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Operationalising the variables 1: Transparency and Drainage

Chapter 4: Methodology for nation-wide quantitative analysis

4.2 Operationalising the variables 1: Transparency and Drainage

cambios emocionales en la mujer?

4. ¿Contribuye este análisis al fortalecimiento emocional en la mujer?

A partir de esta organización se clasificó la información en los siguientes tres ejes de reflexión:

1. La relación con mamá y sus memorias uterinas

2. El diario menstrual como instrumento de auto observación de las distintas fases del ciclo ovárico.

3. El autoconocimiento como ruta para el amor propio o crecimiento emocional.

5.2.2 Se hablo del útero, hablo de la madre, hablo de la niña.

En el útero de cada mujer se inscribe la historia de su linaje materno, historia que obra a nivel genético y biológico, pero también emocional; una herencia (Gil, 2015) de la vida psíquica de las ancestras por parte de las nietas a través del proceso de la ovogénesis que se da durante el estadio perinatal en el útero de la madre, y que pervive en las formas emocionales de vincularnos. Durante el desarrollo de los laboratorios se encontró la herida emocional con las madres de las participantes, caracterizada por la dificultad de aceptara mamá tal como es, falta de aceptación que se refleja en 1) la dificultad para abrirse a los sentires propios del ciclo ovárico, donde impera la rigidez para permitirse sentir y la necesidad de controlar toda emoción y sensación; y 2) en la falta de amor propio y autocuidado de las hijas, que siendo adultas le demandan a sus madres, reflejados en sus sentimientos de abandono, rabia y recriminación.

Esa dificultad para abrirse a los sentires propios del ser femenino,la identifica Hilo rojo por medio de lo que ella denomina su relación con su ser femenino: Tengo dudas sobre la autenticidad de como interpreto estas sensaciones y en encontrar qué es ese algo que deviene a mi perturbador y que no termino de comprender aun del todo (…) durante el encuentro fui hallando diferentes elementos que permitieron irme adentrando en lo que ha sido mi relación con lo femenino; descubriendo lo difícil y distante que resulta conectar con ese sentir, algo que encuentro en mi relación de madre-hija y que hasta hoy había percibido como algo normal y natural, ella misma reconoce el origen de esta dificultad en su vínculo con su mamá, era innegable que había algo herido en la relación con mi madre y que eso que nos dolía y que hacía que nos sintiéramos heridas la una con la otra se había tejido a lo largo de nuestras vidas, por su puesto este sentir, se trasladaba a la relación que yo tenía con mi ser femenino.

Retomando a (Sierra, 2017) “en el cuerpo de la mujer se hallan inscritas memorias colectivas de dolor que la hermanan a todas las mujeres del planeta, la experiencia propia de la maternidad hace que ingrese a unas vivencias casi mundiales en donde los úteros de todas se unen en unos cordones umbilicales invisibles, que las hacen sensibles y humanas ante el dolor de otra madre (…) dolores físicos propios de ser mujeres: la menstruación y sus molestias cíclicas, molestias y dolores colectivos” (pág. 120) que Hilo Rojo registra en su relación con sus ciclo ovárico, experimento la sensación de querer huir, querer dejar de lado todo aquello que me afana, que me trae angustia y pesa. Me pregunto qué es de lo que realmente deseo huir: ¿es de mí misma o del no saber enfrentar la vida? intento descubrir en mi interior el porqué de esta sensación, reflexionando veo que nunca me he preparado para encarar mi menstruar, que me cuesta afrontar los cambios, molestias, síntomas y sensaciones que trae consigo mi menstruar. Siento que no he sabido afrontar con coraje mi feminidad de vivirla de mejor manera y hacerme consciente de esta, Hilo rojo comienza a darse cuenta que le molesta menstruar y que esa

molestia le perturba, pues claramente es una forma de negar su ser, (Gil, 2015) “los dolores menstruales pueden estar vinculados a culpabilidad e ira (…) inconscientemente la mujer rehúsa de su feminidad” (pág. 18), me encuentro con una mezcla de culpa y vergüenza las cuales he anidado quizás desde chica y que devienen con mi primer menstruar, incluso antes y, con todas las memorias que he ido guardando con cada surgir de esta fase.

Jora y Pao: la labor de la auto nutrición

Aceptación. Cuesta aceptar, que mamá tiene su vida, su historia, su propio sentir. Cuesta aceptar su dolor, ha costado la ardua labor de abrazar esa pena y transformarla en aprendizaje, en regalo, en crecimiento, ha costado crecer, dejar de ser una niña herida. (Sierra, 2017) “los úteros hablando siempre me han revelado una hermosa conexión con ese cuerpo materno de miedo, angustia, soledad, tristeza, rechazo. El útero nos dice a las mujeres lo que es aceptado o temido, lo no resuelto, lo añorado” (pág. 85), aceptamos o tememos, abrazamos o nos sigue doliendo, este cuerpo materno tiene forma de rabia, de reclamo, de abandono, (Jora) inicié hablándole a mi mamá desde una pauta que poco a poco he ido reconociendo y es el reclamo, el reproche. Cuando hablo con ella, estoy reprochándole su forma de ser, su debilidad, su falta de cuidado hacia sí misma, le pido que por favor no cuide más de mí, que yo ya crecí, que todos mis hermanos y yo crecimos y que ahora quien necesita de ella es ella misma, que ya se detenga. No se lo digo con rabia, pero en el fondo, reconozco en mí, la rabia, la rabia, la rabia. Ese dolor tiene forma de falta de perdón, de una niña lastimada que aún está creciendo, (Pao) Me costó hablar desde mi madre, siento que nunca he aceptado como ella es, ni he perdonado episodios de la infancia, lo cual me ha llevado a ser dura con ella en muchos momentos, a no aceptarla como autoridad sagrada ni agradecer todo lo entregado, principalmente el darme la vida, una niña que aún desconoce quién puede cuidar bien de ella, pues aún le pide a su

mamá que la resguarde, (Jora) mientras escribía, comencé a percibir que esa carta me la estaba escribiendo a mí misma, cada frase que le decía a mi madre a propósito de su falta de autocuidado, empezó a rebotarse hacia mí, entonces el “no me escuchas” se convirtió en “no me escucho”, el “no te atiendes” en “no me atiendo”, el “no te cuidas”, en “no me cuido”, el “no me conoces”, en “no me conozco”, sintiendo en mi interior el espejo que mi madre había

estado siendo durante todos mis años de lucha con ella, un espejo donde no me quería ver, un reflejo que odiaba, que no aceptaba, una niñaque tras expresarse en el llanto y dejar salir su enojo, experimenta el bálsamo de la comprensión, de la claridad, (Northrup, 1999) “a semejanza de la madre del mundo, que lleva el dolor del mundo en su corazón, cada uno de nosotros, que formamos parte de su corazón, acarrea en sí mismo cierta medida del dolor cósmico, tú participas en la totalidad de ese dolor. Estás llamado a recibirlo con alegría, no con autocompasión. El secreto está en ofrecer tu corazón como un vehículo para transformar en alegría el dolor cósmico” (pág.441). (Jora) al danzar en parejas, haciendo de espejo de los movimientos de mi mamá me sentí impactada por su ritmo, por sus propios movimientos, que al pasarlos a mi cuerpo sentí tanta ternura, tanto respeto, tanta dulzura por ella. Respetar el movimiento del otro, respetar sus ritmos, sus frecuencias, ella posee su propia cadencia, ella es tan dulce, tan buena, verla allí accediendo a todo lo que le proponíamos fue para mí un acto de amor puro. Para mi muy reconciliador, y ese es un bálsamo que refresca para continuar transformando las elecciones en actos de libertad, asomándose por entre lágrimas para llamar al auto amor, a la autocontención, (Hilo rojo) mientras leía enfrente suyo, fue imposible contener las lágrimas, la voz se me quebraba y sentí una maraña enorme de nudos en la garganta que quería soltar; luego de la carta continúe hablando, dije muchas cosas, las dije llorando, las dije rota y deseosa de ser mejor comprendida, también la escuche a ella y, ahora creo que al igual que yo, ella también necesitaba decir, llorar y soltar. Ahora que puedo reflexionar sobre las cosas que dije en el encuentro, siento que en mi hay una niña herida que

reclamaba atención, compresión, confianza y afecto. Que no sabía cómo decirlo. Tampoco era capaz de reconocer que muchas de las cosas negativas que sentía y veía en mi madre, eran producto de la carente y nociva imagen afectiva que he formado. Imagen que ahora debo vaciar e intentar llenar de nuevas y mejores emociones para lograr vincularme de forma armónica y amorosa conmigo misma y con los otros.

Se reconoce que compartimos con nuestras madres memorias de sufrimiento colectivo, que no son muy claras, que recién le ponemos nombre, que no han sido conscientes y se manifiestan en nuestros sentimientos hacia ellas, hacia nosotras mismas, y hacia nuestros cuerpos y sus procesos, reconociendo en ese dolor heredado una autoimagen que lastima y no deseamos sostener más, abocándonos al llamado que nos hacen las labores del amor propio, que nos auto nutre, para convertirnos en adultas a cargo de nosotras mismas.