6.3 Learning Concepts Embeddings
6.3.2 Quantum Entropy Minimization
La globalización se caracteriza por la excesiva concentración de los medios de producción y comercialización, así como de los medios financieros y de servicios en el plano mundial y nacional, en un contexto de apertura indiscriminada de los mercados. La mundialización económica promueve la integración y al mismo tiempo la exclusión, cercena la soberanía nacional y aumenta la autonomía del mercado.
El proceso se impone al mundo no solo a través de la internacionalización de la economía, sino también de la cultura y del consumo entre otros aspectos, cuya finalidad es la homogeneización de la sociedad y del territorio, pero a costa de una gran cantidad de fracturas, por lo que se considera que este modelo va acompañado de otro, denominado fragmentación (Uribe Ortega, 1998).
Este esquema global además de cambiar el tejido económico y social y el medio ambiente de las grandes áreas urbanas también les reforma su estructura espacial. Los resultados son diferentes de un país a otro y de una ciudad a otra; los vínculos son contingentes y dependen en grado significativo de la amplitud y la estructura de la intervención del Estado del bienestar, la distribución de la renta, la política de planeamiento y la forma de regulación social (Sachs-Jeante, 1994:7). Consecuentemente, su marca queda registrada desde el punto de vista territorial en las ciudades, al acentuar sus disparidades internas, ya que algunos sectores se ven favorecidos por ese proceso de internacionalización de la economía, mientras que otros, la mayoría, quedan marginalizados con su respectiva repercusión social dado que las urbes, en especial las de gran tamaño, se presentan como un espacio diferenciado donde se ponen en manifiesto las desigualdades que afectan a los grupos sociales que la habitan. Así, el desarrollo y el subdesarrollo se dan al mismo tiempo y se plasman en el territorio urbano al conformar espacios oscuros y brillantes (Santos, 2000).
Por tanto, predominan las ciudades fragmentadas o duales, caracterizadas por fenómenos de exclusión social, segregación espacial y creciente violencia urbana. La forma que han adoptado el crecimiento económico y el cambio social tiene mucho que ver con el surgimiento de nuevos problemas en las ciudades (Sachs-Jeante, 1994:2). La supuesta modernización es la fuerza motriz que anima la vida de relaciones de países y lugares, merced a la incorporación diferencial y selectiva, por parte de cada territorio, de los datos centrales de cada período histórico. Así, a cada totalidad le corresponde una
modernidad respectiva, provista de nuevos significados, contenidos, jerarquías y valores. De este modo, la modernización no es lineal ni unívoca. Una etapa no sucede mecánicamente a la otra, ni una es el producto inequívoco de la anterior. No existen situaciones geográficas que puedan ser explicadas únicamente a través de una referencia a su pasado. En efecto, la naturaleza central del problema no reside en áreas modernizadas diferencialmente, sino, por el contrario, en la coexistencia espacio- temporal de diversas modernidades, esto es, diversas formas de modernización, articuladas entre sí por y en el proceso de totalización. Cada modernidad es una totalidad concreta, una forma de ser del mundo, con sus posibilidades y sus limitaciones, que se objetiva, se funcionaliza y se plasma en uno o más puntos del espacio. El proceso de modernización, comandado a cada momento de la historia y en cada lugar de las clases dominantes -capitales hegemónicos, el propio Estado-, lejos de suprimir las desigualdades preexistentes, las exacerba, engendrando, durante el devenir espacio-temporal de los fenómenos sociales, nuevos mecanismos de diferenciación y fragmentación de la sociedad y el territorio, merced a la funcionalización de nuevas y modernas camadas de sistemas, objetos, acciones y normas. En este contexto, la calidad de vida es tributaria de ese proceso de modernización, pues deviene en tanto medio y resultado de las nuevas racionalidades y usos del territorio (Gómez Lende, 2005:243). Sin embargo, la fragmentación urbana no ha dejado de provocar desacuerdos, tanto en la definición y limites del término, de sus métodos y técnicas de medición, etc. González Arellano y Villeneuve (2007: 150) citando a Navez-Bouchanine (2002) la entienden como el proceso de segregación residencial, especialización funcional, rupturas en la continuidad del espacio físico y fragmentación política. Esta propiedad repercute en la configuración urbana, y en particular en las de América Latina de acuerdo a las modalidades que adquiere el impacto del capitalismo internacional en las diferentes culturas de los países dependientes de la región.
En el caso particular de las ciudades latinoamericanas, una serie de trabajos enmarcados en la ecología urbana refieren de un aumento en la segregación residencial, el incremento y diversificación de desigualdades socioespaciales, a la vez que otros han desarrollado la hipótesis de una fragmentación urbana. Estos últimos hacen hincapié en la ruptura espacial de la forma tradicional de la ciudad. La proliferación de fraccionamientos residenciales privados, una hiperespecialización de las actividades
económicas son los principales factores que estos trabajos utilizan para apoyar sus argumentos.
En el nuevo mileno, Janoschka (2002) y Alvarado Rosas et al (2007) mencionan que existe gran fragmentación de los usos del suelo como nuevas formas de expresión espacial de las ciudades de América Latina a finales del siglo XX y principios del XXI. De acuerdo a este marco es común que el suelo público se vea cada vez más afectado por el fenómeno de la privatización, trascendiendo varios espacios de la economía de las ciudades, como las áreas donde se han promovido las inversiones inmobiliarias, enfocadas a los fraccionamientos cerrados de alto nivel que prácticamente constituyen pequeñas ciudades dentro de otra gran ciudad. A la vez crecen los espacios de pobreza, zonas marginadas destinadas para la población de bajos ingresos que se encuentran aislados por grupos de población de mayor nivel socioeconómico.
Con el objetivo de poseer mayor comprensión de los procesos por los que atraviesa la sociedad moderna el concepto de pobreza puede ser reemplazado por otros enfoques más complejos y abarcativos como los de exclusión y vulnerabilidad. El primero posee asimismo significados diferentes; incluso algunos autores usan el término desafiliación, que remite a la perdida del trabajo; la exclusión, si bien se vincula al no trabajo, también posee un significado más amplio, en términos de “estar fuera de” servicios como salud y educación, equipamientos, etc. (Clichevsky, 2002:11). De esta manera, la ciudad se mueve entre la inclusión de algunos y la exclusión de la mayoría, normalmente medida por el mercado y, por ende, por las condiciones económicas de cada sector social. El término vulnerabilidad35 es más amplio aun que el concepto de exclusión porque contiene mayor cantidad de inseguridades, aunque se solapa en parte con éste. La vulnerabilidad es la propensión a sufrir daño ante la presencia de determinada fuerza o energía potencialmente destructiva; es la incapacidad para absorber mediante el autoajuste, los efectos de determinado cambio a su ambiente, o sea su inflexibilidad o incapacidad para adaptarse a ese cambio. Es un concepto multidimensional, en general asociado a un adjetivo (se es vulnerable a) y que incluye exposición, sensibilidad y resiliencia (capacidad para resistir o recuperarse); se lo utiliza tanto en las ciencias
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Como explicita Clichevsky (2002: 12) sobre el concepto de vulnerabilidad hay una amplia gama de perspectivas conceptuales y aplicaciones; la diversidad y amplitud de situaciones que pueden definirse como vulnerables son casi infinitas, dependiendo del tipo de definición que se utilice y las políticas publicas que se estimen convenientes para cada situación.
sociales -vulnerabilidad a caer bajo la línea de pobreza, por ejemplo- como en los estudios ambientales -vulnerabilidad a las inundaciones, por ejemplo- (Clichevsky, 2002:12).
La representación territorial de este proceso se vincula a otro término asociado a la fragmentación pero anterior en su concepción: la segregación social urbana que tiene sus raíces en los años veinte, de la mano de los sociólogos de la escuela de ecología urbana de la Universidad de Chicago, que le asignan un tratamiento científico y académico desde un punto de vista mayoritariamente étnico o racial. No obstante su antigüedad, y como otras tantas nociones sociales, se caracteriza por sus abundantes definiciones por ser analizada por distintas disciplinas. En la actualidad, la aceptación de un marco de segregación social urbana como definitorio de la estructura urbana de las ciudades actuales no significa, forzosamente, la existencia de separaciones radicales, siendo práctica habitual entre los investigadores la búsqueda de grados de segregación y, también, de mezcla social. En cualquier caso parece que son las clases de menor ingreso y aún más, las de ingresos superiores las que empíricamente responden a patrones extremos de segregación espacial (Vilasagra Ibarz, 1995: 818).
Los procesos de producción y apropiación del espacio dan lugar a la exclusión y a la segregación de aquellos que no pueden participar formalmente en el mercado inmobiliario y a la localización de los pobres en las áreas más inadecuadas respecto de las condiciones de habitabilidad haciéndolos vulnerables desde el punto de vista social y ambiental.
Entonces, dejado al casi exclusivo juego del mercado, el espacio vivido consagra desigualdades e injusticias y termina por ser, en su mayor parte, un espacio sin ciudadanos (Santos, 1987: 43). La exclusión urbana significa que se ha producido un cambio entre el modelo de desigualdad dentro de una entidad social cohesiva hacia un modelo de fragmentación, aislamiento, focos de pobreza y alteridad radical. Si no se hace nada para detener este paso de la integración a la segregación, las ciudades se dividirán en sectores separados: por un lado, las áreas sobreprotegidas y, por el otro, las zonas marginalizadas (Sachs-Jeantet, 1994:7). La diferenciación espacial ha existido siempre, sin embargo, en la actualidad se observa con mayor nitidez y amplitud en los espacios de ciudades en desarrollo. Particularmente se distingue mayor distinción entre los que tienen mucho y los que no tienen; es decir, se exhibe un espacio más fragmentado y segregado (Alvarado Rosas, 2006).
Así, los grupos de mayores ingresos suplen sus necesidades de infraestructura y servicios produciendo un espacio de alto confort, seguridad y calidad paisajística que redunda, muchas veces, en una privatización de la ciudad. En contraparte, los de menores ingresos resuelven sus problemas habitacionales mediante estrategias que abarcan la ocupación ilegal, autoconstrucción de viviendas y la dotación de infraestructuras, muchas veces a través de conexiones clandestinas. El resultado es la construcción de un espacio fragmentado que pone de manifiesto las desigualdades en los recursos disponibles como si fueran distintas ciudades dentro de una misma ciudad (Marenco et al, 2000: 129).