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CHAPTER 4 SHARED MENTAL MODEL AND VISUALIZATION

4.5 A Systematic Reviews of Shared Visualization

4.5.2 Research Design

Según Maalouf (1999), la identidad no se limita a los registros oficiales, mucho menos está directamente relacionada a espacios territoriales físicos25, es en cambio un proceso

social que se define y redefine en la interacción, y donde los grupos sociales se hacen de nuevos itinerarios culturales que constituyen las personalidades de cada persona.

25 En este caso se hace referencia a territorio como espacio que posee límites oficiales. Por eso se sostiene que las identidades no están vinculadas directamente al territorio, en cuanto espacio físico, más bien en cuanto espacio simbólico de relaciones e interacciones constantes.

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La identidad no está hecha de compartimentos, no se divide en mitades, ni en tercios o en zonas estancas. Y no es que tenga varias identidades: tengo solamente una, producto de todos los elementos que la han configurado mediante una «dosificación» singular que nunca es la misma en dos personas. (Maalouf, 1999, p. 5).

Entonces, las personas poseen una sola identidad y es suma de las experiencias, por lo tanto, ya que las experiencias que la conforman seguirán aconteciendo en la vida diaria, la identidad nunca se definirá definitivamente, sino se configurará y reconfigurará en el tiempo y el espacio. Esto hace de los seres humanos seres complejos únicos e irremplazables.

Un niño, por ejemplo, desde la infancia, va adquiriendo itinerarios que serán parte de su identidad, y sus padres son los primeros que modelarán esta misma, pues serán ellos quienes le heredarán la lengua materna, creencias, rituales, actitudes, temores, prejuicios, aspiraciones, sentidos de pertenencia y no pertenencia; posteriormente, la escuela, la calle, y a través de otros nuevos procesos sociales, también le permitirán continuar delineando su identidad. Serán en estos nuevos espacios de socialización (la escuela, el barrio, etc) donde tendrá lugar la interacción e intercambio de experiencias con otros niños lo cual resulta trascendental en las nuevas actitudes y convicciones que asuma el sujeto en su desarrollo, las cuales pueden dañarlo y/o fortalecerlo como se señala en la siguiente cita.

Y enseguida también, en casa, en el colegio o en la calle de al lado, se producen las primeras heridas en el amor propio. Los demás le hacen sentir, con sus palabras o sus miradas, que es pobre, o cojo, o bajo, o “patilargo”, o moreno de tez, o demasiado rubio, o circunciso o no circunciso, o huérfano; son las innumerables diferencias, mínimas o mayores, que tratan los contornos de cada personalidad, que forjan los comportamientos, las opiniones, los temores y las ambiciones, que a menudo resultan eminentemente edificantes pero que a veces producen heridas que no se curan nunca. (Maalouf, 1999, p. 16)

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3.3.2.1. El ocultamiento y flote de la identidad

Las situaciones discriminatorias hacen que la gente asuma actitudes violentas para defenderse, por eso muchas personas optan por disimular y ocultarse quedando así su identidad sumida en el fondo de su ser, escondida por mucho tiempo, esperando en algún momento salir a flote, sin embargo, «(…) [la identidad] asumida u oculta, proclamada con discreción o con estrépito, es con ella con la que se identifican [las personas] (…) y basta con tocar una sola de esas pertenencias [referentes culturales] para que vibre la persona entera» (Maalouf, 1999, pp. 16-17). Al respecto la siguiente cita es un ejemplo de una situación en la cual sale a flote la identidad de un niño durante su participación en la grabación de un programa radial en su escuela, que animado por su profesor a leer un guion redactado previamente intenta participar desde los parámetros propuesto por este, sin embargo sucede lo siguiente:

(…) el profesor preparaba el guion [radiofónico], claro con las ideas de los niños, [luego] los ha hecho participar a todos, pero resulta que uno de los niños estaba con el papel (guion radiofónico escrito) intentando leer correctamente] pero la impotencia de este por su falta de habilidad en la lectura y encima en quechua…ese momento fue muy frustrante para el niño, [entonces] lo que hizo [este niño] en ese momento fue botar el papel y empezar a hilar ideas desde su concepción y desde su conocimiento, en consecuencia ahí cambia el sentido, cambia la expresión, incluso [empieza] a imaginar [libremente]. (Molina, 2013) 26

La actitud asumida por el niño, mencionado en la cita anterior, demuestra que el reconocimiento de la identidad personal y cultural propia conlleva un acto de valor y liberación que se refleja a través de la alegría de decir su palabra con voz propia, en este caso a través de la radio, la complejidad que caracteriza el contexto en el cual construye constantemente dicha identidad.

26 Esta cita fue extraída de un taller sobre producción radiofónica realizada por el proyecto Radio con

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Entonces es importante añadir a la propuesta de Maalouf (1999) que además de las actitudes violentas, las personas también optan por la alegría como vehículo para mostrar y defender lo que los hace seres irremplazables en este mundo, es decir, su identidad.

3.3.2.2. La identidad en los procesos de migración

Antes de ser inmigrante, se es emigrante, antes de llegar a un país se ha tenido que abandonar otro, y los sentimientos de una persona hacia la tierra que abandona no son nunca simples. Si se va es porque hay cosas que rechaza: la represión, la inseguridad, la pobreza, la falta de horizontes. (Maalouf, 1999, p. 24)

De acuerdo a la cita anterior, podemos decir que las personas o grupos que migran viven internamente experiencias de conflictos de identidad, pues al movilizarse llevan con ellos su identidad; y, en el nuevo espacio donde se ubicarán, también encuentran nuevas formas de vida, dinámicas sociales diferentes con las cuales convivirán o a las cuales se enfrentarán.

Sobre el proceso de migración, sostiene Maalouf (1999), han existido especialmente dos posturas o modos extremos de comprenderlos: por un lado se entiende el país de acogida como una página en blanco, en la cual el sujeto escribe una historia nueva, donde el pasado queda relegado, o puede suceder también que el migrante asuma una posición hermética y decida seguir practicando sus costumbres y modos de vida anteriores sin cambiar, o dejarse cambiar por el nuevo contexto que habita. Mientras que la segunda concepción es cuando la persona que migra hacia un lugar que es nuevo para él considera el espacio de acogida como poseedora de una historia con valores,

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leyes, creencias y características culturales que ya están definidas por siempre y a las cuales cada poblador nuevo debe ajustarse, acomodarse.

Ambas posturas están desvinculadas de la realidad y pueden resultar nocivas en estas situaciones (Maalouf, 1999). En consecuencia se plantea la siguiente interrogante ¿qué identidad se debe asumir, la de la tierra de donde se viene o de la tierra que lo acoge ahora?

Sucede, en muchos casos, que el sujeto o grupo migrante prefiere acomodarse al nuevo contexto y comenzar de nuevo, ocultando su identidad anterior, por eso decide «no pregonar su diferencia, sino pasar inadvertido» (Maalouf, 1999, p. 24). Esta opción de rechazo a identificarse y mostrarse puede generar sentimientos de tristeza o cólera por ceder ante las exigencias que conlleva asentarse en un espacio nuevo con temor de ser rechazados. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos que pueden demandar la actitud de encubrimiento, muchas veces no se logra pasar desapercibido y ser reconocidos como diferentes.

El sueño secreto de la mayoría de los migrantes es imitar a sus anfitriones, cosa que algunos consiguen. Pero la mayoría no. Al no tener el acento correcto, ni el tono adecuado en la piel, ni el nombre y apellido ni los papeles que necesitarían, su estratagema queda pronto al descubierto. (Maalouf, 1999, p. 25)

Por eso, se sostiene que el nuevo espacio de acogida es entendido, sobre todo, como un contexto dinámico en el cual siempre se está escribiendo una historia sin fin, donde las identidades se reelaboran constante y naturalmente. Entonces, desde este punto de vista, el sujeto que ha migrado considera el nuevo contexto como parte de él y participará activamente con sus opiniones, asimismo, solicitará también respeto y reconocimiento a

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sus referentes culturales de origen; para ello se debe promover que las personas acepten su diversidad y comprendan desde ahí su identidad, como el resultado de sus experiencias, ya que asumir una identidad como única y superior de las otras es convertirla en instrumento de exclusión.

(…) es necesario que puedan asumir, sin demasiados desgarros, esa doble pertenencia, que puedan mantener su apego a su cultura de origen, no sentirse obligados a disimularla como si fuera una enfermedad vergonzante, y abrirse en paralelo a la cultura del país de acogida. (Maalouf, 1999, p. 94)

Entonces, la identidad de un sujeto convive con otras, adquiriendo nuevos sentidos y formas, oportunidad que hace que se vuelva a reconocer como sujeto con características propias y capaz de convivir con otros sujetos de su entorno a través del diálogo, propiciando un proceso de interculturalidad.