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Parameter estimates of the dynamic programming model

Charity Donations

3.2 Theoretical considerations

3.5.2 Parameter estimates of the dynamic programming model

“De él no hay mucho más que decir. Nació en Santa Fe en 1930, se destacó en diferentes géneros literarios: poesía, cuento, novela, teatro, ensayo, como así también en guiones cinematográficos”. —dice su antiguo compañero de lucha, Carlos Aznares —(5) cuando terminó su paso por Noticias, llega un momento

álgido en el cual surge la polémica sobre si lo mandaron o no al muere al venir a Mendoza. Si Paco pudiera hablar, ambos dirían que nadie los mandaba a hacer cosas que no tuvieran ganas de hacer. Todo lo que hacían en la militancia políti- ca lo hacían porque querían estar en esa organización. A veces había excesos, errores, pero hay una parte de nuestra historia que se ha contado en el después, donde se quiere dejar la imagen de que todos los jefes los mandaban al muere. Y no es así. Nadie iba al muere porque lo mandaban, uno estaba en una organiza- ción comprometida hasta las últimas consecuencias. Se cometían errores y tam- bién se pagaban esas culpas con los compañeros de base, y otras veces con la muerte de algunos de los compañeros de la dirección. Hay un montón de com- pañeros que fueron direcciones de Montoneros o del ERP, y estuvieron en la primera línea de combate hasta último momento”.

“Evidentemente, Mendoza no era el lugar ideal para mandarlo, pero ya no había lugares ideales. Todo el país estaba agujereado por la delación, por los servicios. Alicia ha quedado como ‘la compañera de’, pero ella se tomó la militancia en serio y le cambió la vida. Era muy disciplinada, honesta, lo calmaba; él volaba y

(5) Fragmento tomado en la presentación del libro “Francisco Urondo la palabra en acción” biografía del joven escritor Pablo Montanaro, en la Biblioteca Julio Huasi el 18 de julio de 2003.

ella lo bajaba a tierra. Cuando le dio una hija —Ángela—, se olvidó de todos los agujeros negros que le planteaba la militancia”.

Alfredo Guevara, abogado dedicado a Derechos Humanos, fue contactado por Beatriz, hermana de Urondo, en julio de 1986, porque quería obtener la partida de defunción. Su cuerpo estaba sepultado en Junín como NN, constante conducta de los militares para crear el terror con la figura de “NN”.

En una nota periodística, Alfredo Guevara dijo: “Paco tomó la pastilla de

cianuro pero, en el momento de incorporarse, recibió un fuerte golpe en la cabeza, compatible con la culata de una pistola 45mm. Inmediatamente le fue suministrada nafta para que vomitara y pudiera ser interrogado, pero fue el traumatismo cerebral lo que causó el fallecimiento. Beatriz Urondo pudo encon- trar también, en la Casa Cuna, antes de que fuera entregada a una familia, a la hija de Paco y Alicia Cora. En cambio yo no logré ninguna pista sobre el parade- ro de Alicia”.

Reneé Ahualli, “la Turca”, estaba en el auto cuando concurrían a la “cita envenenada”, en una esquina de Guaymallén, donde Paco perdió la vida y Alicia fue desaparecida. “(...) luego de que se va Pedro, viene Paco como responsable. Después me enteré de que lo habían descendido de categoría porque tenía un romance con alguien que trabajaba en el diario, en Buenos Aires, y ese alguien era Alicia Raboy. Yo, en realidad, lo conocí a él como jefe, pero no la conocí a ella hasta el día de la cita envenenada, donde murió Paco y desaparecieron a Alicia”.

“Paco era un tipo muy agradable; un tipo muy lleno de vida, simpático, entrador. Quizás, para la ideología montonera, era un tipo muy liberal, porque en realidad a él le gustaba juntarse con los compañeros… El Tincho también era así —mi compañero—; le encantaba hacer reuniones de comidas, de bebidas y de charlas. Es que, claro, uno en la clandestinidad vivía muy afuera de todos esos circuitos que habían sido normales para nosotros. Y él era así, yo recuerdo un día en que estaba en mi casa y había venido mi hermana para estar cuando naciera mi hija. Fue unos días antes de la cita envenenada. Mi hermana hizo empanadas tucumanas y él estaba feliz. Le dijo: ‘Te ganaste un pedacito, un lugar en mi corazón’... Era así, muy tierno, un tipo muy especial; era un gusto estar con él porque te hacía sentir muy bien.

“A Alicia la conocí el día ese de la cita. Ahí supe que tenía un niño muy pequeño. Después supe que era Ángela, que era una niña y que tenía once meses en el momento del tiroteo en Guaymallén. Fue una cita de control. Había caído Vargas, que era un compañero de San Juan. Pedro, o Raúl Rossini, había hablado por teléfono, a algún teléfono que tenía de Mendoza, diciendo: ‘Díganle a la Turca y al Tincho que se vayan de la casa, porque Vargas, cuando fue un día a una reunión, dijo que creía que sabía dónde quedaba la casa’. Entonces Pedro nos decía que la dejáramos por el momento, por si ‘cantaba’. Justamente demo- ró una semana en encontrar la casa o poco menos de una semana, o sea que la cantó. El que vivía con nosotros, que cantó la cita de control, se llamaba o le decíamos Martín; era Torres, un ‘comisario’ de San Luis que vivía en nuestra casa. Este fue el que yo alcancé a ver en el auto que estaba parado en la cita, como a cuatro cuadras”.

“ (...) cuando yo llegué para empezar a caminar la cita, me levantó Paco en el auto. Ahí estaba Alicia, ahí la conocí… Me dijo: ‘Yo quiero que, vos que conocés, veas. Yo veo cosas que no me gustan mucho de la cita’. El error fue pasar de vuelta, porque se ve que ya Paco había pasado como dos veces. Tendría- mos que haber atravesado por alguna calle, no sé, son cosas que a una se le ponen y piensa, piensa, piensa…

“Apenas entré a la cita, me di cuenta de que había gente disfrazada en la calle; hacían como que barrían la vereda, era muy burdo, tenían como pelucas puestas, era algo así como una escena montada en un teatro, a lo largo de las cuadras. Cuando vi el auto —y yo lo conocía a ese auto porque en algún momen- to fue nuestro—, me fijé, y en el medio tenían a este chico, Martín, sentado entre dos ursos… Estaba ahí, en el asiento de atrás; lo habían disfrazado, le habían puesto una gorra…

“Cuando ellos vieron pasar de nuevo el auto, nos empezaron a seguir. Ahí se armó la persecución que terminó en la muerte; yo creo que Paco murió ahí, no sé, porque él, en algún momento, nos dijo: ‘¿Hay alguien herido?’ y yo le dije que sí, porque a mí me había alcanzado una bala de rebote —después me enteré de que fue de rebote—, y seguimos tratando de zafar, hasta que Paco dijo: ’Chicas, bájense, váyanse, que me tomé la pastilla y me siento mal’… O sea que se tomó la pastilla, paró el auto… Yo me bajé y me fui a la calle que, según yo, era cerrada y Alicia levantó a la niñita que tenía en el piso por la balacera; ella la había puesto con muy buen criterio allí abajo. Yo no sé si Paco recibió algún balazo, no lo sé, él nunca dijo que le dispararon… Me fui y Alicia con la niñita también, por esa misma calle. En realidad, se metió en un corralón ahí, en la esquina donde paró el auto, y entró en una ratonera; fue peor, no tenía salida para ningún lado. Ella entró como buscando una manera de irse del lugar, pero era justo en la esquina, al lado de donde estaba el auto, o sea, que no se alejó demasiado…

“Yo siempre pensé que entré en una calle que no tenía salida y elegí — para mí era así— una puerta de tela metálica. Me metí por ahí, pensando salir para algún lado. Era como un pasillo y se dio la coincidencia de que en esa casa vivía una persona que, parece, ¿no?, tenía simpatía con la Juventud Peronista; me ayudó a trepar con unos cajones, fue una cosa así, y a largarme por la tapia. Hacía diecisiete días de mi parto. Ni por puta me acordé de que me dolía la costureada que me gané después del nacimiento de la gorda, que pesó cuatro kilos quinien- tos cincuenta…

“Cuando salté la tapia caí en un desierto, porque eran lugares que todavía no estaban habilitados y había unos piletones… Después traté de encontrarlos y descubrí que la calle se llama, mirá la casualidad, Tucumán. Antes nunca la pude encontrar porque buscaba una calle cerrada; buscaba después de años, buscaba el corralón por donde se fue Alicia Raboy y no lo pude encontrar. Cuando filmamos la película, recién entonces, supe que era Tucumán y Reme- dios Escalada… Pude encontrar la calle y saber que nunca estuvo cerrada, que siempre hubo paso; era mi cabeza la que decía eso”.

“Ahí me lavé las manos porque las tenía con sangre por la herida en las piernas, y me fui a esperar el troley. Entonces empezaron a pasar. Era un opera-

tivo montado con todo cuidado, porque fue inmediato. Esperaba el troley que sube por la otra calle, según va hacia Guaymallén; una calle que también es como única para el troley, la Remedios de Escalada que baja hacia el centro. Parada en esa esquina, vi que empezaban a pasar los autos. Estarían cercanos, seguramente, porque acababa de irme del lugar donde quedó el auto; venían con fierros afuera; iban con escopetas, con ametralladoras salidas de los autos, pero todos de particular, porque también a las dos cuadras, cuando ya subí al troley, me senté y aparecieron por atrás y por adelante. Subieron… El troley paró y subieron, miraban, buscaban… no sé, buscaban a alguien manchado de sangre, no sé qué buscaban, pero yo creo que ni respiraba en ese momento, era una cosa de súper tensión… Y se bajaron los tipos; estaban de particular pero con armas en las manos, disfrazados, sin uniforme.

“En el troley pasé de vuelta por el lugar donde estaba el auto, con Paco… Yo no sé qué pasó, pero sí sé que Paco se tomó la pastilla. El testigo, el que me indicó por dónde irme, dijo que lo habían tirado de los pelos al piso. Es posible que se hayan enculado con él porque lo encontraron muerto. Les debe haber dado mucha bronca, es muy posible… pero el médico dijo otras cosas, no está claro; pueden haberlo golpeado después”

“Podría ser que muriera de un golpe en la nuca. Y eso de que tenía alco- hol en sangre, es seguro que le dieron algo para que vomitara, era lo primero que hacían. Les puede haber dado mucha bronca. Si le dieron un tiro en la nuca, se lo dieron de la bronca porque no lo encontraron vivo. De acuerdo a las declaracio- nes del abogado, le encontraron alcohol en sangre y para nada estaba chupado el Paco, por más que le gustaran las fiestas y tomarse unos vinos… no estaba para nada chupado. Yo hablé con él, estuve en el auto antes y después, él trataba de zafar, nosotros estábamos en desventaja con el auto que teníamos; era un Renault 6 y ellos tenían un Peugeot, un auto que es rajador, pero, además, ellos estaban armados hasta los dientes y tiraban permanentemente. Nosotros solo teníamos una pistola y un revólver. Paco me pasó la pistola y él tiró con el revólver. Mientras manejaba, tiraba, y yo tiraba por este lado, por la izquierda… No soy zurda, trataba de agarrarla con la derecha”.

Fue detenido el 1º de julio de 1976, junto a Jorge Lubino Amodey, ex policía de la provincia de San Luis y militante montonero. Estaba casado y de ese matrimonio nació una niña llamada Patricia. Ella cuenta:

“Mi padre se llamaba Domingo Britos. Nació el 2 de noviembre de 1952 en la provincia de San Luis; era puntano. Por lo que me contó la gente que lo ha conocido, mi madre, su madre, los amigos, era una persona muy justa, que siempre estuvo atenta a lo solidario; siempre le dolía en lo más profundo la injusticia…

“Sobre eso tengo un ejemplo; esta anécdota que me contó un compañero suyo de cuando vivían acá, en una pensión —porque él se vino a estudiar acá con otro, con un amigo creo que de San Luis y alquilaron lugar en una pensión donde todos los que vivían allí eran estudiantes—. Había uno que se la daba de gracioso y le hizo una zancadilla al amigo para burlarse. Entonces a él le dio tanta indig- nación, que fue, le dio una sola trompada y le dijo: ‘Burlate de alguien de tu tamaño’.

“Era una persona muy impulsiva y también de carácter muy fuerte, tenía carácter fuerte. Trataba de ser justo, trataba de escuchar, sabía escuchar a los demás y si algo era, vuelvo a repetir, justo, se hacía y si no se lo fundamentaban bien, seguía la discusión hasta que llegaban a un acuerdo.

“Era presidente del Centro de Estudiantes. Sus compañeros recuerdan que, una vez, un compañero se accidentó en la Universidad, y ahí nomás salió a buscar ayuda. No se quedaba quieto, todos lo recuerdan y ninguno habla mal de él. Cuando ingresé a la Facultad, fui a Asuntos Estudiantiles y estaban el ingenie- ro Fernández con el ingeniero Montoya, conversando. Me quedé afuera y me preguntaron:

“—¿Qué necesita?

“—Mire, necesito saber dónde me toca trabajar, porque me salió una beca por prestación de servicios.

“—¿Cómo es su apellido? “—Britos, Patricia Britos.

“—Britos… Yo tenía un buen amigo que se llamaba Britos. Vos no lo debés conocer, era puntano.

“Yo le dije: ‘Puede ser, porque toda mi familia, por la parte de los Britos, es de San Luis.

“— Le decían el ‘Negro’ Britos.

“—Es mi padre —aclaré, y fue como si les hubiesen dado un baldazo de agua fría. Me abrazaban y besaban, como si yo fuese el recuerdo que tenían en ese momen- to de él. Me dijeron:

“—Vos tenés que estar muy orgullosa de tu padre. Tu padre era una excelente persona.

JULIO

DE 1976.