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2.7 Meshing Approach

3.1.2 Multiblock structured grid

El interés por el pasado reciente ocupa un lugar relevante en los estudios historiográficos actuales de muchos países. Dentro de ellos, la memoria se erige como uno de los fenómenos principales, a la vista de las narrativas construidas por organizaciones civiles y del Estado. De igual manera, su representación en el cine, el teatro, las artes visuales o la literatura, su reproducción en el discurso periodístico, la celebración de debates y la publicación de testimonios justifican la existencia de un “boom” en torno a la memoria. Estas tendencias han llevado a algunos autores a hablar de la existencia de una cultura de la memoria, como Andreas Huyseen, que diferencia la época actual de otras décadas del siglo XX (2002: 19-20). Para ello, despliega una serie de argumentos que justifican su amplio alcance y poder, como el desarrollo de museos, la moda retro, el marketing de la nostalgia o el auge de la biografía y de la novela histórica, así como el rol desempeñado por la bibliografía psicoanalítica publicada a propósito del trauma y en las polémicas públicas sobre aniversarios, conmemoraciones y monumentos. En paralelo, reflexiona sobre las causas y motivaciones del relato presente en torno a la memoria, que achaca a la percepción social del final de una era dorada, lo que ha producido un giro hacia el pasado en contraste con la tendencia a privilegiar el futuro propia de las primeras décadas de la Modernidad del siglo XX. Una “pérdida de un pasado mejor” que se manifiesta “en el recuerdo de haber vivido en un lugar circunscrito y seguro, con la sensación de contar con vínculos estables en una cultura arraigada en un lugar en el que el tiempo fluía de una manera regular y con un núcleo de relaciones permanentes” (2002: 33-34).

Desde el lado historiográfico, esta inclinación por el conocimiento del pasado reciente emergió con fuerza a finales de la década de los años 60, como consecuencia del fin del colonialismo y del auge de distintos movimientos sociales, en los cuales los historiadores encontraron visiones del pasado revisionistas y alternativas. Sin embargo, la multiplicación de los trabajos en torno a la memoria no se produjo de manera intensiva hasta entrada la década de los años 80, ya que estos respondían a la configuración en este periodo de un intenso debate en torno al Holocausto. Tales

discursos se mantuvieron vivos durante la década de los años 90. Una producción discursiva que, a pesar de haberse generado en un contexto de globalización, respondía a casos asociados a historias nacionales y Estados concretos.

El ámbito político de aplicación de la memoria también reproduce esquemas locales, no multinacionales ni globales (Huyseen, 2002: 21). En el caso de América Latina, los estudios sobre el pasado reciente derivaron de las últimas dictaduras cívico- militares en los países del Cono Sur, que llevaron a configurar este ámbito como un campo de estudio propio con problemáticas específicas24, aunque en algunos de estos países, como Argentina, esta preocupación surgió desde los inicios de la disciplina historiográfica. No obstante, no fue hasta una década después de la restauración democrática en 1983 cuando se incrementó el interés memorístico y académico, coincidiendo con hitos relevantes como los indultos a los represores durante el primer Gobierno de Carlos Menem, la confesión de algunos de estos, como Adolfo Scilingo, de haber participado en los vuelos de la muerte25, y el surgimiento de movimientos sociales importantes, con prácticas discursivas propias y renovadoras, como la asociación H.I.J.O.S26. Entre los motivos que los historiadores apelan para justificar este auge destaca la crisis fabricada por la ruptura de los horizontes de expectativas generadas en torno a la democracia en el periodo post-autoritarismo (Franco y Levín: 2007: 55-56).

Los cambios experimentados por la historiografía se han caracterizado por poner el foco en los sujetos protagonistas del pasado reciente en tanto actores sociales, lo que ha facilitado la puesta en marcha de dispositivos de atención a sus prácticas y representaciones del mundo. Este cambio estuvo motivado por la crisis que atravesaba la historiografía tradicional a raíz del surgimiento de autores, sobre todo anglosajones, que defendían otras formas de entender y representar el pasado. Esta nueva corriente,

24 Las primeras investigaciones en América Latina que tomaron la memoria como objeto de estudio se

plantearon dos objetivos: ayudar a gestionar y elaborar las experiencias traumáticas relacionadas con la represión estatal y contribuir a la profundización de los procesos democráticos iniciados poco tiempo antes “proponiendo saberes específicos que permitieran conocer aquel pasado autoritario, entender sus consecuencias en el presente, saldar las heridas todavía abiertas en la sociedad, etc” (Feld, 2016: 6).

25 Su aparición en un programa de televisión marcó un cambio de contenido en los relatos transmitidos a

través de este medio y en la representación de la memoria del pasado traumático argentino, pues hasta ese momento las representaciones que se habían llevado a cabo tenían como eje vertebrador a las víctimas y no visibilizaban a los victimarios (Feld, 2002: 79-84).

26 La agrupación Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S)

nació en 1995 y está integrada por hijos de detenidos-desaparecidos, ex presos políticos, exiliados durante la última dictadura cívico-militar y personas que comparten los puntos básicos del movimiento, no necesariamente vinculadas directamente con el Gobierno de facto. Uno de sus principales objetivos es la condena social a los responsables de la represión durante la dictadura. Para ello, se basan en el escrache como principal acción de protesta. Estas actividades, en las que se denuncia la impunidad, se integran a través de murgas, actos teatrales, performances y artistas callejeros (Bravo, 2012).

aglutinada bajo un ramillete de denominaciones (como teoría postmoderna de la historia, deconstructiva o giro lingüístico) se ha distinguido por criticar las fallas de su antecesora, la historiografía moderna (en tanto empirista, positivista o reconstructiva), a la que han cuestionado sus certezas y certidumbres en torno al pasado ya que, defienden, no es posible reconstruir la totalidad de los hechos pretéritos, pues estos son ilimitados (Muslow, 1997; Muslow y Jenkins, 2004). A su vez, estas voces descartan que haya una única historia. Por el contrario, apuestan por la exisencia de “incontables historias posibles” (Jenkins, 2009: 82), de las que han surgido diferentes géneros históricos y que pueden ser representadas a través de formas innovadoras y experimentales (Muslow y Rosenstone, 2004).

Estas prácticas de la nueva historiografía son las que, a juicio de Marisa González de Oleaga, han marcado el debate dentro de la disciplina. Para esta autora, la crisis del modernismo no tiene que ver con el saber histórico, sino con la forma de construirlo e interpretarlo (1996: 478). Así, entiende que los trabajos posmodernos (a través de la inclusión en ellos de novedosas estrategias narrativas, como la primera persona, el modo reflexivo, la combinación de temporalidades o la apelación al lector) destacan por su variable performativa, por lo que hacen al decir. Unos enunciados que, entre otros efectos, han restado capacidad crítica a la historiografía académica y han promovido “cierta desestabilización en la identidad de la disciplina” (González de Oleaga, 2008: 175). En este sentido, Miguel Ángel Cabrera confirma que la crisis de la modernidad ha promovido la necesidad de que los historiadores ejerzan una nueva función. La misma consiste en ejercer de supervisores críticos “de cualquier intento de neutralizar y esencializar el conocimiento sobre la realidad humana” (2008: 55). Este rol, desde su punto de vista, lleva al historiador a adoptar una actitud y una estrategia diferentes en la intervención práctica sobre el pasado, evitando los exclusivismos epistemológicos.

Esta nueva actitud ha promovido la legitimación de los sujetos en tanto actores sociales, lo que ha dado lugar a la construcción de un campo específico de la historia reciente que, con la etiqueta “giro subjetivo”, se distingue por poner en valor el testimonio y a los testigos, configurándolos como fuentes vitales de la historia reciente (Sarlo, 2005: 22). En esta línea, la noción de memoria como fuente de la historia es el elemento que mayores controversias ha planteado a la relación entre ambas disciplinas, a pesar de que en paralelo a este rol, la memoria ha desempeñado otras funciones, como ser capaz de reparar deficiencias de determinadas realidades históricas o configurarse

como objeto de la historia. En este sentido, ya Halbwachs oponía ambos fenómenos, al asociar la historia con la recopilación singular de hechos que solo es capaz de comenzar cuando termina la tradición y concebir la memoria como una corriente de pensamiento continuo, natural, vivo pero, sobre todo, plural (2004: 81-82). Esta antítesis se reproduce en la obra de Nora, para el que la disciplina histórica es sinónimo de análisis y discurso crítico y, la memoria, producto de los detalles que la reconfortan, como “recuerdos vagos, globales y flotantes, particulares o simbólicos” susceptibles de transferencias y censuras (1977: 25). Este carácter selectivo, limitado y condicionado también es criticado por otros autores, para los que la memoria, que es parcial y frágil, manipulada y discontinua, surge como consecuencia de la “erosión del tiempo, acumulación de experiencias y de la imposibilidad real de retener la totalidad de hechos del pasado” y, sobre todo, está subordinada a la acción del presente sobre el pasado (Bustillo, 1998: 206). Sin embargo, no todas las posturas arrinconan a la memoria. Así, Todorov argumenta a favor de esta, de la que defiende que es portadora de una verdad semántica de los acontecimientos que no está presente en la verdad de los hechos de los que se encarga de restaurar la historia (2008: 25). Por su parte, Paul Ricoeur (2004) sostiene que la memoria también resulta más útil que la historia a la hora de poder transmitirse, pues si bien la segunda solo utiliza la escritura como soporte, la memoria se ejerce a través de múltiples dispositivos y formatos.

Estas ideas ponen de manifiesto la existencia de dos posturas en torno a la relación entre la historia y la memoria. La primera, de corte positivista, se inclina hacia la historia y lo fáctico, ya que estas voces se identifican con la existencia de pruebas materiales en torno a lo que ocurrió en una realidad pasada determinada, excluyendo así las subjetividades de los actores que formaron parte de ella. En el lado opuesto se sitúan las visiones de tipo constructivista, que privilegian la subjetividad de los actores, igualan la memoria a la historia y dan por hecho la existencia de una historia mitificada y ficcionalizada. No obstante, en el centro se sitúa una tercera vía, (Ricoeur, 2004; LaCapra, 2009; Aróstegui, 2004; Izquierdo Martín y Sánchez León, 2008; entre otros), que concibe a la historia y a la memoria como modalidades de representación del pasado que se rigen por regímenes diferentes pero que se interpelan mutua y complementariamente. Estos autores consideran que la historia actúa en base a unos parámetros de veracidad, mientras que la memoria se sostiene a través de la verosimilitud y fidelidad. De este modo, concluyen que no existe una sola manera de

plantear la relación entre historia y memoria, pues esta se sitúa como una importante fuente de la primera, a pesar de sus límites y contradicciones.

La focalización en la memoria plantea otro debate, caracterizado por los intentos de los historiadores interesados por el pasado reciente para legitimar la historia oral dentro de los parámetros por los que se rige la historiografía. El testimonio se halla en el epicentro de la controversia. El principal cambio que experimentó este elemento se produjo en el año 196127, coincidiendo con el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén y la aparición de testimonios de supervivientes del Holocausto. Estas declaraciones ejercieron de prueba jurídica y se erigieron como la parte principal de la estrategia de los responsables de la acusación. Tal utilización del testimonio proliferó durante las décadas siguientes, hasta el punto de desarrollarse lo que Annette Wieviorka (1998) denomina una “era del testigo”, que no respondía a la necesidad de narrar una experiencia, sino al imperativo del deber de memoria que se instaló en la sociedad. Una posición que, por un lado, ha privilegiado a los testimonios con el paso del tiempo, constituyéndose como figuras portadoras de la verdad del pasado por el mero hecho de haber sido testigo de determinados acontecimientos. Por otro, la tendencia ha sido la de asociar testimonio con víctima y relegar a otros actores sociales (Traversso, 2007: 70).

La relevancia de los testimonios, y su justificación como fuente histórica, no se hallan únicamente en su vinculación con los acontecimientos pretéritos, en su capacidad de reconstruir el pasado y de brindar información que no está presente en otros documentos. De hecho, como sostiene Giorgio Agamben, el testimonio tiene más autoridad que el hecho testimoniado, aunque solo a condición del reconocimiento de que “únicamente tiene verdad y razón de ser si suple al del que no puede dar testimonio” (2000: 157). En paralelo, otra de sus funciones capitales de los testimonios es que facilitan el acceso a la experiencia de los actores que formaron parte de un determinado proceso histórico, dimensión que se descubre a partir de su perspectiva y subjetividad y que convierte a la memoria en una fuente fundamental para la historia. Sin embargo, Dominick LaCapra (2009) considera que esta no ha de ser entendida por el historiador como representación empírica del pasado, sino como la forma en que ha sido recibido y asimilado. De igual modo, este autor subraya que los testimonios son

27 Esta fecha se configura como punto de partida del auge de la producción de testimonios. Pero antes

también se registraron trabajos importantes de memoria. En 1947, Primo Levi publicó Si esto es un

hombre (El Aleph, Barcelona), de la que solo se editaron 2.000 ejemplares. La repercusión sobre su

experiencia en Auschwitz tuvo de esperar hasta 1963, cuando publicó La tregua (El Aleph, Barcelona), sobre su regreso a su país de origen tras el cautiverio, que le dio popularidad y posibilitó la segunda edición de su primer libro.

valiosos en tanto que permiten negociar en el terreno de la ética y de la política los contenidos que deberían ser ejercitados por la historia.

En paralelo, y como se ha visto, las fuentes orales también presentan inconvenientes, como los derivados de los traumas que pueden afectarles. En esta línea, Cathy Caruth (1996) expone que no siempre es posible dar testimonio del trauma, ya que su asimilación no se produce en paralelo al momento en que tiene lugar dicha experiencia, sino después. De ahí que esta autora sostenga que los portadores de un trauma deban trabajar para incorporarlo a través de un lenguaje que les permita contemplar un evento que no fue aprendido mientras ocurría. Estos, junto con los testimonios no procedentes de un trauma, han de ser sometidos a análisis y crítica en lo relativo a su veracidad y credibilidad. Para ello, requieren ser contrastados con otro tipo de documentos y/o entre sí. También se debe tener en cuenta su representatividad, por lo que se recomienda analizar su punto de saturación y que, una vez alcanzado un número notable de declaraciones repetidas, se determine esta (Carnovale, 2007: 169-171).

Esta necesidad de someter a un análisis crítico a los testimonios ha sido subrayada explícitamente por la historiografía, que hace especial hincapié, aunque obteniendo diferentes resultados, en el rol que ha de desempeñar el historiador en el tratamiento de las fuentes orales. En este sentido, LaCapra advierte de que, al recibir los relatos de otros, los historiadores se convierten en testigos secundarios que han de mantener una posición adecuada en relación a los testimonios que escuchan, transferencia que les implica involucrarse con el testigo y que “está acompañada de una inclinación a pasar al acto, a tener una respuesta afectiva hacia ellos” (2011: 25). Por el contrario, otras voces creen que esta relación entre historiador y testigo no implica que haya que rendirse a los testimonios y entregarse completamente a ellos, sin cuestionarlos, ya que las fuentes orales se distinguen por su falta de naturalidad. De hecho, desde esta postura se llama a repensar la incidencia de la empatía en el proceso de obtención y tratamiento de las fuentes orales, y se aboga por la necesidad de tamizar las declaraciones, verificar fácticamente las fuentes mediante criterios objetivos, empíricos y documentales, e indicar sus contradicciones (Franco y Levín, 2007).

En paralelo a estas apreciaciones, el exceso de legitimación de los testimonios y a la posición privilegiada de la enunciación de los testigos también ha llevado a distintos autores a insistir en la necesidad de someter a crítica dichas experiencias sobre el pasado reciente. Una de las voces más disonantes, en este sentido, es la de la experta en estudios culturales Beatriz Sarlo, que profundiza en la configuración de los

testimonios como iconos de la verdad y en la función de estos como recurso más importante para la reconstrucción del pasado (2005: 23). En concreto, analiza la representación de los testimonios a través de la narración y del lenguaje, discurso de la memoria que cuestiona por tratarse de relatos basados en detalles y en la acumulación de precisiones. Así, critica que estos elementos ayudan a crear “la ilusión de que lo concreto de la experiencia pasada quedó capturado en el discurso” (2005: 67), por lo que alerta de que si estos relatos no son sometidos a crítica su exceso de realismo resulta verosimilizante, pero no necesariamente verdadero28. En paralelo, despliega su propuesta para trabajar sobre el pasado reciente. Esta pasa, por un lado, por el análisis de la experiencia desde la argumentación, postura que se caracteriza por la reconstrucción del pasado a través de textos expositivos que implican un alejamiento de los hechos por parte del testigo, que ponen el foco en el análisis y no en la subjetividad del que enuncia, lo que privilegia el conocimiento que se desprende de tales trabajos por encima de los testimonios que en ellos están presentes29. Asimismo, propone el acercamiento al pasado reciente a través de trabajos que se sitúan alejados de los cánones de la experiencia y de los testimonios y que se encuentran en las narraciones ficción e imaginativas que recoge la literatura30.

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