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Chapter 6: Development of data analysis method (Part II)

6.2 Exploratory Study 3: Developing the coding protocol

6.2.6 Pilot testing the coding protocol for inter-coder reliability

6.2.6.1 Pilot Test 1

IMPORTANCIA DE LAS EMOCIONES

Al igual que en el caso de las virtudes, fortalezas y capacidades psicoló- gicas, las emociones positivas juegan un papel de gran importancia en el florecimiento y bienestar personal. La vivencia de una emoción positiva es gratificante, lo que nos lleva a procurar que aparezcan en la experiencia diaria. Pero las emociones positivas no sólo son estados a alcanzar, sino también medios poderosos para lograr otros fines —igualmente posi- tivos— como crecer, ser personas plenas, autónomas y competentes, así como individuos con buenas relaciones con otras personas y con el entorno biofísico. Froh (2009) plantea que las emociones positivas son experiencias de corta duración que se “sienten bien” e incrementan la probabilidad de que uno se sentirá, además, bien en el futuro. De acuerdo con este autor, dichos estados emocionales son ingredientes esenciales para experimentar una buena vida, lo que los hace un objeto de estudio muy importante en la psicología positiva. En este capítulo, planteamos, además, que las emociones positivas son fundamentales para desarrollar y afianzar relaciones buenas con nuestros semejantes, y para guiarnos en los propósitos de conservación del ambiente natural.

Se han propuesto funciones explícitas para las emociones: la coordi- nación de sistemas para respuestas conductuales, el cambio de jerarquías conductuales, la comunicación y los lazos sociales, los atajos en el pro- cesamiento cognoscitivo, así como el almacenamiento y la recuperación de recuerdos (véase Rolls, 1999; Levenson, 2003). Las emociones, a

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Emociones positivas

por el ambiente

pesar de que nos ayudan a sobrevivir y, en muchas ocasiones, nos hacen sentir bien, no siempre son benéficas: por ejemplo, por más que el enojo exista para cumplir una fun- ción adaptativa, experimentarlo en medio de un embotellamiento de tráfico no sólo no ayuda a resolver el problema, sino que produce, además, un malestar en el organismo. Esto, como lo veremos, se aplica más a las emociones negativas que a las positivas, lo que le otorga un valor especial al estudio de los estados emocionales positivos. Estudiar ambas facetas es, con todo eso, esencial en el propósito de mejorar la calidad de vida de las personas.

EMOCIONES Y AFECTOS

La emoción es uno de los muchos estados afectivos que experimentamos. El afecto es un concepto que se refiere a los sentimientos que son accesibles a la conciencia y se encuentra presente en las emociones; constituye el componente de la experiencia sub- jetiva, pero también aparece en muchos otros fenómenos afectivos, como sensaciones físicas, actitudes, estados de ánimo y rasgos afectivos. Así, emociones y afectos son dos cosas diferentes y las maneras en las que se distinguen son varias. En primer lugar, normalmente las emociones se ligan a una circunstancia significativa personal, es decir, tienen un objeto, mientras que los afectos a menudo no tienen objeto o, como lo expre- sa Fredrickson (2001), “flotan libremente”. Además, las emociones son frecuentemente de corta duración y contienen sistemas de componentes múltiples, en tanto que el afec- to es de mayor duración y puede notarse en el nivel de la experiencia subjetiva (Ekman, 1994; Russell & Feldman Barrett, 1999). Por último, las emociones se conceptúan como estados que encajan en categorías discretas (o grupos de emociones), tales como el miedo, la ira, el gozo y el interés. El afecto, alternativamente, se concibe moviéndose entre los polos de dos dimensiones: a) placer y activación (Russell & Feldman Barrett, 1999), o b) activación emocional positiva o negativa (Teilegen, Walson & Clark, 1999).

Arbib y Fellous (2004) analizan las emociones en dos sentidos; el primero atiende a los aspectos externos de las emociones y el segundo, a los aspectos internos: 1) la

expresión emocional para la comunicación y la coordinación social, es decir, la manifesta-

ción de emociones para indicar de qué manera nos sentimos y cómo encajamos en el grupo al que pertenecemos y 2) la emoción para la organización de la conducta, es decir, el “uso” de las emociones para propósitos adaptativos en el nivel individual. De acuer- do con esos autores, los dos aspectos coevolucionaron en los animales para responder a presiones ambientales. Una función clave de las emociones implica la comunicación simplificada, pero de alto impacto (una sonrisa o un grito implican una síntesis de infor- mación que, aunque no provee detalles, genera reacciones significativas en otros). El segundo aspecto involucra procesamiento interno de los estímulos emocionales para el uso adaptativo del organismo; este procesamiento implica seleccionar acciones (apro- piadas a la fuente estimulante), atención a los estímulos y aprendizaje.

El afecto positivo, que forma parte de los estados emocionales, facilita la conducta

de aproximación. Este estado se manifiesta en aquellas acciones en las que los organis-

mos obtienen consecuencias gratificantes, como en la comida, la bebida, la actividad sexual, la buena compañía y también en los viajes a la naturaleza. El afecto positivo además estimula la acción continua, es decir, los comportamientos sostenidos en el tiempo (que pueden ser cualquiera de los que menciono líneas arriba, pero mantenidos durante buen tiempo). En otras palabras, nos involucramos en conductas gratifican- tes y sostenidas en buena medida porque experimentamos estados afectivos positivos (Fredrikson, 2001) y éstos estimulan actividades que son adaptativas para el individuo y también para su especie. Hay un sesgo que se genera a partir de dicha estimulación: una tendencia de los individuos a experimentar afecto positivo con frecuencia, incluso en contextos neutrales (Diener & Diener, 1996; Ito & Cacioppo, 1999). Con ese sesgo las personas se muestran motivadas a participar (actuar) en sus entornos, aproximán- dose a y explorando objetos, gente y situaciones novedosas. Por ejemplo, nos acercamos a personas que nos hacen reir, a entornos relajantes y a situaciones placenteras y llamativas.

Como las emociones positivas contienen un componente de afecto positivo, ellas también funcionan como señales internas que llevan a los individuos a acercarse (a objetos, eventos o situaciones) o a continuar involucrados en la acción. Otros estados afectivos positivos, como el placer sensorial, motivan a las personas a aproximarse y continuar usando o “consumiendo” cualquier estímulo útil para ellas en el momento (eso lo saben muy bien los comedores hedonistas y otros que disfrutan de los placeres propiciados por los sentidos). Los estados anímicos positivos incitan también a la gente a continuar en el pensamiento o actividad que han iniciado (Fredrickson, 1998).

A partir del recuento previo, cabría suponer que, si una persona se encuentra en un estado emocional positivo o de buen ánimo, tendrá condiciones para iniciar y man- tener una conducta sustentable si ésta es interesante o novedosa, o si le proporciona una gratificación. También sería lógico suponer que, si el objeto del estado emocional o afectivo es la integridad de la naturaleza o el bienestar de otras personas, y si la activa- ción que promueve ese objeto es positiva, entonces será más probable que el individuo opte por involucrarse en acciones de cuidado del medio. La experiencia investigativa muestra que todos esos casos son bastante factibles de ocurrir y más adelante los exploraremos con detenimiento.

LO MALO ES MÁS FUERTE QUE LO BUENO

A pesar de su importancia, las emociones positivas empezaron a estudiarse apenas recientemente. De hecho, el estudio científico de todas las emociones data de pocas décadas atrás, aunque —para variar— el interés central se acomodó en la investigación de las emociones negativas (Fredrickson, 1998; Isen, 2004). Los teóricos de las emociones

consideran que esto es un reflejo del sesgo que los seres humanos —no sólo los cien- tíficos— manifestamos al prestarle más atención a las emociones negativas que a las positivas. Desde una perspectiva evolucionista, esto tiene mucho sentido, ya que, como Froh (2009) lo explica, alguien que se pierde un resultado positivo (p. ej., una emoción agradable) puede experimentar posteriormente pena por no obtener placer o creci- miento personal; sin embargo, él/ella sobrevivirá a esa “pérdida”. En cambio, alguien que no acierte a darse cuenta del peligro y a experimentar el displacer que lo acompa- ña puede sufrir la consecuencia negativa más grave de todas: la muerte. Esto implica, entonces, que tiene más valor prestar atención a lo malo que nos pasa que a lo bueno, ya que el resultado puede ser de vida o muerte, pues siempre habrá tiempo para expe- rimentar el bienestar y esperar sus consecuencias positivas, mientras que no podemos darle tiempo a experimentar un riesgo o daño, especialmente si éste es fatal.

Lo expresado arriba llevó a Baumeister, Bratslavsky, Finkenauer y Vohs (2001) a afir- mar que “lo malo es más fuerte que lo bueno”, contradiciendo, así, el sentido popular de que el bien se sobrepone al mal. Estos autores aseguran que el poder superior de lo malo (y, por ende, el efecto superior de las emociones negativas) sobre lo bueno puede encontrarse en los eventos cotidianos, pero también en los sucesos más relevantes de la vida; en los productos de las relaciones cercanas, los patrones de las redes sociales, las interacciones interpersonales y los procesos de aprendizaje. Esto quizá explique en cierta medida por qué los psicólogos ambientales (y todos los demás psicólogos) se han enfocado preferentemente en estudiar las emociones negativas que se asocian a la práctica de conductas sustentables. Baumeister et al. (2001) también concuerdan en que las emociones malas tienen más impacto en la vida y se procesan más rápidamente que las buenas. Los eventos negativos influyen tanto en los estados anímicos malos como en los buenos, en tanto que los eventos buenos sólo influyen en los ánimos posi- tivos. Muchos tipos de trauma con sólo ocurrir una vez (p. ej., una violación sexual) pue- den provocar efectos negativos severos y de largo plazo, mientras que un solo evento positivo (incluso ganar la lotería) difícilmente tendrá efectos similares tan fuertes y de larga duración (Froh, 2009).

Fredrickson (1998) también cree que el predominio en el interés por las emociones negativas obedece a que éstas son mayores en cantidad que las emociones positivas —nos guste o no hay más de las primeras que de las últimas— y también a que las pri- meras son más fácilmente reconocibles que las segundas. Nesse (1992) explica que hay más emociones negativas que positivas, porque hay más tipos diferentes de amenazas que de oportunidades. También hay más palabras en nuestro lenguaje para describir los estados negativos que los positivos, y las expresiones faciales de las emociones nega- tivas (p. ej., ira, vergüenza) son más distintivas y reconocibles que las de las emociones positivas (p. ej., es difícil distinguir una cara de gratitud o de perdón). Son tan poco diferenciables las últimas que, de acuerdo con Ekman (1992), no poseen un signo único

de valor, sino que todas las emociones positivas comparten la sonrisa Duchenne (las es-

ojos) o sonrisa auténtica. También es más fácil distinguir entre la experiencia subjetiva de emociones negativas que diferenciar entre distintos estados emocionales positivos (Fredrickson, 1998).

A pesar de que prácticamente todos los teóricos e investigadores de las emociones aceptan la veracidad de estas situaciones (incluida la idea de que lo malo es más fuerte que lo bueno), muchos de ellos también reconocen el poder de las emociones positivas, especialmente su efecto acumulado —es decir, sumado— y las consecuencias a largo plazo en el bienestar de las personas. En otras palabras, no obstante que, comparados con las emociones negativas, los estados emocionales positivos son de menor duración y con efectos temporales menos sobresalientes, su poder para transformar la vida de una persona es significativo y necesario. Por ejemplo, se sabe que las emociones po- sitivas mejoran el afrontamiento y esto genera resiliencia, la cual, a su vez, predice la manifestación de nuevas emociones positivas (Isen, 2004). Podría entonces pensarse que, así como las emociones negativas nos sirven de manera inmediata y sobresaliente en el propósito de alejarnos del peligro, las emociones positivas nos procuran fortaleza, salud, crecimiento, posibilitan relaciones positivas y nos llevan a cuidar el entorno en el que vivimos. Los dos últimos aspectos, sin desligarlos de los anteriores, son de gran interés para los estudiosos de las conductas sustentables.

Al principio se pensaba que las emociones positivas simplemente eran “marcado- res” o indicios de bienestar, es decir, los indicadores de un buen funcionamiento po- sitivo. No obstante, la investigación ha llegado a demostrar que esas emociones son

productoras —y no sólo indicadoras— de funcionamiento positivo (Fredrickson, 2001).

Isen (2004), por ejemplo, ha probado que los estados emocionales positivos incremen- tan las capacidades cognoscitivas y de pensamiento, y también aumentan el rango de conductas (elecciones, actuación diversificada) en las que se involucran las personas. Al analizar las emociones positivas de gozo, interés, satisfacción y amor, Fredrickson (1998) concluye que éstas contribuyen a construir los recursos personales del individuo: físicos (para una buena salud) intelectuales (que generan conocimiento y competen- cia) y sociales (que llevan a buenas relaciones). La conclusión que se extrae de esto es que vale la pena cultivar emociones positivas no sólo como objetivos que alcanzar en sí mismos, sino como medios para lograr crecimiento y bienestar psicológico sostenidos. Después, analizaremos cómo la experiencia de emociones positivas podría constituirse, adicionalmente, en un medio para alcanzar estilos de vida sustentables.

EMOCIONES POSITIVAS, RELACIONES Y TRASCENDENCIA

Vaillant (2008), un psiquiatra que abraza el enfoque positivo de la conducta humana, plantea una interesante faceta de las emociones que puede ayudarnos a entender más cabalmente su rol en el despliegue de acciones sustentables. De acuerdo con él, las

emociones negativas no son sólo fuentes de conductas de alejamiento/evitación, sino que también son estados que se dedican a la supervivencia individual; es decir, esas emociones son sólo “cosas acerca de mí”. El miedo, la ansiedad, la tristeza, la ira y el resentimiento ayudan a escapar del peligro o de fuentes de daño, pero —de acuerdo con el autor— sólo para mí y en el presente. Todo esto hace aparecer a las emociones negativas como estados “egoístas”. Esto tiene que ser así, dado el papel de supervi- vencia y cuidado de la integridad individual que asumen esas emociones. Es interesante notar que esta descripción refuerza la idea de que el egoísmo “vive” preferentemente en el tiempo presente; es decir, cuando nos centramos exclusivamente en nuestro pro- vecho personal, sólo nos interesa que las cosas buenas nos ocurran ahora mismo o que las cosas malas se vayan inmediatamente. Los egoístas extremos, como las personas antisociales y las antiambientales, están sesgados por el presente (véase Corral, Frías & González, 2003).

En cambio, las emociones positivas involucran a otras personas; cuando alguien se ve inmerso en un estado de amor, esperanza, gozo, perdón, compasión, confianza, gra- titud y admiración, lo hace relacionándose positivamente con alguien más. Además, es- tas emociones funcionan expandiendo el tiempo y nos ayudan a sobrevivir en el futuro de acuerdo con Fredrickson (2001). A diferencia de los estados negativos —que son más cerrados y centrados en la situación y en la persona—, las emociones positivas son más integradoras, flexibles, creativas y eficientes (Lyubomirsky, King & Diener, 2005). Fredrickson (1998) señala que esto ocurre porque las emociones positivas amplían el espectro de la atención, lo que induce a las personas a “ver no sólo los árboles, sino también el bosque”; esto también se debe a que esas emociones facilitan la adquisición de recursos para la interacción social (p. ej., voltear a ver, con compasión, a un semejan- te necesitado y auxiliarlo). La conclusión a la que lleva todo esto es que las emociones positivas no son egoístas, sino todo lo contrario.

Tras discutir el efecto que tienen las emociones positivas en el bienestar personal a largo plazo, Vaillant sugiere que dichos estados son piezas clave para el desarrollo de la espiritualidad. El autor no identifica necesariamente esta experiencia humana con la adoración de una o varias deidades, sino con un sentido de trascendencia y, espe- cialmente, con una conexión con algo más grande que uno mismo. Esto puede ser un grupo, un ideal, la naturaleza o el universo y, por supuesto, un dios o un poder superior particular. Lo importante aquí es que esa experiencia se vive, de acuerdo con este au- tor, a través de emociones positivas.

La cita del Dalai Lama, al principio de este capítulo, hace referencia a la propiedad gratificante de las emociones positivas y, de manera implícita, a su efecto en el bienes- tar de otras personas. Éstas son implicaciones que vienen juntas en la postulación de las emociones positivas como componentes de la espiritualidad y de la acción susten- table. En otro capítulo, abordamos el papel que juega la espiritualidad en la práctica de acciones en favor de otros y del ambiente natural. En este espacio se trata de realzar el potencial que podrían representar las emociones positivas en la determinación de

conductas sustentables siguiendo los postulados de Vaillant. Si las emociones positivas son de naturaleza relacional (es decir, si tienen un referente en la relación con otras per- sonas) y si esas emociones son de naturaleza gratificante (si promueven sensaciones de bienestar), entonces las conductas positivas dirigidas a otros, como el altruismo, la equidad y la cooperación, deberían ser fuentes de gratificación psicológica para quienes las practican.

Pero, además, las emociones positivas amplían el espectro de la atención, el pen- samiento y la acción; permiten ver la globalidad (no son sólo situacionales), y llevan a experimentar una conexión con el mundo en el que estamos inmersos. Si, como Fre- drickson (1998) lo propone, las emociones negativas sirven para la adaptación directa e inmediata y las positivas ayudan a construir recursos (físicos, intelectuales, sociales) para el largo plazo, entonces estas últimas emociones serían herramientas de gran uti- lidad en la construcción de un mundo sustentable. Esta conclusión la baso en la idea de que la conservación del ambiente sociofísico requiere de un enfoque global, un sentido de conexión con la naturaleza, el empleo de una perspectiva ampliada para la acción y el pensamiento, la aplicación de recursos instrumentales (físicos), intelectuales y sociales, y —de manera muy importante— una perspectiva temporal a largo plazo. Todas estas cualidades se encuentran implícitas en las emociones positivas.

Lo anterior explicaría el mecanismo por el cual la evolución seleccionó las emocio- nes positivas: dichos estados representan consecuencias positivas de actos en favor de la supervivencia de los grupos humanos. No existe mucha investigación dirigida a probar esta hipótesis, pero la que se ha desarrollado muestra evidencias contundentes. Moll, Krueger, Zahn, Pardini, Oliveira & Grafman (2006), por ejemplo, hallaron que el sistema de recompensa cerebral para las conductas de ayuda a los demás opera en las mismas áreas que participan en los mecanismos del placer ligado a la conducta sexual o la recompensa material (obtener dinero u otros satisfactores tangibles). Esto implicaría que las relaciones positivas con otros, los gestos de solidaridad y de ayuda a los demás fueron seleccionados y “premiados” (con las emociones positivas) para posibilitar la supervivencia del grupo. No hay desperdicio en la operación de los mecanismos psi- cobiológicos para lograr esto; dichos mecanismos son iguales a los que operan en la gratificación de los actos egoístas. Es necesario investigar si las conductas en favor del ambiente natural y su gratificación correspondiente entran en este mismo esquema de operación, lo que no me sorprendería.

La separación que establece Vaillant entre emociones negativas como estados egoístas y emociones positivas como facetas altruistas no es del todo exacta. Algunas sensaciones positivas como el gozo (especialmente el solitario) no son muy altruistas que digamos; mientras que emociones negativas como la culpa o la vergüenza usual- mente involucran a otras personas y, definitivamente, sirven para promover lazos con un grupo social (gracias a ellas, la tentación de engañar a otros se ve minimizada y el individuo se dirige a propósitos más cooperativos con sus semejantes). A pesar de esta deficiencia en la clasificación, la propuesta de Vaillant tiene méritos que deben conside-

rarse en la reflexión teórica, la investigación y la intervención psicoambiental. El valor que tiene la mayoría de las emociones positivas para generar y afianzar lazos con otros