CHAPTER 2 Literature review
2.1 Performance management
2.1.1 Performance Measurement – Software Engineering Perspective
difiere sensiblemente de su posible equivalente moderno «significance» por lo que nos remitimos a Paul Zumthor y a su Essai de Poétique Médiévale. Ed. du Seuil, coll. Poétique, París, 1972, del que traducimos los dos extractos siguientes:
«Más que de “producción” continua de sentido, un término que evoca con demasiada exclusividad tal vez un proceso consciente, podríamos hablar de manera abstracta de
semiosis o de significancia, emanación de una significación compleja aunque inagotable, generada por la totalidad de los signos y de los indicios que los afectan. (...) En un momento dado de la duración del texto aparece, para afirmarse luego, un último elemento cuya completa percepción no se realiza hasta el final: su “composición”, significante global conlleva un significado propio y único que abarca de modo jerárquico a todos los demás sin confundirse con éstos, sin embargo, pues los connota, por el contrario, retrospectivamente. (...) La impresión estética o moral no es sino la percepción, al fin completa, de la función poética del texto, el descubrimiento seguro y eufórico de la existencia de un tema en el seno del cual se ejerció dicha función» (p. 111).
«He aquí una de las oposiciones más fuertes que distinguen la narrativa breve de la novela. La “senefiance” de una novela [medieval] se establece a partir de cada uno de los detalles o episodios y conlleva de esta forma, normalmente, una multiplicidad que puede llegar hasta la contradicción: del mismo modo no podrá ser definida sino en su grado alto de abstracción. La “senefiance” de una narración breve [medieval] tiene como significante a la totalidad del texto como tal y, salvo excepción, tiene algo obvio y como concreto» (pp.
la cosa con sus propiedades (modi essendi) que son la causa, así como el efecto, de su propia intelección o comprensión (modi intelligendi). Este último modo va seguido de un revestimiento de la comprensión ideal por una envoltura racional, el signo, dando lugar al modus significandi. Damos a continuación la manera en que lo define Siger de Courtrai en
Summa modorum significandi (1300): «El modo de significar al activo es una ratio brindada a la forma material por el intelecto de manera que tal forma material significa tal modo de ser. El modo de significar al pasivo es el modo de ser en sí significado por la forma material gracias a la operación del modo de significación al activo, o bien modo de significación referido a la cosa en sí». El autor da el ejemplo siguiente: un objeto, por ejemplo, una obra de carpintería de color rojo que adorna un cabaret, atrae la atención de la inteligencia y el hombre lo designa mediante la palabra: «cartel rojo». La inteligencia confiere a dicha palabra una determinada función, la de designar lo que formalmente apunta; la palabra (dictio) expresada mediante el habla
(vox) tan sólo indica ese punto de vista del designador. Al habla está ligada la significación de manera indisoluble ya que la inteligencia otorga un sentido al signo verbal que expresa una parte del ser. Lo rojo del cartel, en las condiciones en las que se encuentra, gracias a la intervención del intelecto, es significativo del producto bermejo que es el vino. Este elemento de orden intencional que envuelve a la palabra, los gramáticos lo llaman modus significandi... (Cf. Q. Wallerand, Les
Oeuvres de Siger de Courtrai, Louvain, 1913).
Al establecer la relación voz-concepto en tanto que núcleo del modo de significar del habla, Siger de Courtrai funda una teoría del signo discursivo.
El modo de significar se divide en: 1) absolutus y respectivus que forman la sintaxis; 2) essentialis (general y especial) y accidentalis. Con sus combinaciones se consiguen las partes del discurso y sus modalidades.
Las teorías medievales referentes al signo y la significación están poco estudiadas y poco conocidas hoy. La falta de información, debida en parte a la complejidad de los textos, pero quizá y sobre todo a su estrecha relación con la teología cristiana (tales como las tesis de San Agustín) nos priva probablemente de los más ricos trabajos que haya producido Occidente acerca del proceso de la significación, antes de que los censurara el formalismo, el cual se impondrá con el advenimiento de la burguesía (cf. el capítulo siguiente).
aunque igualmente del inmenso trabajo teórico y filosófico sobre el signo y la significación que se ha ido acumulando siglo tras siglo. Retoma y reinterpreta los conceptos de modos de significación, de
significancia (en los trabajos de Jakobson, Benveniste, Lacan), etc. Al aislar los conceptos de su fundamento teológico, se plantea el problema de acceder, hoy, —después de tantos siglos de olvido o de positivismo angosto— aquella zona compleja en que se elabora la significación con vistas a extraer los modos, los tipos, los procedimientos. Se puede considerar, en este campo, los libros de
gramática speculativa y modi significandi de la Edad Media como precursores, siempre y cuando sean reinterpretados (e incluso invertidos con un planteamiento materialista además).
Podemos citar entre el resto de los «modistas» a Alberto el Grande (1240), a Thomas d’Erfurt (1350), etc.
Los desarrollos de estos teóricos no transformaron de manera radical las propuestas de Donato y de Prisciano acerca de la gramática. Tan sólo aportaron una visión lógica más profunda del lenguaje, y la
semántica resultante, en el fondo, preparó un camino de estudio de la construcción lingüística en tanto que conjunto formal.
Algunos de estos tratados de grammatica speculativa y de modi
significandi se convirtieron en unas semánticas sumamente elaboradas, tal como la combinatoria semántica de Llull que Leibniz retomó más tarde en su Característica Universal. Se sabe que Llull, antes de hacerse franciscano, pasó su juventud en la corte de Santiago de Aragón y parece ser que estuvo en contacto con los métodos cabalísticos de Abulafia. En cualquier caso, su obra presenta cierta influencia, aunque sólo fuese por la definición del arte que se encuentra en ella: combinar
los nombres que expresan las ideas más abstractas y más generales a partir de los procedimientos mecánicos con vistas a juzgar de este modo la veracidad de las proposiciones y descubrir nuevas verdades. Su interés por las lenguas orientales y su preocupación por difundirlas son igualmente muy significativos.
No podemos hablar de las teorías lingüísticas de la Edad Media sin recordar el fondo filosófico sobre el cual se expandían, es decir, la célebre discusión entre realistas y nominalistas que marcó aquella época.
Los realistas, representados por John Duns Escoto (1266-1308), sostenían la tesis de Platón y de San Agustín acerca de la realidad del ser infinito para el cual las cosas son tan sólo la exteriorización. En cuanto a las palabras, están en relación intrínseca con la idea o el concepto, y el concepto existe desde el momento en que hay una
palabra.
Los nominalistas, representados por Guillermo de Occam (hacia 1300-1350 aproximadamente), pero también por Alberto y Santo Tomás, optaban por la existencia real de las cosas particulares y consideraban que el universo no existía sino en el alma de los sujetos conocientes. En el plano del lenguaje, ponían en duda la equivalencia de la idea y de la palabra. Las palabras corresponden a los individuos; en la oración: «El hombre corre», no es la palabra (suppositio materialis) ni la especie humana (suppositio simplex) sino la persona individual y concreta la que está corriendo: esta suposición se llama suppositio
personnalis. El occamismo construye sobre tal suposición su doctrina del papel de las palabras o términos en el discurso, de donde se deduce el nombre de la doctrina: nominalismo o terminalismo.
El final de la Edad Media está marcado, por igual, por un nuevo elemento en la concepción del lenguaje. A la defensa de las lenguas nacionales vigentes ya desde el siglo X se añade la preocupación por la
elaboración de gramáticas apropiadas a sus especificidades. Así, pues, la primera gramática francesa fue la de Walter de Bibbesworth,
L’Aprise de la langue française del siglo XIV y el Leys d’amour (1323-1356),
código de la poesía de los trovadores, en el cual una parte es una gramática de la lengua de oc. En 1400, varios clérigos componen el
Donat français, una gramática completa del francés de la época. Podemos añadir a estos hechos, como lo observa G. Mounin (Histoire
de la linguistique des origines au XX siècle, 1967), una nueva concepción
histórica del lenguaje, si bien le falta mucho para tomar una forma filológica o comparativista que le dará posteriormente el siglo XIX. En
Dante (1265-1321), De vulgari eloquentia, la defensa del idioma nacional viene acompañado por un ataque en contra del latín considerado como una lengua artificial. Por el contrario, el poeta constata el parentesco del italiano, del español y del provenzal y es el primero en afirmar su origen común. La apología de la lengua vulgar, en Dante, es en realidad una apología no solamente del italiano hablado frente al latín, sino además una apología de un fondo lingüístico primitivo, lógico o natural, en todo caso universal, que los siglos futuros sacarán a relucir y preservarán. Damos ahora, a continuación, la propia definición de Dante (la traducción francesa es de 1856), y en ella podemos ya recoger, a través de sus palabras, los acentos de los cartesianos y de los enciclopedistas:
«Entendemos por lengua vulgar el lenguaje mediante el cual sus guías forman a los niños, cuando distinguen las palabras y, de forma
más breve, del que, sin ninguna regla, nos apoderamos imitando a nuestra nodriza. Luego hay un lenguaje de segunda formación, que los romanos llamaron gramática: lenguaje poseído por ellos, por los griegos y demás pueblos: sólo unos pocos lo consiguen porque se consume necesariamente una gran tarea de tiempo y de estudios hasta regular y filosofar una lengua.
»De ambos lenguajes, el más noble es la lengua vulgar, bien porque fue el primer intérprete del género humano, bien porque domina nuestro planeta por doquier, aunque se divida en una sintaxis y un vocabulario distintos, bien, por último, porque nos resulta natural...
»Para que el hombre pudiese comunicar sus concepciones a sus semejantes, tuvo que tener un signo totalmente racional y sensible; racional porque tenía que recibir algo de la razón y algo que transmitirle; sensible porque, en nuestra especie, no se puede comunicar la inteligencia a no ser mediante los sentidos. Pero este signo es nuestro sujeto mismo, el lenguaje vulgar; sensible por naturaleza en tanto que sonido y racional debido a su significación interna en tanto que idea...».
Así, pues, en el ocaso de la Edad Media, las bases del latín en cuanto que lengua madre se derrumban y el interés se traslada hacia los idiomas nacionales en los cuales se seguirá buscando un fondo común, natural o universal, una lengua vulgar y fundamental. Paralelamente a esto, la enseñanza de las nuevas lenguas abrirá unas perspectivas nuevas y suscitará unas nuevas concepciones lingüísticas durante el Renacimiento.