ASTRONOMICAL CONTRIBUTIONS OF MELBOURNE OBSERVATORY
OCCULTATIONS OBSERVATIONS/INSTRUMENTS/NOTES P/S
SUS ULTIMOS AÑOS
Conocidos yá los rasgos más salientes de la vida de este infatigable obrero del progreso, á quien hemos procurado seguir desde su infancia y en las diversas fases de su agitada existencia, réstamos, para dar fin á nuestra obra, decir algo sobre la parte que podemos llamar típica, por comprender sus cualidades peculiares.
Aun en su conformación física ofrecía don Gabriel mucho qué admirar al fisiólogo y al artista. Como en otra parte dijimos, era de talla levantada, de formas vigorosas y armónicamente repartidas, de facciones bien delineadas y correctas, de conjunto verdaderamente escultural, que le daba un aire que rayaba en lo marcial de puro severo y varonil. Un francés al contemplarlo habría dicho, desde luégo: voilá un homme solidement bati; y quienquiera que lo mirase atentamente se sentía dominado por cierta impresión vaga de simpatía, de respeto y de confianza.
Cutis blanco, limpio y medianamente sonrosado; frente arqueada y con arrugas profundas, que le daba un aspecto reflexivo y austero; ojos melados de mirar intenso y fulminante cuando estaba airado, pero plácido y tranquilo de ordinario; boca, ni grande ni pequeña; labios bien cortados y de buen relieve; pero de barba, escaso y afeitado siempre día por día, especialmente en la edad madura; cabello que, cuando poblaba
una cabeza de 25 años, debió ser negro como el azabache, y se tornó mixto á los 60 años, y totalmente plateado á los 80, pero abundante siempre, y siempre cortado con esmero casi al ras de la epidermis.
Su andar lento y pausado, como el de quien busca á alguien ó algo, no era así en sus momentos de afán y de impaciencia, por cierto frecuentes: entonces sus movimientos eran rápidos y bruscos, hasta perder su serenidad y compostura habituales. Tal era, especialmente la familia, y en el despacho de los graves y múltiples negocios, propios ó ajenos, que embargaban su atención constantemente.
Su palabra concisa, pronta y resonante cuando daba órdenes, solía propasarse á veces hasta un tono altanero y descompuesto; pero el trato familiar, y especialmente en los ratos de vagar y esparcimiento, como queda dicho, su acento era dulce y delicado, comunicativo y comedido.
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Nunca lo sorprendía en el lecho la aurora. A eso de las cuatro ya se le podía ver inclinado sobre ancha jofaina de latón bruñido, haciendo sus abluciones matinales, después de afeitarse con esmero, á la luz de una bujía colocada convenientemente en lo alto de la pared. Siempre consideró indigno que manos extrañas le anduviesen por la cara, teniendo él las suyas sanas y en libertad.
Despachado el ramo de higiene personal, y vestido con toda pulcritud (de blanco casi siempre), se iba al comedor y allí encontraba lista su taza de café y leche con buena y abundante parva. Con el último sorbo, y clareando ya el día, se ponía en marcha para la Quebradaarriba, en cuya banda derecha había ido agrupando con paternal solicitud á los miembros más allegados de su familia. Pasaba revista á todos ellos, y cerciorando de su situación , se volvía á su almacén y entraba de lleno en sus quehaceres, sin perder en todo el día un cuarto de hora. Era tal su actitud, que más de una vez le ocurrió comer de pie; y nunca, por nadie ni por nada, permanecía á la mesa un minuto después de haber comido. Sólo en sus últimos años adoptó la costumbre general de alzar de obra antes de comer, y comer más tarde; después daba un corto paseo, ó iba á inspeccionar alguna obra pública en reparación ó construcción.
Jamás le llamaron la atención los placeres de la mesa, y acostumbraba no comer hasta saciarse; que eso, decía él, iba en contra de la salud y sus negocios. De licores no hay que hablar; aborrecíalos de veras, excepto alguna copa de vino generoso, especialmente en reunión de amigos. El espectáculo de la embriaguez le producía un sentimiento de repulsión tan profundo, que no podía dominar y menos ocultar.
Merced á tan severo y parco régimen, que hacía extensivo á todas sus necesidades físicas, rebosaba en salud, en vigor de alma y lozanía de cuerpo. Por eso sin duda, y por los medios profilácticos que empleaba
siempre, ni el Cauca, ni el Magdalena, ni clima alguno, por deletéreo que fuese, pudieron minar su constitución hercúlea.
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En materia de economía seguía rigorosamente las máximas de Franklin, y solía extremarlas hasta el punto de reñir á un dependiente cuando le veía arrojar la cubierta de una carta, en vez de recogerla, como lo hacía el mismo, y juntarlas con esa multitud de hojuelas que andan por ahí volando en todo almacén de notable movimiento. De todo esto formaba paqueticos para escribir esquelas de poca importancia, ó para que los dependientes se ejercitasen en números y en borradores de cuentas. Así, decía, ahorran ustedes al año por lo menos una resma de papel, que bien vale tres ó cuatro duros, y esa suma, con otros recortes de igual clase, pueden bastar para hacer rico á todo hombre cuerdo y avisado que se proponga serlo.
Para tener, tener: tal era el canon á que ajustaba ordinariamente su conducta; pero lo rígido y aun lo nimio en la consecución de dinero, no le impedía gastarlo con largueza en el consumo ordinario de su familia, ó en obsequiar á altos personajes, ó complacer y servir á sus amigos, ó en obras de piedad. Entonces abría el bolsillo sin reserva, y aquello era conducirse á cuerpo de rey.
Ya que antes hablámos de dependientes, debemos agregar que su almacén fue siempre una excelente escuela práctica en que se formaron, no solamente hombres de negocios, sino ciudadanos distinguidos por su amor al trabajo, por la integridad y rectitud en sus procederes, y por el culto al deber en todas las situaciones de la vida. No hay para qué citar nombres propios; ahí están vivos casi todos esos caballeros para corroborar lo que decimos, y entre ellos no faltará algún ex-Presidente del Estado, hoy opulento y conocido banquero.
Es de recordarse también que el Coronel don Gregorio M. Urreta, don Eugenio M. Uribe y don Gabriel fueron los primeros que introdujeron á Medellín el moderno sistema de contabilidad por partida doble. Sus libros llegaron á ser modelos de limpieza, exactitud y corrección.
Los periódicos oficiales, así de la Nación como del Estado, coleccionados por anualidades y empastados con esmero, no faltaron jamás en su escritorio. En ellos iba anotado con tinta roja y letra gorda cuanto podía interesarle en materia de aduanas, de tierras baldías, de crédito público nacional ó regional, y de estadística en general.
Como litigante llegó á ser el timebunt del foro antioqueño. Nadie, ni Gobiernos ni particulares, llegó á medirse con él que no saliese vencido. Y no porque él fuese abogado, sino por su audacia y su porfia, por su estrategia consumada y, sobre todo y ante todo, por su bolsillo bien provisto y bien abierto.
Tres cuestiones, entre otras, le granjearon fama de lidiador temible, y fueron: la de la salina de Guaca, la de los terrenos de Cancán y la del camino de Caramanta. De todas hemos hablado atrás someramente, y agregamos ahora que si en todas salió victorioso, fue después de ocurrir á todos los poderes públicos, desde el judicial hasta el político y administrativo, así en la Nación como en la Provincia ó el Estado. Hasta en el recinto del Congreso se hizo oír más de una vez en reivindicación de sus derechos. Sólo así, y tras incidentes numerosos, en muchos años y con crecidos gastos, pudo salvar de las garras fiscales y particulares valiosos intereses.
Es que además de las cualidades apuntadas, tenía la de no promover jamás un litigio, cualquiera que fuese su cuantía, sin meditarlo mucho, sin consultarlo mucho, sin prepararse mucho. Eso sí, una vez abierta la campaña, era preferible tener al cuello una bizma de cantáridas que á aquel hombre de enemigo.
Poco faltó para que le costase la vida ese tenaz empeño en la defensa de su derecho.
Ventilábase entre él y cierto sujeto de muy malas pulgas una cuestión en que la honra de su casa era lo principal y el dinero lo accesorio. Cuando ya su contraparte se vió apurada en el terreno de la ley y la justicia, hubo de apelar al fácil y económico expediente de un golpe de mano, tan bien meditado y ejecutado, como cobarde y aleve. Tendido en medio de la calle, con el cráneo hendido, cubierto de sangre, sin conocimiento y cuasi cadáver, fue don Gabriel hallado entre 7 y 8 de una noche oscura, en el centro mismo de la población. Incontinenti fue conducido á su casa, y, gracias á un esmerado tratamiento recobró la salud y la razón. Por falta de probanzas el crimen quedó impune, y burlada la vindicta pública; pero toda la ciudad de Medellín señalaba con el dedo al agresor, bien segura de estar en posesión de la verdad.
La litis continuó su curso, á pesar de tamaña ocurrencia, y en breve fue fallada en definitiva, amparando los intereses de don Gabriel, y dejando bien puesto el honor de su familia, que, como ya dijimos, era el punto cardinal de la cuestión.
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Entre las prendas morales que más realce daban al carácter de don Gabriel, decollaba un altruísmo bien marcado, si es que el moderno vocablo significa olvido de si mismo para pensar en los demás. Preocupábase ciertamente del bien ajeno con la solicitud que puede tener para con sus hijos el padre más tierno y afectuoso. Dondequiera que ocurría un conflicto, una dificultad, una calamidad cualquiera, bien fuera en
público ó en familia, allí estaba él entre los primeros; y no para hacer mero acto de presencia, sino para ver de remediar el mal, ora con su dictamen, siempre cuerdo y reflexivo, ora procurando recursos pecuniarios, yá solicitando el concurso de la autoridad ó de hombres buenos, yá, en fin, poniéndose á la obra él mismo, si creís llegado el caso. Al sacerdote y al médico de les llama cuando se trata de medicinar al alma ó el cuerpo. No así á hombres como don Gabriel, que parecen tener el dón de la ubicuidad, y que siempre están rastreando el mal ajeno para tratar de remediarlo.
En asocio con los señores Tyrell Moore, Evaristo Zea y Marcelino Restrepo (caballeros de los más útiles y respetables de Medellín) acometió la empresa de transformar el campo yermo y solitario del norte de la ciudad en un barrio hermoso y elegante. Antes de morir, tuvo la satisfacción de ver cumplido en gran parte su deseo.
Los árboles con que embelleció la banda derecha del riachuelo de “ Santa Elena” están ahí, con sus enhiestos troncos y su follaje espléndido y galano, recordando su nombre á la actual y á las venideras generaciones, al par que sirviéndoles de estímulo y ejemplo, como en efecto han servido, para continuar esa obra importantísima de recreo, salubridad y embellecimiento. Hoy mismo, algunos de sus nietos se ocupan con loable ahínco en plantar un square magnífico (jardín) en la espaciosa y alegre plaza de Bolívar.
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Aunque nadie se lo había enseñado, él sabía perfectamente que el mejor medio de trabajar con el provecho es dividir el tiempo convenientemente, y seguir un método bien ordenado en la ejecución y desempeño de las diversas tareas que absorben la atención de un hombre de negocios. A ese respecto, hasta para comer, acostarse, levantarse y recrearse tenía sus horas señaladas.
Todas las noches, después de una hora de recogimiento y de reposo, hacía una especie de memorándum, de los asuntos en que había de ocuparse al día siguiente. Y si en sus ratos de insomnio, en el curso de la noche, recordaba algo de importancia, sacaba de debajo de la almohada un lápiz gordo que teñía de rojo y apuntaba la cosa en el puño de la camisa. En alguno de estos apuntes se leía este renglón peregrino:
¡Ojo! Regañar a Ambrosio.
Y el Ambrosio era el indio bogotano, que de mucho tiempo atrás le servía de asistente. Estupendo era el criado, si los hay; aunque, como todos los de su raza, un poco estrecho de mollera, y un si es no es marrullero y respondón. Pero don Gabriel no le pasaba ninguna mala partida sin darle una felpa de esas que
suelen oír hasta los sordos. Y ¡cosa rara! el indio no se fruncía, y debía ser por lo mismo, es decir, porque era indio, ó porque la paga iba corriente y no era escasa.
No sabemos si don Gabriel había leído á Campoamor; pero de no haberlo leído, lo adivinaba en aquello de que, para ser obedecido y bien servido, no hay como tener en la una mano el pan y en la otra el palo. Buen sistema, en opinión de muchos, y así será cuando hasta los Gobiernos suelen aplicarlo á maravilla.
No se entienda por eso que don Gabriel fuera un déspota en el gobierno doméstico, nó; pero sí es la verdad que á todos sus dependientes y subordinados les exigía inexorablemente el cumplimiento estricto de sus deberes. Los subterfugios, melindres y blanduras de la malicia, la ineptitud y la pereza, lo impacientaban en gran manera, y era entonces cuando soltaba algunas de Dios nos guarde. Así era él; pero á nadie le guardaba odio, y si era pronto en exaltarse, pronto era también en serenarse y entrar de lleno en la plenitud de la razón.
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Tenía para su gasto un criterio tan original como seguro. Terminada la guerra de 1840, y siendo Gobernador de la Provincia, recibió un día el memorial de un cuerpo de reclutas acantonados en esta ciudad, en que pedían que, restablecido ya el orden público, se les pusiese en libertad. Apenas lo hubo leído – haga usted venir á esa gente ahora mismo, le dijo al Secretario, para contestar verbálmente a cada uno. Extraña pareció la orden; pero se cumplió luégo al punto. Llegado que hubieron los postulantes á la casa de Gobierno, se les hizo alinear en un espacioso claustro, y en seguida se presentó el señor Gobernador á pasar revista, no de armas, sino de manos. – Presente usted las manos, dijo al primero; y cuando las hubo examinado atentamente, les ordenó salir de filas, agregando: queda usted el libertad. – Veamos las del que sigue. – Aquí las tiene Usía. -¡Malo! ¡malo! ¡malo! queda usted en las filas. – Venga el tercero; ¡malo también, de fijo! -¿Y el otro? ¡Bueno, muy bueno! en libertad. Y examinándolos todos, concluyó por enviar á unos á sus casa y á otros la cuartel.
¿Qué había notado el Magistrado en las manos de esos hombres? Pues nada menos que la huella del trabajo, ó del vicio y la pereza. La mano encallecida era claro indicio de lo primero, y de lo segundo, la delicada y blanda. Por de contado que se trataba de gente salida de la ínfima clase, y en este caso no podía ser más lógico y correcto el procedimiento para llegar á la verdad: esa gente vive, ó del trabajo manual, ó del juego, la rapiña ó el petardo. Obreros ó rufianes, zánganos ó abejas de la colmena social.
Uno de los favorecidos arguyó diciendo que era sastre. – Es verdad, dijo el Gobernador, olvidaba que podía hacer esa excepción, pero... no hay tal excepción, lo que me faltó fue examinar dedo por dedo, y hasta
entre uno y otro dedo. Muestre usted el meñique de la mano derecha. Es verdad, allí se ve el callo de la hebra. Muestre el intermedio del índice y el pulgar. También es verdad: ahí han dejado alguna protuberancia las tijeras. Por tanto, ¡vaya usted en horabuena!
Tal fue el método salomónico que adoptó el magistrado para ponerse en lo cierto: bien se ve en ello su
no común sagacidad é inteligencia.•
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En Diciembre de 1878 se dio en la calle una fuerte caída de sus pies, que trajo por consecuencia la fractura del fémur. Este accidente fue para él doblemente funesto; pues lo dejó postrado físicamente por el resto de sus días, y secuestrado forzosamente de la sociedad y los negocios. Situación violenta para un hombre avezado al movimiento, y que tanto gustaba del comercio social, por el placer de recibir ajenas impresiones y comunicar las suyas propias, cuando del cambio pudiera derivarse un bien cualquiera.
Su cuerpo empezó á declinar visiblemente, mas no su alma, que en la misma proporción fue ganando en lucidez, energía y fortaleza.
Desde el aposento en que vivía sentado en una silla (no poltrona, porque decía que se emperezaba) le parecía verlo todo y dominarlo todo; y en realidad parecía que en todo estaba. Allí se hacía leer la nutrida correspondencia de su casa y daba la clave para contestar á cada cual: allí se informaba de la situación monetaria y financiera del país, del curso del mercado y del movimiento general de los negocios.
Jamás faltaba de su lado alguno de sus nietos para leerle los periódicos más en boga, nacionales ó extranjeros. A falta de éstos, solía echar mano de libros serios y de fondo, nunca de novelas: consideraba perdido el tiempo que se gasta en leer futezas que nada enseñan, y que suelen perturbar la mente por la embriaguez de los sentidos, y el anhelo nunca satisfecho de bienes y placeres imposibles.
En ocasiones no podía contenerse, y solía interrumpir la lectura con nobilísmos arranques, del tenor siguiente:
-¡Pero hombre! ¿Es imposible que este nuestro Gobierno considera que esos brasileños del demonio vengan á engatusar con baratijas á esos infelices (indios del Caquetá y el Putumayo) y se los lleven á su tierra como viles bestias de carga? ¡Nó! no puede ser, y por el próximo correo voy á escribir al Presidente para que vea cómo remedia semejante iniquidad.
Otras veces, á la hora de sentarse á la mesa, le ocurría esta salida:
• De este pasaje y algunos datos importantes para la redacción de nuestra historia, somos deudores al doctor Nicolás F. Villa, de la privanza íntima de don Gabriel. Reciba por ello este amable caballero la expresión de nuestra gratitud. N. DEL. A.
-Sabrán ustedes que anoche me desvelé pensando en cómo, cuándo y por dónde fueron á poblar las Islas del mar del Sur esa multitud de salvajes y de bestias de todo linaje y pelaje que nos habla Darwin en sus viajes de exploración de aquellas regiones. Y si á esas palabritas cómo, cuándo y por dónde agregamos el porqué y para qué, acabaremos de llegar donde íbamos. Yo no sé de qué manera resuelven los sabios esos busilis, si es que los resuelven: lo que á mí me ocurre es que esa flaca razón humana sube y sube hasta que llega á un tope de donde no puede pasar, y entonces no le queda más recurso que agacharse y quedarse quieta y callada, ó divagar en el vacío. La única respuesta que yo he podido darme á ese respecto, es que todas las zonas y latitudes de la tierra deben tener y tienen las producciones que les son peculiares en los tres reinos. Por lo demás... punto en boca.
A medida que avanzan en años, más inquieto y escudriñador tornábase su espíritu, y, como el niño, de todo procuraba darse cuenta. Cercano á los noventa años, era bien raro que su razón ni flaqueaba ni se oscurecía, y su memoria tenía momentos tan felices, que, como ya hemos dicho, reproducía al dedillo hasta los más menudos incidentes de su infancia y juventud. Los caprichos y aberraciones seniles no invadieron jamás aquella alma, siempre señora de sí misma.
Su código moral podía resumirse en dos renglones: Consérvate y mejórate á ti mismo.
No hagas daño á nadie, y sí el bien que puedas.