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Chapter 2. Architecture and technical overview

2.16 Operating system support

América —lo que hoy llamamos América— no tuvo Edad Media. Salto, sin transición, de la Edad Antigua al Renacimiento. Mientras aquí se construían las primeras iglesias, Miguel Ángel Buonarroti pintaba la Capilla Sixtina. En tanto que en México se ensamblaban las primeras imprentas, Cisneros publicaba en Alcalá de Henares la Biblia Poliglota y Nebrija ya había escrito la primera gramática de la lengua castellana. Al tiempo en que Enrique VIII se apartaba en Inglaterra de la Iglesia de Roma porque el papado le negó la anulación de su primer matrimonio, en América las crueles religiones que exigían víctimas humanas para satisfacer a sus dioses, fueron apagándose a la luz del Dios que se sacrificó para salvar a los hombres, y Francisco de Vitoria sentaba los primeros rudimentos del derecho internacional. En un parpadeo de tiempo visto a la luz de la Historia, la América virgen se preparaba a ser un día faro del mundo y sal de la Tierra, incorporándose de lleno a la flecha de la cultura.

Esto no lo consiguió Colón ni su apretado equipo de valientes aventureros, sino los Reyes Católicos y sus inmediatos seguidores, porque mientras el almirante, todavía en la Edad Media, descubría el paraíso terrenal, don Fernando el Católico, muy asentado en la Edad Moderna, realizaba el mayor esfuerzo colonizador y civilizador de que hasta entonces se tuvo noticia. Bajo las ordenes del maestre de Calatrava, Nicolás de Ovando, una armada de 39 naos —la más numerosa que jamás cruzo el océano— llegó a Santo Domingo el 15 de abril de 1502. ¡Nunca, ni en tiempo de los romanos surcó las aguas semejante escuadra! Ya no se trataba de descubrir ni de conquistar, sino de transmitir la civilización heredada a quienes aun no la habían recibido. La población transportada de una a otra orilla del mar alcanzaba a 2 500 hombres, con sus esposas e hijos los que los tenían. Junto a los nobles, que formaban la corte del nuevo gobernador, venían ganaderos, labradores, médicos, urbanistas, herreros, fundidores, carpinteros, alarifes, mineros, astrónomos, cartógrafos, cronistas, lingüistas, pedagogos, matemáticos, toda gama de letrados desde jueces y oidores, tipógrafos, contadores y misioneros. Y traían consigo esquejes y semillas de naranjos, limones, peras, manzanas, vides, trigo, avena, cebada, caña para azúcar, mercurio para amalgamar metales, centenares de caballos, asnos, mulos, vacas, ovejas, cabras, cerdos y gallinas. Y lino. Y esparto. Y seda. Y gusanos para fabricar este misterioso tejido oriundo de China, conocido en Europa desde los no muy lejanos días de Marco Polo, y tan sutil y transparente que parece urdido con rayos de luna. Y libros para ensenar, y resmas de pergamino para escribir.

Santo Domingo y Cuba fueron desde entonces las verdaderas cunas de América desde donde habrían de partir en muy corto espacio de tiempo las expediciones de los Pizarros, Valdivias, Corteses, Balboas, Ponces y Avileses, pero también las misiones de franciscanos, dominicos, jesuitas, carmelitas y agustinos que no fueron solo cristianizadores sino maestros de primeras letras, traductores de los idiomas indígenas, redactores de los primeros catecismos en lenguas aborígenes, y en no pocos casos, cirujanos, arquitectos, y hasta parteros. Los frailes no fueron solo evangelizadores (lo cual

no es poco), sino educadores y civilizadores en toda la extensión del término. Al pie de una estatua erigida en honor de fray Junípero Serra junto a una de las misiones por él fundadas en el estado mexicano de Querétaro, se lee: «Forjador del desarrollo espiritual, cultural, humanístico y material de esta región.» La armada civilizadora de Nicolás de Ovando ni fue la primera ni la única que mandaron los Reyes Católicos y sus sucesores. No fue aquella una expedición de ida y vuelta al estilo colombino, sino de una sola dirección. Para asentarse y quedarse. Ellos, y cuantos a lo largo de los tres siglos siguientes se quedaron y asentaron, son las puntas de la flecha de la cultura, que legaron a los hombres y mujeres que hoy pueblan las naciones libres e independientes de la América actual. Porque, como ha dicho el escritor y diplomático Carlos Fernández-Shaw, hay una tendencia que consiste en exaltar al descubridor de América pero en detrimento, o con injustísimo olvido de la Corona de Castilla, que fue quien la culturalizo e hizo saltar —sin el puente del medioevo— del Neolítico a la Edad Moderna.

Por dos veces hemos empleado el término «flecha de la cultura», al que vamos a dedicar algunas consideraciones finales para no decir en dos palabras lo que acaso merezca tres.

Esta expresión «la flecha», la incorpora al mundo de la investigación biológica el sabio jesuita francés Teilhard de Chardin, al hablar de la flecha de la evolución de las especies. Desde que en la noche de los tiempos la primera célula se desdobla hasta llegar a esa portentosa agrupación de células que somos los vivientes... ¡Qué de vaivenes, aparentes frustraciones, ramas truncadas, en el penoso camino de la vertebralización y de la cerebralización, hasta alcanzar la luz del mecanismo reflexivo! Orilladas, cumplida su misión, han quedado innumerables especies desaparecidas; y, entre los vivientes, vertebrados que no han emigrado del mar, reptiles sin extremidades locomotoras, bípedos sin el pasmo de esa materia pensante —barro dotado del mágico y terrible poder de pensar — que es el hombre. ¡Qué de «vías muertas», mas qué tenacidad también la de la vida hasta producir en los primates superiores esa especie singular biológicamente digna de recibir el soplo del espíritu, estirpe a la que pertenecemos!

Desde la creación, la naturaleza parece un muestrario de fantasías innecesarias donde lo mismo se exhibe la rosa que el escorpión, la nube que el diplodocus, la piedra imán que el caballo o la estrella Polar. Y no obstante, según Teilhard de Chardin se diría que toda la energía de la naturaleza hubiese conspirado activamente desde el principio para conseguir la aparición del hombre sobre la Tierra.

En la historia y evolución de las culturas ocurre otro tanto. Desde el primer balbuceo del lenguaje articulado del homo sapiens hubo miríadas de conatos culturales que desembocaron en vías muertas. Son las civilizaciones frustradas, desaparecidas o estancadas. Semejan a esas especies que, desde los orígenes o a mitad de camino, quedaron fuera de la línea de la evolución. A los inmersos en estas subformas culturales, Breyssig los llama «pueblos de la aurora sempiterna», y Ortega y Gasset sublimiza la metáfora al situarles «en una alborada detenida, congelada, que no avanza hacia ningún mediodía».

Son culturas orilladas, marginadas de la clara trayectoria de esa flecha de la civilización occidental que avanza y se supera indefinidamente sorteando, eludiendo, los escollos que surgen a su paso. A la pavorosa parálisis de las vías sacrificadas, de las vías muertas

escaparon los contingentes privilegiados que de muy diverso origen concluyeron en venturosa cita —hace apenas treinta siglos— en el Mediterráneo oriental. Nunca antes de los griegos, herederos sin duda de culturas anteriores, había tenido el hombre tal conciencia de su singularidad, que es tanto como decir de su interioridad. Por primera vez en la historia del mundo, el hombre doblado sobre sí mismo contempló desde dentro el dintorno de las cosas. Y nació la filosofía, la matemática, la física, la moral, la teología, la retórica y el derecho; perfeccionóse la medicina; alcanzaron cimas no superadas la arquitectura, la escultura y la poesía; creóse entonces hasta los entretenimientos que perduran hasta hoy como el deporte y el teatro actuales. Y en el cristianismo (flecha evolutiva también el del mesianismo judío) hallo el hombre su cuarta, trascendente dimensión. Hasta entonces el individuo había luchado por adaptarse al medio y subsistir. Desde entonces, la estirpe pensante procurará adaptar el medio a su medida para avanzar. Y no hubo fronteras para su ambición intelectual, ni cotos a su curiosidad especulativa, ni campos vedados al raciocinio, ni limites a su anhelo de progreso y perfeccionamiento. La flecha disparada en Grecia, se expandió como un haz por los pueblos sometidos a Roma, es decir el mundo occidental entonces conocido. Y desde una de sus parcelas, España la disparo al mundo desconocido. España fue para la flecha de la evolución cultural diana que recibe (durante la romanización), carcaj que conserva (durante la reconquista al Islam) y arco que dispara cuando la gran aventura de la colonización americana. América pertenece al mismo linaje. Fue diana de una flecha cuya trayectoria cruza Israel, Egipto, Fenicia, Grecia, Roma y España. Lo que España descubrió fue, sobre todo, un camino con puerto de origen y meta de llegada. Y que por ese camino navegaron Sócrates, Fidias, Euclides, Arquímedes, Cicerón, Virgilio, Dante Alighieri, el padre Vitoria, Isabel de Castilla, Shakespeare, Cervantes, Moliere, Descartes, Goethe... y Moisés. Y Cristo.

Colón, desde la Edad Media, lanzó tres carabelas desde el NON PLUS ULTRA —«No hay más allá»— al PLUS ULTRA: siempre hay «más allá ». Mas esos reyes que financiaron su empresa, y que acababan de conquistar Granada al Islam, fueron quienes, desde la Edad Media, tensaron el arco portador de la antorcha hacia las tierras que Colon descubrió. Y esa antorcha indeleblemente unida a la flecha del progreso espiritual, moral y técnico, desde América alumbra hoy al mundo y apunta inquietante y misteriosamente a los espacios siderales.

Segunda parte