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Mendocino, nacido el 26 de octubre de 1954. Tenía 22 años, era empleado. Casado, un hijo. Dos de sus hermanas relatan cómo era y qué ocurrió el 16 de enero de 1977.

“Su nombre completo es Ricardo Alberto González Gallardo. Siempre estuvo preocupado por su entorno, desde chico. Fue al Colegio Don Bosco y participaba en las actividades comunitarias de la Iglesia. No solo eso, sino que también estuvo en grupos de ayuda y siempre, desde muy jovencito. Era pícaro, conquistador, pero se puso de novio a los catorce años y se casó re joven, a los diecinueve... No terminó la secundaria, le quedó el último año. También parti- cipó del Centro de Estudiantes, estuvo en la lucha por el boleto estudiantil, en la toma de los colegios. El secundario lo hizo en el Universitario Central, en el nocturno del Universitario. Dejó Don Bosco por una cuestión económica y también religiosa. Se alejó de lo que era creencias religiosas. Mi mamá y los padres de su novia pertenecían al Movimiento Familiar Cristiano, al grupo de apoyo a los veintisiete curas que, en esa época, ‘68, ‘69, se salieron. Los padres de su novia y mi mamá —dice Mary— pertenecían a ese movimiento y los acompa- ñaban en las actividades.

“Aunque parezca extraño, cuando quería algo y mi mamá no se lo podía hacer, él mismo lo hacía. Una vez quiso una malla; mi mamá le compró la tela y se sentó en la máquina de coser y se hizo la malla. Tejía, bordaba, hay un tapiz tejido por él…

“Empezó a militar en un grupo de extrema derecha. Nosotras no recorda- mos bien, pero creemos que era la Asociación de Lucha Anticomunista, una cosa así, un grupo de extrema derecha, cuando estaba en Don Bosco, en el Cole- gio Don Bosco.

Se juntaban en mi casa. Además, iba al Club Hípico a hacer saltos orna- mentales.

“Éramos mi madre y seis hermanos. Él era el tercero. Rosa, Paco, él, Pablo, Lucas y Mary. Cuando se casaron, fueron a vivir al sur, a Cutral Co. Ocho o nueve meses vivieron en el sur. Tuvo una imprenta allá, mi papá le puso una imprenta, pero el matrimonio no andaba bien y las relaciones con mi papá tampoco andaban bien. Se quedaron poco tiempo; en ese momento aparecieron sus ideas de izquierda. Se casó en el ‘75 y en el ‘76 volvió a Mendoza... Sí, se casó en abril y regresó a Mendoza en noviembre. Se instalaron en la calle Paso de los Andes, frente al VEA, ya no existe casa, hay un estacionamiento. Adelante vi- vían sus suegros y atrás, en un departamentito, ellos. Estuvieron ahí dos o tres meses, hasta que la situación se rompió. Empezó a trabajar en Construcción, en la Casa de Gobierno. Intensificó su trabajo en política, porque ya antes había iniciado su trabajo político…

“Cuando se separó, vivió un tiempo con nosotros. Después se fue con un compañero, con el ‘Pantera Rosa’, el ‘Lito’, y alquilaron un departamento en Dorrego. En el barrio Bancario de Dorrego. Era en una esquina. Primero se pasaba un descampado. Entrabas a la cocina donde estaba la mesa, que era chiquita, y un patiecito también chiquito. Yo —aclara Mary— fui alguna vez, porque nos hacía ir una vez a cada uno, para mostrar un ambiente ‘familiar’.

“El era más conocido como Martín, y a Osvaldo Sabino Rosales era a quien le decíamos ‘Pantera Rosa’ o ‘Lito’. …

“Él tenía buen carácter, muy tranquilo, no era una persona que se enoja- ra. Era muy sociable, donde caía lo querían; era entusiasta, de esas personas que

siempre quieren estar haciendo algo. Con respecto a su hijo, y a pesar de la separación, siempre se ocupó de él. Durante ese año lo sacaba a pasear. Es más, dos días antes lo llevó a casa, una horas. Mi familia lo veía todos los días.

“No le gustaba salir a bailar; era muy chico, de la época de los asaltos, que eran una excusa para sentarse para charlar, en realidad. Siempre intentó hacerse cargo de sus cosas, de su situación; se casó a los diecinueve, enfrentando todo, aunque la familia les decía que no hacía falta que se casaran, que los iban a apoyar…

Rosa cree que eso es parte de una época. Mary sostiene que, en el presen- te, nadie se hace cargo, a los veinticinco años, ni de su propia vida. En aquel entonces, las cosas se hacían, se aceptaban y se salía adelante. Rosa dice: “Noso- tros, a los doce años, ya éramos adultos; era algo que se repetía en la época. Mi familia sabía que mi hermano estaba bastante comprometido políticamente, se hablaba de eso en casa… Mi mamá decía: ‘¿Qué van a hacer?, y él: ‘Mami, nos va a matar a todos’… Eso se lo escuché yo una vez —dice Mary—. Y la mami le decía: ‘Tenés que limpiar la casa, tenés que sacar todo’—. Eso de limpiar la casa era porque teníamos libros de izquierda… y fuiste. Si tenías El Capital de Carlos Marx, ibas derecho adentro”.

Sobre lo que le pasó, mi hermano Paco cuenta que fueron a su casa prime- ro, que estuvieron como dos o tres horas allá adentro; fue el que nos avisó al resto de la familia. Lo presionaban para que dijera donde vivía Ricardo. Paco estaba en la misma situación que todos, hoy en día no puede definir el lugar, la zona donde vivía. Amenazaron con que iban a tirar a la hija por el balcón. Inclusive la agarraron de las patitas y la pusieron boca abajo… dos años tenía Amanda, casi dos años. A raíz de eso, mi hermano explica más o menos por dónde era. Cuando se fueron de la casa, mi cuñada lloraba; no podía creer cómo se habían ido y no lo hubieran llevado, porque esa era la costumbre, se llevaban a todo el mundo. Explicaron todo lo que había pasado y esperaron a que él llegara. Cuando llegó, estábamos todos esperándolo, entró con la bicicleta, mi mamá salió a la puerta y le dijo: ‘Mirá, pasó esto en la casa de Paco’; creo que Paco ya se había ido a la casa de su suegro, los Anzorena, y a ellos no los iban a pisar… Dio vuelta la bicicleta, y dijo: ‘Lo tengo que ir a ayudar al Lito, no puedo dejarlo solo, tengo que ver si le puedo avisar’ y nos dio un beso a los que estábamos en la puerta. A mi vieja le dijo:’Vieja, no te preocupés, va a estar todo bien’… Y se fue. Nos quedamos mirándolo hasta que no lo vimos más… Después esperamos.

“Mi vieja cree que si no fue el asalto esa noche tarde, fue a la mañana siguiente. Habló con un vecino y le contó que uno de los muchachos estaba adentro, que llegó la policía y empezaron a los tiros, que otro vino por los techos y se volvió a ir por los techos… y nada más.

Mary y Rosi fueron con su mamá al hospital Emilio Civit y recorrieron el hospital porque habían recibido un llamado diciendo que había llegado un cuerpo. Lo recorrieron íntegro, entraron a la morgue.

“…Y… lo vimos al Lito. Nos metimos, avasallamos, abrimos puertas… Nos abrieron una gaveta… Ahí estaba el Lito, todo agujereado… Cuando sali- mos, nos estaba esperando la policía y nos subieron al carro, nos llevaron a la seccional Quinta y nos metieron en una habitación a cada una. Dijimos exacta-

mente lo mismo, lo mismo. De ahí no nos movieron, hasta que nos soltaron. “Posteriormente, un día, a las doce de la noche, cayeron en la casa de mi madre —continúa Mary. Mi mamá siempre miraba por la ventana, se pasaba horas mirando por la ventana… Se fue rápido hacia atrás de la casa y me dijo: ‘Mary, no te asustés, pero llegó la policía; he visto los autos’. Ella había visto todo el movimiento. Estacionaban unos acá, otros allá, empezaron a bajarse. Mi mamá era una gordita que casi no se podía mover, pero no sé cómo llegó a la cocina. Empezamos a caminar las dos para adelante y unos golpetazos ¡pa, pa, pa!. Abrió mi mamá la puerta y la largaron hacia un costado y entraron creo que unos doce, armados hasta los dientes, no de uniforme, de particular… Fueron a cada una de las habitaciones, para el patio otros cuatro o cinco, se subieron al techo, se pasaron a la casa de atrás, como buscando algo… Rondini se llamaba el que estaba a cargo. Nosotras pensábamos que no habían agarrado a Ricardo hasta ese momento, por eso, porque entraron como buscándolo. Dieron vuelta la casa, buscaban en la tierra, no rompieron nada, no había nada en la casa, estaba limpia. Eran del D-2, lo descubrimos porque cuando se estaban por ir, uno de los muchachos, no sé si dijo oficial o comisario… ‘comisario Rondini’. Y mi mamá dijo: ‘¡Perdiste!’.

“Cuando estaban saliendo, llegaba mi hermano de la Facultad, el varón más chico, Pablo, que tenía diecinueve años, estudiaba teatro, más bien esceno- grafía, y lo detuvieron. Dijeron: ‘Nos vas a tener que acompañar”. Y él contestó: ‘Bueno… esperen que busco mis documentos’. Entró a buscar el documento y dijo: ‘Viejita —porque Ricardo fue el que le puso ‘Viejita’ a mi mamá, fue el primero en llamarla así y todos le decíamos ‘Viejita’—, no te preocupés, que vuelvo mañana’. —¡Sí, sí, sí, vuelve mañana!... Y se lo llevaron.

Mi mamá, al día siguiente, se levantó a primera hora; no durmieron en toda la noche esperando a mi hermana Rosa. Estaba la tierra, todo dado vuelta; esperaron a mi hermana, ya había pasado todo, pero ella tuvo el panorama, los libros en el piso, la tierra en la baldosa… bueno, se levantó y empezó a hacer su recorrido. Abrir la escuela, porque era docente en la escuela Quintana… Se levantaba a las cinco de la mañana, se iba al D-2, primero; mencionaba a Rondini, ‘Él se lo llevó’; empezó a hacer notas, cartas… Iba al Comando, del Comando iba a la escuela, de la escuela a la Policía, de la Policía al Comando, comía en mi casa, descansaba un rato, se volvía a ir, así todos los días. En mi casa se la veía una o dos horas por día. Se la pasaba hablando a todos los conocidos, mandaba cartas a la Nación, al Ministerio de Justicia, diciendo que mi hermano era inocente, — mi hermano menor—, que decían que trabajaba en política, y por ser hermano de su otro hijo se lo llevaron en una noche, que se lo llevó el comisario Rondini… “Y apareció mi hermano. Le avisaron dos personas; una que no voy a nombrar, que es del ejército, le dijo: ‘Toñita, seguí buscándolo, porque Pablito está vivo. De Ricardo no se sabe nada, pero Pablito está vivo, seguí buscando’… y una mamá de un alumno de ella, de la escuela, que es policía, le dijo: ‘Toñita, su hijo está en la policía, abajo. Se lo van a llevar al Ejército’. Parece que tantas cartas, de tanto mencionar a uno de ellos, como que estaba localizado el grupo.

“…Mi hermano no cuenta mucho… Lo que contó es que le apagaron los puchos en los ojos; medio contó algo de los días y las noches que se pasó ahí

metido, porque estuvo como un mes y medio allá abajo, un poco lo que cuentan todos, pero él mucho no quiso decir.

“Del D-2 no nombró gente, pero de la cárcel, sí. Estuvo con el Polo; Rosa les tejió gorritos a todos. Siempre se acuerdan de que ella les tejió gorritos, que mi mamá llevaba frazadas… Cantidad de frazadas, les llevaba a la penitencia- ría…

“Cuando Pablo salió de la cárcel, nos contaba todos los días sobre las cosas que escribían en la revista El fideo moñito, y las canciones.

“Estuvo detenido cinco meses o seis, no sé. Mi mamá se enteró, le infor- maron que estaba en el penal. Cuando lo llevaron allá, mi mamá empezó la visita, era la única que podía entrar. La esperaban mi tío y mi tía, que la llevaban siempre, con las cosas para Pablo y para los compañeros; yerba, azúcar, todas estas cosas; plata para cambiar, para comprar esto o aquello, para hacer cam- bios…

“Mi mamá siguió escribiendo cartas. En esa época, el presidente, cada tanto, levantaba cartas y levantó la de mi hermano. Pidió informes acá sobre cómo había sido su detención; el presidente Videla —era Videla—, siendo las fechas patrias, hacía soltar un grupo de gente… A mi hermano lo soltaron el 17 de agosto. Nadie sabía, llegó de sorpresa, lo soltaron… y caminando, se fue caminando desde la cárcel a mi casa. Dice que miraba para atrás, pensando que lo iban a agarrar de nuevo.

“Él recuerda que, entre tortura y tortura, le hicieron firmar, incluso —el nació en el ‘56—, que había participado en el secuestro de Aramburu… Dice. ‘Yo, por dentro me reía y por fuera lloraba del dolor, no podía creer que me hicieran firmar tantos papeles, yo estaba dispuesto a firmar lo que me dieran’. Imaginate, el secuestro de Aramburu… En el ‘70, mi hermano tenía 13 años.

“Volviendo a Ricardo, siempre estuvo metido en líos, en algún grupo… Se fue de mochilero en el año ‘70, me acuerdo claramente porque pasaron varias cosas. Cuando, en el ’70, fue al sur, estuvo en Trelew; anduvo por esos lugares. En el camino se encontró con tres mochileros de Bahía Blanca. Enseguida les dio la dirección nuestra, para que vinieran a poner la carpa en el jardín. Tan amoro- sos los chicos de Bahía Blanca, que no pusieron la carpa en el jardín: les hicimos lugar adentro. Después, en el ’73, cuando fue el golpe a Allende, en Chile, nos trajo un chileno, Camilo… Para él, Camilo era especial. Y todavía, para Camilo, mi mamá es su mamá argentina.

“Seguimos con la relación, es el padrino de mi hija —dice Mary—, nos vemos. Vivió mucho tiempo en mi casa. Me acuerdo de que, al principio, le daba terror hasta salir. Mi mamá se sentó y le dijo: ’Tenés que hacerte cargo de tu vida, tenés que empezar a salir, no podés vivir así, en esta situación. Tenés que empe- zar a trabajar, a mantenerte, a organizar tu vida acá, porque tenés una nueva vida’.

“Vivíamos en la calle Rufino Ortega y de ahí nos cambiamos a la calle O’Higgins, acá en Godoy Cruz, que fue la que allanaron, en O’Higgins y Pellegrini. Y a la vuelta volaron una casa, también en esa época. El se desilusionó de la extrema derecha porque no significaba el trabajo social que pretendía. Se quedaban en ideas, en ideas. Entonces dejó y empezó a trabajar en el FAS, (Fren-

te Antiimperialista de Estudiantes Secundarios). Empezó a participar, era de izquierda, ya. Buscó en el comunismo, en el secundario; luego se mete en el peronismo y entra en Montoneros.

“Quiero decir algo de mi madre. Ella se llamaba Antonia Gallardo de González. Era escritora, dejó de serlo hace mucho tiempo. Era escritora, inclusi- ve escribió un poema, ‘El parto’, sobre los muertos de Trelew, en el ’72 y lo teníamos en casa, en un cuadro… lo tuvo que quemar, y lloró. Fue antes de la desaparición de Ricardo. Lo único que nos quedó de ese cuadro fue una foto que ellos no vieron ni se dieron cuenta, digo, por la policía; estaba en el combinado, la foto de ella al lado del cuadro, cuando recibió una mención… No quedó nada de ese cuadro y yo me lo aprendí de memoria antes de que mi mamá lo quemara. Después, años después, cuando ya se pudo, se lo dicté y lo volvió a escribir… “Mi mamá trabajaba en el SUTE, hacía trabajo gremial, no trabajaba dentro del SUTE, pero trabajó con Garcetti, mucho.

Rosi sigue contando: “… en casa se leía mucho y se comentaban, en sobre-

mesa, los libros. Mary le agarró una rabia a los libros… porque era poca literatu- ra y mucho de contenido ideológico, de una u otra... En casa siempre estuvo ‘La Razón de mi vida’, de Eva Perón, porque mi mamá era ‘evitista’… Era ‘gansa’ hasta que tuvo que salir a trabajar. No sabía hacer ni un huevo frito hasta que conoció la calle… Fue como una princesa, eran tres mujeres, eran tres hermanas y cuando mi mamá salió a laburar, se tuvo que arremangar y salir todo el día para darle de comer a sus hijos. Ahí conoció y empezó a ver la gran diferencia social. Ella fue de las que salió en el diario, en el Mendozazo, con un caballo encima”.

La represión tenía su lógica de funcionamiento.