El liberalismo no es una filosofía: es un trastorno mental.
Michael Savage. Es el 22 de noviembre de 1952, cuando Venezuela entra al mundo de la televisión. Aquellos aparatos que van a entrar primero en la clase alta y media, muy escasa en el país, es un acontecimiento al que no se le da la enorme trascendencia que tiene. Los estudiosos como Mariano Picón Salas que la han visto en EE UU y Europa saben del impacto en las mentes y en el desarrollo de los pueblos. Sin duda que esta hecatombe generará un nuevo hombre del que entonces no se tiene ni idea. Una generación cuyos nervios estarán controlados desde una central más fuerte que el Estado. Un filósofo canadiense, Marshall McLuhan, será quien vislumbre y estudie los impactos de estos rayos catódicos en el hombre. Así pues, la élite intelectual venezolana comandada por Picón Salas, Juan Liscano y Arturo Uslar Pietri se colocan como las estrellas de este nuevo firmamento. Son libretistas, son comentaristas y directores de un mar de electro-shocks (shows) que de manera radical cambiarán el teatro, la prensa, la educación, el amor y los sentidos en general.
Para diciembre de 1952, don Mariano Picón Salas asistió a una rueda de prensa para anunciar que había constituido una empresa bajo el nombre de Teleproducción S.A., encargada de preparar y producir programas de televisión «con el decoro y la dignidad artística que Venezuela necesita».
Eso del decoro era clave porque la televisión iba a ser la primera intrusa en todas nuestras casas, y no podía ella ir a meterse en cueros, disoluta y degenerada, frente a las damas recatadas, frente a los niños y ancianos.
Todavía no se sabía que el entretenimiento es una forma de aberración que todos los seres llevamos dentro, y que a la postre requiere de un montaje especial para convertirlo en morbo. Y la televisión venezolana va a crecer con una
penetrante dosis de grupos cubanos, influenciados por el negocio de los juegos, de la brujería, de las mafias y asuntos de cabaret, todos estos revueltos con acuerdos con la policía represiva del gobierno. Así que no se gestaba con mucho decoro. Los Cisneros debieron tener nexos con la Seguridad Nacional; uno de sus artistas más notables El Gran Lotario (de origen cubano) estuvo entre los acusados de ser torturador de este feroz cuerpo represivo. Por otra parte, uno de los soportes económicos de Venevisión habría de ser la Sears Roebuck de Venezuela, la cual utilizó a la Seguridad Nacional para amenazar y cobrarle a sus clientes morosos.
No olvidemos que El Nacional a principios de la década de los sesenta, inicia una campaña contra la Sears Roebuck de Venezuela que duró cuatro meses, y en nombre de la libre empresa se le pedirá prudencia, y que baje el tono so pena de que su empresa deje de recibir pautas de Sears. El Nacional, mejor dicho, Miguel Otero Silva (su jefe) no había calibrado la dimensión del mazazo que se cernía sobre su empresa. Los que están en el juego del capital no lo hacen por amor a Dios sino al mercado. Tiembla Miguel Otero y retrocede. Se excusa ante esta super-tienda, totalmente acojonado, del mismo modo como tuvo que hacerlo don Rómulo Gallegos ante Harry Truman, después de que lo derrocaron. En el continente, el capital y la política, se perfilan como una sola cosa; hay que andarse con mucho tiento porque quien manda es la CIA. Y Miguel Otero Silva tiene gordos contactos con el capital, y entonces es nada más y nada menos que el importador de los productos Gerver, de fabricación norteamericana92.
No hay que olvidar por otra parte, que la CIA nació en 1947, como Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) para la defensa de los intereses capitalistas, y que la OSS la confor- maban básicamente los banqueros hijos de P. J. Morgan, las familias Vanderbilt, DuPont, Archbold (Standar Oil), Ryan (Equitable Life Insurance), Weil (almacenes Macy’s)93. De modo que los magnates caraqueños entre los cuales se encuentra Diego Cisneros, todos están fuertemente supeditados a las operaciones encubiertas del padrote mayor, cuyo centro supre- mo se encuentra en el Departamento de Estado. Por eso en
nuestro país no quedará clase empresarial nacionalista, sustentada sobre nuestras propias raíces y todo eso que se llamará Pro-Venezuela, con sus lacayos como Alejandro Hernández o Reinaldo Cervini, no serán sino otras tapaderas de la CIA.
De aquel encontronazo con Sears debió nacer una sólida amistad entre los Cisneros y los Otero. No hay que olvidar que Otero Silva había sido condecorado por el general Pérez Jiménez, y el dictador sabía muy bien proteger la empresa privada. Coincidían regularmente, en agasajos organizados por Laureano Vallenilla Planchart (en el Círculo de la FAN o en el Country o en Miraflores), Miguel Otero Silva con la plana mayor de Fedecámaras.
Fue en 1952, cuando dejamos de ser Estados Unidos de Venezuela, para pasar oficialmente a la denominación de República de Venezuela. A diferencia de lo que ocurrió en 2001, cuando Hermann Escarrá formó un gran lío queriendo eliminar el nombre de Bolivariana de nuestra República, en aquel entonces muchos adulantes salieron a decir que Marcos Pérez Jiménez era El Primer Hijo de la República de Venezuela. Entonces corrieron unos versos, uno de los cuales expresaba:
Si pública es la mujer, que por puta es conocida república vienen a ser la mujer más prostituida. Y siguiendo el parecer de esta lógica absoluta, todo aquel que se reputa de república ser su hijo, viene a ser, a punto fijo, un hijo de la gran puta.
Don Diego debió leerlos y reírse de lo lindo. O quien sabe si se molestó, porque él mostraba una conducta irrepro- chable en sociedad. La que sí se estaba haciendo peligrosamente pública, y perdiendo su toque aristocrático era la televisión porque su programación no podía sobrevivir sino de los enlatados gringos. Es la desgracia de nuestros países que como dependientes de la tecnología que se va incorporando en los países desarrollados, cuando ésta se implanta entre nosotros genera, insisto, una historia paralela que nos desintegra y nos
hunde en la neurosis del pertinaz retraso. Tratarán algunos empresarios y políticos de partidos de que la televisión no caiga en manos de la chusma o de los comunistas, o del populacho, y para ello la dejarán penetrar por la chabacanería importada de Hollywood.
Así como Diego Cisneros lanza sus anuncios sobre sus Studebakers, con productos de alta distinción y sólo para gente muy fina, con bienes de fortuna, así va a pensar el día que controle Venevisión. La televisión será controlada por los ricos, por la gente pudiente, por los que deben dictar las normas de compor tamiento en público. Y será una televisión profundamente ordinaria, perversa, sin amor por lo propio, sin decoro, que tenderá a destruir la unidad de la familia, la lealtad por el país y lo más puro: la amistad. A través de estos programas se impondrá el concepto de que ser pobre es una maldición, un pecado.
Al dictador le gustaba ver por televisión, la exhibición de «hembritas» en traje de baño, y principalmente en los concursos de belleza. De Pérez Jiménez nació la idea de que el Miss Venezuela debería hacerse a todo trapo.
En público Pérez Jiménez estaba obsesionado porque se buscaran buenos productores de programas sanos para la juventud porque en público mostraba una conducta irreprochable hasta la ridiculez.
Siempre un gran comerciante está enterado de todo lo que se bate en política, y don Diego ubicado en el centro, digo, de aquel candelero, de Municipal a Mercaderes, no perdía detalles. Además estaba muy bien relacionado con los altos jeques del perejimenismo, los que podían comprar carros y viajar al extranjero, como Laureano Vallenilla Planchart, Pedro Estrada, Luis Felipe Llovera Páez, por ejemplo. Por allí se veía con Rafael Caldera, el abogado que hacía poco había divorciado de su primera mujer a Pedro Estrada. Caldera, que era muy chismoso, debió referirle con lujo de detalles la escena aquella cuando el Ministro de Relaciones Interiores, Vallenilla Planchart, cita a Humberto Bartoli y a Jóvito Villalba para arreglarlos con un millón de bolívares.
En 1953, llega a Venezuela el ya consagrado escritor gallego, Camilo José Cela. Viene contratado por el gobierno para escribir una novela («La Catira») para hacerle la competencia a «Doña Bárbara». Esta novela ya ha sido llevada al cine, y a don Diego, que le come lo del tema del entretenimiento, y escucha los radioculebrones, debe pensar que los libretistas del futuro serán escritores como Cela. Él no ha leído nada de Cela ni le interesa, pero como buen negociante entiende que el eminente gallego puede resultar un Money-man, como dicen los gringos. Es decir un talento explotable, porque para eso también tiene ojo don Diego para descubrirle a la gente la capacidad oculta que tiene para obtener dinero, cosa que luego su hijo Gustavo sabrá explotar al máximo con artistas, periodistas y libretistas.
A Cela se le hizo un agasajo en el Club Paraíso. Estuvo allí la crema de la crema de la oligarquía, Presidida por Laureano Vallenilla Planchart, Arturo Úslar Pietri, Manuel Vicente Tinoco, Vicente Tálamo, Pedro Sotillo, Juan de Guruceaga, Miguel Ángel Capriles, J. A. Cova, Jean Aristiguieta, y como cosa nada rara, intelectuales como Ramón Díaz Sánchez, Miguel Acosta Saignes (comunista), Luis Beltrán Guerrero (copeyano) y Neptalí Noguera Mora (copeyano).
Ese mismo año de 1953, se encuentra todavía entre nosotros un personaje harto repugnante, presidente de la Creole Petroleum Corporation, míster Arthur Proudfit. Este jefe de la Creole había llegado a Venezuela en 1945, para sustituir a mister Henry J. Linam, a quien Isaías Medina Angarita había expulsado del país por grosero. Mister Henry J. Linam se había presentado a Miraflores de manera altanera, dando alaridos, y exigiendo que el Presidente lo recibiera inmediatamente no importándole si estaba o no ocupado94. Fue tal la indignación del Presidente Medina que ordenó a sus edecanes trasladasen a este bellaco gringo al aeropuerto sin maletas, sólo con el traje que llevaba puesto. No volvió más, pero en cambio el sucesor de Linam era más canalla aún; se trataba de Arthur Proudfit, quien a los pocos meses se presentó con todo un plan para vengar las «ofensas» inferidas a su colega y (junto con Rómulo
Betancourt y Marcos Pérez Jiménez) llevó a cabo el derroca- miento de Medina.
Míster Arthur Proudfit (valga decir el Departamento de Estado), supo establecer muy buenos lazos con las Fuerzas Armadas, la Iglesia y los empresarios, la poderosa triada que le da solidez política al régimen y estabilidad a la república. Don Diego estaba prosperando dentro de esta estructura, y buscando un apoyo en ella para relanzar su gran proyecto que es el de hacerse con el canal Televisa. Hay que ganarse a la Iglesia primero, es decir al cielo. De momento sus relaciones con monseñor Pellín y con el Nuncio Apostólico son excelentes, pero su labor va a requerir de paciencia. En este cuadro encajan muy bien sus planes, cuando a míster Arthur Proudfit, el Sumo Pontífice, a través del Nuncio, le concede la Orden de San Gregorio Magno. Esta es una Orden que sólo puede otorgarla el Papa, probablemente la más alta distinción en la relación de la Iglesia con la sociedad. La más alta jerarquía de la Iglesia Católica mundial le está haciendo un gran reconocimiento a un golpista y espía, dependiente de la CIA; al jefe de una compañía que ya ha tenido tratos para provocar guerras civiles en diversos países del oriente medio.
Cuando el Nuncio le coloca la Orden a Arthur Proudfit, le dice: «Es un estímulo de muy alta valía que el Santo Padre, Vicario de Nuestro Señor Jesucristo en la Tierra concede a quienes sobresalen en el tráfago de la vida, por su corrección y sus virtudes95».
Simultáneamente en esos días el dictador recibe en palacio a Milton S. Eisenhower, embajador de EE UU en Venezuela. Se le hace una serie de homenajes, entre ellos se le otorga en la UCV, un Doctorado Honoris Causa y es declarado Ilustre Huésped de Venezuela96.
Durante la dictadura hay un personaje (cuyo entorno familiar acabará sometido al imperio Cisneros), Miguel Otero
Silva, quien es de los asiduos visitantes a Miraflores. Tiene
una especial amistad con Laureano Vallenilla Planchart, y con éste se convierte en un gran catador de whisky escocés. Cuando no le vemos en palacio, lo encontramos en el Círculo de las Fuerzas Armadas. El whisky le destrozará el hígado a casi todos
los intelectuales de Venezuela, y Miguel Otero será uno de los grandes propulsores de esta bebida hasta el punto que será en el mundo quien le escriba a este licor los más elogiosos versos. Miguel Otero hará ante el ministro Vallenilla el papel del más servil de los periodistas al régimen. No hay que olvidar, que Enrique Otero Vizcarrondo, después del golpe contra Gallegos pasó a ocupar un distinguido lugar entre los adulantes de la nueva Junta de Gobierno.
Cuando en 1954, se inaugure la Casa Nacional del Periodista, entre las figuras resaltantes presentes en el acto, podemos mencionar, a José Ramón Medina (Director del Tribunal Disciplinario), Vicente Gerbasi (Secretario de Cultura y Propaganda), José Vicente Fossi (Adjunto), Jesús María Pellín y Juan de Guruceaga. El edificio, claro, lo bendijo monseñor Pellín.