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A medida que se intensificaban las rivalidades interestatales, emergían los componentes de un nuevo orden que contribuiría a la unificación de los estados guerreros. Entre estos elementos se contaba la utilización de ejércitos de infantería sobre terrenos escarpados en las fronteras norte y sur, áreas donde a los carros les resultaba muy difícil maniobrar. Otro factor fue la utilización del hierro tanto para herramientas como para armamento, lo que favoreció una mayor producción agrícola, más comercio y ejércitos más numerosos. Finalmente, las tribus no chinas del Asia Interior comenzaron a utilizar el caballo para la lucha de caballería, obligando a los chinos a hacer lo mismo.

Los siete estados guerreros más firmes -como el estado de Qi, en el límite este de la llanura de China del Norte, en lo que hoy constituye la provincia de Shandong (ver Mapa 7)- experimentaron un gran desarrollo. En Qi, sus capaces gobernantes habían comenzado a estructurar una administración centralizada, con impuestos uniformes, códigos legales, el monopolio de la sal y un ejército central.

Otros estados funcionaban en forma similar, pero el estado de Qin fue el que logró el mayor desarrollo. Aunque menos famoso por su cultura, estaba estratégicamente muy bien ubicado al oeste, desde donde en el pasado los Zhou se habían alzado con el poder. El rey Qin (wang), quien se otorgó a sí mismo el título de Primer Emperador (Shi huangdi), tuvo la ventaja de beneficiarse de las reformas que habían sido instituidas hacía una generación por el consejero legalista del gobernante, Shang Yang (“el señor Shang”, f. 338 a. C). La escuela legalista, denominada así por propugnar reglas severas y expeditas (fa, no “ley” en el sentido moderno), sostenía que las recompensas y los castigos eran “los dos asideros” por los cuales se mantenía a la gente en orden. Shang era más bien cínico (¿o realista?) al referirse a ello: “Reunirse y mantener la boca cerrada es ser bueno; aislarse y espiarse uno a otro es ser un villano. Sí tú glorificas lo bueno, los errores permanecerán ocultos; sí pones villanos a cargo, el crimen será sancionado”. El objetivo del gobernante era la preservación de su poder, sin importarle el beneficio de la gente. No se suponía que debiera existir una armonía de intereses entre el gobernante y los gobernados.

Las reformas de Shang habían fortalecido el poder de los Qin. El problema del gobernante era el habitual: cómo podría el centro dominar a los linajes locales. Para ese propósito los Qin promovieron la burocracia. El estado se dividió en SI condados, cada uno bajo la administración de un magistrado designado centralmente, quien informaba por escrito a la capital. Además, se estableció una serie de categorías honoríficas con exención de servicios laborales o impuestos y (a ciertos niveles) otorgamiento de tierras y servidumbre, para crear una nueva élite separada de la antigua aristocracia y dependiente del gobernante.

Mientras tanto, a la gente común se le permitía comprar y vender tierra -lo que estimulaba la actividad agrícola- y las leyes criminales fueron promulgadas, para que todo el mundo conociera los graves castigos y también las recompensas que contemplaban, aplicables por igual a todas las personas. La doctrina legalista de gobierno tenía como objetivo el cumplimiento de leyes que apoyaban la agricultura y reforzaban al Estado sobre la familia. Por ejemplo, se decretó la responsabilidad del grupo no sólo dentro de cada familia, sino también entre unidades de cinco o diez familias, de modo que todos dentro de cada unidad fuesen responsables colectivamente por la maldad de alguno de sus miembros. Bajo este sistema, la mejor forma de protegerse era informando sin demora acerca de cualquier malhechor. Así, los lazos y las lealtades grupales se fueron difuminando en favor de la obediencia hacía el Estado. El control estatal sobre el pueblo aumentó el poder militar de Qin. El Estado enaltecía a sus administradores y agricultores -soldados potencíales-, y degradaba a mercaderes y artesanos. La posición defensiva de Qin al oeste, en el área de las actuales provincias de Shanxí y Shaanxi -y también en Síchuan, su primera conquista- fue reforzada económicamente gracias a la construcción de canales y redes de irrigación. En la guerra, los antiguos carros tirados por caballos fueron reemplazados por caballería, y la infantería en masa pudo contar con armas de bronce o hierro, especialmente con la ballesta.

Una vez que los ejércitos de Qin vencieron a los otros estados en el año 221 a. C, el Primer Emperador dividió su nuevo imperio en 36 comandancias (jun), cada una de las cuales estaba

subdividida en varios condados (xian).2 Cada comandancia estaba encabezada por un

gobernador civil y un comandante militar, además de un inspector imperial para vigilar al gobernador. Los magistrados del condado eran designados en forma centralizada, recibían un salario y podían ser reelegidos. Las aristocracias locales se trasladaron en masa hacia la capital, se fundieron las armas no gubernamentales y se destruyeron los muros de algunas ciudades.

La escritura se estandarizó y unificó bajo dos formas: la escritura de sello pequeño (en realidad bastante compleja al observarla), utilizada para inscripciones en piedra y grabados formales, y una escritura funcionarial más cursiva y simple, utilizada para los asuntos cotidianos. Esta última ganaba mucho al ser realizada con un pincel sobre pedazos de bambú o tiras de seda y luego sobre el papel (una técnica que se fue desarrollando poco a poco durante el primer siglo de la era cristiana). Los pesos, las medidas y la moneda también se estandarizaron. Se construyeron carreteras imperiales a lo largo de más de 6.400 kilómetros, una cifra similar a la del imperio romano. Una de ellas era un “camino recto” que atravesaba la árida región de Ordos hasta la frontera, donde enfrentaba a los nómadas de la estepa. Hacia el sur, se trabajaron las vías fluviales y los canales para permitir el transporte marítimo a lo largo de casi 2.000 kilómetros, desde el Yangtsé hasta Cantón (Guangzhou).

Si todo esto suena a exageración, debemos confrontar nuestras dudas con hechos tales como el hallazgo de 7.500 soldados de cerámica de tamaño natural en 1974, y que todavía se siguen excavando en la tumba del Primer Emperador, cerca de Xi'an. Aquí, nuevamente la arqueología nos revela más acerca de la antigua China de lo que jamás hubiésemos imaginado. Todavía en la década de 1930 los historiadores del arte seguían afirmando que China no poseía absolutamente ninguna escultura previa a la llegada del budismo en el siglo I. ¡Qué poco sabíamos!

Estudios recientes desestiman la interrogante de si el Primer Emperador, a quien no le gustaba oír las quejas de los sabios, efectivamente mandó enterrar vivos a 460 de ellos. Derk Bodde (en CHOC I) afirma que esa idea fue producto de una mala traducción; los sabios fueron simplemente asesinados. El control de la historia mediante la quema de libros, una característica de la influencia legalista en la dinastía Qin, estuvo lejos de ser acabado, aunque los archivos de los estados conquistados se destruyeron y sólo los de Qin fueron preservados. Este y otros estados guerreros construyeron grandes muros, como posteriormente lo hicieron algunas dinastías, pero la vieja leyenda acerca de que los Qin construyeron la Gran Muralla China hace mucho tiempo que ha sido refutada. La gigantesca estructura actual de esa muralla fue construida principalmente por la dinastía Ming en el siglo XVI. Arthur Waldron (1990) aporta una interpretación novedosa al demostrar cómo la construcción de la muralla Ming, a pesar de tener un valor militar mínimo para mantener alejados a los nómadas del norte, fue el resultado de la incapacidad de los funcionarios para decidir algún curso de acción más efectivo, ya fuera atacar o comerciar. Durante la época de los Qin, los gobernantes se habían relacionado con los nómadas a través del comercio, la diplomacia o la guerra, no sólo por medio de fortificaciones.

Las crueles exacciones de hombres e impuestos año tras año por parte del Primer Emperador de los Qin agotaron al pueblo y a los otros recursos del Estado. En el año 210 a. C, tras haber gobernado durante 37 años el estado de Qin, dicho emperador murió de forma repentina a los 49 años. Su imperio se desintegró rápidamente. Además de la unidad de todo el mundo conocido, lo que más anhelaba el Primer Emperador era encontrar un elixir de inmortalidad para sí mismo; sus cinco viajes reales hacia las montañas sagradas fueron parte de esa búsqueda. Tal ideología ya no resultaba adecuada para gobernar. Sus sucesores, los emperadores de las dinastías Han tempranas y tardías (206 a. C. - 220 d. C.) siguieron ampliando los métodos de control burocrático de los Qin, pero lo hicieron en forma más gradual, combinándolo con una cosmogonía moral comprensiva concentrada en el emperador.

Consolidación y expansión bajo los Han

La dinastía Han comenzó a regir el imperio chino en el año 206 a. C, estableciendo catorce comandancias para gobernar la mitad oeste del imperio, mientras permitía que diez reinos aristocráticos gobernaran la otra mitad, más populosa (ver Mapa 8). Los emperadores Han enviaban a sus hijos a gobernar los reinos, y gradualmente reducían sus territorios y el tamaño

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Junxian ha sido desde siempre el apócope para la regla burocrática centralizada, contrariamente a fengjian, que significa descentralizado o "feudal".

de sus cortes. Para el año 108 a. C. existían ochenta y cuatro comandancias y dieciocho reinos más pequeños y más fáciles de controlar. Mientras tanto, otorgaban cientos de marquesados -consistentes en ciertos impuestos a recaudar de las tierras y la gente de un área designada- a parientes y hombres de mérito, de quienes se esperaba que recaudaran dichos impuestos y fueran aristócratas locales defensores del trono.

La burocracia creada por los Qin y Han afirmaba el poder del Estado de muchas maneras. Una de ellas fue el correo gubernamental, que transportaba comunicaciones oficiales por las carreteras. Otra fue la institución de los inspectores regionales, que viajaban por sus áreas asignadas e informaban anualmente acerca de la administración local a la secretaría imperial, ubicada en la ciudad capital de Chang'an. El principal desafío era impedir el resurgimiento de familias aristocráticas locales que contaran con sus propíos recursos alimenticios y sus propios soldados.

Un problema semejante surgió para el gobernante Han en la capital: cómo evitar que la familia de una emperatriz dominara la corte. Tras la muerte de un emperador Han su viuda, la emperatriz, era quien designaba al sucesor de su marido de entre el clan Liu (el clan de los emperadores Han). Ella podía designar como emperador a un menor del clan Liu, y a un hombre fuerte de su propio clan para que gobernara como regente. Media docena de familias de emperatrices jugaron este juego. Dentro de palacio, en todo caso» un emperador podía apoyarse en los eunucos, cuya castración los hacía aptos para cuidar a las mujeres seleccionadas para el harén del emperador. Allí, procreando varios hijos, el emperador esperaba encontrar a uno que valiera la pena escoger como su sucesor. Los eunucos, que

dependían completamente del joven emperador en calidad de sirvientes y compañeros, podían ser sus únicos defensores confiables contra la familia de una emperatriz. La corte era un hervidero de intrigas.

Fuera de palacio, y con el objeto de controlar a los habitantes de la capital de los antiguos Han (Chang'an), el emperador dividió la ciudad en 160 distritos, cada uno con sus propios muros y puerta, y vigilado por un grupo escogido de residentes casi como un actual comité comunista de barrio. El estado Han también intentó dominar la vida económica; todo el comercio urbano se emplazaba en los mercados gubernamentales, donde los funcionarios fijaban los precios de la mercadería y recaudaban impuestos comerciales que iban directamente a las arcas de la corte. En las ciudades, los mercaderes registrados eran víctimas de una discriminación activa: no se les permitía poseer tierras, llegar a ser funcionarios ni disfrutar de un estilo de vida suntuoso (¡nada de ropa de seda ni montura a caballo!). En contraste, los mercaderes no registrados, que frecuentaban las posadas privadas en los caminos postales mientras comerciaban con otras ciudades y países extranjeros, se enriquecieron: entablaron relaciones con funcionarios, se convirtieron en grandes terratenientes, acapararon bienes, especularon y obtuvieron grandes ganancias exportando oro y sedas a través de los oasis de la Ruta de la Seda hacía el Asia occidental y Roma. En pocas palabras, el demonio del comercio tendía a sobornar a los funcionarios. La “dupla mercader-funcionario” podría haber adquirido algo de poder en el gobierno si los valores confucianos no hubiesen desestimado tan fuertemente el afán de lucro. Obedeciendo a la ideología confucia-na, las declaraciones oficiales durante los siguientes dos mil años denigrarían por lo general a los mercaderes, mientras en la práctica los funcionarios obtenían beneficios otorgando licencias, cobrando impuestos y sosteniendo tratos privados con ellos. Los mercaderes dependían de la aprobación o cooperación oficial, algo que rara vez estimula el espíritu empresarial y la asunción de riesgos.

Cuando era factible, el gobierno instituía asimismo monopolios de bienes manufacturados, comenzando por la sal -imprescindible en una dieta basada en granos- y el hierro, requerido tanto para herramientas como para armas. En el año 117 a. C, el Estado creó 48 fundiciones, ocupando a miles de trabajadores. La idea general del monopolio de la sal era que los productores autorizados vendieran su producto al gobierno o a comerciantes autorizados, acumulándose el ingreso fiscal en cada etapa de la producción, el transporte y la venta. Después de haber experimentado con monedas de cobre acuñadas por comerciantes y autoridades locales, la emisión de “dinero” -una moneda de cobre con un agujero cuadrado en el centro- también pasó a ser un monopolio del gobierno central. Durante el siglo I a. C, los Han acuñaron como promedio anual cerca de doscientas veinte mil hileras de monedas (cada hilera de mil monedas), para una población que se acercaba a los 60 millones de habitantes. Ello, en todo caso, no implica una economía monetaria altamente desarrollada.

Muchísimos cambios sobrevinieron en China durante los cuatro siglos de gobierno Han. No sólo aumentó la población, sino también la cantidad de terrenos en manos de los magnates locales, quienes se apoderaban de las tierras de los campesinos empobrecidos cuando éstos no podían pagar sus deudas, permitiéndoles trabajarlas como inquilinos. El impuesto territorial gubernamental era bajo, entre un décimo a un treceavo de la cosecha, mientras que la renta que pagaban los aparceros a sus arrendadores podía ser la mitad o dos tercios de la cosecha. La prestación personal no remunerada -corvée-, que debía servir al Estado durante un mes al año, se conmutó cada vez con mayor frecuencia por pagos en dinero. Los campesinos siguieron pagando un impuesto personal. A medida que el gobierno Han fue perdiendo vigor, fue deshaciéndose de algunos de sus monopolios y entregando el control de los mercados, mientras que las aristocracias locales de comerciantes y terratenientes se hacían más fuertes. Durante estos cuatro siglos una clase superior emergió en calidad de grupo social dominante, ligado por parentesco a las autoridades pero localmente independiente y representado por hombres educados para ser caballeros. Su estilo de vida suntuoso, apegado a la cultura y las artes, se hace asombrosamente evidente en tres tumbas que datan del año 186 a cerca del 168 a. C, y que fueron descubiertas en Mawangdui, cerca de Changsha, en 1974. En el rincón más profundo de un conjunto de cuatro féretros a prueba de agua, el cuerpo bien conservado de la princesa Dai se encontraba acompañado por mil objetos, incluyendo pinturas, textos escritos sobre seda y bambú y sedas jaspeadas que la contraparte romana de la princesa difícilmente podría haber igualado en belleza y destreza artesana. Entre otros artículos chinos de lujo había objetos lacados, cerámica, bronces y el hierro para las armas, que se obtenía por la fundición de dos tipos de hierro con diferentes concentraciones de carbono. La metalurgia del hierro puede haber comenzado primero en el Medio Oriente, pero, una vez introducida en China, se desarrolló rápidamente.

El crecimiento económico de los Han en China del Norte estimuló el comercio internacional y la expansión militar. Bajo el mando del soberano más enérgico de los Han, el Emperador Marcial (Han Wudi, que rigió entre los años 140-87 a. C), los ejércitos chinos penetraron en el sur de Manchuria y en Corea hacia el noreste, y en China del Sur y sudoeste y en el norte de Vietnam. En estas áreas no hubo dificultades para establecer comandancias y controlar los pueblos agrícolas. Sólo en el norte y en el noroeste existía una frontera inestable.

La política exterior de los Han se inició con la necesidad de mantener relaciones estables con la extensa confederación tribal de los Xiongnu, nómadas turcos cuyos arqueros montados solían atacar en forma sorpresiva los territorios de China del Norte en busca de botines y provisiones. Durante las épocas en que los Han eran poderosos, elaboraban su propio forraje para los caballos y contaban con sus propios arqueros montados, usualmente con la ayuda de nómadas aliados o mercenarios. Una estrategia era subsidiar al Xiongnu del sur como un estado cliente para que contribuyese a detener al belicoso Xiongnu del norte. La alternativa -expediciones punitivas a la estepa- era costosa y arriesgada; en unas pocas semanas la falta de alimento les obligaría a retroceder, dejando a la horda Xiongnu intacta y en libertad. Si se trataba de un período militarmente débil, como sucedía la mayor parte del tiempo, los emperadores Han ponían en práctica una política de “paz y parentesco” -heqin-, que consistía en entretener al jefe nómada, entregarle princesas Han en matrimonio y colmarle de generosos obsequios, especialmente seda. Los guerreros nómadas advirtieron que, si realizaban un ritual en Chang'an aceptando el protectorado de los Han, podrían sacar provecho de ello en forma sustancial y al mismo tiempo pasar un buen rato. Ymg-shih Yü señala que esta política de apaciguamiento fue la precursora de los tratados inequitativos de la época de los Song y de los Qing tardíos, lo que confirma la debilidad militar china.

Además de combatir o sobornar a los bárbaros, los gobernantes Han también aprendieron a usar la diplomacia para conseguir que unos bárbaros lucharan contra otros. En su búsqueda de aliados contra los Xiongnu los Han enviaban mensajeros a recorrer la Ruta de la Seda a través de los oasis de Asia Central, por el costado sur de donde habitaban los nómadas de la estepa. Otros pueblos tribales como los pro to tibe tan os Qiang amenazaban la ruta comercial por el oeste. Durante períodos de fortaleza, como bajo Wudi, los Han establecieron un Protectorado General de las Regiones Occidentales. En su época de mayor apogeo, los ejércitos chinos cruzaron las montañas Pamires hasta el centro de Asia, donde las fuerzas griegas de Alejandro habían penetrado más de dos siglos antes.

Pero las técnicas chinas para domesticar a los bárbaros no resultaron exitosas después de todo. Refiriéndose al Asia Interior, ThomasJ. Barfield (1989) nos recuerda cómo los gobernantes chinos debían pagar a los poderosos nómadas, ya fuera por medio de obsequios en respuesta a sus tributos o bien con subsidios en moneda o involuntarios botines cuando los nómadas atacaban por sorpresa. El hecho era que los bienes chinos constituían un elemento esencial para la vida de los nómadas. Según Barfield, cuando China se unificó las tribus de la estepa estuvieron más dispuestas a aceptar el dominio absoluto de los gobernantes nómadas que manejaban la conexión con China: la fuerza de China los hacía a ellos más poderosos.