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SS 7096 (0), 7196 (1), 7296 (2), 7396 (3), 7696 (6) MASTER’S THESIS.

In document L YLE S CHOOL OF E NGINEERING (Page 73-83)

En la epíclesis se va a pedir que descienda el Espíritu Santo sobre esos dones materiales. En el Canon Romano, a diferencia de los otros tres cánones, la epíclesis no es explicíta; es decir, no se pide de forma explícita que venga el Espíritu Santo. Pero ése es el momento en los otros canónes en que la epíclesis sí que es explícita.

Se pide que sea enviado el Paráclito como Santificador de esos dones. Es decir, que esos dones (una vez que sean ya el

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Cuerpo y la Sangre de Cristo) nos santifiquen. Cierto que tras la transustanciación tendremos a Cristo, pero ahora pedimos al Padre que a su Hijo le acompañe el Paráclito. Para que de este modo tengamos sobre el ara a la Santidad (Jesúcristo) y al Santificador.

Al imponer las manos sobre los dones, uno puede imaginarse que el Espíritu Santo desciende como una nube sobre el ara del altar y que envuelve esos dones.

Yo, a veces, me imagino que estoy ante la losa de la Resurrección y que esa losa se cubre con una Nube que es el Espíritu Santo. Si celebro a solas, me imagino esa Nube, esa Niebla, con todo detalle, cubriendo la piedra. Y en ese momento pienso que desearía poder tocar esa Nube, desearía poder lavar con ella mis manos y mi rostro.

Bendice y santifica, oh Padre, esta ofrenda,

haciéndola

perfecta, espiritual y digna de ti, de manera que sea para nosotros Cuerpo y Sangre de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro Señor.

Antes el sacerdote ha bendecido los dones con un gesto de bendición, la señal de la cruz. Ahora repite la bendición de los dones extendiendo las manos sobre esos dones y, además, pide de forma expresa que la Primera Persona de la Santísima Trinidad haga de ese pan y vino

-Una ofrenda perfecta: El Cordero Pascual es la Víctima Perfecta, es decir,

completa e inmejorable.

-Espiritual: Porque sobre el altar ya no habrá simplemente la materia del

pan, sino algo espiritual además de material.

-Digna de ti: Este holocausto es digno del Padre. Otros sacrificios nuestros

no son del todo dignos de Él, porque están manchados de nuestro pecado. Damos pero con soberbia. Damos pero con avaricia. Damos pero con poco amor.

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Los sacerdotes nos fijamos mucho en la transustanciación, pero no solemos reparar en las oraciones de la liturgia para pedir la bendición de los dones. Es decir, la bendición que, como se ha dicho antes, realizamos para que esos dones hagan efecto en nosotros.

El cual, la víspera de su Pasión,

tomó pan en sus santas y

venerables manos, y, elevando los ojos, hacia ti, Dios, Padre suyo todopoderoso, dando gracias te bendijo, lo partió, y lo dio a sus discípulos, diciendo:

La rúbrica prescribe que el sacerdote mire hacia lo alto en un momento dado de esta lectura. Acabadas de leer estas líneas, el sacerdote debe inclinarse un poco sobre el altar como muestra de respeto para recitar la sacrosanta fórmula de la consagración. La fórmula que va a decir es tan sagrada que se inclina al decirla.

A mi me gusta inclinarme todo lo que puedo sobre el altar, apoyando los codos sobre el ara. Y siempre hago una pausa para hacerme consciente del milagro que va a suceder entre mis manos.

Las pocas veces que he celebrado a solas sin pueblo fiel, me he parado un par de minutos, así inclinado sobre el altar, para recapacitar acerca del momento tan impresionante que voy a vivir.

Me gusta pensar en la consagración del Pan y del Vino como de un oasis en medio de la misa. Si celebro a solas, este rito de la consagración lo hago con la mayor lentitud posible. Aunque la lectura de cada una de las dos fórmulas de consagración la hago seguida y sin interrupciones, me detengo antes de pronunciar las palabras y me detengo al haberlas pronunciado. Elevo con lentitud, me arrodillo con lentitud. La consagración de

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las dos especies, si celebro sin pueblo, me puede llevar siempre más allá de cinco minutos y algo menos de diez.

Diez deliciosos minutos para meditar, contemplar y saborear este misterio. Cuando celebro con gente, contengo mis deseos y no me detengo tanto, tratando de no llamar la atención. Aun así, los fieles notan que el tiempo de la misa se hace más lento. Notan que las palabras son pronunciadas con mayor morosidad, y que las pausas son más largas que en el resto de la misa.

La consagración es un oasis que va desde el Tomad y

comed… hasta Éste es el Misterio de la fe. Un oasis de vida, un

momento de descanso en mitad de la misa. Un momento en el que hablo poco para simplemente contemplar y adorar.

Sobre el altar, antes de la consagración, sólo hay objetos y tras las palabras presbiterales aparece la Palabra encarnada. Hoc

est Corpus meum, “Esto es mi Cuerpo”, sólo cuatro palabras y se

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