CHAPTER 3. TESTING FOR NON-TERMINATION
3.3 Non-termination by testing
Pensemos, para comenzar, en que la así llamada “actitud natural” expresa, en la esfera de la indagación fenomenológica, lo que en el ámbito cotidiano podría asumirse en términos de hábito y rutina. Implica entonces nuestro día a día, esto es, esa serie de prácticas en las que permanecemos sumergidos u ocupados y que, en consecuencia, nos proporciona un lugar en el mundo que ocupamos sin inquietarnos. Es lo que Albert Camus considera en El mito de Sísifo en términos de “[c]oger el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la cena, el sueño y el lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo ritmo”.8 En esta marcha el hábito suele apartarnos de las preguntas para sumergirnos dentro de la corriente de la costumbre.
Ahora bien, en este punto cabría preguntarnos por los motivos que nos sacarían de dicho estado o actitud natural. ¿Por qué renunciar de pronto a la seguridad del trabajo, al ritmo ciego y sordo del hábito una y otra vez repetido? Jean-Paul Sartre pretende responder a esta pregunta9 en su ensayo La trascen- dencia del Ego. Allí, el filósofo francés adopta un punto de vista desde el cual, según él, se da pie para una suerte de “conversión filosófica” que nos saca de la actitud natural y que, en la fenomenología de Husserl, habría de explicársela más bien en términos de “milagro”. Para mostrar lo anterior el filósofo francés parte de la siguiente idea:
sentimiento (así, por ejemplo, en el primer capítulo de El mito de Sísifo de Albert Camus).
8 CAMUS, Albert. Obras, tomo I. Madrid: Alianza editorial, 1996, p. 223.
9 Cabe señalar que no es este el problema principal con el que se enfrenta Sartre en dicho
ensayo. Si bien la relación del “yo” (Moi) con la conciencia y la refutación del solipsismo propio de la fenomenología trascendental husserliana constituyen el verdadero interés de Sartre, aquí solo recupero el tema de la angustia y la epojé mencionados por el filósofo francés en su trabajo.
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Se sabe que Fink […] confiesa no sin melancolía que mientras se permanezca en la actitud “natural” no hay razón, no hay “motivo” para practicar la epojé. En efecto, esta actitud natural es perfectamente coherente y no se podrá encon- trarle esas contradicciones que, desde Platón, conducían al filósofo a hacer una conversión filosófica. Así, la epojé aparece en la fenomenología de Husserl como un milagro (miracle).10
Que la epojé aparezca como un “milagro” equivale a denunciar la gratuidad de la misma. Pero, para Sartre, tal gratuidad se explicaría solo desconociéndose una dimensión del ser humano no tenida en cuenta por Husserl, a saber, la que se podría denominar, en palabras de Heidegger,11 como temples o estados de ánimo. Desde esta última puede explicarse tanto la actitud natural como la salida de la misma:
Por el contrario, si la “actitud natural” aparece enteramente como un esfuerzo que la conciencia hace para sí misma proyectándose en el Yo (Moi) y absorbién- dose en él, y si este esfuerzo no queda nunca completamente recompensado, si basta un acto simple de reflexión para que la espontaneidad consciente se arranque bruscamente del Yo y se dé como independiente, la epojé no es más un milagro […] es una angustia que se impone a nosotros y que nosotros no podemos evitar, es […] un accidente siempre posible de nuestra vida cotidiana.12
Si se quiere comprender el modo como se plantea la angustia en términos de motivación para salir de la actitud natural, merece que nos detengamos por un momento en el pasaje recién citado. Sartre afirma, en primer lugar, el carácter espontáneo de la conciencia en su modo de ser intencional, así como el sentido trascendente que le corresponde al Ego, esto es, como un fenó- meno constituido en el mundo desde la pura espontaneidad de la conciencia impersonal.13 Ahora bien, el ser humano trata a lo largo de su vida de afirmarse como un ser concreto y lo más claro posible, para lo cual aspira a un Yo que le dé una identidad estable que se conserve a lo largo del tiempo. A esto último es a lo que Sartre se refiere con el esfuerzo de la conciencia proyectándose y absorbiéndose en el Yo, es decir, al deseo de negar la espontaneidad de nuestra existencia y al afán de reemplazarla por la unidad estática de una identidad yoica que me dé la tranquilidad de un ser familiar. Es lo que Sartre expresa diciendo que “[e]l hombre es siempre un brujo para el hombre”.14 Sin embargo,
10 SARTRE, Jean-Paul. La trascendencia del Ego. Buenos Aires: Calden, 1968, p. 77. 11 HEIDEGGER, Martin. ¿Qué es metafísica? Santafé de Bogotá: El Búho, 1992. 12 SARTRE, Jean-Paul. La trascendencia del Ego. Op. cit., p. 77-78.
13 Más adelante se mostrará una idea similar en el planteamiento que sobre el absurdo
hace Albert Camus en el apartado titulado Los muros absurdos de su ensayo El mito de Sísifo, entre las páginas 226-230 de la edición aquí estudiada y que aparece debidamente reseñada en la bibliografía al final.
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pese a este esfuerzo del individuo, esto es, pese a que “[p]uedo engañarme pensando que tengo un tal Yo (Moi)”,15 en nuestra vida cotidiana surge la duda con respecto a la autenticidad de dicha permanencia. Ante esta duda sobre lo que somos surge la angustia; o, dicho quizás de manera más clara, esta duda ante la estabilidad de lo que somos es angustia y, en la angustia, “uno está desazonado”,16 esto es, sin hogar, sin amparo y desprotegido.17
Para Sartre, en la actitud natural, damos por hecho la existencia de una identidad estable y familiar a la que llamamos “Yo”. Lo que motivaría entonces la salida de dicha actitud sería una sensación de extrañamiento con respecto a nuestra propia vida, dado que el esfuerzo por absorber la espon- taneidad y gratuidad de nuestra existencia en un ser estable y definido (un Yo) nunca se ve completamente recompensado. Lo que nos sacaría de la actitud natural, de la seguridad de la cotidianidad irreflexiva, sería el hecho de que la conciencia siempre sobrepasa al Yo y que el Yo “no puede nada sobre esta espontaneidad”,18 lo que permitiría concluir que “por naturaleza el Ego es huyente”.19 Así, esa vida de rutina siempre se ve “fracturada” por una esponta- neidad propia de la existencia pre-personal, esto es, de una existencia carente de un Yo que se sienta familiar al mundo, espontaneidad que experienciamos en la cotidianidad por una sensación de extrañamiento con respecto a nosotros mismos: lo que Camus llamará en su momento un divorcio entre el hombre y su vida. La epojé sería entonces posible por un sentimiento de extrañamiento que nos haría cuestionar la validez del sentido de la vida, validez que hemos dado por supuesta durante nuestra existencia en actitud natural. Vemos con ello que la epojé fenomenológica que conduce a la descripción de los fenómenos y a la reconducción de la atención hacia la fuente constituyente de sentido, indica dos cosas: i) que el sentido que damos por asegurado en realidad no existe de suyo; no es independiente de la existencia humana que lo constituye y ii) que lo que aprehendemos mediante la descripción de nuestras vivencias –y, con ellas, de los fenómenos viven- ciados– es un vaciamiento de sentido inicial que conlleva serias implicaciones prácticas, como la que refiere a la pérdida de una identidad personal que permanece en el tiempo. Esto último toca directamente el problema del sentido de la vida, pues, en efecto, si reconocemos tras la práctica de la epojé que no existe sentido dado de antemano, hemos de concluir que nuestra vida,
15 Ibíd., p. 52.
16 HEIDEGGER, Martin. ¿Qué es metafísica? Op. cit., p. 26.
17 En su comentario a la conferencia de Heidegger, Jaime Hoyos-Vásquez aclara la relación
planteada entre “angustia” y “desazón”. Cuando decimos que en la angustia lo que le está pasando
a uno es la desazón (es ist einem unheimlich) Hoyos-Vásquez advierte que “la palabra alemana
da a entender que la causa de la desazón está en que uno está sin-hogar (Heim), sin amparo o protección, des-amparado o des-protegido (Unheimlichkeit). Para mi trabajo importa esta aclaración en la medida en que permite pensar la angustia como una suerte de extrañamiento.
18 SARTRE, Jean-Paul. La trascendencia del Ego. Op. cit., p. 74. 19 Ibíd., p. 64.
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en cierto sentido, carece de sentido. Visto así, la epojé fenomenológica conlleva lo que para Camus representará la pregunta fundamental de la filo- sofía, a saber, la que refiere al sentido de la vida. Y es la angustia, tal y como lo ha mostrado Sartre, lo que conduce y a la vez muestra el sinsentido moti- vando la salida de esa ingenuidad que nos hace sentir seguros en el mundo.