3. Introduction 48
3.4 Mediator’s Characteristics 63
3.5.3 Non-Intervention and Non-Interference 70
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Por
santos sanz VillanuevaLuciano G. Egido: Tierra violenta Tusquets
viene al tamaño y a la extensión— con repro- ducciones facsímiles de los brevísimos artí- culos que escribió para el periódico Pueblo en la sección Libre indirecto que sirve de tí- tulo a este tomo no venal. La antología nos refresca la memoria de aquellas cosas raras que ocurrieron en la dictadura, como que en una prensa de los sindicatos oficiales se pu- diera escribir con semejante libertad y con un tono tan incisivo. De los rifirrafes en las entrañas del poder franquista manejados por el director del diario madrileño, el oscu- ro Emilio Romero, se benefició "Copérnico", pseudónimo de nuestro autor. Egido hizo su tesis doctoral sobre Gracián y quizás la defensa que hacía el aragonés de la breve- dad y el conceptismo dejaran su impronta en Copérnico, porque ambos rasgos marcan las piezas de "libre indirecto". A ello habría que añadir la lección de aquel maestro del minicolumnismo que fue Robert Escarpit en su famoso recuadro en Le Monde de con- vertir una observación de actualidad en un expeditivo editorial. Los escuetos artículos de Egido —algunos de solo unas pocas lí- neas— son un modelo de costumbrismo crí- tico, de reflexión aguda y de gracejo irónico. Y ofrecen una visión bastante amarga, dilui- da en la paradoja y la sátira, del mundo con- temporáneo expresada desde una clara con- ciencia del ejercicio de la libertad.
son curiosas las semejanzas y las di- ferencias entre el Egido columnista de es- tas piezas y el narrador. Amargura, libertad y denuncia inspiran sus novelas, pero estas se decantan por un estilo discursivo en las an- típodas de la concisión periodística. Tierra
violenta es una fábula fluvial que no repara
en acumular materia anecdótica y verbal. El título constituye una declaración de princi- pios: la violencia impera en salamanca, te- rritorio habitual de las novelas de su autor,
pero vale como una imagen universal, co- mo una metáfora de la desventurada con- dición humana. No es esta visión catastro- fista del mundo ninguna novedad en el es- critor. un algo apocalíptico con mezcla de dolor, rabia, desmesura física y moral... ha- bía en el retablo visionario de la guerra de la independencia de la primera novela. Luego ha seguido en otros libros, de una deses- peranza nihilista, y alcanzó una especie de síntesis del mal hace un decenio en La piel
del mundo, un recorrido por la historia espa-
ñola desde la edad media hasta el presen- te trufado de episodios nada comunes que constituyen un muestrario de la lujuria, el dolor, la muerte, la venganza...
Como una nueva vuelta de tuerca de
La piel del mundo con un cierto carácter
monográfico referido al asunto destacado en el título debe considerarse Tierra violenta. La novela arranca con un generoso número de episodios sueltos, aunque no del todo in- dependientes porque entre ellos funcionan algunos hilos conductores (algún personaje que reaparece, alguna situación que enlaza con otra anterior). Las dos primeras secuen- cias, encadenadas, y cuyo núcleo anecdóti- co resurge varias veces, funcionan como un clarinazo que anuncia el tono general del li- bro. un inválido en silla de ruedas despotri- ca contra sí mismo y contra la humanidad, y alardea, en primer persona, de su aviesa personalidad: trata a su criado Mariano co- mo a un perro y se jacta de sus sentimientos ("Todos los días, el odio se despierta con- migo"). A este feroz individuo responde con rencor primitivo el hipócrita Mariano, que de buen grado tiraría a su señor en la silla es- caleras abajo. Ya tenemos ejemplificada la sentencia clásica "homo homini lupus", que vertebra la obra. Y tenemos también una te- sis en forma de tratado de misantropía: "La
visión de un ser humano me irrita, la proxi- midad de un cuerpo me saca de quicio", confiesa el tullido.
Las muestras de maldad, de descubri- miento y ejercicio incluso de "la alegría del mal absoluto", se suceden en un carrusel diabólico con una obvia intención de alega- to. De ahí la pluralidad de fuentes y la va- riedad formal que revisten las cuentas de un imaginario rosario de la maldad. La ficción deja paso al informe en el apartado ente- ro dedicado al trágico itinerario de Norma Jean para concluir con la estampa de una Marylin Monroe víctima de una violencia in- teriorizada: familiar, social, profesional, la- boral e institucional. Tampoco abreva en las aguas de la ficción sino en el análisis psi- copatológico el retrato de alguien que "en- carna la violencia extrema de la condición humana" y que, sin citar su nombre, se re- fiere a Franco. Y al territorio del ensayo pu- ro pertenece la enardecida reivindicación de Jean Paul sartre como un más que discuti- ble apóstol contra toda clase de violencias. La arenga de Luciano Egido se dilata por otros asuntos y se ajusta a otras formas. un censo de la degradación lleva a cabo en la monumental tesis sobre la historia negra de la ciudad a la que un catedrático salman- tino ha consagrado su vida y donde ha co- rroborado con "pruebas irrefutables" que "la maldad de los hombres no tiene límites". El historiador siente gozo con cada nueva aportación de vesania, cobardía, escánda- lo, traición, rijosidad, crimen, robo, atrope- llo, injusticia o estupro (términos todos ellos enumerados por el autor) a su trabajo y con ello se nos lleva a un implacable retablo de la ignominia universal. No es necesaria, sin embargo, ambición tan grande como la del catedrático, pues el mensaje también se confirma analógicamente con el repaso mi-
nucioso en otro capitulillo a todas y cada una de las viviendas de una casa de vecinos: la maldad en un solo edificio se convierte en metáfora de la ciudad, y de la sociedad, en general. El carácter abstracto de las obser- vaciones no lleva el diagnóstico al terreno de lo intemporal y variadas referencias a la guerra civil (y un bloque dedicado a un ase- sino de entonces premiado con una conser- jería en un organismo público) contextualiza la maldad en la historia española reciente.
De vez en cuando han ido apareciendo referencias a la lluvia. La lluvia se convierte en el nexo de unión de la segunda parte de la novela cuya andadura toma ahora énfasis bíblico al remedar el famoso pasaje del dilu- vio universal. Ya al final de la citada La piel
del tiempo las catedrales de salamanca flo-
taban en el océano. Ahora la ciudad caste- llana, sus habitantes, los espacios públicos y privados, empiezan a padecer una perti- naz lluvia que desemboca en una tempes- tad que anega todo y todo lo arrastra sin sal- vación posible. Los múltiples aspectos de la vida asumidos por un amplio repertorio de personajes se encarnan en historias desde realistas hasta visionarias y todo ello com- parte ese mismo destino de perecer en una hecatombe absoluta.
La imaginería abracadabrante de Luciano Egido conduce a un nihilismo puri- ficador. Pero el tratado de misantropía des- plegado en tres centenares largos de pági- nas tupidas de horrores toman un rumbo diferente en una breve tercera parte de la novela. Las pulgas invaden la ciudad cual plaga bíblica. Los pocos supervivientes se suicidaron. Aquí y allí flotaban cadáveres. sin embargo, una cigüeña africana planea sobre la ciudad sumergida. En el párra- fo final el narrador-testigo del holocausto constata aquella desolación —un silencio
"prehistórico", sin pájaros, ni niños, ni ár- boles...— a la vez que mira ensimismado la mole de Gredos, imponente y desafian- te. Es, dice, un ejemplar de "resistencia y poder" y en él "quizás", añade, "algunos pocos hombres habrían instalado el primer campamento inaugural de una nueva espe- ranza". No es de extrañar que matice esa ilusión futura con un dubitativo "quizás",
porque lo descrito en la novela pocas al- haracas consiente. Al revés, Luciano Egido despliega en Tierra violenta la poderosa in- ventiva de un artista visionario, nihilista, que se salta a la torera las formas habitua- les de la novela convencional para dar suel- ta a la rabia incendiaria de un savonarola descreído y que, a la postre, pinta un horri- ble fresco goyesco.
Once años después de su último libro,
Hoy es niebla, José Ramón Ripoll (Cádiz,
1952) ha seguido indagando en el destino del universo y de sus seres más elementa- les para tratar de dilucidar el misterio de su propio destino. Tal es la tarea que dio a co- nocer hace treinta y cinco años con el libro
La tarde y sus oficios (1978), la cual ha ido
ganado sabiduría y profundidad emotiva a lo largo de sus entregas siguientes: El humo
de los barcos (1984), Las sílabas ocultas
(1991) y Niebla y confín (2000). El volu- men citado al principio, de 2002, reúne es- tos tres últimos libros, que constituyen un proceso unitario de conocimiento. A la vez, Ripoll ha dado a la imprenta otras coleccio- nes de poemas sobre el drama de la historia humana, donde la crítica social adquiere un
sólido acento moral, válido para la vida de cualquier lector, como se evidencia en La
Tauromaquia (1980), Sermón de la barba- rie (1981) y Estragos de la guerra (2011).
si exceptuamos estos tres títulos, ori- ginados en episodios muy concretos de la vida de su autor y de la vida cultural espa- ñola (aunque no por ellos “circunstancia- les”, sino reveladores de la inquietud social permanente en este poeta), llama la aten- ción la lentitud con que Ripoll ha ido escri- biendo sus libros de exploración existencial y metafísica. Esta Piedra rota, gestada du- rante doce años, es buena prueba del rigor estético al que el autor somete su escritura, así como de la estricta necesidad vital con que surge cada uno de sus poemas, ajenos a toda urgencia editorial o mediática.