Chapter 2 Development of reflective practice 2.1 Introduction
2.4. Critical views of reflective practice
2.4.2 Reflective practice: Various frameworks
Es de suponer que el matrimonio, o la unión libre, es la culminación de un proceso de mutuo reconocimiento, en el que cada uno acepta al otro tal como es. Desafortunadamente para algunos, el amor es ciego en esa primera fase de la relación: él siente que ella es la ilusión de su vida, la reina de su corazón, la linda hechicera. Igualmente, ella cree que no existe otro mejor que su príncipe, no ve sus defectos, y le cree y perdona todas sus mentiras. Al abrir los ojos a la realidad, afrontar la obligación del compromiso, la crianza de los hijos y el verse diariamente, la linda hechicera pasa a ser una maldita bruja, y el príncipe se convierte en el ogro de las pesadillas.
Aquellos que se casaron por huir de la casa, conveniencias sociales o intereses económicos, más que por un amor real, ahora se exigen y se ponen condiciones, tomando la relación como una obligación y no como un libre compartir mutuo. Los gritos, las ofensas y las recriminaciones reemplazan ahora las palabras melosas que se decían cuando novios, saliendo a relucir frases como: Eres un estorbo, No sé por qué me casé con usted, Espero más de ti, Para continuar juntos debes cambiar tú, Si me quieres, deja tu familia, ¡No me pongas condiciones!, Pensamos muy diferente, Es tu obligación, Bien decía mi mamá que usted era un borracho, y que no me casara, Cámbiame esa película por una de vaqueros. Y si agregamos licor y unas cuantas aventuras extraconyugales del hombre o la mujer, el hogar se puede convertir muy pronto en un verdadero infierno. Puesto que quien se emborracha usualmente gasta en licor casi todo el dinero de su paga, entonces escasea para cubrir las necesidades básicas de la casa, como el pago del arriendo, la alimentación y el estudio de los hijos.
En ocasiones, cuando el hombre llega ebrio a la casa, tarde en la noche o temprano en la madrugada, ofende y hasta agrede físicamente a la esposa o sus hijos, la mayoría de las veces por cosas sin razón o sin sentido, ya sea porque ella estaba dormida, porque la comida estaba fría o muy caliente, porque le pidieron dinero, porque lo miraron feo, etc. Es corriente también la escena en la que los hijos ven a su madre llorar y recibir golpes, mientras ésta le endilga la culpa de todo a otra mujer que, supuestamente, ahora tiene su marido. Los niños miran el triste espectáculo sin poder hacer nada, mientras por sus mentes pasan deseos de llegar a ser grandes para irse de la casa o defender a su mamá. A veces la mujer no aguanta la presión y se va de arrimada para otro sitio con los niños, usualmente para la casa de sus padres.
Vivir en comunidad no es fácil. Si muchas veces no nos entendemos ni nosotros mismos,
y cambiamos de parecer de la noche a la mañana, ¿cómo esperar que los demás nos entiendan? Evidentemente se requiere comprensión, paciencia y tolerancia de parte y parte, para que haya un poco de armonía en el hogar. Hay que procurar aceptar que cada uno es
cada uno, un ser único con anhelos de libertad y de felicidad, un ser con sus propios pensamientos, ideales, sentimientos y modo de actuar. Cada uno con un diferente nivel de evolución espiritual, intelectual y cultural. Ninguno es igual al otro. Para tratar de entender por qué el otro actúa de esa manera, intercambia mentalmente de papel con tu pareja o con el hijo que no te entiendes; imagina que tú eres él o ella y vive por un momento diferentes situaciones de su vida. Tu esposa, por ejemplo, se puede estar sintiendo como un ave enjaulada, sin libertad. Si en todo momento le humillas y le hieres sus sentimientos, no se le puede pedir que ame o sonría. Casi siempre terminamos odiando a quien nos causa temor o nos atormenta.
Tampoco se puede lograr la armonía cuando en cada pequeño disgusto se sacan a relucir los hechos del pasado. Además, si piensas que consiguiendo una amiga o un amigo con quien compartir ratos vas a lograr lo que no has podido en el matrimonio, te equivocas, pues lo único que obtendrás será hacer más grande el problema, pues ahora deberás manejar también sentimientos de culpa. La otra o el otro pareciera ser ideal porque se entrega sin exigencias ni condiciones, pero tal ilusión se desvanecerá o cambiará cuando se formalice de alguna manera la relación, y esa persona piense que ya tiene seguro lo que buscaba.
Si las cosas van de mal en peor, y consideran que el amor ya se acabó, procuren darse el
uno al otro unas vacaciones antes de optar por la separación definitiva. Traten de dialogar y separarse temporalmente, de manera que, libres ya de las tensiones diarias, analicen realmente sus sentimientos. Si continuar juntos es un riesgo para todos, porque la
situación hace germinar odio en sus corazones, o se han perdido el respeto hasta el punto de atentar contra sus vidas, lo mejor es, entonces, separarse. En este caso, es
común el temor a la soledad y al tener que iniciar otra relación de pareja, pero ello se supera con el tiempo.
Imaginen que ustedes dos son una pareja escalando una montaña, y que van amarrados de una soga, la cual se usa para ayudar a subir al que está en un nivel más bajo, y para sostenerse mutuamente en caso de que alguno resbale. Mientras el uno pueda ayudar al otro sin que su propia vida peligre, deberán permanecer unidos. Sin embargo, cuando uno de los escaladores ha decidido no continuar, y tira de la soga para hacer caer también al abismo a su compañero, éste podrá cortarla y separarse definitivamente de quien le quiere hacer daño. Si tienen hijos, traten de entender que estos no son propiedad exclusiva de ninguno de ustedes, pues ellos tienen el derecho de tener sus propios sentimientos por quienes el destino puso como padres biológicos.
Suicidarse sólo posterga el problema para otra existencia, y abandonar el hogar hace sufrir mucho más a los hijos, esos seres traídos al mundo sin su consentimiento, y que, por ende, nada o poco tienen la culpa de lo que está sucediendo.