A partir de las primeras fuentes y de las narraciones orales que rescataron los piratas, se cree que las incursiones violentas entre miskitu y algunas de las fracciones mayangna formaban parte de un patrón cultural preexistente de relaciones interétnicas, donde la guerra aparentemente habría funcionado como un medio utilizado por los hombres para obtener prestigio y más esposas. En un nuevo contexto político económico, donde los miskitu lograron obtener ventajas mediante el uso de armas —incentivados por piratas y comerciantes ingleses— ese patrón cultural preexistente se habría inclinado a su favor, habida cuenta de que hicieron numerosas incursiones, ya no sólo para obtener prestigio o esposas, sino para capturar esclavos e intercambiarlos por los bienes que ofrecían los europeos (M.W., 1699, p. 287; Helms, 1983a; Romero, 1995, p. 276). Según documentos de la época “por cada un indio, dan los ingleses una escopeta y un barrilito de pólvora y correspondiente munición de plomo” y “la tasa de comprar los indios mocetones y muchachotes era un barril de aguardiente, un machete y un hacha” (Declaración de Carlos Casarola 1737, en Romero, 1995, p. 277). La mayoría de los esclavos estaban destinados a satisfacer la demanda de mano de obra para las plantaciones de caña que
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se implementaron en Jamaica, para el corte de madera preciosa en Belice y, en menor medida, para las tareas domésticas y la producción de alimentos que demandaban todos los asentamientos ingleses ubicados en esos sitios en Nicaragua y Norteamérica.
Las expediciones estaban dirigidas por las autoridades miskitu y financiadas por comerciantes ingleses que hacían de intermediarios entre estos y los dueños de plantaciones en las distintas colonias. Sostiene Romero (1995, p. 277) que “la empresa era fácil y costaba poco pues consistía en armar unas cuantas piraguas en las que aviaban cuadrillas de indios mosquitos pagados por su empleador a razón de tres o cuatro libras jamaiquinas por cada indio capturado”, pero además estas incursiones daban la posibilidad de saquear las comunidades y obtener botines de guerra, desde herramientas y adornos hasta productos intercambiables, como el cacao82.
Luego de que finalizara la guerra de sucesión española (1702-1713) los ingleses dejaron de dar su consentimiento oficial a las expediciones que dirigían los miskitu contra los dominios españoles (Offen, 2007, p. 265) donde los indígenas capturados ya estaban bautizados. Si bien este tipo de treguas no duraban muchos años, promovieron la búsqueda de indígenas en territorios “libres” del istmo. De hecho, más allá de algunas disquisiciones morales sobre la humanidad de los indígenas y la legitimidad de su esclavización, Inglaterra no veía con buenos ojos el enriquecimiento que este negocio estaba dejando en manos privadas —“cada esclavo era vendido a su vez en veinte o treinta libras cada uno”— con los riesgos que suponía el control político de sus colonias a la distancia, por lo cual en 1741 y 1776 se prohibió explícitamente la comercialización de indígenas para sus colonias en las Antillas. Sólo los negros seguirían siendo un “producto” legal. En la práctica, miskitu e intermediarios continuaron participando en ese negocio hasta finales de siglo, cuando los ingleses se retiraron de la Costa Mosquitia y las condiciones internacionales del siglo XIX ya favorecieron un sistema de mano de obra asalariada.
Si bien no debemos imaginar a contingentes militares dedicando gran parte de su tiempo a la captura de personas —pues esta actividad era más bien esporádica y no todos los jefes miskitu participaron en todo momento ni de la misma forma— estas acciones tuvieron consecuencias fundamentales en la formación del territorio y las relaciones interétnicas. A través de sus estructuras políticas y en estrecha relación con los intereses británicos, los miskitu se posicionaron como un pueblo que gozaba de cierta hegemonía respecto de las demás etnias vecinas —como los pech, mayangna, kukra y rama— ubicadas en el interior de la Costa Mosquitia, e incluso frente a otras situadas
82 En el valle de Matina en Costa Rica existían plantaciones bajo dominio español de este producto, sumamente cotizado en el mercado europeo.
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a varios días de camino y fuera del territorio miskitu, como los salamanca,
guaimi, bocatora y bribri. Así, en su época de apogeo los miskitu llegaron a
ejercer no propiamente un dominio, pero sí una movilidad efectiva con una coerción coyuntural sobre todo el litoral y algunas zonas del interior del istmo (desde Yucatán hasta Panamá) generando miedo en ciudades españolas de la región83. Esto no significa que en distintos momentos no sostuvieran relaciones comerciales o de amistad con alguna de esas mismas etnias capturadas84.
Por otro lado, los miskitu nunca fueron esclavizados; era común, por el contrario, que los jefes tuvieran algún esclavo bajo su poder, ya sea porque no habían logrado venderlo, o porque lo recibieron como obsequio de algún funcionario inglés ávido de favores. Esta situación incidió positivamente en la reproducción de su identidad étnica, pues si bien evidentemente no eran blancos, tampoco eran vistos como indios o como negros, sino que formaron una categoría social distinta (Offen, 2005). Me atrevería a sugerir que ambas experiencias —la noción de cierta movilidad efectiva sobre un amplio territorio y la conciencia de su libertad frente a los demás grupos— calaron en la memoria colectiva como pueblo y contribuyeron a formar el ethos de una voluntad indómita miskitu que suele estar presente en las relaciones de poder interétnicas actuales85.