Se pueden entrever dos tipos de uso de la memoria (μνήμη) en Epicuro, pero las dos tienden al mismo fin, la εὐδαιμονία (la felicidad). A la que primero me referiré tiene como medio el recordatorio de los puntos clave de la teoría de Epicuro, los que fueron entregados en forma de epítome, es decir, en forma de un breve sumario de los puntos cardinales sobre la filosofía del jardín, con los que el iniciado puede imprimir en su memoria los temas centrales de la doctrina. M. Tulli, quien ha indagado sobre este ámbito del uso de la memoria en Epicuro dice lo siguiente,
Si el origen de la pasión es en la mayor parte de los casos un saber que nace del error, de falsas
dóxai y phantasíai (opiniones y representaciones)74, después de la investigación es
indispensable imprimir en la memoria el týpos (una marca), la impronta de los principios con el valor fundamental […] si el texto no es sintético, no es posible imprimir en la memoria el týpos,
la impronta (Tulli; 2014: 75)75.
Las frecuentes menciones que Epicuro hace a la memoria en este sentido son con la intención de proporcionar un recuento de fácil acceso a los estudiantes dentro o fuera del jardín, pero que sean allegados con su filosofía. El τύπος, marca o impronta es lo que deja huella en la mente y favorece la llamada ἐπιβολή, proceso mental de inferencia76 que permite al estudiante derivar las explicaciones de los hechos naturales que lo hacen temer en la vida cotidiana.
Epicuro, ya sea en la Carta a Herodoto, Pítocles o Meneceo77nos incita a reflexionar, a dedicarnos y a tener para nosotros estas cosas cerca, para que así exista el recuerdo de los puntos más generales de la doctrina. La memoria en este primer sentido es utilizada como herramienta útil para el recordatorio de sentencias y esbozos con los que el alumno pueda ser capaz de salir de los tormentos de la incertidumbre que se le aparecen en la vida diaria, como es el ejemplo de Pítocles, quien necesita de la carta o el resumen sobre los fenómenos meteorológicos como muleta sobre los razonamientos difíciles en los tratados de mayor tamaño. Es por esto que la prosa didáctica de Epicuro, con la forma de epitome, cartas y sentencias, ofrece al intelectual desorientado de la época un apoyo concreto para custodiar en la memoria a través de la reapropiación del esquema ineludible con el cual proceder: palabras severas, de estilo conciso (Tulli; 2014: 74-75).
El segundo modo en el que se desarrolla la memoria en Epicuro y que también tiende a un sentido terapéutico es el recuerdo enfocado a momentos del pasado, grabados en la mente, de los que se puede sustraer sentimientos agradables, es decir, placeres, con los que poder contar a la mano para superar momentos de dolor anímico o corporal. Todo esto es
74 Los paréntesis son míos.
75 Traducción del Italiano de Marcelo D. Boeri para la conferencia dictada el dieciséis de agosto del 2012, “Epicuro a Pítocle: la forma didáctica del texto”.
76 Véase para este punto lo discutido en el capítulo I de esta tesis con respecto al canon.
77 CH 35-36, 82-83; CPi. 84-85, 116; CM 135.6ss. téngase también en cuenta las cuarenta máximas capitales que se encuentran en Diógenes Laercio (139-154) junto a las demás cartas. También tienen el valor de compendio diminuto a las doctrinas de Epicuro.
posible entendiéndose desde el congruente efecto causal que el alma o mente tiene sobre el cuerpo78, ya que el recuerdo de un pasado agradable tiene el poder de contrarrestar
dolencias físicas y también de afrontar una vida próxima a la muerte eventual. En esto Epicuro como en muchas otras cosas es el arquetipo o modelo a seguir, puesto que el episodio que conservamos acerca de cómo fue su muerte y de cómo la enfrentó nos deja entrever que el modelo de hombre feliz se realiza en su figura.
Epicuro sufría de lo que parece ser cálculos renales o una enfermedad de este tipo, intratable para la época, dado las escasas tecnologías médicas y los conocimientos que hoy tenemos del tema. Según se cuenta fueron catorce días de intenso dolor (DL. X 15.6), ya que esta enfermedad, por lo que sabemos impone un dolor intenso. También en este episodio se entrevé la posibilidad del miedo de una muerte que ya se hace patente, una que se representa con una cercanía tal, que la angustia podría atemorizar a cualquier hombre. Citaré el impactante fragmento, para después analizar sus consecuencias, ya sean en el tema del temor y el dolor en el proceso de morir, enfatizando la posición del viejo.
Carta a Idomeneo
Llegado a este día bienaventurado y a la vez el último de mi vida, te escribía esto. Los dolores de vejiga y de estómago me acompañaban permanentemente y la intensidad extrema que les es propia no cesaba. Pero la alegría de mi alma los resistía todos, al recordar nuestras conversaciones pasadas (ἀντιπαρετάττετο δὲ πᾶσι τούτοις τὸ κατὰψυχὴν χαῖρονἐπὶ τῇ τῶν γεγονότων ἡμῖν διαλογισμῶν μνήμῃ). Tú, tal como corresponde la disposición firme que manifestaste hacia mí y la filosofía, toma a tu cuidado a los hijos de Metrodoro. (DL X 22 = Us. 138 = Arrig. 45).79
La mente o alma como se ve envuelta en sí misma de un propio regocijo, éste causado por los recuerdos de una acción del pasado, que trae al presente el placer que causo anteriormente, quiero decir con esto que el alma se ve participando y afectándose ella misma sin la ayuda del cuerpo, sino que con la ayuda de sus recuerdos; cuando el alma recuerda, se genera un placer anímico, donde éste es capaz de afectar al cuerpo, generando aquella resistencia al dolor de la que habla Epicuro. Se da aquí una acción de pasar de un estado anímico a otro, es este caso, del estado enfocado en el dolor a uno enfocado en el placer anímico. Este movimiento se da en el alma gracias a la facultad del recuerdo o la memoria sobre un objeto que nos dispone de manera placentera.
El dolor80 es mitigado y la muerte es enfrentada por medio de métodos terapéuticos gracias a la memoria. Epicuro no teme al morir y no presta atención hacia los dolores corporales, sino que los enfrenta y reprime redirigiendo su atención. V. Tsouna es enfática
78Se referirá mucho del tema tratado en el Capítulo II, donde intento mostrar los argumentos a través de los
cuales Epicuro afirma que el alma (o mente como le hemos venido llamando) tiene el poder de ejercer sobre el cuerpo.
79 Tomo la traducción de Marcelo D. Boeri (2002).
80 Un dolor en la carne, si es intenso es de una duración pequeña y aquel que es insoportable, es seguido rápidamente por la muerte, ya que se carácter insoportable lo hace imposible de soportar, de sentir. Para un detalle más enfático en la distinción entre dolores. Cf. Con MC IV; SV 4
al recalcar el carácter terapéutico de la distracción de ciertas dolencias por medio de facultades mentales, como en este caso es la memoria. Una persona puede sentirse más feliz, centrándose en un recuerdo agradable (placentero), o en un evento futuro tan esperado que lo distrae de la actualidad (Tsouna; 2009: 262). Esto tendría entera concordancia con lo que Epicuro dice con respecto a que cuando hay gozo el dolor no se da, es suprimido gracias a que el placer es una condición necesaria del alejamiento del dolor81, para dar paso a un estado de regocijo. Epicuro resistiría a estos dolores dando paso al placer, causado por la memoria que es una actividad mental.
Esta memoria agradable, facultad que sólo la mente tiene, excita al resto cuerpo cuando tiene una reacción fuerte consigo misma. El recordar un hecho agradable trae al presente los movimientos anímicos de aquella vez, creando por así decir una especie de repetición del movimiento anímico, los cuales generan en la mente la fuerza necesaria para traspasar por medio del alma, que se esparce por el cuerpo, este gozo. El distraer se transforma en una afección que opaca a otra por medio de intensidad y método82. De esto deviene el resultado de que el dolor de la carne pueda ser mitigado por medio de un proceso de concentración mental, que parece inverosímil, pero que el epicúreo creía y muestra que es posible mediante el ejercicio de su filosofía, y no hay mejor ejemplo de ello que el mismo Epicuro.
La memoria en este segundo modo de actuar se recalca también en los ejemplos del viejo, que no estando en situación de dolor, le teme a la muerte y se encuentra en un estado diferente de realización de gozos que el joven, i.e el viejo no puede, gracias a su estado de vejez consumar ciertas acciones que le den placer. El viejo según Epicuro (CM 122) debe filosofar para que se rejuvenezca por los bienes debido a la gratitud (χάρις) por lo que le ha acaecido. El viejo vive gracias a su condición en gran medida usando terapéuticamente los recuerdos de su pasado, además de los bienes que aún conserva de él. Para Epicuro la riqueza y otros lujos no devendrían en ser bienes naturales o necesarios, por lo que pienso que aquí enfatiza más los bienes psicológicos, las memorias y eventos pasados de su juventud llena de más posibilidades. No quiere decir que el viejo esté en el presente sumido a la imposibilidad de un futuro, pues éste sólo tiene término al acercarse el límite final con la muerte. Pero se debe entender que el sentido de la oración apunta al viejo como un estado mucho más restringido en posibilidades que las que pueden tener un joven. El viejo usa del pasado y se aferra a él, y aquello no es malo, sino que le hace permanecer en felicidad y placer estable. Por otro lado el joven debe no temerle a lo venidero, que siempre se encuentra enunciado por la fortuna, por esto debe entender los fenómenos naturales que pueden aquejarle, la comprensión del límite y todo lo que respecta a la filosofía.
Epicuro sostiene que es dichoso el viejo (SV 17), puesto que el joven aún no ha tenido un tiempo prolongado de vida o de experiencias placenteras. El joven es más difícil de
81 MC III, Cicerón, De Fin. 32, 104-105. 82 Véase RN III 140-160
entrar en razón y anda a la deriva83. El viejo deposita en un puerto los bienes (experiencias) que antes eran inciertos (ej. haber cumplido un sueño anhelado) y los encierra bajo el resguardo de un seguro sentimiento de gratitud. El estado de vejez para Epicuro solamente se da cuando se han olvidado los bienes que antes se ha tenido (SV 19). Cuando no sucede esto se puede recalcar el carácter joven del viejo, puesto que se rejuvenece al recordar, mientras que el que no recuerda es un viejo al no dar gracias por las experiencias acumuladas en vida.
El temor de la muerte, el temor fundamental se nos debiera aparecer ahora como una vieja creencia gastada y vacía. La memoria y el sentimiento de gratitud, aquel que emana una felicidad hacia afuera de nosotros nos predisponen a vivir la vida armados de técnicas contra las dolencias físicas y los miedos vanos. Lo que Epicuro quiere es sanar, llenar de la terapia a aquellos que la necesiten, lejos de la Polis y de la cultura que a sus ojos está consumándose rápidamente hacia la muerte sin saber lo que es verdaderamente vivir. “No debemos aparentar que buscamos la verdad sino buscarla realmente, pues no necesitamos ya parecer que tenemos salud sino tenerla realmente” (SV 54). Los dos tipos de memoria ayudan en este quehacer para alcanzar la salud, Epicuro pone las herramientas y nos ordena el ejercicio de la filosofía, cuya función es desterrar los temores sobre el mundo, para aprender a vivir. Los libros y epitomes como ayuda de velador y el entrenamiento en ejercicios terapéuticos, como es el caso del cambio de atención a ciertas las afecciones, nos ayudan en el camino epicureísta. Si bien, parece en primera instancia imposible de realizarse, la figura de Epicuro está ahí para dar ánimo a sus seguidores. Lo importante al fin y al cabo es cómo las problemáticas en torno a la muerte pueden ser elaboradas por métodos terapéuticos, de carácter y de juicio ante la vida.
83 Es bastante común caracterizar al joven por medio de un carácter que aún tiene más elementos emocionales que racionales. Por esto el joven no puede guiarse racionalmente, pero aún asi debe entrar en la filosofía para dejar de lado una vida irracional y burda. Cf. Con lo que dice Aristóteles en EN 1095, donde el Joven no es apto para la política, ya que es dejado a sus paciones, además de no tener experiencias para ejercerla. Pero Epicuro creer que el filosofar como método para la vida feliz no excluye a ninguna edad, pero no estaría en contra en pensar que más difícil hacer entrar en razón al joven, sobre todo en la conciencia de su límite, puesto que por su estado de juventud, se tiende a olvidar el carácter de mortalidad y límite de la condición humana.
Conclusiones
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[…] tratar de saber lo que es la propiedad de la propia vida; y quien puede ser su dueño; y si dar es otra cosa distinta de perder; si ‘dar a compartir la vida’ es, en resumidas cuentas, otra cosa distinta de ‘perder el tiempo’. Perder el tiempo sería perder el único bien del que se tiene derecho a ser avaro y celoso, el único y la propiedad, la única propiedad que cabría ‘sentirse honrado de guardar celosamente’. Se trata, pues, de pensar el principio mismo de los celos como pasión primitiva de la propiedad y como cuidado de lo propio, de la propia posibilidad, de cada uno, de la existencia (Derrida, 1998: 18).
Eres, aun haciéndote viejo, tal como yo recomiendo ser, y has distinguido qué es filosofar para sí mismo y qué para la Hélade (SV 76).
El sabio epicúreo que se encarna en la figura arquetípica de Epicuro, de la que bebe toda su escuela, es aquel que no malgasta su vida, de la misma forma de como Derrida entendía lo que era la vida, el tiempo propio de existir, la única propiedad de la que se tiene derecho. Puesto que la vida es mi vida o, mejor dicho, la expresión ‘la vida’ puede ser apropiada por todos nosotros al tener conciencia de la propia existencia, es en ese entonces que tenemos la vida. Nadie puede vivir por el otro o entregarle su vida a otro, así también yo no puedo vivir por el otro; del mismo modo en que “nadie puede morir en mi lugar o en lugar de otro” (Derrida, 1998: 46).
Epicuro no malgasta su tiempo, su existencia, la que entendía con un solo propósito, éste es ser existencialmente feliz, o mejor dicho, vivir una vida dichosa, pero ¿cómo? Pues eliminando el dolor mental y corporal, dejar aquello ajeno y superfluo de su vida, de su tiempo de ser feliz; tiempo que se puede dar tanto en el viejo y el joven (CM 122). No se trata, pues, de una felicidad que se puede llamar un cierto télos vital u objetivo que se evalúa al final de la vida, sino que es una que acontece en el ahora. No se espera a que Epicuro muera para decir que fue feliz, sino que mientras vivió estuvo feliz y dichoso gracias a su terapéutica de las creencias y de las necesidades. La filosofía, el estudio de la
natura, es lo que nos entrega la verdad capaz de eliminar los males, las falsas creencias y las disposiciones erróneas. No hay un tiempo adecuado para ser feliz, sino que el ahora es el tiempo adecuado, no se debe desperdiciar el tiempo en vida, aquella propiedad intrínseca, sino que se la debe proteger desde que se tiene conciencia del vivir propio. Rodearse de amigos, no causar males para no tener que temer males, guiarse por la verdad, no temer a la muerte y a los dioses son aquellos métodos por los que el tiempo propio no se desperdicia, sino que se goza.
El sabio Epicuro no vive esperando84, pues sabe que el tiempo es el hoy y que el final de ese tiempo existencial acontece la muerte. Es la aceptación cruda al límite, a esa frontera imposible de traspasar, pues después de aquella no hay nada que tocar, pues no hay donde pisar en aquella tierra extranjera que se le llama muerte. Es el mismo “pensamiento [diánoia], tras tener en cuenta el fin y el límite de la carne y al liberarse de los temores de la eternidad, [éste nos] dotó de una vida perfecta y que ya no tiene necesidad de un tiempo infinito” (MC XX).
Este trabajo del pensamiento, el de tener en cuenta el fin y el límite de la carne, es la aceptación del hecho de que estamos limitados dentro de nuestros límites y esto último debió ser para Epicuro bastante crucial a la hora de entender una de las cosas más importantes y difíciles para el ser humano; el que hay ciertas cosas por las que no hay que temer, ni angustiarse, pues debe haber una aceptación y creencia a que nuestro límite no es en realidad nada horrendo. Este ‘poder’ mental que es causado por la creencia o si se quiere, para decirlo de otra forma; se da por un cambio de enfoque, uno que cambia aquello que se cree sobre la muerte y sobre la vida. Vida, entendida para Epicuro como la condición de posibilidad del ser feliz, gracias al placer, aquello a lo cual todo ser vivo tiende, pues es su encuentro con lo que le es propio (DL X, 26); la muerte es el fin de todo aquello que puede hacernos feliz o desdichados, es el fin de toda sensación y de toda afección, por lo que no hay placer ni dolor.
Conocer el límite de nuestra posibilidad, de sabernos finitos y eliminar esas ansias de infinito, de ese esperar llegar a poder cumplir lo infinito de necesidades en un tiempo infinito, nos hace dichosos, pues elimina la angustia de abarcar lo inabarcable, de gozar aquello que escapa dentro de los límites de la carne y de lo constituido materialmente. Angustiarse es perder el tiempo, y angustiarse por la muerte es perder el tiempo por nada, por aquello que no puede tener relación con nosotros, puesto que, cuando existimos, la muerte no está presente, y cuando la muerte se presenta, entonces nosotros [ya] no existimos (CM 125), es decir, nuestro tiempo ya no-es. Sufrir por la inminencia y la no- presencia de algo, como la muerte, aquello que es el fin de todo mal y todo bien, es un perder y dejar escapar el tiempo, la existencia y por ende la posibilidad de gozar la felicidad.
Esto fue lo que vio Epicuro, la simplicidad de aquello que nos puede hacer felices, de cuidar nuestra propiedad, nuestro tiempo. El filósofo del Jardín enseñó que si nuestras disposiciones son cambiadas gracias a la eliminación de ciertas creencias falsas, nos podemos volcar a un punto nuevo de vista sobre la vida, claramente finito y no infinito.
No temerle a la muerte significa no relacionarse con ella. Cada acto psicológico, ya sea recordar o proyectarse (imaginar) queda fuera del dominio del miedo de la muerte.