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Chapter 3. Virtualization

3.5 PowerVM

3.5.3 Multiple Shared-Processor Pools

Cuando Tracy Bowden, que trajinaba a veintidós metros de profundidad bajo la superficie del mar, se vio envuelto por aquella lluvia de burbujitas plateadas que no ascendían a la superficie como las de aire, sino que caían pesadamente sobre él, y resbalaban sobre su traje de goma, y formaban como un charco plateado sobre las rocas, estuvo a punto de gritar un ¡hurra! de entusiasmo. Se lo impidieron los pesados tubos que unían sus gafas de buceador con las pesadas bombonas de aire amarradas a su espalda, pero, lo que no pudieron impedir sus trabajos de inmersión submarina, fue la intensa emoción de su ánimo.

Aquellos días fueron pródigos en sorpresas y satisfacciones. Su compañero y subordinado Tony Armstrong, a quien encomendó la investigación de una zona, a popa de lo que fue el casco del buque sumergido descubrió, al pie de un tronco de coral, una bola, una canica del tamaño de una cereza cuya forma esférica le sorprendió. Sin saber qué cosa era la metió en un frasco de cristal y siguió hurgando bajo la arena hasta dar con otras similares. Guardó cuantas pudo y ascendió a la superficie, donde entrego su hallazgo a los técnicos encargados de identificar las piezas. Una vez limpiadas de las concentraciones calcáreas que cubrían las esferas, se descubrió que eran perlas. ¡Las primeras, de cerca de un millar, que habían de encontrarse al cabo de los días! El descubrimiento de Armstrong suponía una excelente aportación para amortizar los gastos de la costosísima búsqueda, pero no aportaban ningún dato respecto a la nacionalidad del buque, ni a la fecha de su hundimiento, ni mucho menos a su identificación. Más importante para esto fue el encuentro, por accidente, de una preciosa joya de hombre. Se le escapó al propio Armstrong el succionador de entre las manos y el artefacto golpeo fuertemente un trozo de madera carcomida. Al retirar el tubo, vio unos puntitos brillantes que tililaban bajo el agua como estrellas. Llevóse consigo el trozo de madera en el que estaban incrustadas esas pupilas que brillaban cual ojos de felinos en la noche, y resultó ser un esplendido medallón orlado de filigranas de oro purísimo con diamantes incrustados que bordeaban una Cruz de Santiago de esmalte verde. Esto era ya una importante contribución para considerar como español al galeón hundido. Pero lo que le identificaba plenamente con el Conde de Tolosa, perdido a causa de una pavorosa tormenta el 24 de agosto de 1724 (y que era el navío exacto que buscaban), eran esas diminutas gotas plateadas que caían ahora como mínimos copos sobre el propio capitán de la expedición, Tracy Bowden, porque aquello no era otra cosa que mercurio: una parte del conocido cargamento de azogue que el rey Felipe V enviaba a América a bordo de los galeones Guadalupe y Conde de Tolosa para ser empleado en las minas de oro y plata de México, Colombia y que nunca llego a su destino.

No le faltaban razones a Tracy Bowden para sentirse orgulloso. Dos años se habían cumplido desde que el director del Museo de las Casas Reales de Santo Domingo, Eugenio

Pérez Montas, y el de la dirección general de Parques, Manuel Valverde Podesta, ambos funcionarios del Gobierno de la República Dominicana, le habían contratado para iniciar, en gran escala, un programa que tuviese como fin rescatar la gran cantidad de bienes culturales de la época española, que formaban parte del acervo histórico de la República, y que procedían de los múltiples y trágicos hundimientos producidos en épocas pasadas en sus aguas territoriales. En este tiempo Bowden trabajo en el pecio del Guadalupe, extrayendo de él cuanto fue posible, salvo los doscientos cincuenta mil kilos de mercurio que transportaban en estos años, queriendo encontrar a su pareja, el Conde de Tolosa, descubrió el galeón francés Scipion, hundido en batalla naval con los ingleses. Mas el Tolosa no aparecía.

En su opúsculo Arqueología submarina en la Republica Dominicana cuenta Pedro J. Borrell, que mientras la expedición norteamericana trabajaba en el rescate del Scipion, uno de sus miembros fue comisionado al Archivo de Indias de Sevilla, donde encontró el relato del capitán de una flotilla de salvamento quien, al tener noticia del recientísimo hundimiento del Guadalupe y del Tolosa, acudió al lugar en que estaban encallados para «rescatar el azogue del Rey». Lo que en verdad rescataron fueron multitud de cadáveres para darles cristiana sepultura y algunos pocos supervivientes, uno de los cuales había enloquecido. Mas no pudieron extraer el mercurio porque estaba en las bodegas de las partes hundidas de los navíos y —en uno de ellos—, encima de la preciada carga estaban grandes cantidades de hierro que eran transportadas a La Habana para la construcción de un buque en sus astilleros, y que no pudieron ser removidas. Estando junto a los restos del Guadalupe, «apenas podía divisar con su catalejo (según cuenta en su relato) el mástil mayor del Tolosa hacia el oeste y frente a la próxima ensenada».

Es realmente admirable la precisión y minuciosidad que empleó Bowden para estudiar tan parca declaración. Estudio diversos catalejos marinos de la época del hundimiento (primer cuarto del siglo XVIII) y llegó a la conclusión de que su alcance visual era entre ocho y catorce kilómetros. Tomó un plan de la costa septentrional de La Española, situó la punta del compas sobre el sitio justo en que estaba el Guadalupe (cuya ubicación conocía perfectamente, pues él mismo había rescatado sus tesoros) y trazo una circunferencia de ocho kilómetros de radio, según la escala del mapa que tenía entre manos. Trazo después otra de catorce kilómetros. En la franja marcada por las dos circunferencias (en términos geométricos: en su «corona») debería encontrarse el pecio. Mas no al norte ni al este, que sería contrario a las declaraciones del capitán. Al sur, tampoco, por cuanto ahí estaba la costa septentrional de la isla a la que consiguieron llegar a nado algunos, muy pocos, náufragos. En cuanto al oeste, un gran brazo de tierra culminado por el cabo Mangle se incrustaba en el mar sirviendo de separación a dos distintas ensenadas. El mástil mayor del Tolosa, que vio el capitán del primitivo y frustrado salvamento, no podría estar «detrás» de este cabo porque dicho oficial, con o sin dificultad, con o sin catalejos, no lo hubiese podido columbrar ya que lo taparía la tierra del citado promontorio. De modo que tenía que estar encima del cabo en una zona que Bowden estimo en cuarenta y un kilómetros cuadrados. Bien: ¿Existían bajíos en esa franja de mar? Si: había dos. Las partes a investigar se iban reduciendo porque es evidente que el Tolosa naufrago por haber

encallado. Escogió como primer lugar para su investigación el bajo llamado de «La cucaracha». El magnetómetro, arrastrado entre dos aguas, no dio ninguna señal en los cuatro primeros días en el que fue «paseado» sobre los fondos. El quinto, tras una jornada agotadora, y cuando ya el bote auxiliar regresaba al buque principal que se denominaba Hickory, el indicador del magnetómetro denuncio una anomalía y pego un pequeño salto equivalente a diez gammas. Esto era poco, pero era algo: al menos, un clavo o un alfiler. Situaron una boya en aquel lugar y comenzaron a navegar trazando círculos en torno a la baliza. En un lugar, el indicador del magnetómetro marcó 400 gammas; en otro punto, dio un brinco de miles de gammas. No había duda. Estaban sobre un pecio de grandes dimensiones. El buque naufragado, que estaba en los fondos, contenía extraordinarias cantidades de objetos sumergidos... ¿Sería este el galeón que buscaban?

Todo esto lo meditaba Tracy Bowden mientras se recreaba en el fondo del mar, duchándose, como quien dice, bajo una cascada de mercurio que fluía como un surtidor de la insólita cavidad en que estuvo encerrado durante doscientos cincuenta y cinco anos.

Una historia mas —un ejemplo recientísimo— del éxito que acompaña a las excavaciones arqueológicas submarinas, cuando colaboran en ellas el estudio, la técnica, la tenacidad y el entusiasmo.