CHAPTER 2 Literature review
2.1 Performance management
2.1.2 Performance Measurement – Business perspective
El Renacimiento orienta de manera definitiva el interés lingüístico hacia el estudio de las lenguas modernas. El latín sigue siendo el molde a partir del cual todos los demás idiomas son pensados, pero no es ni mucho menos el único y, además, la teoría que se establece sufre unas modificaciones considerables para poder concordar con las especificidades de las lenguas vulgares.
El estudio de las lenguas vulgares se justifica, como en Dante, por su origen y su fondo lógico comunes. Joaquín Du Bellay (1521-1560) en su
Défense et Illustration de la langue française, tras haber atribuido la Torre de Babel a la inconstancia humana, constata que las distintas lenguas
«no nacieron por sí mismas tales hierbas, raíces y árboles: unas lisiadas y débiles en sus especies; otras sanas y fuertes y más aptas para sobrellevar el peso de las concepciones humanas» y acaba declarando: «Aquello (me parece) es una gran razón por la cual no se debe loar de tal suerte una Lengua y criticar otra: ya que todas proceden de una misma fuente y de un mismo juicio, para un mismo fin: para significar entre nosotros las concepciones y la inteligencia de la mente». Tal vocación lógica respecto a cualquier lengua justifica lo que quería demostrar Du Bellay, a saber «que la Lengua Francesa no es tan pobre como muchos lo estiman» y su recomendación «de ampliar la lengua francesa por medio de la imitación de los antiguos autores griegos y romanos».
El ensanchamiento del campo lingüístico conlleva necesariamente una acentuación de la concepción histórica la cual asoma ya a finales de la Edad Media. En este sentido, las obras de G. Postel, De Originibus
sen de Hibraicae linguae et gentis antiquitate; G.-B. Baliander, De ratione
communi omnium linguarum el litterarum commentarius (Zurich, 1548). en el que el autor estudia doce lenguas para encontrar un único origen común: el hebreo. Varias teorías caprichosas brotan de esta apertura de las fronteras lingüísticas: Giambullari (II Cello, 1546) «prueba» que el florentino proviene del etrusco el cual nació del hebreo; Johannes Becanus (Origines Antwerpinae. 1569) «demuestra» que el flamenco es la lengua madre de todas las lenguas, etc. Algunas de estas excursiones lingüísticas intentan demostrar el carácter valioso de la lengua vulgar estudiada por el autor, comparándola con los méritos de las lenguas indiscutiblemente perfectas tales el griego o el latín. Así ocurre, por ejemplo, con Henri Estienne (Traité de la conformité du
fraçjais avec le grec, 1569). Con un enfoque comparativista, José-Justo Scaliger, hijo del gramático, establece unas clasificaciones tipológicas de los términos en su Diatriba de europearum linguis (1599). Por otra parte, la orientación del estudio gramatical hacia unas lenguas como el hebreo o bien hacia las lenguas modernas enfrenta al científico con unas peculiaridades lingüísticas (ausencia de casos, orden de las palabras, etc.), cuya explicación habría modificado sensiblemente el razonamiento lingüístico en sí.
Otro rasgo específico de la concepción lingüística del Renacimiento fue, sin duda, el interés por la retórica y cualquier praxis lingüística original, elaborada y poderosa, capaz de igualarse a las literaturas clásicas, y llegar incluso a superarlas. O sea, el lenguaje en la tradición humanista no está considerado sólo como un objeto de erudición, sino
como algo que tiene una vida real, ruidosa y colorida, convirtiéndose de este modo en la verdadera carne en la que se practica la libertad corporal e intelectual del hombre renacentista. Recordemos así la risa de Rabelais (1494-1553) para la erudición escolástica de los «sorbonnenses» [«sorbonnards»] y su fascinación por el habla popular que desobedece a las normas de los gramáticos para brindar su escenario a los relatos oníricos, a los juegos de palabra, a las bromas, los retruécanos, los discursos de feriantes, a la risa carnavalesca... Erasmo (1467-1536), con su Elogio de la locura, y toda su época, se pone a la escucha del «discurso loco» y no es sino un síntoma de suma importancia de aquella convicción, ya consolidada, según la cual el funcionamiento del lenguaje ofrece una complejidad que no sospechaban los códigos de la lógica y de la escolástica medieval.
Pero lo que marca, sin lugar a duda, del modo más profundo la
concepción del lenguaje es que, durante el Renacimiento, constituye un objeto de enseñanza, y ello de manera ya generalizada. Hemos apuntado que en un período y en determinadas civilizaciones el lenguaje, indiferenciado del cuerpo y de la naturaleza, era el objeto de una cosmogonía general. Más tarde se ha vuelto objeto de estudio especificado y distanciado de lo exterior que representa. Al mismo tiempo, y principalmente entre los griegos, se enseñaba el lenguaje: se inculcaba las normas a quienes lo usaban. Dentro de la dialéctica del proceso entre objeto que se enseña y método que enseña, éste último acaba moldeando aquello que se había propuesto conocer en un principio. Las necesidades didácticas, dictadas ellas mismas por un mundo en plena evolución económica burguesa, a saber: claridad, sistematización, eficacia, etc., acaban siendo más fuertes: frenan las especulaciones medievales y sobredeterminan una reformulación de la ciencia grecorromana del lenguaje.
Las necesidades pedagógicas expuestas por Erasmo, quien desconfiaba del razonamiento y favorecía el uso y las estructuras
formales como principio de base de los educadores, orientan el estudio del lenguaje hacia un empirismo: se da más importancia a los hechos, al uso y muy poca a la teoría. «Ninguna disciplina exige menos razón y más observación que la gramática» escribe G. Valla. «No se ha de razonar todo» insiste Lebrija. Pero, a la vez, los procedimientos pedagógicos, tales como los cuadros, los inventarios, las simplificaciones, etc., tienden hacia un formalismo que no tardará en manifestarse.
gramaticales de este tipo: Vives (1492-1540), discípulo de Erasmo, De
disciplinis libri XII: Despautère, Syntaxis (1513); Erasmo, De octo
orationis partium constructione (1521), etc. La lengua francesa ya se ha convertido en objeto predilecto de los gramáticos, como lo muestran las obras Principes en François, Nature des verbes, etc. (hacia 1500). En 1529, Simón de Colines y Lefèvre d’Etaples publican Grammatographia cuyo propósito nos exponen según sigue: «Así como mediante aquellas descripciones generales del mundo llamadas cosmografías, cualquiera aprende muy deprisa a conocer al mundo entero, cuando no estaría seguro de conseguirlo con las lecturas, aun dedicándoles muchísimo tiempo, así pues, esta Grammatographia nos permitirá ver toda la gramática en poco tiempo».
Un importante rasgo de estas gramáticas empiristas de principios del siglo XVI: principalmente son unas morfologías. Estudian los
términos de la oración: nombre, verbo, etc.. pero, observa Chevalier, estudian las palabras «en situación» y la gramática establece con esmero las coordenadas fórmales, de dicha situación. El orden de las palabras, las relaciones de rección (término regido, término rector, rección única, rección doble, etc.) acaban estableciendo unas verdaderas estructuras oracionales a las cuales, no obstante, se les busca inmediatamente el equivalente en relaciones lógicas.
Obviamente, no podremos pararnos aquí, en el marco de esta rápida exposición, en todas las obras importantes de los gramáticos renacentistas. Semejante tarea que entra ya en el campo de la erudición aunque es incontestablemente de suma importancia para la elaboración de una epistemología de la lingüística que queda por hacer, no entra en el cuadro de este trabajo cuyo limitado alcance consiste en un esbozo general de los principales momentos de la mutación de la concepción del lenguaje. Por ello, sólo nos detendremos sobre algunos gramáticos cuyos trabajos, que no presentan por lo demás unas diferencias notables entre sí, propiciaron a pesar de todo el corte decisivo en el estudio del lenguaje como lo fue la gramática de Port-Royal en el siglo XVII. Vamos a ver en las líneas
que siguen cómo una concepción morfológica de la lengua evoluciona hacia una sintaxis.
Jacques Dubois, llamado Sylvius, considerado como un Donato francés, es el autor de una gramática llamada Isagôge —Grammatica
latino-gallica. En esta obra francolatina se dedica a transponer las categorías de la morfología latina al francés. Para ello, descompone los enunciados no sólo en palabras sino también en segmentos mayores y
busca sus correspondientes de un idioma a otro. Es posible deducir a partir de esto que, para Sylvius hay un fondo de universales lógicos comunes a todas las lenguas y que son la base de las diversas construcciones de cada idioma. En los esquemas lógicos establecidos de este modo, Sylvius aplica el método aristotélico (expuesto en el
Organon) de jerarquización de las partes del discurso: cuanto más modos de ser significado posea la parte, más importante será (por ejemplo, el nombre y el verbo respecto a la preposición y la conjunción). En el marco de estos segmentos equivalentes en latín y en francés, Silvius subraya los signos que constituyen, que sueldan el conjunto: artículo, pronombre, preposición. Al establecer, pues, una equivalencia funcional —la cual es a su vez lógica— entre los términos de un segmento en francés y los términos del mismo segmento en latín, Sylvius mantiene la declinación en francés: «Para nosotros, igual que para los hebreos de quienes la tomamos, la declinación es particularmente fácil; para lograr el plural, basta con agregar una s al singular y con conocer los artículos cuyo número es muy limitado y que hemos buscado entre los pronombres y las preposiciones». Como quería establecer a toda costa la equivalencia con la gramática latina — por una preocupación por una equivalencia lógica entre ambas lenguas—, Sylvius siguió empleando la noción de declinación para describir la gramática francesa, subrayando al mismo tiempo la diferencia entre ésta y aquélla, la gramática latina: eso le lleva a valorar el papel de la preposición y sobre todo del artículo en cuanto que agente del sistema francés de declinación.
Antes de abordar la obra de quien, prosiguiendo el esfuerzo de Sylvius, acabó imponiendo una actitud teórica y sistemática seria en el estudio del lenguaje, remediando de esta forma los defectos del empirismo, hemos de mencionar la gramática publicada en Inglaterra por Palsgrave, L’Esclarcissement de la langue françoise (1530). Esta obra hereda de la tradición de autores como Linacre (De emendata structura), de Erasmo, Gaza, y trata de definir las leyes de ordenación de un idioma que no se ha estabilizado aún.
No obstante, la obra de J.-C. Scaliger, De causis linguae latinae (1540) es la obra que va a marcar toda la segunda mitad del siglo XVI. Aunque
se centra únicamente en la lengua latina, esta obra supera su época y se inscribe en los mejores ejemplos de rigor lingüístico de su tiempo. Como lo indica el título, el gramático habrá de descubrir las causas
(lógicas) de la organización lingüística que se ha propuesto sistematizar. Como todos los humanistas, se fijará sobre todo en el uso
y se fiará los datos y los hechos; pero no dejará por ello de ocuparse de la razón que está a la base y determina aquellos hechos. Al contrario, todo su trabajo estará enfocado desde un punto de vista teórico principalmente hacia la demostración de la veracidad de lo fundado, la ratio previa que manda sobre la forma lingüística. «El vocablo es el signo de las nociones que están en el alma», esta definición traduce muy bien el concepto del lenguaje, según Scaliger, que representa unos conceptos innatos, dirán posteriormente los cartesianos.
Si sostiene que «la gramática es la ciencia que permite hablar conforme al uso», Scaliger insiste igualmente sobre el hecho de que «incluso si el gramático otorga alguna importancia al significado [significatum] que es una suerte de forma [forma], no lo hace por cuenta propia sino para transmitir el resultado a aquel cuyo oficio es ir en busca de la verdad». Se trata, en efecto, del lógico y del filósofo y se comprende que para Scaliger como para toda la tradición gramatical, el estudio de la lengua no tiene un fin en sí, ni autonomía, sino que pertenece a una teoría del conocimiento a la cual está subordinado. Pero este gesto de Scaliger se acompaña de otro que intenta delimitar el campo de la gramática insistiendo primero sobre el hecho de que no es un arte sino una ciencia. A la vez que la incluye de manera implícita dentro de un proceso lógico, la distingue de la ciencia lógica excluyendo de la gramática la ciencia del juicio. La distingue también de la retórica y de la interpretación de los autores para edificarla finalmente como una gramática normativa, corrección del lenguaje, con dos vertientes: estudio de los elementos componentes (morfología) y de su organización (sintaxis).
De manera más concreta ¿cómo se construye esta gramática concebida de tal suerte? «El vocablo —escribe Scaliger— consta de tres modificaciones: la concesión de una forma, la composición y la verdad. La verdad es la adecuación del enunciado a la cosa de la que es el signo; la composición es la conjunción de los elementos en función de las proposiciones correspondientes; la forma se da por creación [creatio] y por derivación [figuratio]20.» Sería, pues, lógico que hubiese
tres tipos de explicaciones [rationes] en la gramática: «la primera relativa a la forma, la segunda a la significación, la tercera a la construcción».
Una preocupación constante de sistematización, inspirada en Aristóteles, preside la obra. Es preciso que el análisis empiece por las