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6.3 Working principles

6.3.4 Problem space

La lucha del campesinado por la defensa su territorio, de su tierra, de su visión del desarrollo agrario y de las formas culturales que venían moldeando, no fue, como ya hemos visto, una lucha aislada y sin conexiones. Los desafíos simbólicos emprendidos por los campesinos contra los procesos de ocupación y expoliación desatados por los empresarios agrícolas fueron similares en las diferentes regiones de Colombia. Un eje articulador fue, sin duda, el carácter homogéneo del ultraje y pillaje a que estaban siendo sometidas las comunidades campesinas por parte el régimen hacendatario, pero también otro eje fundamental fue la legitimidad que el campesinado le otorgó a la política de baldíos, impulsada por el gobierno colombiano desde los inicios de la naciente era republicana. La legislación agraria operó en el imaginario de las comunidades campesinas como un eje vinculante que las ligaban a la construcción de una nación, les creo el sentimiento de pertenencia a una comunidad imaginada, como llamaba Benedict Anderson (1991) a las naciones, y le impregnó sentido político y jurídico a la lucha y defensa de su territorio.

Por eso hemos insistido que las diferentes formas de resistencia y expresión simbólica del campesinado no pueden ser interpretadas como meras reacciones espontáneas (o instintivas si se quiere) frente al modelo económico latifundista y expropiador que lo negaba y desconocía. Sin duda alguna, muchas fueron las respuestas reactivas del campesinado frente al desahucio de que estaba siendo objeto, pero todas ellas estaban

fundadas en una noción de derecho, heredada tanto del trabajo y apropiación territorial, como del conocimiento de la ley.

Gracias al trabajo de mediación de los líderes campesinos y tinterillos, el campesino conoció, progresivamente, que a lo largo y ancho de la geografía nacional colombiana existían muchos otros campesinos que estaban defendiendo sus tierras con los mismos sentimientos de pertenencia territorial, con los mismos argumentos legales y con el mismo coraje frente al agravio. Frente a los factores legitimizantes que permiten explicar las protestas populares “esporádicas” de comunidades rurales, el historiador inglés E.P.

Thompson (1989:65), en referencia a los motines de subsistencia de los campesinos ingleses del siglo XVIII, anotaba lo siguiente:

“Es cierto, por supuesto, que los motines de subsistencias eran provocados por precios que subían vertiginosamente, por prácticas incorrectas de los comerciantes, o por hambre. Pero estos agravios operaban dentro de un consenso popular en cuanto a qué prácticas eran legítimas y cuáles ilegítimas en la comercialización, en la elaboración del pan, etc. Esto estaba a su vez basado en una idea tradicional de las normas y obligaciones sociales, de las funciones económicas propias de los distintos sectores dentro de la comunidad que, tomadas en conjunto, puede decirse que constituían la «economía “moral” de los pobres ». Un atropello a estos supuestos morales, tanto como la privación en sí constituía la ocasión habitual para la acción directa”10

Es importante señalar que lo que hemos denominado, hasta este momento, “expresiones indirectas de inconformismo” fue adquiriendo formas directas de expresión cada vez más contundentes. Lo que en un comienzo fueron estrategias defensivas del

campesinado -observables en la lucha jurídica y también en actos de desagravio como la

destrucción de cercas, la siembra de cultivos comerciales en sus parcelas o la negación ocasional del pago de los arrendamientos- se fueron transmutando en estrategias ofensivas. Los permanentes fallos jurídicos en contra de los campesinos, el apoyo consuetudinario de las autoridades locales a las acciones rapaces de los empresarios agrícolas y el sentimiento de injusticia generalizado en diferentes regiones de Colombia, se constituyeron en detonantes de acciones mucho más radicales por parte del campesinado, como fueron la exigencia de sembrar cultivos permanentes y rentables como el café, el cuestionamiento a la propiedad terrateniente y la reivindicación del derecho de propiedad de la tierra (Bejarano, 1979; LeGrand, 1980; Palacios, 1983, 2011; Londoño, 2011).

10 James Scott (1976) en un estudio muy interesante sobre los campesinos del sureste asiático profundiza el

concepto de “Economía moral” del campesinado y muestra las diferentes estrategias usadas por los campesinos, y sus niveles de solidaridad, cuando su subsistencia está en riesgo, su territorio amenazado y los pactos sociales violados.

Sin embargo, la explicación del tránsito de dichas estrategias defensivas –que hemos inscrito en lo que Scott (2000) denomina la “infrapolítica de los grupos subordinados”- a estrategias ofensivas, que implican necesariamente algún nivel de organización social, no ocurre de manera mecánica ni como producto de la acumulación continua de vejámenes y expoliaciones cometidos contra un grupo social particular. Como anota Barrington Moore (1978:28), el agravio moral y el sentimiento de injusticia tienen que ser descubiertos y este descubrimiento ocurre fundamentalmente en un proceso histórico. No obstante, no estamos refiriéndonos a un proceso histórico sencillo, dado los múltiples mecanismos institucionales y religiosos implementados para expropiar a las comunidades campesinas del agravio moral, para continuar usando la terminología de Moore.

En nuestra opinión el emprendimiento de expresiones políticas directas del campesinado para recuperar su territorio, como el reclamo de la propiedad del mismo, se puede explicar a partir de la confluencia de factores como la identidad del campesino frente al territorio, su progresiva identificación como grupo social, la validación que le otorgó a las políticas agrarias gubernamentales y las alianzas políticas que estableció con otros sectores sociales. Veamos cada uno de estos factores.

A. Identidad territorial.

Es necesario plantear de nuevo, que el campesinado había construido su propio territorio y pese a haberlo perdido por procesos de expropiación violenta o por vía jurídica, nunca había olvidado que el territorio donde laboraba en calidad de peón o arrendatario era su territorio, su Lieu-coeur (Bonnemaison, 1996), el espacio que había simbolizado, conquistado con su trabajo y constituido en referente y herencia familiar. El agravio moral frente a la violación de su territorio y la negación del derecho a la tierra nunca fue superado y siempre persistió en el campesinado el propósito de movilizar todos los mecanismos legales, simbólicos y vías de hecho -incluso incurriendo en la comisión de un delito si fuera necesario- para que sus derechos fueran de nuevo restaurados y reconocidos. Estos

propósitos, como hemos visto anteriormente tuvieron diferentes y variadas expresiones materiales y simbólicas. Al respecto de estos sentimientos de injusticia que persistieron en el tiempo anota Catherine LeGrand (1988:127):

“Aunque en la mayoría de los casos los empresarios territoriales colombianos superaron la resistencia de los colonos y los integraron dentro de sus propiedades recién constituidas, no lograron sin embargo obliterar en ellos el recuerdo de las injusticias padecidas. La experiencia del despojo que afectó a tantas familias campesinas, les infundió una convicción personal de la ilegitimidad de las propiedades donde trabajaban y un resentimiento fundamental contra los terratenientes que los habían despojado”.

B. Identificación como grupo social

Las alianzas y ayudas mutuas entre vecinos, al inicio del proceso de la colonización y asentamiento, crearon en los campesinos las bases embrionarias de su identidad colectiva y les permitió identificarse paulatinamente como grupo social y diferenciarse de los “otros” (Barth, 1969; Melluci,1995). Los campesinos arribaron al sitio donde decidieron asentarse en compañía de amigos y familiares, pero también se encontraron con otros campesinos que habían llegado en iguales condiciones y expectativas, y en su proceso de interacción social comenzaron a asignarle a sus nuevos territorios similares significaciones y percepciones y, a través del uso y manejo del espacio, fueron construyendo nuevos poblados, territorios-

región, concebidos, en unos casos, como lo recuerdan Tovar (1995) y Londoño (2011)

como construcción política de espacios de resistencia frente al avance voraz de los hacendados, y en otros, como estrategias políticas colectivas de sostenibilidad ambiental y reproducción biológica, social y económica del grupo familiar (Escobar, 1996, 2008).

Alberto Melluci (1995) subraya que el proceso de establecimiento de identificación con “otros” (como campesinos) y de diferenciación de “otros” (en este caso de los hacendados) no se puede explicar solamente a partir de la reacción frente a las constricciones de carácter social o del contexto, sino que debe ser explicado también a partir de la capacidad de los actores de reconocerse a sí mismos a través de la producción

de sus orientaciones simbólicas y de significado. Así mismo, agrega Melluci, esta construcción de identidad colectiva se origina a través del intercambio de sus trabajos, en la habilidad para apropiarse de manera conjunta del resultado de sus acciones y la capacidad que tienen los actores de vincular el presente con su pasado para explicar sus acciones y sus efectos.

En este proceso de identificación con “otros” y diferenciación de “otros”, es necesario precisar que el campesinado además de establecer una diferenciación con los hacendados -con quienes mantenían una posición de confrontación permanente- también lo hizo con las comunidades indígenas, quienes estaban recuperando tierras comunales ancestrales, y con los peones y arrendatarios de las haciendas, quienes peleaban por el mejoramiento de sus condiciones salariales. Esta diferenciación de otros sectores subordinados, según LeGrand (1980), debilitó a los campesinos para ejercer presión frente al gobierno y ganar cohesión como movimiento. Sin embargo, en nuestra opinión este factor fue clave para los campesinos en su proceso de constitución e identificación política como campesinado. En este proceso de identificación colectiva, la experiencia común de la defensa y la lucha por el territorio contribuyó, de manera sustancial, a configurar y definir su identificación política.

En sus confrontaciones, en efecto, el campesinado progresivamente pudo conocer e identificar quienes más luchaban en defensa de los mismos objetivos, quienes eran sus aliados directos e indirectos, quienes eran sus amigos potenciales y, desde luego, quienes eran sus enemigos. E.P Thompson (1989) en un interesante artículo donde discutía sobre la existencia o no de las clases sociales en la Inglaterra del siglo XVIII, planteaba que en las ciencias sociales se le había prestado una atención excesiva e incluso a-histórica al concepto de “clase” y que este concepto era menester pensarlo más bien como una

categoría histórica que puede ser derivada (o no) de la observación de procesos sociales a

lo largo del tiempo, desechando con ello el uso estático que el discurso positivista hace de los marcos conceptuales. Al respecto decía E.P. Thompson (1989:37):

“Las clases no existen como entidades separadas, que miran en derredor, encuentran una clase enemiga y empiezan luego a luchar. Por el contrario, las gentes se encuentran en una sociedad estructurada en modos determinados (crucialmente, pero no exclusivamente, en relaciones de producción), experimentan la explotación (o la necesidad de mantener el poder sobre explotados), identifican puntos de interés antagónico, comienzan a luchar por estas cuestiones y en el proceso de lucha se descubren como clase, y llegan a conocer este descubrimiento como conciencia de clase. La clase y la conciencia de clase son siempre las últimas, no las primeras, fases del proceso real histórico. Pero, si empleamos la categoría estática de clase, o si obtenemos nuestro concepto del modelo teórico previo de una totalidad estructural, no lo creemos así: creeremos que la clase está instantáneamente presente (derivada, como una proyección geométrica, de las relaciones de producción) y de ello la lucha de clases. Estamos abocados, entonces, a las interminables estupideces de la medida cuantitativa de clase, o del sofisticado marxismo newtoniano según el cual las clases y las fracciones de clase realizan evoluciones planetarias o moleculares. Todo este escuálido confusionismo que nos rodea (bien sea positivismo sociológico o idealismo marxista estructuralista) es consecuencia del error previo: que las clases existen, independientemente de relaciones y luchas históricas, y que luchan porque existen, en lugar de surgir su existencia de la lucha”.

C. Validación campesina de las nuevas políticas agrarias nacionales

Un tercer factor que explica la ofensiva del campesinado, fueron las nuevas legislaciones agrarias y la validación que el campesinado les dio a ellas. Como hemos insistido en el capítulo anterior, el campesinado comenzó su diáspora por las montañas y valles interandinos incentivado por las políticas de baldíos del siglo XIX que prometían tierras para quienes en ellas tuvieran casa y labranza. El campesino fue integrado al naciente estado-nación desde el discurso jurídico y político de los gobernantes y en el imaginario campesino la idea de pertenencia a esa comunidad imaginada llamada Colombia se consolidó progresivamente. Posiblemente, como hemos visto, las frustraciones del campesinado frente al Estado, en los momentos decisivos de un fallo jurídico, lo golpearon de manera reiterada, pero, no obstante, no dejó por ello de legitimarlo y verlo -al Estado- tanto como el garante del reconocimiento jurídico de sus territorios, como el garante de su

reconocimiento social como propietario independiente vinculado al mercado nacional de alimentos.

Aunque el Estado a través de la 48 de 1882, como anotamos anteriormente, había inclinado la balanza a favor de los hacendados, en 1917 a través de la ley 71 y en 1926 por medio de la ley 47, el Estado definió de nuevo mecanismos legales que facilitaban el adjudicación de los terrenos a los campesinos. Si bien estas leyes no resolvieron las disputas por las tierras baldías, si ofrecieron al campesinado nuevos argumentos para seguir luchando por su territorio (LeGrand, 1988; Londoño, 2011). De cierta manera las nuevas legislaciones operaron en el imaginario campesino como hechos políticos que favorecían su lucha por la propiedad de la tierra. En uno de los diarios nacionales se explicaba de la siguiente manera los alcances de las nuevas políticas agrarias:

“La cuestión agraria nacional es o debe ser…la orientación del Estado con todo vigor hacia un concepto más económico de la producción que permita aumentar considerablemente la explotación de la agricultura y que dé margen de utilidad a los trabajadores directos de la tierra para ponerse en condiciones de ser al mismo tiempo mejores y más activos consumidores de los productos nacionales y más hábiles y capaces productores de riqueza colectiva” (Citado por LeGrand, 1988:135)

Es importante anotar que estas nuevas legislaciones, que favorecían al campesinado (al menos en sus enunciados), al igual que la exaltación institucional a la modernización de la agricultura y los diferentes repertorios discursivos en favor de las nuevas políticas agrarias, fueron discursos políticos que se inscribieron en un marco institucional de presión contra los hacendados, que mantenían grandes extensiones de tierras improductivas (Bejarano, 1979; Fajardo, 1986, Machado, 1986). Además, hacían parte también de los nuevos lineamientos políticos del Estado colombiano, que se correspondían con las dinámicas internacionales que imponían a América latina el modelo de “industrialización y sustitución de importaciones” (Misas & Corredor, 2001; García, 2006).

El contexto institucional, entonces, de presión contra la improductividad de las tierras de los hacendados y de apoyo a la modernización del agro -acompañado de las nuevas legislaciones- fue aprovechado por los campesinos y visto como una oportunidad para asumir que las tierras inexplotadas de los hacendados eran tierras baldías susceptibles de recuperar, ocupar y trabajar. En el nuevo contexto político, económico y legislativo, la lucha de los campesinos por sus territorios combinó memoriales, pleitos jurídicos y recuperación de tierras. Rocío Londoño (2011:206) anota que para los hacendados de la época el decreto gubernamental 1110 de 1928, que incentivaba la creación de colonias agrícolas, fomentaba la agitación rural y la infiltración comunista entre los campesinos.

D. Alianzas políticas de los campesinos

El cuarto factor que debemos tener presente para entender el tránsito de estrategias

defensivas a estrategias ofensivas del campesinado, es la emergencia de aliados de las

luchas campesinas. Como anotamos anteriormente, los primeros “aliados” de los campesinos fueron los tinterillos y padrinos políticos, quienes establecieron relaciones asimétricas con el campesinado y cumplieron el rol de transmitirles a los campesinos el conocimiento de los contenidos legislativos de las políticas agrarias y también los nombres de los hacendados que estaban interesados en expropiarlos de sus tierras. Este tipo de alianzas beneficiaron al campesinado al dotarlos de información jurídica e identificación política de sus posibles agresores, pero también generaron cierta prevención del campesinado, dado los intereses marcadamente individualistas e instrumentales que acompañaban a estos “parásitos” del campesinado, como los denominó Marco Palacios (1995).

Sin embargo también hemos mencionado arriba la emergencia de líderes campesinos que fueron leales a los objetivos de las luchas campesinas. Estos líderes establecieron, desde los comienzos de los años veinte del siglo pasado, alianzas políticas estratégicas con partidos y movimientos de izquierda que, aunque estaban peleando en y

con otros sectores sociales (trabajadores bananeros, petroleros, ferroviarios, mineros, braceros y estibadores, entre otros) (Palacios, 1995, 2011; Pécaut 2001), en sus reivindicaciones políticas habían incluido el tema de los baldíos y el derecho de propiedad de los campesinos sobre la tierra.

Nos referimos a las iniciativas políticas que emergieron en Colombia en los albores del siglo XX y que estaban vinculadas a las dinámicas socialistas internacionales. En los años veinte se crearon el Partido Socialista Revolucionario, que luego se transformó en Partido Comunista, la Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria (UNIR) y el Partido Agrario Nacional –PAN (Medina, 1980; Braun, 1987; Londoño, 2011).

Sin embargo, es necesario precisar que estas alianzas de las organizaciones locales campesinas y sus líderes con los partidos y movimientos de izquierda mencionados anteriormente, no fue necesariamente un proceso de identificación mecánica con los objetivos propuestos por estos movimientos o fruto de un rápido convencimiento ideológico-político. En los procesos de construcción identitaria, dice Homi K. Bhabha (1996), la creación de y la afiliación a grupos de interés o movimientos sociales puede ser antagónica y ambivalente; la solidaridad, señala Bhabha, puede ser solo situacional y estratégica: comúnmente es a menudo negociada a través de la contingencia de intereses sociales y reivindicaciones políticas.

No obstante, fuera por convencimiento ideológico o por adscripción situacional y estratégica, existían factores históricos y de contexto socio-económico y político que, al tiempo que operaron como fuerza vinculante y de identificación entre los campesinos y los nacientes movimientos y partidos de izquierda, también posibilitaron el impulso y fortalecimiento organizativo de las comunidades campesinas.

Estas alianzas campesinas con grupos de izquierda marcaron, sin lugar a dudas, una fase muy importante en la lucha por la defensa territorial y recuperación de la tierra, que los campesinos estaban adelantando desde tiempo atrás. La experiencia organizativa y política que el Partido Comunista y la UNIR tenían con los trabajadores urbanos, bananeros,

ferroviarios, etc, y la experiencia gremial, agraria y local que tenía el PAN, fueron muy importantes para el proceso de identificación política del campesinado, para la maduración de sus procesos organizativos y para la cualificación de las prácticas discursivas de sus líderes, muchos de los cuales terminaron vinculados después con el Partido Comunista.

Conocer el impacto de estas alianzas en el conjunto del campesinado es un reto que la investigación histórica debe emprender, pero los estudios hasta ahora adelantados sobre los procesos organizativos y políticos sobre el campesinado han mostrado que la afiliación a dichos grupos permitió al campesinado: 1) crear nuevas maneras de plantear y entender su problemática a partir de su inter-relacionamiento discursivo con otros sectores y el reconocimiento de su lucha como una problemática nacional. Stuart Hall (1996) plantea a este respecto que la identidad es un proceso de producción constante de sentidos, narrativas y representaciones, un proceso inacabado y continuo de negociación de significados, de creación de nuevas formas de decir y de entender; 2) avanzar en sus estrategias políticas y organizativas para la recuperación de sus tierras. Los hechos históricos muestran que, a partir de estas alianzas y las nuevas legislaciones agrarias, los campesinos comenzaron la creación de los denominados sindicatos agrarios, ligas campesinas y colonias agrarias