo g rado - ta m b ié n llam ado “ identificación secu n d aria” por E llie R agland-S ulli-

vand (op. c it.) - él ten d erá a u sar su an ato m ía (aunque no necesariam enle) com o referen cia para identificarse y revestirse de la apariencia del principio fem enino, que lo contenía, o del p rincipio m asculino, que lo separó, tran sfo r­ m ándose, así, en una m u jer o en un hom bre, es decir, en alguien que expone su castración, haciendo de ella un sig n o - l a pu esta en escena de lo que le fa lta -, o en alguien que oculta su castración, fan tasián d o se com o com pleto y ex h i­ biéndose p otente (S ilverm an, op. cit.).

El carácter construido, artificioso, inherente a la fem ineidad, que y a fuera apuntado po r S im one de B eauvoir en aquel fam oso enunciado de la m u je r que “ se h ace” (1949), resulta de su teatralidad, de su escenificación com o m ascara­ da, para u tiliza r el térm ino de Joan R iviére (1929). Según Judith Butler, “ en el caso que ella (Joan R iviére) exam ina, que algunos consideran autobiográfico, la rivalidad con el padre no reside en el deseo por la m adre, com o uno esperaría, sino en el deseo por el lugar del padre en el discurso público, com o hablante, profesor, escritor, esto es, com o un u tilizador de sig n o s m ás que com o un objeto-signo, un ítem de in tercam bio” (aludiendo a la p osición de no hablante, de “ otro” del sujeto o del “ falo” que ella es pero el hom bre tie n e, atrib u id a a la m ujer en el estructuralism o lacaniano-lévi-straussiano -B u tle r, 1990, p. 5 1 -). Es en este sentido que, aun cuando exhibe activam ente los signos asociados con la fem ineidad, la m ujer lo h ace com o m ascarada, es decir, com o sujeto activo, enunciador de signos, y, p or lo tanto, m ascarad a de sujeto y dentro del registro de la m asculinidad. Son clarificadoras las palabras de L acan al contraponer la m ascarad a inherente a la actuación fem en in a en la escena social - s u perfor­ m ance com o sujeto d ra m á tic o - a la posición de la m ujer en la econom ía del deseo: “ P or p arad ó jica que esta form ulación pueda parecer, estoy diciendo que para ser el falo, es decir, el significante del deseo del Otro, la m ujer va a rechazar u n a parte esencial de su fem ineidad, esto es, todos sus atributos en la m asca­ rada” (Lacan, 1977, pp. 289-290).

En c o n tra p artid a , la co n stru c ció n de lo m a scu lin o com o obliteración de la m a d re -c o n d ic ió n n ec esaria p a ra la ocu ltació n de la castración y la dram a- tiz ac ió n n a rc isista de un n a d a - fa lta - im p lica la c o n q u ista de ese estatu s a trav é s de p ru eb a s de co raje y co m p letu d que le im ponen al asp iran te (a h o m ­ bre) el d esafío de co n fro n tarse con la posibilidad de la m uerte. Esto en cu en tra ecos en las m ás d iv e rsa s fu en tes, d esde L a d ia lé c tic a d e l am o y e l esclavo

en H eg el, a los nativos de N u ev a G u in ea (H erd t, 1982, 1987; H erdt y Stollcr. 1990). E sta p ro life ra c ió n de la esce n a inicial, tra n sp u e sta y am pliada a d infi- n itu m en la ex p e rie n c ia ac u m u la tiv a d el sujeto a tra v é s de los cánones que la c u ltu ra p resc rib e, es nad a m ás y n ad a m enos que la co n stan te p rofundización de su p ro ce so de id e n tifica ció n secu n d aria, la rea firm a ció n , a lo largo de la vida, de có m o debe calcarse y fijarse siem p re de fo rm a renovada en una de las

p o sic io n e s de la e stru c tu ra relacio n al de los g én ero s (ex tien d o este a rg u m e n ­ to en el ca p ítu lo 3).

P or lo ta n to , c o n tra ria n d o el an á lisis de Joana O verin g , co n sid ero que se ría p o sib le tra e r el p sic o a n á lisis lacan ian o (no ex a ctam e n te com o se aplica en la clín ica, sino com o es rec icla d o en los estudios sobre su b a lte rn id a d ) para co m p re n d e r los elem e n to s de esa esc e n a fu n d ad o ra, n a rra tiva -m a estra d o n ­ de la fig u ra in stau rad o ra de la ley es sim u ltá n eam en te ab stra cta y m asculina. L leg am o s, así, a la fo rm u lació n de la p reg u n ta que m e parece central so b re lo que es el g énero: ¿u n a d u alid ad e m p írica , o b se rv a b le, de papeles, a trib u c io ­ nes, d ere ch o s y d eb e res, o una e s tru c tu ra de rela cio n e s cuyos té rm in o s se revisten del ro p aje de los acto res de cada escen a so cial, pero don d e, en el fondo, la relació n en tre ac to res y p ap eles d ram ático s es siem p re flu id a y h asta cierto p unto alea to ria ? ¿E s el g én e ro un co n ju n to de c o m p o rtam ie n to s d o cu m en ta b le s que co n siste en lo que los h om bres y las m ujeres hacen en u n a d eterm in a d a so c ied a d ? ¿O lo o b se rv a b le es nada m ás y nada m enos que una tran sp o sició n , p ara un cu ad ro de v e ro sim ilitu d es, de una e sc e n a -m a e s­