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In document L YLE S CHOOL OF E NGINEERING (Page 146-168)

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Aunque muchas de las cosas que voy a decir aquí, ya han sido dichas anteriormente en esta obra, me ha parecido bien hacer una breve y somera recapitulación. La vida de Cristo aparece en la misa, aunque no de forma cronológica.

Ha sido objeto de continuo recuerdo en la celebración de mis misas, la profesión de fe que en 1080 el Concilio de Burdeaux le le impuso a Berengario de Tours que negó la presencia real de Cristo en la Eucaristía:

«Yo Berengario creo sinceramente y confieso moralmente que el pan y el vino que están en el altar, por el misterio de la oración sagrada y las palabras de nuestro Redentor, se convierten sustancialmente (substantialiter converti) en la verdadera, propia y vivificante carne de nuestro Señor Jesucristo, y que después de la consagración son el verdadero cuerpo de Cristo que nació de la Virgen y que, ofrecido por la salud del mundo, pendió de la Cruz y está sentado a la derecha del Padre, y la verdadera sangre de Cristo, que manó de su costado»

Sí, realmente, tras la consagración allí está el mismo Cristo que estuvo en Belén, en el Calvario, en la Resurrección y a la derecha del Padre. Y la Sangre del cáliz tras la transustanciación es la misma que si recogiésemos en ese vaso sagrado las gotas que caían de las manos y llagas de Cristo clavado en la Cruz. Si hubiésemos estado allí hace dos mil años para recoger esas gotas de sangre, esas gotas serían las mismas que ahora tenemos dentro del cáliz sobre el altar.

Los años de la vida oculta de Jesús están simbolizados en los ritos iniciales, porque llevó una vida de penitencia (Yo

confieso y los kyries), de glorificación de Dios (el Gloria) y de

oración (oración colecta).

Tras el Kyrie Eleison, el himno del Gloria in excelsis anuncia el nacimiento de Jesús sobre el altar.

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La vida pública enseñando a las multitudes es la Liturgia de la Palabra. Jesús enseñando en las plazas de los pueblos, en las sinagogas, en los pórticos del Templo.

Al extender el corporal sobre el altar, me imagino que extiendo la blanca tela sobre la que se va a colocar a Jesús tras nacer de la Virgen en Belén, es como si extendiera los pañales.

Las gotas de agua que derramo sobre el cáliz me recuerdan las gotas de agua que salieron de su costado en la Cruz.

Al lavarme las manos en el lavabo, me imagino que soy Pilatos lavándome las manos y que va a comenzar la Pasión de Cristo.

La Encarnación de Cristo imagino que tiene lugar entre mis manos en el exacto momento de las palabras de la consagración del Pan. Dichoso el sacerdote en cuyas manos se encarna el Hijo de Dios lo mismo que en el seno de la Virgen María.

Al hacer genuflexión ante el Pan consagrado, me imagino que estoy ante Jesús recién nacido colocado sobre el altar. Me imagino que estoy, verdaderamente, en Belén, que soy uno de los Magos que han recorrido centenares de kilómetros para llegar, postrarse y adorar. Le adoro como si realmente en ese momento naciese allí sobre los blancos manteles.

Recojo en el cáliz la sangre del costado de Cristo clavado en la Cruz, en la consagración del Vino. Me imagino que elevo el cáliz y que lo pongo justo debajo de su costado. Eso lo imagino durante la elevación.

La Pasión es la liturgia eucarística. El canon, en cierto modo, es la oración de Jesús en la Cruz. Es como traducir a

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palabras todos sus sufrimientos intercesores, todos sus sentimientos de alabanza al Padre.

Cuando elevo en la doxología la patena y el Cáliz, ése es el momento de la elevación en la Cruz.

Si el canon era más solemne, estos ritos finales tienen un carácter más íntimo, como si estuviéramos juntos en el cenáculo. El Padrenuestro expresa muy bien este cambio de carácter. Del grandioso y celestial Sanctus para entrar en el canon, pasamos a la humildad de Jesús con las palmas hacia arriba recitando el Padrenuestro para entrar en estos ritos finales.

El quebrantamiento de la Pasión tiene lugar en la fracción del Pan.

La Resurrección tiene lugar en la commixtio. De manera que cuando hago genuflexión, soy un apóstol presente en el Cenáculo que se arrodilla ante la primera aparición de Cristo resucitado.

Al ir a tomar el Cuerpo de Cristo para decir Éste es el

Cordero de Dios..., me imagino no a Jesús al lado del Jordán

señalado por San Juan Bautista; sino que pienso que soy alguien más afortunado que el Bautista, pues lo señalo y lo toco. Aun así, pienso en el Bautista y sus acompañantes viviendo en soledad y ascetismo, esperando al Mesías, preparando sus caminos.

Al elevar la Hostia sobre la patena, me imagino la Ascensión. La patena bajo la Forma simboliza la nube que le ocultó.

La comunión simboliza el encuentro con Cristo en el Reino de los Cielos.

La acción de gracias me recuerda a María que llevaba a Jesús en su seno.

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