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CEE 7327 (3) OPTIMIZATION AND RELIABILITY FOR INFRASTRUCTURE AND ENVI RONMENTAL SYSTEMS This course introduces the concepts of engineering systems optimiza-

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Se puede hacer en la credencia o a un lado del altar, pero no en el centro del altar. Eso se debe a que la limpieza del cáliz, la patena y los copones no constituye, en sí mismo, un acto de adoración. Recordemos que cuando el sacerdote mezcla el vino y el agua en el cáliz tampoco lo hace en el centro del altar por la misma razón. Tampoco cuando el celebrante se lava las manos, sino que también se desplaza a un lado del altar. La razón de ello, en esos tres momentos de la liturgia, es que se trata de actos que aun formando parte de la ceremonia no son actos de adoración, y por eso su lugar no está en el centro del altar.

Para purificar el cáliz lo ideal es que se eche agua, se suma ésta y después se vuelva a echar agua. Siempre es preferible echar dos veces agua para que así quede más limpio el cáliz por dentro. La razón de la doble ablución de este vaso sagrado es evitar que quede algo del vino consagrado en la parte interna del cáliz. Pues con una sola ablución aunque se haya diluido, algo seguirá quedando. Repitiendo la operación, la cantidad será mínima.

Al purificar la patena, algunos sacerdotes tienen la costumbre de golpearla con la uña, para que las partículas caígan sobre el cáliz. Ésta es una costumbre desaconsejable. Un golpe de la uña sobre el baño de oro no deja marca marca apreciable. Pero un par de golpecitos de ese tipo cada día, suponen seiscientos al año; y eso sí que deteriora ostensíblemente la superficie de la patena.

En el caso de que quedase alguna mancha sobre la patena, siempre se puede pasar una última vez el purificador después de haber limpiado el cáliz. Con el purificador humedecido es como

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se debe limpiar ese tipo manchas. De ningún modo a base de restregar una y otra vez apretando con fuerza. Esto es útil sobre todo en el caso de patenas muy grandes.

Del mismo modo observamos que algunos sacerdotes restriegan con fuerza el interior del cáliz con el purificador. Como si tuvieran el escrúpulo de que quedara algo sobre la superficie y quisieran resolverlo a base de energía y presión. Eso no sólo acaba con el baño de oro rápidamente, sino que acaba también por desajustar la copa del cáliz respecto al nudo al que suele ir atornillado en la mitad de su pie. Hay que secar el interior del cáliz con suavidad y dignidad. Es el agua lo que limpia la especie eucarística. Frotar y frotar con el purificador seco el baño de oro, sólo sirve para deteriorarlo.

Dígase lo mismo para los copones, limpiarlos por última vez con el purificador humedecido tras la limpieza del cáliz es siempre una buena medida. Resulta perfectamente correcto echar unas gotas de agua en el copón para realizar esta operación.

En el caso de que al acabar todas las formas de un copón se observase que quedan demasiadas partículas de pan, siempre es mejor echar agua en él y derramar esa agua en el cáliz para sumirla.

Cuando en una misa multitudinaria hay muchos copones, lo mejor es trasvasar el agua de un copón a otro, y limpiar su interior con el purificador bien humedecido. Limpiar muchos copones con un purificador seco, sin agua, significará no purificar bien por más empeño que se ponga.

Cuando llegamos a las parroquias, siempre nos encontramos con algunos purificadores que son de fibra artificial. Ese tipo de tela extiende las gotas pero no las absorbe. Lo mejor que se puede hacer es, sin miramientos, quitar del servicio esos purificadores y

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sustituirlos por otros de algodón. El algodón es mucho más suave que el lino y lastima menos el baño de oro de esos vasos.

Cuando un purificador ya está muy viejo o se rompe, se debe quemar y tirar sus cenizas sobre tierra que no vaya a ser pisada: el jardín de la rectoría o una maceta por ejemplo. No se debe tirar a la basura esas cenizas, porque son cenizas de una tela que entró en contacto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Si se prefiere, también se puede enterrar en tierra sin quemarlo. Pero esto sólo se debe hacer si la tierra es muy húmeda y recibe muchas lluvias. La humedad irá destruyendo la tela. Pero si la tierra es seca, no lo hará. Si se dispone de terreno, siempre es preferible enterrar lo sagrado sin quemarlo, y que sea la naturaleza y no la mano del hombre la que deshaga algo sagrado.

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Quod ore sumpsimus Domine, pura mente capiamus et de munere temporali fiat nobis remedium sempiternum.

El sacerdote recita esa fórmula en voz baja al sumir el agua de la purificación de los vasos sagrados. Con esa oración pide a Dios ser puro en el alma al tomar esa agua santa. Y le ruega después que ese elemento material, el agua, sea para él una medicina eterna. Medicina eterna porque lo que hay que lograr es la salud que ya nunca pasará en los cielos.

Esta agua tomada con devoción y consciencia es una verdadera agua lustral que purifica el alma. Purificando los vasos sagrados nos purificamos a nosotros mismos.

Al sumir esa agua, uno puede pedir limpiar esa boca de la maledicencia y de la gula.

La oración que manda la Iglesia que el sacerdote diga es para recordarle que debe estar orando mientras realiza esta acción ritual de purificar los vasos sagrados.

Acabada la purificación, se cubre el cáliz con el velo. Todo lo sagrado se cubre con un velo. Lo lógico sería que todos los vasos sagrados (patena, cáliz y copones) estuvieran cubiertos por un velo. No sólo por razones espirituales –lo sagrado se vela-, sino también para evitar que caiga el polvo o se posen los insectos. Colocando el cáliz en el centro de la mesa, un velo amplio y sutil cubrirá de forma muy bella todos esos vasos. Cualquier señora colaboradora de la parroquia puede comprar una tela blanca bonita y coser un galón de casulla en dos de los extremos de esa tela.

Además, hoy día sabemos que la copa que los judíos usaban para la cena del Sabath estaba cubierto por un velo. Esta costumbre de cubrir el cáliz con un velo ha continuado de forma ininterrumpida desde los tiempos de Jesús. En cualquier caso, hoy

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día, al menos el cáliz sí que debe cubrirse porque así está mandado. El color blanco vale para todos los días.

Ya se ha dicho antes que no es lo mejor dejar todas las cosas necesarias para la misa en una mesita pegada al altar. El altar debe resaltar como elemento único en el centro. Además, la liturgia consiste no sólo en orar, también en hacer cosas: moverse, llevar y traer objetos, mezclar el agua con el vino, etc. Moverse por el presbíterio forma parte de la liturgia.

En siglos pasados, esta idea del movimiento estaba muy clara y así lo atestiguan las credencias situadas en pequeños arcos en los muros de piedra. Después se pasó a colocar todo junto al altar. Y, por último, se pasó a dejarlo todo sobre el mismo altar.

Lo ideal es tener una credencia o mesita a un lado del presbiterio para el vino, el lavabo y otras cosas necesarias. Y otra mesita distinta, al otro lado del presbiterio, únicamente para los vasos sagrados, todos ellos cubiertos por un único velo amplio.

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