Chapter 6: Transcriptome analysis of TEF1 overexpressing cells
6.3 Quality assessment of the microarray data set
“Durante mi estadía en Francia en enero pasado, le había prometido a nueve de mis amigos, […]
enviarles, como regalos de Año Nuevo, recuerdos precolombinos de Costa Rica […].
Como podrá usted observarlos no se trata más que de objetos corrientes de los cuales decenas de ejemplares abundan en las tiendas de San José”.
(Chambon, A.: 1958). ¿A cuánto el pedacito de historia?: sobre el comercio de bienes arqueológicos
Es conocido que una de las maneras más atroces y destructivas de contextos ha sido motivada por el comercio ilícito de artefactos arqueológicos. Los negocios que se han dado con este tipo de bienes a nivel mundial, han movido inmensas cantidades de dinero desde el siglo XIX hasta la actualidad. Además, como se indicará en el apartado VI relacionado con la normativa que protege al patrimonio arqueológico, inicialmente lo que importaba en cuanto a la tenencia y pertenencia de los artefactos, era quién los encontraba y si habían disputas era porque los extraían de terrenos ajenos por lo que había que definir a quién le pertenecía, pero era común saquearlos y lucrar con ellos, en su calidad de propiedad privada.
Para estas épocas la información con la que se cuenta es muy reducida. A pesar de esto, es conocido que el comercio de reliquias arqueológicas y en general el trasiego, era bastante organizado. Existían personas que se dedicaban exclusivamente al saqueo de sitios, como se mencionó en el apartado III de la presente investigación y la clientela estaba representada principalmente por extranjeros europeos y norteamericanos.
Por ejemplo, a finales del siglo XIX Carl Hartman dejó constancia de la conducta observada a un diplomático alemán, el cónsul Frierd Lahmann,
“[…] parece el primero en reunir una colección de antigüedades. El me informó que había
obtenido la mayoría de los objetos de los trabajadores empleados en la construcción del ferrocarril, los cuales habían encontrado de vez en cuando viejos cementerios durante el avance de aquel trabajo. También compró a agricultores un gran número de objetos de varias partes del interior, de Nicoya y de la Costa del Pacífico. La colección, que contenía más de 1000 objetos, fue vendida a Bremen por 10 000 marcos y en el año 1879 fue ofrecida por algunos ciudadanos generosos al museo de aquella ciudad” (Hartman, 1991: 72).
Para el año de 1888 el MNCR compró 600 artefactos arqueológicos procedentes de varios lugares de la península de Nicoya a Juan J. Matarrita el oficial que acompañó al naturalista Bransford en su viaje, por la suma de 2000 pesos (Ferraz, 1897-1898). Para el
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siguiente año, la misma institución compró la colección Fomera y Abruzzo con alrededor de 200 objetos de Nicoya y en 1894 volvió a comprar a Velasco cerca de 700 artefactos (Hartman, 1991: 123).
Existían para finales del siglo XIX otras colecciones semejantes, por ejemplo una que Hartman (1901) denomina como muy valiosa, la del comerciante y terrateniente José Ramón Rojas Troyo de Cartago (Peralta y Alfaro, 1893) que si bien, la mayoría de objetos procedía de sus propios terrenos en Agua Caliente y Guayabo, algunas compras las realizó “desde varios
lugares de Cartago y su vecindad, la gente del campo le traía objetos similares, cosas que anteriormente no habían tenido un valor monetario. Cuando estuve en Tucurrique y Santiago me encontré con hombres que habían comenzado a cavar tumbas por falta de un trabajo remunerado, para obtener vasijas de arcilla para vender al Sr. Troyo” (Hartman, 1991: 72).
Como se ha indicado, estas actividades no se limitaban a la depresión tectónica Central (Valle Central), por ejemplo Hartman le compró a Antonio Carrillo en Santa Cruz de Guanacaste, 2 figuras de cobre por 10 pesos, mientras que en el mismo lugar el Padre Velasco tenía a la venta un gran lote con cerca de 200 metates, los cuales al menudeo tenían un precio:
“[…] totalmente desproporcionado en relación con las sumas que se pidieron para las
colecciones enteras. Aun con unos mil pesos no hubiera podido hacer nada. Si se exceptúa los amuletos de piedra, unos 60, la colección resultaba bastante insignificante y su precio estaba rebajado a 5000 pesos. Estaba compuesta por un saco de cinceles de piedra; cerca de 150 vasijas rojizas redondas, pintadas pero bastante toscas, con sencillos ornamentos de animal estilizados; así como un número de silbatos. Entre los amuletos de piedra había un gran número de jade y sumamente bonitos con ornamentos, principalmente figuras humanas estilizadas […]. (Uno de los lotes que le intentó vender el padre Velasco a Hartman procedente de Filadelfia) abarcaba no menos de 3000 amuletos de piedra, principalmente
piedras verdes […] esta colección es única en su género y contiene más del doble de objetos de
jade que cualquier otra colección del mundo” (Ibíd.:103).
Las colecciones eran valoradas según la exclusividad de sus artefactos, explícitamente, para Hartman el valor estaba en los colgantes –principalmente en piedras verdes- y con respecto a la cita anterior, consideraba que el precio era alto ya que la cerámica y piedra no era excepcional “vasijas rojizas redondas, pintadas pero bastante toscas”. Es conocido que el interés de los extranjeros en estos bienes, así como algunos oligarcas nacionales, pudieron incrementar el valor de los artefactos, e inclusive fomentado la especulación en su precio. Aunque no se puede generalizar esta situación, ya que muchos campesinos y
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trabajadores de obras ingenieriles utilizaban el comercio de artefactos arqueológicos como alternativas económicas o fuente de ingresos secundarios en épocas de crisis laboral.
Inclusive existía competencia entre los mismos suplidores de reliquias, los precios variaban de acuerdo con la oferta y necesidades económicas que estuvieran pasando los comerciantes,
“El 10 de mayo hice una visita a Nicoya y compré a José Matarrita “el don Quijote de las guacas”, según el Padre Velasco, unas 80 antigüedades. Lo más valioso fue un par de columnas de piedra, más largas que una vara, con caras esculpidas. Además había un par de ocarinas muy grandes, cuyo sonido limitaba el del chompipe salvaje; unas piedras verdes (una rana) etc.; por lo demás solo pequeñas vasijas rotas y cinceles. Todo, menos las columnas de piedra, cabían en una cajita. Esta era la única colección en esta zona, aparte de la del Padre Velasco, que estaba a la venta y como yo mismo no había tenido mucho éxito, hasta el momento, fue grato adquirir los objetos por un precio tan módico. José Matarrita estaba en apuros económicos. Primero pidió 400 pesos pero luego lo rebajó cuando me vio alistarme para viajar a Puntarenas” (Ibíd.: 107).
El párrafo anterior es de importancia ya que permite al lector contextualizarse en la época, el negocio de la venta de bienes arqueológicos en Guanacaste estaba concentrado en pocas personas, quienes de ser necesario realizaban competencia desleal para ubicar sus colecciones a precios favorables. Los extranjeros aunque con conocimiento científico, no tenían problema en adquirir objetos siempre y cuando estuviesen entre sus posibilidades presupuestarias, ya que su prioridad era el llevárselas a las instituciones que les financiaban las exploraciones “[…] como yo mismo no había tenido mucho éxito, hasta el momento, fue grato
adquirir los objetos por un precio tan módico […]”, (Ibídem) sigue valorándose el objeto como tal, no así la información que se pudiese recabar sobre el mismo y su contexto (aunque Hartman, incluyó información para los contextos que excavó y encontró menos alterados).
Guido von Schroeder en 1895 encargó al huaquero Lorenzo Masís excavar un sitio con el fin de enviar los artefactos al Museo Etnográfico de Viena; así Hartman describió que a su llegada, que Masís había excavado un cementerio muy rico en las faldas del volcán Irazú, denominado Las Guacas junto a 8 peones, por cuenta de Schroeder del cual se extrajo una colección que parte de la cual “se la llevó Schroeder a Europa, el resto está en venta aquí por $5000
pesos centroamericanos” (Hartman, 1991: 107).
Otra forma de negocio con el recurso arqueológico para finales del siglo XIX era el pago para realizar excavaciones en las fincas. Así, el padre Velasco le informó a Hartman que debió pagar 1500 pesos a Carrillo por el derecho a excavar, aunque no siempre se acataron las disposiciones de los dueños de las propiedades, por ejemplo “Antonio, quien tiene mucho
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interés en ganar algo, me ofreció ahora que podría excavar “escondido”, como lo habían hecho Steinforth y Harrison-Hudson, pero esto no me pareció apropiado” (Hartman, 1991: 103-104).
No todos los negocios se dieron dentro de Costa Rica o se concretaron en dicho país. Por ejemplo, para finales de la década de 1920 se dieron subastas de “arte precolombino” en Francia. Es muy probable que estas fueran comunes, pero lamentablemente no se cuenta con información para otros países.
Se cuenta con información de comercio arqueológico en el Hotel Druot en París; resultan de especial interés 4 eventos en donde se vendió objetos de Costa Rica. El primero del 7 y 8 de abril de 1927 cuando se subastó cerámica, esculturas y joyas de Perú, América Central y Brasil; la segunda se llevó a cabo 2 meses después, los días 30 de junio y 1 de julio, con bienes de Perú, Venezuela, Colombia, México, Nicaragua y Costa Rica, así como África y Oceanía.
La tercera del 17 al 21 de diciembre del mismo año con materiales de México, Colombia, Venezuela, Perú y Costa Rica; finalmente, se tiene documentación del 24 al 26 de febrero de 1929 con artefactos procedentes de México, Perú, Chile, Costa Rica, África, Oceanía y Alaska. Los de Perú y Costa Rica estuvieron presentes en todas las subastas mencionadas (S. A., 1927 a., b. y c.; 1929).
En el hotel Druot también se presentaban exposiciones de particulares y exhibiciones en general. Algunos ejemplos de la procedencia de los artefactos vendidos en las subastas señaladas, eran de Perú (como país en general) y en otras ocasiones se especificó que venían de Nazca, “País de los Chimus”, “País de los Chincas”, “País de los Incas”, “País de los Quichúas” (Perú y Bolivia). De Bolivia también se atribuían al “País de los Collas”. De Venezuela y Brasil: artefactos eran del Alto Orinoco; por su parte, también hubo pocos oriundos de una Guyana. Se mencionan varios de Colombia, sin especificar el lugar o “cultura” de procedencia. De México se vendió varios ejemplares tanto sin especificar, como originarios del sector Meridional, Nahuas (Yucatán); mientras que de América Central solamente se especifica Palenque (muchos de los que aparecen bajo el término general son costarricenses). (S. A. 1927 a., b. y c.; 1929).
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Figura N° 25 Portadas de los catálogos de subastas de bienes arqueológicos.
Fuente: Catálogos (Sin autor 1927 a., b. y c.; 1929).
Los artefactos que explícitamente aparecían como traídos de Costa Rica son numerosos (comparable únicamente -en suma- con los de Perú), se mencionan procedencias
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como “País de los indios Votos”, “País de los indios Guatusos”, “País de los Güetares” (llanuras del Caribe y Norte; Norte e Intermontano Central respectivamente), Bahía de Nicoya y Alajuela; también se mencionan otros excavados supuestamente en países diferentes a los de su procedencia (por ejemplo cerámica mesoamericana en Guatemala y oro de Costa Rica, este último pareciera ser más bien oro procedente del Pacífico Sur).
Figura N° 26 Ejemplo de artefactos costarricenses subastados en Francia y su respectivo precio29.
Fuente: Catálogos (Sin autor 1927 a., b. y c.; 1929).
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Probablemente dado es francos.
Arriba 19 000, abajo de izquierda a derecha: 1200, 1250 y 2200
No se anotó su precio Arriba 12200, abajo 9200
De arriba e izquierda a derecha: 3250, 5500, 9000, 5700 y 12050
Arriba e izquierda a derecha: 700, 2350, 8000 y 5200
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Es interesante y a la vez alarmante de indicar que la última noticia relacionada con comercio de bienes arqueológicos costarricenses en el Hotel Drouot en París data de 1983; así el 16 de mayo se anunció en la prensa escrita que el 27 del mismo mes, se subastaría una colección privada y que estaba autentificada. Junto a los nacionales, estaban otros saqueados de México, Perú, Guatemala, Venezuela y Ecuador, así como África y Oceanía. Sus precios oscilaban entre los $ 120 y más de $10 000 (S. A., 1983: 8B).