La enfermedad no tenía para los románticos el estigma del pe- cado, bien al contrario era portadora de un signo de distinción. La tuberculosis, por ejemplo, convertía en misteriosas y elegan- tes a las heroínas de las novelas. La salud, en cambio, adolecía de poca profundidad a causa de su trivialidad. El hombre enfer- mo era en cierto modo más humano, ya que la enfermedad se asociaba esencialmente a la existencia. Epilepsia, locura y genia- lidad iban de la mano. La locura, en particular, se veía como una auténtica fuente de inspiración. Esta mitificación se exten- derá desde Schopenhauer a Foucault, pasando por los surrealis- tas y tantos otros. Cuando Foucault sostenía que la locura era la verdad de la razón15 aplicaba a la locura un potente modelo de análisis en clave de política que hábilmente extendió a otros ámbitos de su interés. La ilegalidad frente a la legalidad, la en- fermedad frente a la salud, en todos los casos la excepción jugaba el mismo papel. La excepción aparecía como la verdad de la normalidad. C. Schmitt en su libro Teología política ya había defendido que «La excepción es más interesante que el caso normal. El caso normal no prueba nada, la excepción lo prueba todo».16 En la época global, este uso heurístico y político de la diferencia ha perdido relevancia. La normalidad en sí misma se ha hecho mucho más interesante que la excepción. Hay que abandonar la tríada enfermedad-locura-genio y toda su carga de elitismo para ir al hombre anónimo y a las enfermedades de
15. M. Foucault, Historia de la locura, Madrid, t. I, p. 63. 16. C. Schmitt, Politische Teologie, Berlín, 1993, p. 22.
la normalidad. El malestar social. En definitiva, politizar la en- fermedad, como ya había empezado a hacer Foucault, requiere en la actualidad expulsar de ella todo rastro de romanticismo. La historia de lo sucedido con la locura es indicativo. La locura que se presenta como silencio, como ausencia de obra, no se halla fuera del tiempo histórico, sino que siempre está situada en una sociedad concreta. No existe, dice Foucault, una locura en «estado salvaje», y por esa razón es posible realizar su arqueo- logía. Las distintas etapas no son aquí lo más importante. Lo verdaderamente crucial es la categoría que servirá para desple- gar el análisis, puesto que en ella se condensa tanto la estrategia de poder en acto como su misma posibilidad de subversión. El concepto de «partage» («reparto») juega el papel fundamental. Sobre el diálogo inmemorial existente entre la razón y la insen- satez, en una cultura dada y en un momento dado, se proyecta un corte que permitirá levantar «una estructura del rechazo» mediante la que «se podrá denunciar una palabra como no siendo lenguaje, un gesto como no siendo obra, una figura como no teniendo derecho a ocupar un lugar en la historia».17 La razón encuentra entonces en la locura la presencia oscura de su contrario. Evidentemente ya no habrá más diálogo. La razón se encargará, a partir de este momento, de construir una hege- monía que ya es total. Primero, apropiándose de ella en la me- dida que le puede ser útil para su propio despliegue, después encerrándola junto con otras formas de anormalidad. Final- mente, y gracias a la mirada médico-psicológica, convirtiendo la anormalidad en enfermedad mental. La locura definida cien- tíficamente como patología, y ya no exclusivamente como pro- blema jurídico de orden público, tendrá en el asilo su lugar de tratamiento. Así es como pierde tanto su dimensión trágica como su «poder de revelación».18 El objetivo último de Foucault con su Historia de la locura queda ahora muy claro: pasar del alienado al insensato y devolver a la locura este poder de revela- ción perdido.
17. M. Foucault, Dits et écrits, París, 1994, t. I, p. 191. 18. Ibidem, p. 192.
Con su normalización, la locura lentamente ha perdido su halo romántico. Incluso el mismo Foucault suprimió el primer pró- logo de su libro sobre la locura. Cada día tiene sus noches. Cada sociedad tiene sus enfermedades. No hay una norma ge- neral que permita distinguir entre lo normal y lo patológico. Pero yo sé que estoy enfermo. Que la enfermedad es la enfer- medad. Y lo sé con la fuerza de una convicción. La noche del malestar no tiene, sin embargo, ningún secreto. Como la nada. Yo soy el secreto. Nosotros. Las enfermedades que revelan aho- ra la verdad de la sociedad son vulgares, tan vulgares como el mismo hombre anónimo que somos cada uno de nosotros. En la época global, el malestar social es la enfermedad que acusa a esta sociedad de ser opresiva, huera, descarnada e injusta. Es un
estar-mal que se manifiesta en una multitud de enfermedades
indefinidas y generalizadas. Enfermedades del vacío como la depresión, la ansiedad, la anorexia; enfermedades del sistema inmunológico como el síndrome de fatiga crónica, la sensibili- zación química múltiple, la fibromialgia… Y tantas otras enfer- medades que escapan a la mirada clínica, aunque constituyen el grueso de las visitas a los ambulatorios. De la misma manera que el ser, el malestar social se dice de muchas maneras, aunque todas ellas tienen la misma referencia esencial: querer vivir y no
poder. Y ese querer vivir que no puede actúa tanto hacia aden-
tro (interiorización del vacío, sistema inmunitario estallado…) como hacia fuera (descoloca, frena…). ¿Cómo llamar a la en- fermedad de la normalidad? El nombre más adecuado es segu- ramente el de fa tiga.
Se acostumbra a afirmar, por parte de los mismos enfermos y con razón, que el síndrome de fatiga crónica (SFC) es mucho más que fatiga. Esta patología sería una de las enfermedades que junto con otras formaría parte de los denominados síndro- mes de sensibilidad central. De acuerdo, aunque quisiera plan- tearlo de otra manera. La fatiga de la que hablo no se confunde con una enfermedad concreta ni tampoco con el mero cansan- cio. Fatiga es el nombre de lo que me pasa y no alcanzo a expre- sar. Me niego a que mi imposibilidad de pensar se denomine «problemas cognitivos (de memoria y de orientación)». Me nie-
go a que las dudas que me embargan se denominen «destrozo de la autoestima». Me niego a que mi imposibilidad de vivir se denomine «una gran discapacidad personal y laboral».19 La fati- ga en su generalidad, y precisamente gracias a ella, expresa muy bien el hecho de que hoy, y más que nunca, cada enfermedad es un enfermo y cada enfermo una enfermedad. La indefinición más grande coexiste con la singularización más absoluta. La medicina está condenada al fracaso en el instante mismo en que cada enfermedad debe ser abordada como una toma de palabra por parte de un cuerpo que no se doblega ante lo que hay. La palabra fatiga recoge ciertamente muchos síntomas comunes a estas «nuevas» enfermedades: dolor crónico, ansia de vomitar, desequilibrio, sufrimiento inespecífico, extenuación, pero es so- bre todo la definición técnica de fatiga la que curiosamente me- jor formula esta imposibilidad de vivir para el propio querer vivir. Fatiga es «la pérdida de resistencia de los metales debido a la repetición del mismo esfuerzo, lo que conlleva una exposi- ción a la rotura». El interés de esta definición es aún mayor por cuanto establece la vida rota como el único horizonte posible dentro de esta sociedad.
Reivindicar la fatiga como mi propia enfermedad y, a la vez, como el agujero negro que vincula todas estas enfermedades indefinidas y cada vez más extendidas se convierte en una deci- sión política. La fatiga nombra lo que nos pasa, y también lo que somos. La fatiga está clavada en el corazón mismo del ma- lestar social. Ante ella, la medicina no sabe qué decir. Su mirada simplista se asusta frente a una complejidad que no entiende. No hay modo de clasificar lo que es de por sí inclasificable. Entonces es cuando la psicología acude en su ayuda. Cuando la clasificación es imposible siempre queda el recurso de la culpa- bilización. La psicología empieza por construir las distintas fi- guras de la fatiga: la personalidad fibromiálgica, la personalidad depresiva, la personalidad bulímica, etc. Gracias a ellas, es mu-
19. Las citas están sacadas del libro de Clara Valverde, Pues tienes buena cara.
Síndrome de la fatiga crónica. Una enfermedad políticamente incorrecta, Madrid,
cho más sencillo levantar el tribunal que luego nos juzgará res- ponsables de lo que nos acontece. Quieren atarnos a estas iden- tidades para aumentar la colección de mariposas que languidecen detrás del cristal de la caja. La industria farmacéu- tica contempla la colección y se ríe. Satisfecha.
La locura significa otro lenguaje. El loco es un Otro, un extran- jero. Mezcla de misterio y de peligro. En la fatiga, por el con- trario, no hay un Otro. Soy yo, este que cada día ves y al que no puedes creer. Quien vive con la fatiga es el verdadero extranje- ro. Aquel que está cerca, incluso junto a ti. Con quien hablas, a quien miras y, en cambio, necesariamente desconoces. La extra- ñeza inquieta. La desesperación asusta. Los numerosos suici- dios son políticos. De la locura, la razón podía sacar algo. La inspiración que alimenta la creación, un apoyo ante el absurdo. En última instancia, la razón más cínica es capaz de hacerse con la locura como una figura de ella misma. De la fatiga, por el contrario, el poder no puede sacar nada. La fatiga, en tanto que pura desesperación, es la impugnación total de la realidad. Ni todo el dinero del mundo arrancado a los enfermos puede es- conder este grito. La fatiga impugna un modo de vida creado y al servicio de la acumulación capitalista. Esa impugnación, por- que se hace desde el sufrimiento, muestra además una dimen- sión metafísica de la vida que no cabe en esta realidad impues- ta. En este sentido, estas enfermedades intratables son expresión de una politización que supera los límites en los que la locura permanecía encerrada. Cuando la fatiga se convierte en una pa- tología ordinaria que puede afectar a cualquiera, se politiza máximamente. Se hace crítica práctica y compartida de la reali- dad. A pesar de todo, no produce alarma social. Ni mata ni contagia. No constituye, por tanto, un peligro para el orden público. De aquí que la estrategia del poder, no pudiendo recu- perar al enfermo de fatiga para la producción, consista sencilla- mente en destruir un cuerpo ya destruido. Para controlar la lo- cura se tuvo que inventar la Razón con mayúscula, ya que se requería una dualización. Ahora no es el caso porque la fatiga es neutralizada políticamente desde ella misma. El procedimiento consistirá en una invisibilización generalizada que las propias
características de la enfermedad posibilitan. La fatiga implica una triple invisibilidad que, a menudo, atenaza al enfermo: 1) No sale a la calle o muy poco. 2) No muestra ningún signo en su rostro. 3) No se le cree. La exclusión del loco, siendo cierta- mente terrible, contemplaba al Otro aunque fuera como un objeto a marginar. La invisibilización nos pone dentro de un limbo jurídico y sanitario. No existimos. Vivimos en la intem- perie. Dentro de la soledad. Únicamente somos el riesgo poten- cial, aunque ciertamente solo económico, que conllevaría tener que reconocer un estatuto de legalidad para lo que nos pasa. Sin embargo, en nosotros y en nuestro cuerpo destruido sigue viviendo el peligro de una impugnación que no cesa.
La vida que la fatiga conforma hace saltar la dualidad normal/ anormal. La fatiga no es una anormalidad sino una anomalía. Como es sabido, se trata de dos palabras que se emplean como sinónimos y, en cambio, tienen un origen distinto que las dife- rencia. «Anormal» es un adjetivo latino que se refiere a aquello que o no sigue una regla o bien la contradice. «Anómalo» pro- viene de un sustantivo griego que significa «anomalía» con el cual se designa lo desigual, lo irregular, lo rugoso.20 Si el males- tar social es la disfuncionalidad de un grito de protesta genera- lizado, la fatiga son las múltiples anomalías concretas que, en silencio y diariamente, son producidas por el funcionamiento de esta realidad. Ahora bien, la anomalía es efecto y, a la vez, causa. La fatiga, en tanto que enfermedad, es un efecto produ- cido por esta máquina capitalista que llamo realidad, pero tam- bién es un modo de rebelión. Hay que salvar la verdad de la fatiga antes de que sea demasiado tarde. He dicho que la fatiga no supone un problema de orden público. Cierto. Con todo hay en ella un peligro inconmensurable muy difícil de llegar a expresar. Imagínate que estás encerrado de por vida en Guantá- namo. Que la tortura es continua. Que no puedes ver la luz. Que estás completamente solo. Intenta, sobre todo, imaginar 20. Ver el libro de G. Deleuze y F. Guattari, Mille Plateaux, París, 1980, p. 298 que a su vez cita a G. Canguilhem, Le normal et le patologique, París, 1966, pp. 81-82.
que la prisión de Guantánamo está localizada en cada una de tus células. Entonces seguro que ya no sientes ningún temor. ¿Qué nos ata a este mundo? Todo y nada. Contemplar la calle desde la ventana de casa, una mirada fugaz, una caricia perdida, una palabra que nos emociona… La conocida frase de Marx referida al proletariado, con la que concluye el Manifiesto Co-
munista, adquiere para nosotros una fuerza inaudita: «no tienen
nada que perder, como no sean sus cadenas». Artaud fue uno de los que se atrevió a decirlo sin rodeos: «De la nada interna / de mi yo / que es noche, nada / irreflexión / pero que es afirma- ción explosiva, /(anuncia) que hay algo / a lo que dejar sitio: mi cuerpo».21
Somos un cuerpo que vive entre la implosión y el estallido. La locura posee un poder de revelación. En la fatiga, este poder de revelación se muta en crítica efectiva y generalizada. La verdad de la fatiga no dice simplemente la verdad de lo que hay, sino que lo corroe imposibilitando su marcha. Porque este es el auténtico cambio respecto a las enfermedades del siglo xix. No- sotros, los enfermos de normalidad, somos una anomalía. Un error del sistema. Y lo que más deseamos, por encima de todo, es que este lo pague caro. Nuestra verdad es la verdad del mun- do. De su funcionamiento. El cuerpo enfermo de fatiga se ins- cribe en el interior de un nuevo tipo de politización más exis- tencial que, por un lado, instituye una verdad capaz de producir un desplazamiento y, por otro lado, converge con la práctica política de la fuerza del anonimato.