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3.3 A publisher program

3.3.1 Publishing messages

Las ciudades portuarias de Argentina se vieron radicalmente modificadas a partir del crecimiento vertiginoso de la inmigración extranjera y las migraciones internas. Era frecuente el trabajo de menores de edad en las fábricas y la participación de chicos y chicas en actividades diversas como las de lustrabotas, canillita, vendedor ambulante, lo que acrecentó la preocupación por el “vagabundeo” de esas bandas infantiles que recorrían la ciudad intentando sobrevivir. 57 Este fenómeno fue tomando cada vez más entidad al tiempo que disciplinas como la psiquiatría y la pedagogía señalaban los peligros de desviaciones a los que estaban expuestos los vagos callejeros.

Las manifestaciones de una nueva cuestión infantil se desarrollaron en torno a la población inmigrante obrera. El notable déficit de viviendas y el hacinamiento de los conventillos e inquilinatos propiciaban que la vía pública fuera un lugar común de permanencia y encuentro de los más chicos. Como muestra Ciafardo, no sólo la constancia diurna de los niños dentro de las habitaciones, sino aun en la puerta o los patios de las viviendas colectivas estaba reglamentariamente prohibida. Por lo tanto la calle era un lugar de juego, de

57Para explorar la sociabilidad de los niños y niñas a principios de siglo en general y de los niños en la calle en particular son importantes los trabajos de Ciafardo (1992) y Ríos y Talak (1999). En relación al trabajo infantil, Suriano (1990).

interlocución con diferentes adultos y de iniciación a las actividades lucrativas y delictivas (Ciafardo, 1992).

La excesiva libertad con la que se manejaban los niños y niñas fue una preocupación de interés público que suscitó las polémicas centrales que argumentaban el peligro moral y material al que estaban expuestos.

Pedagogos y psiquiatras apelaban a la responsabilidad de la industria periodística por la utilización de los más chicos en la distribución de los diarios. En este sentido, el principal estudio científico de la época fue encargado por la comisión directiva del Círculo de Prensa para acercarse al conocimiento de los modos de vida y los medios de subsistencia de los trashumantes. El prestigioso médico psiquiatra criminólogo José Ingenieros (1905) llevó adelante la investigación que daba cuenta de la preocupante situación de niños y niñas.

La grilla de inteligibilidad científica propició la lectura de los problemas de niños y niñas callejeros a través de la fisiopatología y la psicología. La clasificación de los grupos en industriales, adventicios y delincuentes precoces permitieron visibilizar lo que se consideró como las tendencias de una herencia degenerativa y la inmoralidad de los padres ignorantes, hogares desvalidos, donde la concordia doméstica solía ser mediocre o mala (José Ingenieros, 1905, citado en Ciafardo, 1992: 83).

La delincuencia fue ubicada como el desenlace del devenir de la actividad callejera de niños y niñas: los primeros vendiendo diarios, las segundas ejerciendo la prostitución. Para Ingenieros y los principales psiquiatras de la época, la profilaxis de esa delincuencia precozdebía consistir en reformas que combinaran una inteligente pedagogía científica que “modifiquen el ambiente y encaucen las tendencias antisociales debidas en gran parte a la herencia degenerativa” (Ciafardo, 1992: 86).

La degeneración se configuró en una noción médico psiquiátrica que permitió aislar, recorrer y recortar una zona de peligro social y darle al mismo tiempo un status de enfermedad, un status patológico. De esta manera, la función primordial de la psiquiatría como higiene públicay de defensa social fue mostrar, advertir el peligro que se gestaba en el seno familiar pero que se diseminaba poniendo en jaque la reproducción social. La infancia se constituyó en el mapa conceptual que posibilitaba a la psiquiatría amplificar los diagnósticos de las anomalías que daban cuenta de los comportamientos de criminales y enfermos

mentales. En este sentido fue el punto de apoyo de la generalización de la psiquiatría como saber y al mismo tiempo como legitimación de las intervenciones múltiples que propició ejerciendo su poder encauzador. Las prácticas psiquiátricas tomaron como objeto de su intervención el infantilismo; así, se atribuyeron la inspección de las conductas infantiles en tanto que estas constituían la protoforma de las conductas adultas (Foucault, 2006: 282).

Así vemos cómo en este proceso la peligrosidad se convirtió en una noción cada día más polivalente (Castel, 2009). Por un lado, daba cuenta de las situaciones que ponían en peligro a niños y niñas, las actividades callejeras, las conductas de los padres, el ambiente familiar. Por otro, la peligrosidad pasaba a ser una cualidad inmanente del sujeto comprobable a partir de la noción de degeneración.

La codificación de los nuevos peligros habilitó los discursos que proponían la especialización científica de las instituciones ya que la simple enseñanza de los oficios no bastaba para la modificación de los instintos. Asimismo, como aconsejaba el Defensor de Pobres e Incapaces de la provincia de Santa Fe Héctor Solari, en estos espacios tendrían cabida todos los que por su naturaleza degenerativa estuvieran sujetos a la influencia del ambiente familiar pernicioso, “los incorregibles, para los cuales los padres y tutores reclaman diariamente de este ministerio un recurso material disciplinario, que no se puede otorgar porque no se posee, los huérfanos, los callejeros y vagabundos para los cuales la disciplina del hogar o no ha existido o se ha relajado, los delincuentes y hasta los mismos retardados y algunos enfermos de la mente” (Solari, 1911:14).

La invención del menor (Zapiola, 2007, 2010) en peligro moral y material fue el intento de codificación del positivismo médico y pedagógico58a la línea de fuga que sin dudas se escapaba de los dispositivos disciplinares y de las familias que no lograban constituirse en instrumento que alojara a losindóciles. Los niños y niñas callejeros eran el retrato de los desórdenes sociales que ponían en peligro y amenazaban el futuro de la Nación, y al mismo tiempo mostraban la resistencia de este grupo a los intentos de normalización institucional y familiar.

58Sobre los matices del discurso positivista referido a la reforma de menores ver Zapiola (2010: 51-72). Para profundizar en las discusiones de la pedagogía en la necesidad de la reforma de menores ver Zapiola (2006: 65-88.).

III. c. 5. “El niño es el príncipe”. ¿Y los reyes donde están? Agobiados