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2.5 Development of the Research Questions

Chapter 3: Methods and Procedures 3.1 Introduction

3.2 Research Paradigm

LA VISIÓN POSITIVA DEL BIENESTAR

El concepto de bienestar psicológico (BP) constituye una aproximación positiva al estudio del bienestar en comparación con las orientaciones negativas que lo ven como ausencia de angustia emocional (ansiedad o síntomas depresivos) o de enfermedad mental. Podríamos concebir el bienestar psicológico como el equivalente positivo de “salud mental”, pero en este caso la “sanidad” de la mente no se concebiría como la au- sencia de “afecciones” psicológicas, sino como la presencia de un estado de realización, bienestar subjetivo, crecimiento y plenitud.

El constructo de BP se originó al combinar diversas teorías psicoló- gicas, como las de Rogers, Allport, Erikson, Birren, Jahoda, Jung y Maslow, para convertirse en un concepto multifactorial de seis dimensiones: autoaceptación, propósito en la vida, dominio ambiental, crecimiento personal, autonomía y relaciones positivas (que desarrollaremos un poco más adelante). Su origen filosófico se encuentra en la idea de eudemonia —plenitud del ser—, la cual considera que el objetivo final en la vida es desarrollar el potencial propio y la autorrealización (Ryff, 1989; Ryff & Singer, 2008). El concepto de eudemonia, que literalmente significa “espíritu bueno”, se remonta a la era helénica —con Aristóteles como uno de sus principales proponentes—, pero también a seguidores de las escuelas estoicas (que enfatizaban el valor de las virtudes) y epicúreas (que se enfocaban en el placer que proporciona la vida sencilla). Se ha considerado que el eudemonismo abarca al hedonismo, la doctrina estoi-

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ca y al utilitarismo, así como a otras filosofías y prácticas que basan sus normas morales en la realización plena de la felicidad, la cual, en este caso, se entiende como estado de plenitud y armonía del alma, lo que hace a la eudemonia diferente del placer (Tiberius & Mason, 2009). Dado que el eudemonismo trata acerca de todos estos aspectos e inclu- ye la práctica de virtudes, podría considerarse como un concepto de base que influyó en el origen de las principales áreas de estudio e intervención en psicología positiva, incluyendo el bienestar psicológico, el bienestar subjetivo y las virtudes y fortalezas psicológicas.

Según Ryff (1995), la evaluación del bienestar psicológico propio varía de acuerdo con la etapa de la vida; también difiere en función del género y es sensible a diferencias culturales. Las variaciones debidas a la edad dependen de los eventos y las tareas del desarrollo conforme pasa la vida; las variaciones también son influidas por la naturaleza de los eventos, de qué tan típico es un evento en el grupo de referencia del individuo (es decir, si le sucede a muchos o a pocos de sus semejantes y conocidos) y si es algo esperado o inusual en su afectación a otra persona. Cuando hablamos de eventos nos referimos a cosas que les ocurren a las personas que pueden ser juzgadas y/o experi- mentadas como buenas, malas, intensas o insignificantes.

Hay muchos procesos psicológicos que ocurren cuando el individuo evalúa sus ex- periencias psicológicas: comparaciones sociales, la evaluación de personas importantes para él o ella, las atribuciones al porqué de los eventos y la centralidad psicológica o importancia atribuida al evento. De hecho, estos procesos son capaces de modificar la sensación de bienestar, por lo que los revisaremos con cierto detenimiento más adelante en el capítulo. Lo que es importante recalcar aquí es que todo esto hace, entonces, que la sensación y la evaluación del bienestar psicológico sean experimentadas de maneras diferentes por los individuos.

A continuación vamos a desarrollar, de modo breve, las dimensiones del bienestar psicológico tal y como las propone Ryff. Al igual que lo hice para las virtudes y las for- talezas psicológicas, trataré de “acercar” lo que más que pueda esas dimensiones a la prácticas de acciones sustentables. Adelanto que hay muy poca información (y menos investigación) sobre la relación entre estos dos aspectos. Eso, lejos de desanimarnos, lo tomaremos como oportunidad para el desarrollo de investigación, a la cual están atentamente invitados todos las lectoras y lectores que se dedican a esa tarea.

AUTOACEPTACIÓN

La autoaceptación implica quererse tal y como uno es a pesar de las deficiencias y de- bilidades que forman parte de nuestro ser. Uno se puede aceptar también disfrutando las condiciones en las que vive sin que lo anterior implique conformismo o inmovilidad. Los individuos indican su autoaceptación al evaluarse positivamente como personas y evaluar también positivamente su pasado (Ryff & Keyes, 1995).

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La autoaceptación se correlaciona negativamente con el perfeccionismo y también con la depresión, lo que indica que las personas que se aceptan plenamente tienen una actitud más relajada ante la vida en términos de lo que esperan de sí mismas y de otros, y también muestran estados anímicos positivos (Flett, Besser, Davis & Hweitt, 2003).

Una posible liga entre la autoaceptación y la sustentabilidad estaría dada por el he- cho de que las personas que se aceptan y están satisfechas con una vida de simplicidad voluntaria (no poseer bienes materiales en exceso) no sólo manifestarían bienestar psicológico, sino también una proclividad al cuidado del ambiente. No obstante, a pesar de lo lógica que puede parecer esta presunción, es necesario probar que las personas con autoaceptación se orientan a estilos de vida sustentables.

PROPÓSITO EN LA VIDA

El propósito en la vida tiene que ver con la necesidad que tienen las personas de re- lacionar sus actividades actuales con los estados positivos o los objetivos que se han trazado para el futuro (Baumeister, 1991). Las personas con este indicador de bienestar conciben que su existencia tiene objetivos y significado (Ryff & Keyes, 1995). De hecho, el propósito en la vida se ha relacionado con el concepto de “significado”, y muchos autores emplean ambos constructos de manera intercambiable (Pisca & Feldman, 2009); sin embargo, el propósito en la vida tiene que ver más con intención, objetivos o función, mientras que el significado se refiere a la coherencia que se busca en la propia vida (Yalom, 1980).

Al igual que el constructo de autoaceptación, el propósito en la vida se relaciona negativamente con estados como ansiedad e ideación suicida, así como con el abuso de sustancias, y se relaciona positivamente con la felicidad, la autoestima, la resiliencia y la esperanza (Pisca & Feldman, 2009). Se reconoce muy poca investigación empírica en el campo de la relación entre el propósito en la vida y estados de bienestar, y no he detectado un solo estudio que reporte asociaciones entre esta dimensión y la conducta sustentable. Se me ocurre pensar que las personas podrían establecer el cuidado de su entorno como parte de su propósito en la vida (y, por lo tanto, como su autodetermi- nación), ya que mediante ese cuidado es posible obtener significado, metas de impor- tancia, coherencia y trascendencia; todos esos aspectos parecen tener que ver con el propósito en la vida.

DOMINIO AMBIENTAL

El dominio ambiental se define como la capacidad para manejar de manera efectiva nuestra propia vida y el ambiente que nos rodea (Ryff & Keyes, 1995). Al contestar el ins- trumento de medición de Ryff (1989), quienes puntúan alto en la dimensión de dominio

ambiental tienden a poseer un sentido de dominio y competencia en el manejo de su entorno, controlan un complejo arreglo de actividades externas, son efectivos en el uso de las oportunidades del ambiente y son capaces de elegir o crear contextos adecuados a sus necesidades personales y valores. El dominio ambiental es importante en todo el curso del desarrollo psicológico, especialmente en la vejez, donde esta dimensión fun- ciona como un importante mediador del funcionamiento físico y psicológico, así como en la adaptación a cambios significativos en la vida (Windle & Woods, 2004).

El dominio ambiental es un arma de dos filos. Es claro que una persona que busca experimentar bienestar necesita controlar las vicisitudes de su entorno, es decir, anti- cipar y dominar las contingencias de su entorno; de otra manera, sería difícil autorrea- lizarse, sentir autoeficacia (y autoestima), y podría, incluso, en casos extremos, caer en estados de desesperanza aprendida. El dominio del ambiente otorga seguridad, es- tabilidad y posibilidades de crecimiento a la persona, pero el ejercicio excesivo de ese dominio puede transformarse en depredación ambiental. Esto significa que el dominio ambiental debería ejercerse de manera responsable y haciendo compatibles los objeti- vos de ese crecimiento con las necesidades de otras personas y con la conservación del entorno natural. Una manera de lograr que el dominio ambiental se manifieste en con- ductas sustentables es mediante la competencia proambiental, de la que ya hablamos en el capítulo 4. Por medio de esta competencia, los recursos del dominio ambiental se encauzan a la conservación de los entornos sociales y físicos (Fraijo et al., 2010).

CRECIMIENTO PERSONAL

De acuerdo con Ryff (1989), el crecimiento personal implica la conciencia de que uno está cambiando y desarrollándose como persona a lo largo del ciclo vital. Se ha propues- to que el invertir recursos atencionales a retos de magnitud creciente (no muy fáciles o muy difíciles) contribuye tanto a disfrutar del momento como a producir oportuni- dades de crecimiento personal; éste sería un camino hacia el bienestar eudemónico, y no tanto hacia el hedónico (Csikszentmihalyi, 1990; Seligman, 2002b). Si esto fuera cierto y pudiera aplicarse a los retos ambientales, como los de la degradación ecológica y social, implicaría que las personas tienen en esos retos una buena fuente de bienestar psicológico, a la vez que una buena motivación para cuidar del ambiente sociofísico. Sin embargo, también habría que considerar que el crecimiento por esta vía se logra gra- dualmente, es decir, habría que ir seleccionando tareas conservacionistas y prosociales de dificultad creciente, paso por paso.

En el capítulo 2, vimos que la frugalidad es una de las dimensiones de la conducta sustentable; ésta se manifiesta en patrones de reducción voluntaria del consumo de productos, lo cual impacta positivamente en la conservación del ambiente físico, ya que gracias al consumo moderado se extraen menos recursos naturales (Corral, 2010). Pues

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bien, una de las formas más avanzadas de consumo sustentable se practica entre los autodenominados “simplificadores voluntarios”, personas que renuncian a empleos altamente pagados y de estatus elevado, aceptando estilos de vida muy simples y de- jándose llevar por una visión ética de la simplicidad (Etzioni, 1998). El estilo de vida de estas personas se basa en cinco valores, uno de los cuales es el crecimiento personal (los otros cuatro son la simplicidad material, el principio de que lo pequeño es bello, la autodeterminación y la conciencia ecológica) (Craig-Lees & Hill, 2002). Lo anterior impli- ca que, al menos en la dimensión frugal de la conducta proambiental, se manifiesta una relación entre el comportamiento sustentable y el crecimiento personal.

AUTONOMÍA

Ser autónomo significa autogobernarse, es decir, no depender de fuerzas ajenas o ex- ternas al self (Roth & Deci, 2009). El inicio científico de la exploración del concepto de autonomía se remonta a Heider (1958), quien planteó la diferencia entre causación per- sonal (mi conducta causada por fuentes internas o individuales) y causación impersonal (mi conducta causada por fuerzas externas o ajenas a mi persona). La primera se basa en intenciones, mientras que la segunda se origina en fuerzas que van más allá del con- trol del individuo. DeCharms (1968) retoma esta idea y establece dos tipos de causación personal: la interna, en la cual las acciones emergen de factores internos a la persona, y la externa, en la cual las acciones se originan a partir de fuerzas externas que actúan en el individuo. La investigación moderna de esos dos conceptos la ejemplifican Deci y Ryan (2003) y sus colegas, quienes estudian una gran cantidad de aspectos ligados a la autonomía humana dentro de la llamada Teoría de la Autodeterminación, que revisa- mos en el capítulo 4. La auto-determinación es un definidor esencial de la autonomía (Ryff & Keyes, 1995).

La autonomía es importante para el concepto de conducta sustentable, ya que éste asume que las acciones de protección del entorno sociofísico serán fundamentalmente autodeterminadas, es decir, dependerán de la voluntad del individuo y se encaminarán deliberadamente a producir consecuencias positivas en el ambiente (Corral, 2010). Al depender de la autonomía, las prácticas sustentables no deberían estar tan sujetas a contingencias externas (como el reforzamiento positivo monetario o social, o el refor- zamiento negativo que se desprende de evitar el castigo por la actuación antiambien- tal). Es decir, un individuo autónomo actuaría de manera proambiental motivado por su autodeterminación y por fuerzas intrínsecas, lo cual haría más fácil el mantenimiento de su conducta a lo largo del tiempo.

No obstante, lo anteriormente expuesto contiene más de especulación que de evidencia, por lo que es necesario desarrollar investigación empírica que pruebe la liga lógica entre la autonomía y la conducta sustentable.

RELACIONES POSITIVAS

Ryff & Keyes (1995) conciben esta dimensión como la posesión de lazos o relaciones de calidad con otras personas. De acuerdo con Ryff (1989), muchas de las teorías que precedieron al establecimiento del concepto de bienestar psicológico enfatizaban la importancia de las relaciones interpersonales cálidas y confiables. En estas teorías se consideraba la habilidad de amar como un componente central de la salud mental que —como mencionamos antes— es el constructo que antecedió al concepto de bienestar psicológico.

Hay buenas evidencias de la naturaleza benéfica que poseen las relaciones positi- vas. Por ejemplo, se sabe que las personas que tienden a la autorrealización —es decir, que poseen el impulso a crecer psicológicamente (Sheldon, 2009)— exhiben fuertes sentimientos de empatía y afecto por todos los seres humanos y son capaces de desa- rrollar un gran amor, amistad profunda y una completa identificación con otros (Ryff, 1989). La calidez con otros se presume como un criterio de madurez. Las teorías de la etapa de desarrollo adulto prestan mucha atención al logro de uniones cercanas con otras personas (intimidad), así como al establecimiento de conductas de guía y con- ducción de otros, lo que se reconoce como generatividad (Milfont & Sibley, 2011).

Dado que la calidez y el amor expresado a otros son buenos indicadores de preocu- pación por las personas, y esa preocupación puede extenderse al ambiente del que viven los individuos con los que nos relacionamos, no es nada aventurado suponer que la posesión de relaciones positivas debe ser un predictor significativo de con- ductas sustentables. Mencionaremos las evidencias que hay a este respecto en una sección posterior.

CORRELATOS DEL BIENESTAR PSICOLÓGICO

Se ha desarrollado un número considerable de estudios acerca del bienestar psicológico que han abordado tópicos diversos como condición socioeconómica, bienestar físico, estatus de identidad, cogniciones de autorrealce, regulación emocional, rasgos de per- sonalidad, objetivos personales, valores, estrategias de afrontamiento, procesos de comparación social y espiritualidad, pero muy pocos acerca de la conducta sustentable (Ryff & Singer, 2008). Suena promisorio investigar la relación entre estos dos factores, dado que los rasgos de personalidad y los atributos psicológicos se reflejan en cómo orienta el individuo su conducta hacia la realización de sus metas personales. También se espera que la naturaleza de esas metas lleve a la autorrealización, la cual se asocia notoriamente al reconocimiento social y al sentido de responsabilidad con el entorno físico y social en el que se desenvuelve el individuo.

En términos de variables socioeconómicas, se reporta que el desempleo afecta nega- tivamente el bienestar personal (Clark, 2003), especialmente en hombres y en jóvenes,

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aunque este efecto disminuye con el tiempo (Shields & Price, 2005). Al parecer el ingre-

so económico tiene sólo un efecto marginal en el BP, y el crecimiento económico sólo

se manifiesta con pequeñas mejorías en satisfacción con la vida (Blanchard & Oswald, 2000). La relación entre BP y la edad parece asumir una forma de U, en la que los indivi- duos entre finales de sus 30 años y principios de sus 40 producen los puntajes menores en mediciones de ese bienestar (Clark, Oswald & Warr, 1996), mientras que a la edad de 50 años es notoria la mejoría a este respecto; y hombres y mujeres muestran un patrón similar de cambios a lo largo de la vida (Stone, Schwartz, Broderick & Deaton, 2010). El matrimonio produce una mejoría en el BP, en tanto que el divorcio produce efectos adversos (Clark, Georgellis & Sanfrey, 2001). Los resultados acerca de la influencia del género no son concluyentes, ya que, aunque se ha encontrado un reporte de mayor bienestar personal en hombres, éste quizá se deba a que las mujeres son más críticas al juzgar los aspectos de calidad de vida (Shields & Price, 2005).

Como es de esperarse, los bajos niveles de bienestar personal se correlacionan con una pobre salud o la incapacidad (Kahneman, 1999), pero, al igual que pasa con el desempleo y otras condiciones adversas, las personas se adaptan con el paso del tiempo y sus reportes de BP se equilibran (Shields & Price, 2005).

El estatus de identidad se alcanza usualmente al superar las crisis de la adolescencia y alcanzar la resolución que permite obtener la identidad personal, la cual se asocia con habilidades para obtener relaciones íntimas, una flexibilidad psicológica y resistencia a la manipulación de la autoestima (McLean & Pratt, 2006). Waterman (2007) muestra que un estatus de identidad elevado se correlaciona positivamente con diferentes medidas de bienestar personal. Las cogniciones de autorrealce (pensar que uno posee rasgos po- sitivos físicos o intelectuales) también afectan positivamente el bienestar psicológico. Kurman (2003) encontró que incluso en culturas colectivistas, en donde se promueven los pensamientos de modestia y se desvalorizan las percepciones de autorrealce, estas cogniciones influyen en el bienestar. El autorrealce puede provenir, por cierto, de la percepción de rasgos positivos reales que uno posee, pero curiosamente la mayoría de las personas también nos autoengañamos y percibimos más cosas positivas y de mayor nivel en nuestro repertorio psicológico de las que realmente poseemos, y esto hace que nos sintamos mejor. Los psicólogos evolucionistas aseguran que el autoengaño es un mecanismo de adaptación psicológico que evolucionó, entre otras cosas, para ayudar- nos con el auto-realce y evitar la depresión (véase, p. ej., von Trippel y Trivers, 2011).

Otro importante factor que induce bienestar personal es la regulación de emociones

positivas, la cual la practican personas que “saborean”, pero que también amortiguan

sus estados emocionales placenteros (Quoidbach, Berry, Hansenne & Mikolajczak, 2010). Además, algunos rasgos de personalidad como la extroversión y la conciencia de los demás parecen estimular el bienestar personal, mientras que otros como el neuro- ticismo y la tendencia al riesgo lo inhiben (Grant, Langan-Fox & Anglim, 2009). El BP también depende de las metas personales; Solano y Sánchez (2000), en un estudio con estudiantes universitarios, encontraron que cuanto mejor era su salud psicológica

autopercibida, más reportaban ellas y ellos haber logrado cosas en la vida y esperaban conseguir también más a largo plazo.

Los valores que el individuo ostente pueden propiciar bienestar psicológico o inhibirlo. Cohen y Shamai (2010), en Israel, hallaron que los valores de benevolencia, auto-dirección y logro, medidos con la escala de Schwartz, Melech, Lehmann, Burgess y Harris (2001), se relacionaban positivamente con el BP, mientras que los valores de poder y tradición produjeron una relación negativa. Otro predictor del BP son las estra-

tegias de afrontamiento (EA). El afrontamiento se define como el proceso por el cual el

individuo responde a las amenazas estresantes. Las EA se agrupan en dos tipos gene- rales: el “afrontamiento enfocado en el problema”, el cual se encamina a resolver el problema o a hacer algo que cambie la fuente del estrés —como planear la solución— y el afrontamiento “enfocado en la emoción”, el que se plantea reducir o manejar los sen- timientos de malestar (Carver, Sheier & Weintraub, 1989). Rodríguez (2011) reporta que el uso de EA incrementa el bienestar psicológico de mujeres que han afrontado serias dificultades, como la violencia física de parte de sus parejas.