Education system
4.6 THE PRESENTATION OF A PROCESS MODEL FOR EFFECTIVE LEARNERSHIP IMPLEMENTATION
para el siglo XXI
Una cosa es plantearse qué de lo explicado en este capítulo puede tener vigen- cia en el siglo XXI; algo distinto es preguntarse por lo que debiera conservarse. Lo pri-
mero supone ejercitar la capacidad adivinatoria y lo segundo la desiderativa. Vamos a hacer un poco de ambas cosas procurando que el contexto muestre cuándo hace- mos lo uno o lo otro.
Hay que empezar por reconocer que, por el momento, los tiempos no son muy propicios. El llamado socialismo real se ha desmantelado en gran medida y lo previ- sible es que termine por desmantelarse del todo de forma más o menos rápida. Los grandes partidos de la izquierda siempre que pueden omiten cualquier mención al marxismo, y los pequeños partidos que se resisten a hacerlo cada vez son más pe-
queños. Por lo que se refiere a las ideas, las marxistas tampoco cotizan al alza en el mercado intelectual. Con este escenario, parece que las pedagogías derivadas del marxismo no puedan tener unas expectativas muy boyantes. Esto, en lo que se refie- re a lo previsible a corto plazo.
Lo deseable es otro asunto. Si hay que seguir creyendo en ideales de la moder- nidad como igualdad y solidaridad, habrá que continuar buscando las filosofías, las políticas y las prácticas (y entre todas ellas, las educativas) que construyan el cami- no para ir acercándonos a aquellos ideales. Y si esto ha de ser así, sólo un doctrina- rismo ultraliberal o postmoderno podría rehuir la posibilidad de tomar el marxismo como una referencia más para este camino.
En el siglo XXIel discurso pedagógico deberá seguir elaborando la crítica a las
condiciones de desigualdad social en que se da la educación y a la función perpe- tuadora, cuando no acrecentadora, de la misma que, a menudo, sigue cumpliendo. Esta crítica —se reconozca explícitamente o no— seguirá siendo deudora del utillaje teórico creado en buena medida desde el marxismo. En la parte proyectiva, algunas de las demandas más genuinas de la pedagogía marxista y de otras pedagogías tam- bién progresistas (educación pública y gratuita, igualdad real de oportunidades de formación…), se han incorporado ya al discurso político casi sin adjetivos, pero ob- viando que en su origen tales demandas sí que tuvieron adjetivos y que uno de ellos fue el de marxista. Además, tales demandas seguirán siendo vigentes pues esta- mos lejos todavía de verlas satisfechas: las desigualdades educativas son notorias en todas partes y flagrantes en muchas de ellas y para amplios sectores de la población. Por lo que se refiere a propuestas pedagógicas marxistas tan idiosincrásicas como las del trabajo, ahí el tema serviría para un largo debate. Lo de la relación entre educación y trabajo productivo quizá pueda volver a plantearse cuando la explota- ción del trabajo infantil deje de ser una realidad tan cruel; aunque quizá merecería la pena repensarlo incluso antes, pues, como creía el propio Marx, quizá no sea tan contradictoria la pretensión de erradicar la casi esclavización (muchas veces sin el casi) de tantos niños que han de trabajar en el mundo, con la de pensar que la for- mación de la infancia y la juventud puede incluir alguna forma de trabajo real ade- cuada a sus condiciones. Por otro lado, aquello tan caro a las pedagogías marxiana y marxistas de la educación polivalente, ¿no podría entrar en el debate actual —y se- guramente futuro— sobre educación general-educación especializada, educación a lo largo de la vida, educación recurrente, etc.? Desde luego, el tema del ajuste entre el sistema educativo y el mundo del trabajo está lejos de resolverse. En este sentido reintroducir, actualizándolos, algunos elementos de una pedagogía tan del trabajo como ha sido la marxista, quizá animaría el debate sobre aquel tema.
Y, en fin, de la pedagogía marxista van a quedar también algunas de las apor- taciones personales de aquellos que forman parte de su nómina. Aquí hemos habla- do sobre todo de Makarenko; terminaremos pues haciendo un rápido balance de lo que él puede seguir aportando.
Podría pensarse que la significatividad actual de la aportación pedagógica de Antón Semionovich Makarenko es únicamente historiográfica; y no sólo eso, sino que, además, se trata de una pedagogía que, por estar tan condicionada por un marco po- lítico ya desaparecido, resulta de todo punto obsoleta. Sin embargo, creemos que no
es así; que, ciertamente, Makarenko es un clásico de la pedagogía del siglo XX, pero
que —o quizá por ello mismo— la lectura y el conocimiento de su obra sigue tenien- do un valor intrínseco que va más allá del de la pura erudición historiográfica.
De entrada, es cierto que Makarenko tendría muy pocos números para entrar en el hit parade de los pedagogos del siglo XXvigentes para el XXIo, al menos, para
los años que corren. Fue un pedagogo comunista (más aún, fue el pedagogo soviéti- co por antonomasia, incluso declaradamente estalinista), y la historia reciente ha arrasado con el comunismo. La pedagogía de Makarenko era manifiestamente anti- naturalista; es decir, lo contrario de una de las músicas de fondo de la mayoría de las pedagogías progresistas de la época contemporánea. Fue también una pedagogía ex- traordinariamente exigente con el educando; o sea, lo opuesto a las formas educati- vas permisivas y complacientes que han primado últimamente. Una pedagogía hipercolectivista e, incluso, militarista, que previsiblemente poco ha de conectar con nuestra sensibilidad individualista y postmoderna. Tampoco a una sociedad del paro y del ocio no le ha de ser fácil comprender y valorar la propuesta productivista de Makarenko. Makarenko se revolvía contra el paidologismo que, según decía, reinaba demasiado en la pedagogía de su época; cabe imaginar lo que en este sentido pen- saría del psicologismo que actualmente impera en nuestros planteamientos educa- cionales. En resumen, Makarenko lo tiene casi todo en contra en estos momentos.
Sin embargo, la pedagogía del ucraniano no debería quedar arrinconada, ni pasar como obsoleta y fuera de contexto. A Makarenko hay que seguir leyéndole. Al menos, así lo pensamos nosotros. Y ello por muy diversas razones. Entre otras, las que siguen.
En primer lugar, porque algunos de los contenidos de esta pedagogía, aparen- temente tan fuera de lugar, quizá sean convenientes para contrapesar los extremos opuestos que padece la educación generalizada de hoy. ¿No irían bien unas dosis de sentido de la colectividad en el individualismo hipertrofiado de nuestra sociedad neo- liberal? ¿y no nos quejamos de carencias notorias en cuanto a la educación de la res- ponsabilidad, de la voluntad, del carácter, y de la falta de perspectivas en nuestra juventud?... Pues bien, para todo eso Makarenko ofrece ideas, ejemplos, pistas y pro- cedimientos a manos llenas.
En segundo lugar, hay que seguir con Makarenko porque, independientemente de su contexto, de su ideología e incluso de los fines y contenidos concretos de su pe- dagogía, no hay más remedio que reconocerlo como un gran educador. Un educador genial y eficaz. Un personaje dotado del doble talento que reconocemos en todos los grandes educadores: el don carismático de la influencia personal y la capacidad de crear medio educativo. Fue un educador que, en gran medida, consiguió lo que se pro- puso: transformar a incipientes y consumados delincuentes en buenos ciudadanos; crear desde el caos instituciones modélicamente organizadas y eficientes. Aún en el caso de no compartir enteramente los parámetros que midan el éxito educativo, el ejemplo de un educador exitoso siempre ha de venir bien; particularmente en tiem- pos en que la palabra «fracaso» resulta tan omnipresente en el lenguaje educativo.
En tercer lugar, Makarenko no sólo fue un gran educador sino también un ex- celente pedagogo. Su manera de crear pedagogía también debiera resultarnos fruc- tífera. La beligerancia contra los tópicos y prejuicios imperantes en la teoría pedagógica; el partir siempre de la realidad concreta y de los sujetos concretos; su fi-
delidad a los hechos, pero para que la técnica pedagógica los pueda modificar; su pe- dagogía —digamos— del sentido común; la claridad y radicalidad con la que la expo- ne; sus formas narrativas tan pregnantes... A Makarenko, como a todos los grandes pedagogos de verdad, siempre se le entiende todo, aunque no siempre se pueda com- partir lo que dice. Quizá recuperar algo de todo eso atenuaría el esoterismo que, bajo la falsa coartada de rigor intelectual, está dominando el lenguaje de las autoprocla- madas Ciencias de la Educación.
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