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EVOLUTION OF MALAYSIA’S POLICIES AND PRACTICES A MOVE TOWARDS INTERNATIONAL PRACTICES

5.2 A GENERAL PERSPECTIVE OF MALAYSIA’S FOREST SECTOR AND TIMBER TRADE

5.2.2 Progress of Development in the Land and Forest Sector

La Real Escuela de Mineralogía de Madrid fue uno de los centros clave tanto para la enseñanza como para la investigación de la mineralogía. Fue una de las vías de entrada de la mineralogía moderna en nuestro país y sentó las bases para que años más tarde esta disciplina científica se institucionalizara definitivamente.

Su creación fue una consecuencia directa de los trabajos de investigación realizados sobre la purificación del platino. Por tanto, los antecedentes que dieron origen a la Real Escuela de Mineralogía se remontan al descubrimiento de este mineral por Antonio de Ulloa (sobre la creación de la Real Escuela de Mineralogía y sus actividades hasta 1808 puede consultarse especialmente, Rumeu, 1979; además, Gago, 1984; Barreiro, 1992; Parra y Pelayo, 1996).

A finales de 1733, la Academia de Ciencias de París diseñó un experimento para despejar las dudas sobre el tamaño y la forma exacta de la Tierra; es decir, si el grado de esfericidad era perfecto o estaba achatada en algún punto. Los cálculos necesarios consistían en realizar la medición de un grado del arco de meridiano terrestre en las inmediaciones del Polo Norte y del Ecuador. Una vez aprobado el proyecto, se iniciaron los preparativos de ambas expediciones que debían viajar a las tierras de Laponia y del virreinato del Perú respectivamente. En este último caso, los territorios por los que debía transcurrir la expedición francesa se encontraban bajo soberanía de la Corona española, razón por la que el Gobierno francés tuvo que solicitar la correspondiente autorización.

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Debido a las buenas relaciones entre ambos países el Rey Felipe V accedió a la petición de Luis XV (1710-1774) y autorizó la expedición francesa, pero con la condición de que España también participara en el proyecto.

Los jóvenes marinos Jorge Juan y Antonio de Ulloa fueron los científicos comisionados por la Corona para participar en la conocida como expedición franco-española al virreinato del Perú (1735-1744) (Guillén Tato, 1973; Lafuente, 1983, 1984; Lafuente y Mazuecos, 1987, 1988; Castillo, 2005).

Durante la expedición, Antonio de Ulloa mostró un especial interés por los recursos naturales, recogiendo entre otras, muestras de platino nativo en el río Pinto, en las minas de oro de la región de Chocó, en el distrito de Nueva Granada (actual Colombia). El platino aparecía en forma de granos o pepitas en arenas aluviales junto con el oro. Una de las características del platino era su asociación a otros metales de los que era difícil efectuar su separación completa, circunstancia que junto a la imposibilidad de fundirlo debido a su elevado punto de fusión, provocó que fuera desechado al ser considerado como ganga (Manjarrés, 1912, 1913; Tejado, 1949; Espinosa, 1985; Galán, 1993; Paredes, 1995, 2004; Castillo, 2005).

La expedición finalizó en mayo de 1744, pero Antonio de Ulloa no consiguió llegar a Madrid hasta el 25 de julio de 1746 debido a un grave percance sufrido en el viaje de regreso a España. Una vez en la capital se puso en contacto con su compañero Jorge Juan con el objeto de redactar los resultados de su expedición geodésica. A lo largo de algo más de dos años realizaron una extraordinaria labor, escribiendo cuatro libros de un alto nivel científico. Los dos acordaron dividirse el trabajo pero firmando conjuntamente todas sus obras. Jorge Juan escribió todo lo referente a los cálculos matemáticos y Antonio de Ulloa se encargó de escribir la historia natural de las regiones visitadas, incluyendo un estudio del estado de la minería. En la obra publicada en 1748, Relación histórica del viage a la América

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Meridional (Juan y Ulloa, 1748) y escrita por Antonio de Ulloa, éste

dio a conocer por primera vez en Europa la existencia y propiedades de este nuevo mineral conocido como platina5. Esta obra tuvo una enorme repercusión en Europa, llegando a publicarse entre 1752 y 1772 hasta ocho ediciones extranjeras que aparecieron en París (1752), Ámsterdam (1752, 1772), Londres (1758, 1760, 1772) y Dublín (1758,1762) (Guillén Tato, 1973). Antonio de Ulloa abandonó Madrid en 1748 comisionado por Fernando VI para llevar a cabo una misión de espionaje industrial por diversos países europeos. Durante su viaje frecuentó los ambientes militares, industriales y científicos de Francia, Holanda, Alemania, Dinamarca, Suecia y Prusia. Uno de los objetivos militares prioritarios de Antonio de Ulloa fue visitar los principales arsenales europeos, con el fin de recabar información con la que mejorar los arsenales que en esos momentos se estaban construyendo en Cádiz, el Ferrol y Cartagena (Lafuente y Peset, 1983).

Entre sus cometidos también figuraba la contratación de científicos y técnicos extranjeros, en particular especialistas en

5 El platino de la región aurífera del río Pinto en Chocó, era conocido por los

conquistadores españoles al menos desde el siglo XVII. Al considerar que este nuevo mineral era algún tipo de plata, lo denominaron con su diminutivo platina o platina del Pinto en alusión a su procedencia. Sin embargo la autoría del descubrimiento se ha atribuido a Antonio de Ulloa y el año, el 1748 (Blackburn y Dennen, 1997; Gaines et al., 1997). Antonio de Ulloa fue el primero en pensar que podría tratarse de un nuevo metal, trayendo las primeras muestras a Europa. Además de darlo a conocer físicamente también lo hizo por escrito en 1748 a través de su obra Relación histórica del viage a la América Meridional. En aquella época su nombre habitual era el de platina, aunque también se le denominaba oro blanco y el octavo metal, porque hasta entonces sólo se conocían otros siete. En 1741 el metalúrgico británico Charles Wood (1702-1774) obtuvo en Jamaica muestras de platina enviadas de contrabando desde Cartagena de Indias. Éstas fueron posteriormente estudiadas por los químicos ingleses William Brownrigg (1712- 1800) y William Watson (1715-1787). Sus resultados los dieron a conocer a la Real Sociedad de Londres en 1750, en lo que se considera la primera investigación científica de este nuevo metal (Watson, 1749-50). De los tres británicos sólo Wood conocía la publicación de Antonio de Ulloa (McDonald, 1960).

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cartografía y minería. Éstos serían fundamentales para poner en marcha los planes que el Marqués de la Ensenada tenía previstos para Jorge Juan y Antonio de Ulloa.

Regresó a Madrid a finales de 1751, dando por finalizada la comisión que durante dos años y medio le había llevado a viajar por toda Europa. Nada más llegar, Antonio de Ulloa comenzó a elaborar el plan de trabajo encomendado por el Marqués de la Ensenada y que comprendía los siguientes objetivos:

1º la creación de una Academia de Geografía para la formación de cartógrafos y el levantamiento del mapa de España.

2º un plan de prospección minera dirigido por el irlandés Guillermo Bowles6.

3º la creación de un Gabinete de Historia Natural y de Antigüedades que también tendría a Bowles como responsable en las tareas de organización y dirección. 4º la creación de un centro de formación de especialistas

españoles en mineralogía.

5º un Laboratorio Químico Metalúrgico en el que poder retomar sus estudios sobre el platino. Para su creación y funcionamiento Antonio de Ulloa contó con la ayuda de especialistas europeos como el químico francés Agustín de La Planche y los metalúrgicos alemanes Andrés y Juan Keterlin, padre e hijo respectivamente.

El proyecto fue presentado a Fernando VI quien lo aprobó de forma inmediata. Tras el visto bueno de la Corona, Antonio de Ulloa se encargó de alquilar una casa de grandes dimensiones en la calle de

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la Magdalena en Madrid, que era conocida popularmente como Casa de la Geografía o Casa del Platino (Corella, 1987; Losada y Valera, 1995; Quintanilla, 1999; Puig-Samper, 2002; Castillo, 2005).

Finalmente, Jorge Juan quedó descartado del proyecto y Antonio de Ulloa fue nombrado director y responsable del mismo, siempre bajo la estrecha tutela del Marqués de la Ensenada. La Casa de la Geografía contaba además de los técnicos contratados, con el administrador Eugenio Reygosa, un portero francés que hacía las veces de traductor, un barrendero, dos soldados y un cabo.

Al menos desde 1753, en sus instalaciones se realizaron investigaciones químicas sobre el platino a cargo de Bowles, como así lo recoge en los capítulos “Disertación sobre la platina” y “Continuación del discurso sobre la platina” de su obra Introduccion á

la Historia Natural y, á la Geografía Física de España (Bowles,

1775).

En 1754 el Marqués de la Ensenada fue objeto de un complot político, siendo cesado del Gobierno y desterrado a Granada. Antonio de Ulloa, dada la estrecha relación que ambos mantenían, no esperó a que su caída le arrastrara también a él. En 1755 dimitió de todos sus compromisos en España y solicitó el puesto de gobernador de Huancavélica en Perú, cargo que llevaba consigo la dirección y explotación de las importantes minas de mercurio. Con la marcha definitiva de Antonio de Ulloa todo su proyecto se paralizó, aunque en esos momentos el platino era ya objeto de interés por los químicos europeos (Aragón de la Cruz, 1988; Quintanilla, 1999; Castillo, 2005).

España era la dueña de las únicas minas conocidas, lo que le permitió monopolizar su extracción y comercio. Todas las investigaciones científicas tenían que hacerse con platino procedente de las minas españolas, las únicas conocidas en aquella época. Por ello, quienes deseaban conseguir muestras trataban de lograrlas en España a través de embajadores, corresponsales científicos y amigos. Durante esos años nuestro país se convirtió en centro de distribución

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para investigación y coleccionismo, enviando importantes cantidades de platino a Europa. Hasta el momento de su purificación en 1786, se establecieron sus propiedades y se le definió como metal noble. No obstante los mayores esfuerzos se concentraron en el complicado proceso de purificación, un paso previo para proveerle de la maleabilidad necesaria con la que poder darle alguna aplicación. En este periodo las necesidades europeas de platino eran pequeñas y en consecuencia las cantidades enviadas también lo fueron. Lo solicitaron principalmente los científicos para investigación y los gabinetes de ciencias naturales tanto públicos como privados (un estudio pormenorizado sobre los envíos de platino realizados a Europa entre 1750 y 1820 puede consultarse en Capitán, 1994).

En nuestro país los estudios sobre el platino no se reanudaron hasta veinte años después con la apertura del Real Seminario Patriótico de Vergara (1776), institución fundada por la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País (véase apartado 3.1.1.). En el Real Seminario de Vergara se crearon dos cátedras, una de química y otra de física, que a partir de 1778 fueron dirigidas por los franceses Luis Proust y Francisco Chavaneau7 respectivamente. Dos años más tarde, este último se hizo cargo de la enseñanza de ambas disciplinas tras la marcha de Proust a París.

La labor de investigación más importante de Chavaneau en el

Laboratorium Chemicum del Real Seminario de Vergara, consistió en

los trabajos de purificación del platino, realizados en colaboración con Fausto Delhuyar y Joaquín Mª de Eguía, Marqués de Narros (1733- 1803). Tras varios años de investigación sin obtener resultados, estos dieron finalmente sus frutos en 1786 al hallar el modo de aislar el platino, además del proceso de hacerlo dúctil y maleable (sobre los trabajos de purificación del platino realizados en el Real Seminario de Vergara, véase Yoldi, 1945; Silvan, 1953, 1969, 1987; Aragón de la

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Cruz, 1978b, 1980, 1983; Laborde, 1980; Larrañaga, 1991; Castillo, 2005).

El descubrimiento del método de purificación del platino fue recibido con gran júbilo en la Corte de Carlos III, quien lo consideró de tal importancia que lo declaró secreto, prohibiendo su difusión y publicación.

Los trabajos de Chavaneau tuvieron como consecuencia su inmediato traslado a Madrid, a donde llegó en mayo de 1787 para hacerse cargo de la dirección del Laboratorio Químico Metalúrgico ubicado en un caserón de la calle Hortaleza. Fundado en 1786, este Laboratorio era conocido popularmente como la Casa de la Platina y en él se compaginaron los trabajos de purificación del platino con la enseñanza de la química (Gago, 1984; Aragón de la Cruz, 1996).

En 1789, se fundó la Real Escuela de Mineralogía de Indias que compartió sus instalaciones con las del Laboratorio Químico Metalúrgico. Oficialmente dependía del Ministerio de Hacienda y su dirección fue también encomendada al científico francés quien ocupó el cargo de catedrático. Parte de su denominación se debía a su principal objetivo, formar expertos que posteriormente pasarían a gestionar los recursos de la Corona en América. Pero la poca predisposición de los alumnos a viajar al Nuevo Continente tras finalizar sus estudios, acabó por imponer un leve recorte en su nombre, pasando a llamarse Real Escuela de Mineralogía.

Desde ese momento el platino formó parte de la política científica borbónica, utilizado como un elemento de prestigio e intercambio con investigadores y gobiernos. El proceso de purificación provocó un interés generalizado por el nuevo metal, comenzando a incrementarse sus aplicaciones. Esto supuso un considerable aumento en el número de solicitudes de este material que llegaron del resto de Europa, y en consecuencia un incremento en el número de envíos para atender tal demanda (Capitán, 1994; Aragón de la Cruz, 1996).

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Una Real Orden de 9 de abril de 1791, ordenó el traslado de la Real Escuela de Mineralogía junto al Laboratorio Químico Metalúrgico a un nuevo local en la calle del Turco, donde Chavaneau continuó dirigiendo ambos centros. Estas instituciones tenían funciones claramente diferenciadas, aunque estrechamente relacionadas. La Escuela cumplía funciones docentes, pero utilizaba las instalaciones del Laboratorio con fines experimentales de carácter pedagógico, mientras que éste se dedicaba a los experimentos para la purificación del platino.

El edificio de la calle del Turco era bastante espacioso, se componía de dos casas que habían sido compradas por el Ministerio de Hacienda en mayo de 1787. En sus instalaciones este Ministerio creó otro laboratorio químico dependiente de la cátedra de química aplicada a las artes (creada por una R.O. el 3 de julio de 1787) y que empezó a funcionar a mediados de ese año bajo la dirección de Domingo García Fernández. Su objetivo era doble, realizar los análisis requeridos por el Ministerio y por la Junta General de Comercio y Moneda, además de dedicarse a la docencia de la química. A García Fernández se le encargó la redacción previa del plan de estudios, con la recomendación de que éste debía enfocarse en especial a la enseñanza de la química práctica necesaria para los procedimientos artesanales e industriales. La instalación y el equipamiento del laboratorio no concluyó hasta 1789 y las clases no debieron iniciarse hasta finales de ese año o principios de 1790. Antes del traslado de Chavaneau, ambos científicos llegaron a un acuerdo para permanecer conjuntamente en el mismo edificio con sus respectivos laboratorios (Gago, 1984; Hidalgo, 2002).

Además de las tareas de dirección e investigación, Chavaneau terminó asumiendo gran parte de la docencia de la química en Madrid. Uno de los motivos fue que a petición del propio García Fernández, una Real Orden de 3 de agosto de 1790 lo eximió de sus tareas

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docentes por falta de tiempo, docencia que asumió Chavaneau junto a la que ya impartía en los centros a su cargo.

El 28 de marzo de 1791 la Escuela amplió la plantilla mediante la contratación del prestigioso mineralogista alemán Cristiano Herrgen.

En julio de 1794 el fallecimiento de Juan Palafox Rovira dejó vacante la plaza de colector que desempeñaba en el Real Gabinete de Historia Natural de Madrid. En su búsqueda por un sustituto, su vicedirector José Clavijo y Fajardo (1726-1806) vio en la persona de Herrgen el candidato ideal. Éste no sólo le había demostrado sus cualidades como colector, sino también sus amplios conocimientos en mineralogía y química. Finalmente en 1796, una Real Orden nombró colector a Herrgen, cargo que compaginó con su trabajo en la Escuela de Mineralogía (Barreiro, 1992). La estrecha relación que se inició entre ambos contribuyó años más tarde a la institucionalización de manera definitiva en España de la enseñanza de la mineralogía.

La Escuela contó además con un tercer profesor, el joven Joaquín Cabezas, un brillante alumno de la Escuela de Minas de Almadén. Se trasladó a Madrid al haber sido seleccionado como candidato para continuar sus estudios en Alemania, y una vez en la capital mientras esperaba la decisión del Rey, entró en contacto con Chavaneau quien inmediatamente lo incorporó a la plantilla.

Respecto al plan de enseñanza de la Escuela, éste tenía previsto una duración de dos cursos, e incluía como materias fundamentales la mineralogía y la geometría subterránea. La primera disciplina comprendía la mineralogía, la geognosia y la metalurgia. La segunda, el laboreo de minas, con especial atención a la investigación de criaderos, levantamiento de planos, entibaciones, etc. El número de alumnos anuales no llegó a sobrepasar la cifra de una decena.

Durante esta primera época pasaron prestigiosos alumnos por la Escuela, destacando el catalán Francisco Carbonell y Bravo (1768-

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1837)8. También acudieron a ampliar estudios teóricos, notables alumnos y titulados de la Escuela de Minas de Almadén, como Francisco de la Garza (1757-1832), Víctor Aguirre y José de Larrañaga (1773-1859).

Al margen de la actividad docente, los profesores de la Escuela desarrollaron otras tareas, como la investigación y la elaboración de importantes publicaciones o traducciones para el uso de sus alumnos.

En 1790 Chavaneau publicó el que fue primer y único tomo de su obra, Elementos de Ciencias Naturales (Chavaneau, 1790). Su contenido estaba dedicado a estudiar el Universo sobre la base de ideas generales complementadas con elementos de física. El objetivo principal del libro era la Tierra, deteniéndose especialmente en las sustancias que se hallan o pueden hallarse mezcladas o combinadas con las tierras, los fósiles y los sistemas mineralógicos y, por último, la división de los fósiles en combustibles e incombustibles. El Secretario de Hacienda le había prometido a Chavaneau entregarle todos los beneficios generados por su venta; a cambio, éste se comprometía a terminar la obra, promesa que nunca llegó a cumplirse (Maffei y Rua Figueroa, 1871-1872, vol. 1, p. 181). Según Gago (1984) este segundo volumen dedicado a la mineralogía no llegó a publicarse debido quizás, a la aparición de la traducción al castellano del tratado de mineralogía de Kirwan (1789).

Ya se ha indicado anteriormente que Herrgen tradujo del alemán, entre los años 1797 y 1798, la Orictognosia de Widenmann, un trabajo que le proporcionó gran prestigio.

8 Francisco Carbonell y Bravo fue el más prestigioso de los alumnos que pasó por la

primera Escuela de Mineralogía, en concreto durante los años 1789-90 y 1790-91, cursos que compaginó con los de química de Luis Proust. Regresó a Barcelona en 1803 en donde ejerció importantes cargos. Ese mismo año ocupó la primera cátedra de química aplicada a las artes creada por la Real Junta de Comercio, puesto que abandonó en 1822 al ser nombrado catedrático de química de la Universidad de Barcelona (Portela, 1983c; Nieto, 1994).

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En el prólogo de esta obra Herrgen justificaba su traducción al considerar que era la más moderna, clásica y completa en su género, y la más adecuada para conocer los minerales y los fósiles. Además, proporcionaba a los españoles un idioma científico, fijo, uniforme y análogo al que los sabios extranjeros habían establecido desde que se introdujo en las escuelas de Hungría y Alemania. Se editaron de la obra mil quinientos ejemplares, cuya impresión y correcciones dirigió Clavijo (Puche y Ayala-Carcedo, 1993; Calvo, 1999; Ordóñez, 1999).

El 13 de mayo de 1797 Chavaneau solicitó una licencia temporal para viajar a Francia. Esta era la segunda vez que lo hacía, pero en esta ocasión tenía serios problemas de salud y ya no volvió a incorporarse a su puesto. Su cargo en el Laboratorio Químico Metalúrgico lo pasó a ocupar interinamente su discípulo Joaquín Cabezas hasta que Luis Proust se ocupó definitivamente de su dirección. No corrió la misma suerte la Real Escuela de Mineralogía; el abandono de su director y fundador tuvo como consecuencia su