“¿Cómo adecuar el sujeto al sujeto mismo?” (A: 386). Balthasar considera que “este es el problema de toda la filosofía del sujeto” (Td 1: 466). Es de nuevo la pregunta por la unidad ante las diferencias que descubro en mí. Se ha empezado un camino de respuesta a partir del diálogo, donde el tú se presenta como el sentido (dirección) de dicho movimiento de adecuación. Pero en este diálogo se ha puesto al descubierto el auténtico sentido que es fundamento y fin del movimiento: el amor. La manifestación de este amor, como contenido esencial del diálogo, debe ser la adecuada, pues sólo así se logrará la unidad entre ser y aparecer, sin que la diferencia insalvable y positiva a la vez, se convierta en fragmentación.
En la expresión de ese sentido fundamental reside también la posibilidad de que el diálogo continúe, pues es necesario que ese sentido se vea, y del diálogo depende a su
vez la unidad y la diferenciación que requiere la configuración del yo. El movimiento dialogal es la fuente de la vitalidad de la verdad, que es ser y devenir. Como hemos visto al final de la parte del tú al yo, es preciso mostrar con obras la verdad aprehendida en el encuentro entre yo y tú. Por eso, la respuesta a quién soy yo, pasa por la adecuación que sólo la acción es capaz de realizar.
¿Qué posibilidades tiene esta acción de lograr la adecuación entre el ser y la forma del yo? ¿Puede identificar y diferenciar al mismo tiempo? Para responder habría que saber cuál es el ser del yo y comprobar si la acción puede alcanzarlo y de qué dependería en tal caso el poder hacerlo. Puesto que el ser se encuentra siempre en movimiento, con su diferencia entre su ser y su acción (su forma de aparecer), si viésemos qué quiere la acción podríamos conocer hacia dónde tiende, como aquello que es el fin de su movimiento y por tanto de su ser (debido a la polaridad entre ser y aparecer). De aquí que Blondel se pregunte por el sentido de la acción al comienzo de su libro.
a. Maurice Blondel
Este nuevo autor constituye el último paso en nuestro recorrido hacia la configuración dramática. Su inclusión precisamente ahora responde a la filosofía de la acción84 que le caracteriza, tan cercana al proyecto de este estudio en su comprensión del hombre y de la realidad. Por otro lado, es el propio Balthasar el que nos ha conducido hasta La Acción (A)85, la obra más conocida de Blondel. La acción humana, tal y como se presenta en esta obra es incluida en los Prolegómenos (Td 1) como centro del movimiento dramático del hombre, en su mayor concreción y en su máxima
84
La filosofía de la acción significa para Blondel el camino de auténtico conocimiento del ser del hombre. “El hombre sólo conoce bien lo que ha hecho” (Cartas íntimas I), y debido a esta unidad inseparable que forman ser, hacer y conocer, Blondel buscará el término necesario de la acción, su fin, y así una vez descubierto poder decir dónde encontraría el hombre la unidad entre su ser y su acción. Aunque el papel del conocimiento como reflexión es importante en esta filosofía, lo que Blondel remarca constantemente es que esto no basta para dar el ser y por tanto el verdadero conocimiento pasa por la acción (Estudio preliminar: XXII, LI, en A): “Es en la acción donde va a ser necesario colocar el centro de la filosofía porque en ella es donde se encuentra el centro de la vida” (A: 15). Las obras principales de Blondel pertenecen a lo que puede considerarse el tercer periodo de su pensamiento: La Pensée (1934), L’Être et les êtres (1935), L’Action (en dos volúmenes, 1936-1937), La Philosophie et l’Esprit Chrétien (1944 y 1946), Exigentes Philosophiques du Christianisme (1950, obra póstuma).
85
L’Action es la obra de tesis de Blondel. Fue publicada dos veces, la primera en 1983, fue el texto que defendió, y la segunda en 1936 y 1937, en dos volúmenes, fue el texto destinado a la venta. Esta
apertura, intrínsecas a la propia acción. Tiene en común con la Teodramática ser el centro elegido para explicar el ser del hombre y el de la realidad misma.
Elegimos esta acción de Blondel por su carácter fenomenológico y científico, como punto de inflexión en nuestro recorrido hacia la configuración dramática del yo, puesto que siguiendo el camino analógico explicado anteriormente, quisiéramos mostrar que la realidad del hombre se muestra en su acción, una acción cuyo marco habrá que perfilar ayudados de Blondel primero y de Balthasar después. Pero el espacio dedicado a la acción blondeliana en este trabajo se justifica en último término por su apertura metafísica, que es la que le concede un puesto central entre el diálogo y el drama – veremos la acción como vínculo-, donde se abrirán definitivamente las dos dimensiones en las que se enmarca la identidad personal como unicidad: una y diferente –acción como apertura-.
El gran tema que siempre trata de afrontar de un modo u otro en sus escritos es el “problema humano”: la separación entre ser, hacer y pensar. ¿Puede haber verdadera unidad entre estos tres aspectos? En esta cuestión se inserta la filosofía de la acción, tratando de responder a partir de lo que él considera el “vínculo substancial” del hombre consigo mismo y con todo lo demás, porque es en la libertad humana donde va a centrar su antropología filosófica y a partir del hombre, la filosofía metafísica acerca del ser. El ser del mundo y su relación con lo infinito, se podría considerar como su última inquietud. La afinidad de von Balthasar y Blondel se sitúa fundamentalmente en este punto, aunque pongan sus acentos en aspectos distintos86.
α. “La Acción”
Estructura. El trabajo de Blondel está dividido en cinco partes: las dos primeras se ocupan del “problema de la acción”, cuya conclusión es que realmente existe dicho problema y que su solución no puede ser negativa, es decir, “la voluntad quiere algo”. La tercera, cuarta y quinta parte se ocuparán de descubrir qué quiere la voluntad
86
“En el drama de la acción, por tanto, se encontraría el individuo a sí mismo al encontrar la totalidad… El planteamiento de Blondel puede valer para toda búsqueda coherente de la coincidencia del yo consigo mismo; también las diversas ciencias antropológicas tienen que asumirla cada una a su modo” (Td 1: 466). También mantienen algunas diferencias, creemos que la fundamental estaría en el punto de partida de sus reflexiones: Blondel es un filósofo y recorre un camino ascendente del ser hasta abrirse a la trascendencia, mientras Balthasar es principalmente teólogo. Su proyecto en TD es principalmente teológico, aunque recorra un camino metafísico también, éste lo será de un modo siempre analógico.
estudiando su naturaleza: primero fenomenológicamente (I), después científicamente en cuanto a su ser necesario (II) y luego metafísicamente (III) en cuanto a su “acabamiento”, su fin, que es la condición de posibilidad de la unidad del hombre, la solución al “problema de la acción” y con ella, al “problema humano” de la diferencia entre ser, hacer y conocer.
La pregunta por el sentido. Así comienza la La Acción, preguntado por el sentido de la vida. Es la misma pregunta que aparece de un modo u otro en todos nuestros autores.
“¿Tiene la vida humana un sentido y el hombre un destino? Yo actúo, pero sin saber si quiera en qué consiste la acción, sin haber deseado vivir, sin conocer exactamente ni quién soy, ni siquiera si soy” (A: 3).
Para Blondel, la acción y su diferencia con el propio ser es una evidencia87, sin embargo se desconoce el fin último de su movimiento, su sentido. Entonces comienza la búsqueda de Blondel del sentido de la acción, el cual, si realmente es último, encerrará el sentido del movimiento total de la vida del hombre. La acción será analizada pormenorizadamente, se describirá cómo es el fenómeno, pero también se concederá una ley general científica a sus hallazgos. Pero lo único que puede concluir una ciencia de la acción es que la “voluntad quiere algo” que nunca obtiene, pues “siempre hay algo menos en lo que es hecho o deseado que en el hecho de hacer y desear” (p. 385). Partiendo de este “fracaso de la voluntad” comienza la investigación metafísica, al cabo de la cual espera encontrar aquello que la voluntad quiere, y con ello la posibilidad de la unidad del yo, pues el ser, la acción y el conocimiento parecen divididos y el hombre necesita su adecuación para ser él mismo (p. 15). El sujeto quiere su propia voluntad, quiere su querer, pero percibe que lo que obtiene no se corresponde con esa voluntad, entonces se plantea la pregunta:
“¿Cómo adecuar el sujeto al sujeto mismo?” (p. 386).
Resulta “imposible” no plantear lo que él llama el “problema humano”, también es imposible contentarse con una respuesta negativa (que no existe tal problema) o con una reductiva, y puesto que la acción continúa y el filósofo quiere conocer este extraño fenómeno de no poder dejar de querer algo que nunca se alcanza, planteará la necesidad de un fin infinito de la voluntad. Pero que el querer tenga necesidad de lo sobrenatural88 no es suficiente para inferir su existencia. Blondel está en una franja delicada y vulnerable, pero de gran apertura: como cristiano sabe que ese fin infinito que lograría la unidad de su ser sólo puede ser alcanzado si es donado por Dios mismo, pero por otro lado sabe como filósofo que no puede ignorar o negar la pregunta por lo sobrenatural, pues “sólo con una crítica metafísica se puede excluir la metafísica”. Sabe también que la filosofía no puede afirmar lo sobrenatural (A: 440) y no puede negarlo, resultando imposible al mismo tiempo negar la necesidad de ello. La crítica pertinente es contestada por el propio Blondel:
“Quizá parezca que buscar el término de la acción más allá de la realidad dada… signifique ser místico. (…) Pero no nos equivoquemos. Ha sido necesario considerar la acción, no para introducir en ella lo que no estaba, no para interpretarla, no para orientarla, sino para comprobar todo lo que es” (p. 543).
La búsqueda de la unidad. Una vez establecida la necesidad de lo infinito y la imposibilidad de que el sujeto lo alcance89, se comprueba “la gran tiranía”: no puede dejar de querer y de actuar para conseguir aquello que quiere, “la voluntad se ve obligada a quererse a sí misma…” (A: 377) y el yo se ve abocado a una contradicción casi constante entre lo que quiere, lo que hace, lo que piensa y lo que de hecho obtiene. Pero “nos queremos no obstante a nosotros mismos” (A: 385) y en ese querer, queremos algo más.
“¿Es posible quererse a sí mismo?, y ¿cuál es el verdadero sentido de esa pretensión? … ¿Cómo adecuar el sujeto al sujeto mismo?... Debo establecer aquello que quiero, a fin de que pueda, de modo totalmente pleno querer querer” (A: 386).
88
“Propiamente la noción de lo sobrenatural es ésta: absolutamente imposible y absolutamente necesario al hombre” (A: 436).
89
Para ello, “nada de hacer hipótesis. No se puede suponer que el problema esté resuelto, ni… que se haya impuesto o… planteado. Debe bastar con dejar que la voluntad de la acción se despliegue en cada uno, de modo que se revele la más íntima orientación de las voluntades, hasta el acuerdo o la contradicción final entre el primer movimiento y el término al que aboca” (A: 15).
Pero a pesar de la imposibilidad del hombre de lograr el término de su acción (aquello que quiere), él continúa realizando la unidad entre lo que es, lo que quiere y lo que hace precisamente por lo concreto de la acción. La paradoja surge una vez más: la unidad que parecería en un principio requerir serlo todo (ya que quiere lo infinito), exige sin embargo ser alguien concreto, una unidad individual. Este aparente empobrecimiento de su ser al elegir una sola cosa, redunda en enriquecimiento, pues sin esa acción por la cual se objetiva y se determina a sí mismo frente a la multitud de posibilidades de ser, no sería alguien, no sería éste que es.
“La acción se me muestra a menudo como una obligación. Necesita producirse a través de mi…Sólo avanzamos cuando nos cerramos a todas las vías menos a una, y cuando experimentamos la pérdida de todo lo que de otro modo hubiéramos podido saber y ganar” (A: 4).
La acción aparece entonces como el único puente entre lo que soy y lo que quiero, pues es preciso incorporar aquello que está fuera de mí por medio de una intimidad y una objetividad que sólo se logra con la acción. Blondel explica que lo que hay que estudiar es “la acción, en cuanto compendia el objeto en la vida del sujeto y hace vivir al sujeto en el mismo objeto” (A: 178). Y ese mismo puente incorpora el mundo al yo y expande el yo en el mundo, por el mismo movimiento de objetivación y subjetivación que le hace ser quien es (p. 249-250). El empobrecimiento redunda en riqueza y en progreso cuando lo elegido es realmente significativo, es decir, la dirección de su querer es la adecuada a la naturaleza de la voluntad. El estudio de la acción revela ese querer como infinito y por tanto sólo en lo infinito estaría la adecuación (no la identidad con lo infinito sino la unidad del yo gracias a la consecución de su fin) ¿Puede realmente alcanzarlo? Esta pregunta no es respondida por Blondel porque la distancia entre lo infinito y lo finito sólo podría ser salvada por Dios mismo, y la filosofía no puede afirmar por sí misma tal cosa. Él tan sólo argumenta dos condiciones necesarias para lograrlo: la vía de la acción y un doble sentido por el cual la acción buscaría lo infinito y lo infinito se dejaría encontrar.
Se dé o no este doble sentido, la vía de la acción es ineludible porque ella es el vínculo substancial. Blondel no define la acción, pero la caracteriza en múltiples rasgos
porque el ser del yo se despliega en la acción, se manifiesta, y dicha manifestación forma parte de su ser, perfecciona el ser, no sólo lo desarrolla sino que de alguna manera lo constituye. Así, la “diferencia evidente” entre su ser y su querer, su hacer y su conocer (A: 522) va caminando hacia una unidad por medio de esa acción: la unidad entre su ser y su aparecer (todos los fenómenos que aparecen ante su conciencia como imagen de sí mismo -su acción, su pensamiento, su querer- no son el yo total). También es vínculo inevitablemente entre las otras polaridades vistas anteriormente: yo-tú, yo- mundo90, porque su movimiento hacia fuera del yo, implica una relación con todo lo demás, relación que no puede ser dialéctica (pues regresaríamos a la superación o anulación de las diferencias) sino dialógica, en la cual sí es posible la unidad y la diferencia. Por tanto a la acción vinculante no sigue la superación de las diferencias o un estado de quietud, sino una diferencia en el ser que antes de actuar no estaba: una novedad.
“La sustancia del hombre es la acción… No somos, no conocemos, no vivimos más que sub specie actionis. No solamente manifiesta la acción lo que ya éramos, sino que nos hace crecer y, por decirlo así, salir de nosotros mismos. De este modo después de haber estudiado el progreso de la acción en el ser y el progreso del ser por la acción, va a ser necesario llevar fuera de la vida individual el centro de gravedad de una voluntad consecuente con la ley propia de su progreso” (p. 236).
La polaridad que mantiene de principio a final la tensión entre esas diferencias es la misma con la que se comienza y la que vertebra toda la estructura de La Acción: la idealidad y lo real, lo infinito y lo finito. El “drama profundo de nuestras vidas” (A: 543) se encuentra entre estas dimensiones: entre la horizontal (donde se sitúan el yo que vive en el mundo, actúa, piensa y conoce) y la vertical (donde se encuentra la diferencia entre el Todo y la parte, el cosmos y yo, lo ideal y lo real, Dios y mundo): no puede lograr la unidad de ninguna de ellas sino tanto en cuanto afirma su diferencia.
“De lo que era simplemente ideal en la intención no todo escapa a la acción… Por eso este aumento original merece un estudio, más que la misma tendencia que, sin embargo parecía prepararlo y abarcarlo enteramente” (A: 521).
90
El estudio de este aumento original es el estudio del “progreso del ser por la acción”, a menudo tan olvidado en teorías sobre el yo que sobreestiman la unidad de ser y pensar en prejuicio de su diferencia91 y del espacio que entre ellos se abre para la novedad de una acción genuina. El conocimiento que brota de la acción es una “verdad viva”, “presencia real” (p. 532) en vez de mera representación, la acción es “el espejo” que nos ofrece una imagen de nosotros mismos (p. 270).
β. Las dos dimensiones
Fenomenología y ciencia. La Acción, ha sido incluida en nuestro recorrido por su apertura metafísica, ya que en esta obra se busca un ámbito de libertad y de individuación que no se puede encontrar entre los fenómenos del mundo (fenomenología, Parte III) ni incluso entre las leyes causales que los explican (carácter necesario de la acción, Parte IV), pues para toda ciencia, el yo no deja de ser una parte de la naturaleza o de la sociedad, o resultado de un conjunto de factores que podrían medirse y tasarse, pero ¿hay algo más?
“Si no se tiene en cuenta más que el aspecto material del signo que manifiesta la acción, se volverá a caer en el estudio de los fenómenos que las ciencias positivas someten a sus leyes generales y al determinismo mecánico… Pero lo que hace precisamente que la acción… no sea ya un fenómeno como aquellos, es el valor expresivo presente en ella… Lo singular y lo concreto, es decir, lo que ignoran las ciencias positivas, necesariamente limitadas a lo abstracto y a lo general, es siempre el objeto de la ciencia de la acción” (p. 247).
La apertura a algo más que lo material, implica introducir significados, expresión y por tanto diferencia entre forma y contenido. En el hombre esta diferencia se traduce en libertad, él puede comprender y expresar lo comprendido de muchos modos o puede también no expresarlo, en él la relación entre significado y expresión no es del orden natural sino libre92. Y allí donde aparece la libertad, surge inevitablemente
91
“El ser no está nunca en la idea separada de la acción, incluso la misma metafísica, considerada en su aspecto especulativo, no es verdadera sino en cuanto entra en el dinamismo general de la vida” (p. 532).
la pregunta por el sentido y la unidad, pues ninguno de los elementos por los que el hombre se ve inevitablemente modelado puede definirle totalmente, o dar una orientación <<necesaria>> a su acción: ni los otros, ni el mundo, ni nada de lo que hay en
mí, pensamiento, cuerpo, acción… puede hacer eso, siempre hay una posibilidad de detenerse y decidir93. Pero para ello necesitamos buscar otro criterio que en nosotros mismos y en lo que nos rodea no encontramos. Esta última indeterminación de mi ser