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Step 3: Compare EUI to Fixed Scale
3.2.2.3 Scale Development
Jules Barbey d'Aurevilly (1808-1889), autor de Les diaboliques, era todo un gran tipo. Alto, fuerte, agresivo. Y, encima, iba vestido como un guerrero de la Edad Media de un país imaginario. Parece que verle cruzar las calles de París era un espectáculo. Tuvo una polémica con un periodista llamado Thiers, desde las páginas de los diarios, sin conocerse. Y Thiers dijo:
—El día que me encuentre con este tipo, le romperé el bastón en la espalda. Thiers era pequeñito y delgadín, insignificante físicamente. Un día coincidieron los dos en la redacción del diario donde trabajaba Thiers. Y no faltó quien intentara enfrentarles. Cuando Thiers vio el aspecto del otro, buscó la manera de escabullirse. Pero ya D'Aurevilly le gritaba desde el fondo de la estancia: —¡Eh! ¡Pequeñez de hombre! ¿Dónde tenéis el bastón? Porque yo la espalda la tengo ahí detrás.
Y, como siempre en tales casos, no pasó nada.
En la revista El Enano Amarillo apareció un trabajo de Barbey d'Aurevilly con este título: «Los cuarenta medallones», que era un baurla despiadada de los cuarenta miembros de la Academia Francesa. Después se supo la historia de aquel artículo. Se había presentado un muchacho a la redacción y lo había ofrecido al director. Éste lo leyó y le pareció muy ingenioso y sensacional. Sólo había un inconveniente:
—Pero la gran sensación sería que una cosa así la firmara un nombre conocido. Y a usted no le conoce nadie.
Y compró el trabajo con la condición de poderlo publicar con otra firma. Lo leyó a D'Aurevilly y le preguntó:
—¿Lo firmaríais?
—Yo, sí; con ambas manos a la vez. —Basta con una.
D'Aurevilly cambió algunas cosas, muy pocas, y el trabajo se publicó con su firma. Y después, cuando le preguntaban por qué había escrito aquella especie de libelo, decía:
—No lo he escrito yo. Esas cosas yo no las escribo; pero las firmo.
Fácilmente se peleaba con quien fuese y aseguraba que nunca había dejado de conducirse según su primer impulso, con el único fin de no perder una amistad; que sólo le interesaban los hombres geniales y sus rarezas, y que prefería vivir solo a tener que soportar la presencia y la conversación de los imbéciles. Y decía:
—El mayor elogio que se puede hacer de un diamante es llamarle como se le llama cuando lo merece: un solitario.
Era hombre elegante y muy artificioso en el vestir. Y, además, se teñía el cabello. Una vez, sus amigos intentaron hacerle confesar que se lo teñía y sacaron a conversación la coquetería de algunos hombres que tratan de disimular la edad que tienen. Él les escuchaba sin intervenir. Le preguntaron:
—¿Qué os parece de esa costumbre de algunos hombres de teñirse el cabello?
Y D'Aureviily contestó muy en serio:
—Que si de veras son viejos hacen muy bien en teñirse. Yo pienso imitarles llegado a la vejez.
Tenía, cuando esto dijo, más de setenta años.
BARDOT, Brigitte
Cuando empezaba a ser famosa, en una fiesta de sociedad, fue presentada a una vieja dama muy intransigente en lo que atañía a las costumbres licenciosas. La buena señora dijo a la joven actriz todo lo que de ella pensaba. Le dijo:
—He de confesarle que no apruebo su excesiva licencia en el vestir, y en la forma de moverse y de provocar a los hombres en sus películas. Sé que, en alguna, ha aparecido desnuda y esto no la honra a usted nada; ni a usted ni a Francia, que tales cosas permite. Espero que en sus próximas películas sea usted menos atrevida, y sus actuaciones más limpias.
¿Quiere mayor limpieza?
Estuvo en Méjico rodando una película. Y de regreso a Francia, aseguraba que, en Méjico, alguien que conocía muy bien lo de allí, le había contado que Dios, después de crear Méjico, admirado de su propia obra, se dijo: «Me he excedido. Tanta belleza, este cielo tan azul, esta tierra tan fértil y este subsuelo tan rico, rompe el equilibrio de la creación». Y entonces, en un impulso de justicia y para restablecer el equilibrio roto, creó a los mejicanos.
BARRAULT
Los actores franceses Madeleine Renaud y Jean-Louis Barrault han formado pareja durante mucho tiempo. Una vez, un crítico se metió con dureza contra Barrault. La actriz leyó la crítica y antes de enseñarla al actor, le preguntó:
—¿Eres muy sensible a las críticas?
—Desde luego, mucho. Pero a condición de que sean buenas. Si son malas ni me entero.
Y ella, entonces, le enseñó la crítica mala en el periódico. Y él, dando una prueba de comprensión, tiró el periódico sin ni siquiera mirar lo que decía.
DU BARRY
Le vino el nombre a la Du Barry de su marido, el caballero Du Barry. Ella se llamó Juana Lange (1746-1793), o mejor, Juana Becu, aunque éste era el apellido de su madre, una costurerita que, como consecuencia de su amabilidad en el trato con los hombres, tuvo una niña. Que parecía un ángel, decían las vecinas, y dieron en llamarle «l'ange», el ángel. Y de ahí le vino el apellido Lange.
El caballero Du Barry, un muy poco respetable caballero, la explotaba como belleza al alcance de las buenas fortunas. Un informe de la policía, citado por los biógrafos, dice que Du Barry «la alquila a todos los que vienen, asegurándose antes que sean gentes de calidad y de dinero». Y más adelante del mismo informe: «Se dice que el conde Sabran ha hecho una buena jugada de bolsa y el Du Barry le ha cedido a su amiguita durante todo un día».
No se sabe, exactamente, cómo llegó a entrar en contacto con el rey, ya sexagenario. Sí se sabe que el rey, para admitirla como favorita, exigió que se casara
con alguien de cierta calidad. Y el Du Barry la casó con un hermano suyo que vivía en provincias y que era más o menos conde, y el cual cobró por darle el nombre y el título, sin llegar a «conocerla» jamás. Cuando el rey murió, la Du Barry tenía treinta y dos años. Luis XVI le ordenó encerrarse en una abadía. Y un año después la dejó otra vez en libertad. Y ella se instaló en la posesión de Luciennes y sólo algunas veces acudía a Versalles, donde María Antonieta le dedicaba este piropo:
—Es la más tonta y la más impertinente criatura que cabe imaginar.
En Luciennes, la Du Barry se casó con el duque de Brissac. El duque fue decapitado por las turbas durante la revolución.
Y las turbas llevaron la cabeza hasta Luciennes y la arrojaron sobre la mesa de la Du Barry:
—¡Un buen regalo para ti! ¡La cabeza de tu amante! Para que te haga compañía mientras esperas que te llegue el turno.
Un gendarme se presentó en Luciennes con una orden de detención contra ella. Envalentonado y grosero le gritó:
—¡Tus papeles! ¿Dónde los guardas? —En mi habitación.
—¡Vamos a buscarlos!
Allí el gendarme advierte que ella trata de esconder papeles en el seno. Se le echa encima y trata de arrebatárselos. Ella se defiende. El gendarme sucumbe ante la mujer, la abraza y la besa en la boca. Ella lo rechaza y le escupe en pleno rostro. Y con este acto, absolutamente justificado, ha firmado su sentencia de muerte.
En su último viaje en la carreta de los condenados a muerte, implora a gritos la ayuda de la gente de la calle. —¡Socorro! ¡Salvadme! ¡Salvadme, amigos míos! Nadie le hace caso. La han de bajar a empujones de la carreta. Los ayudantes del verdugo la arrastran hasta lo alto del patíbulo. Ella se debate enloquecida y rueda por el tablado. Gime: —¡Todavía no! ¡Dejadme vivir! ¡Quiero vivir! A viva fuerza consiguen atarla al pie de la guillotina. Ella todavía suplica:
Y así hasta que rueda su cabeza. Al día siguiente, un periódico de la revolución le dedica esta oración fúnebre: «Barril infecto sumidero de iniquidades, cloaca impura».
No había para tanto. Pero aquél era el lenguaje revolucionario.
BAUDELAIRE
Charles Baudelaire (1821-1867), poeta, autor de las famosas Flores del mal, fue un hombre de vida muy poco respetuosa con las buenas costumbres. Pero con una clara visión para la crítica de pintura y con un exclusivo interés para la poesía y la literatura en general. En el colegio, en la clase de matemáticas, en vez de atender, se pasaba con otro alumno noticias en verso. El profesor los descubrió y les preguntó:
—¿No os interesan las matemáticas? Baudelaire contestó por los dos.
—No; sólo nos interesa la poesía. Y a mí, en poesía, sólo me interesa la que escribo yo.
A los diez años, en el colegio ya le consideraban un niño raro. Una de sus primeras hazañas fue un intento de prender fuego al bosque de Boulogne. Le detuvieron, le llevaron a la policía y allí, en vez de defenderse, intentó hacer su cómplice del comisario: —Yo solo no lo he podido hacer. ¡Si usted me ayudara! ¡Sería tan bello ver todo el bosque en llamas!
Baudelaire no tenía amigos. Sus biógrafos citan el diálogo sostenido con un amigo, que le regaló un ejemplar de un libro que acababa de publicar:
—¡Toma! ¡Es mi libro! Acaba de salir. —No, gracias. —¿No quieres mi libro? —No. ¿Para qué? No escribo en ningún diario; no podría citarlo. —No importa; tómalo de todos modos. —No; nunca lo leeré. —Aunque no lo leas. ¡Tómalo! —¡No!
del estómago. Una señora le preguntaba: —¿Estáis mal?
—Se ve que sí. Esta mañana he desayunado un niño al horno y, aunque estaba tierno, se ve que se me ha indigestado.
Otra vez enseñaba un libro muy bien encuadernado y decía: —Es piel humana. De un buen amigo. Así lo tengo presente.
El biógrafo Henry Blaze cita otra salida parecida:
—Con la piel de mi padre me hice una corbata; pero sólo me la pongo en las grandes solemnidades.
En Chateauroux le hacen director de un periódico local. Se instala allí con una amante. Se descubre que aquella mujer no es su esposa y le visita el alcalde.
—Señor, nos ha engañado usted. Madame Baudelaire no es su mujer; es su amante.
—¿Y qué? La amante de un poeta vale mucho más que la esposa de un alcalde.
Le despiden, como era de prever.
Un amigo le encuentra en un café. Está allí solo, llena la mesa de vasos vacíos.
—¿Qué haces aquí? —Cultivo mi histeria.
¡Vaya! ¿Por qué dices siempre esas cosas tan raras? —Para asombrar a los tontos.
En 1847 publica su famoso libro Les fleurs du mal. El mismo año, y como consecuencia de una denuncia, el libro es condenado por ofensas a la moral y a las buenas costumbres. Sin embargo el libro se reedita, corregido y aumentado y sin ninguna supresión' cuatro anos después. Y cien años después, en 1949, el Tribunal deí Sena rehabilita el libro y anula la sentencia condenatoria En las ediciones actuales, los seis poemas por los que fue condenado el ibro van al final, como en una separata. Y así le es más fácil al lector encontrarlos en seguida.
Era un mozuelo cuando su madre, poco tiempo después de enviudar, se volvió a casar. Baudelaire, la primera noche, cerró con llave por fuera la habitación matrimonial y huyó de la casa. Su padrastro le embarcó para la India. Baudelaire aceptó el viaje a condición de que le compraran toda la obra de Balzac. Durante la larga travesía no hizo sino leer y leer y regresó en el mismo deííí preguntaban qué le había parecido la India,
—Que está de París a treinta y siete volúmenes de la obra de Balzac.
Un buen amigo de su familia, cuando ya se empezaba a hablar del poeta, le invitó a comer. El amigo tenía tres hijas, muy bonitas las tres. Las presentó al poeta y Baudelaire les preguntó a las tres a la vez:
—Y vosotras, con lo estupendas que sois, ¿por qué no os dedicáis a la prostitución?
Allí se acabó la comida y la amistad.
Se cita el nombre de un amigo de Baudelaire, un tal Du Camp que una vez le venció en extravagancia. Baudelaire fue a casa de Du Camp con los cabellos teñidos de verde. Du Camp hizo como si no se diera cuenta. Hasta que Baudelaire le dijo:
—¿No notáis en mí nada extraño? —No; nada.
—¿Ni el color de mis cabellos?
—Son verdes, como los cabellos de todos los hombres.
Du Camp sostuvo que siempre había visto de color verde los cabellos de los hombres. Afirmación que molestó mucho al poeta.
El médico de Baudelaire era el doctor Piogey. Baudelaire le visitaba con frecuencia; y todas las veces se quejaba a gritos de su mucho padecer y así conseguía que el doctor le recibiera en seguida. Una de estas veces Baudelaire le dijo:
Al darse cuenta de lo que acababa de decir, añadió: —Y la verdad es que soy más una mujer que un hombre. El doctor le daba la razón:
—Sí, en efecto. Yo no me atrevía a decíroslo, pero así es. Baudelaire quedó sorprendido y quiso seguir la broma. —Una mujer llamada Baudelaire.
—No, no; descubierta la verdad os cambiaremos el nombre. Al menos yo, en adelante, no os llamaré Baudelaire, sino Belle- delaire.
Y desde entonces todas las veces que Baudelaire visitaba al médico se hacía anunciar como «la señora Belledelaire». Y lo decía en voz alta, para que se enteraran los otros enfermos que esperaban turno.
Teodoro de Banville y Baudelaire eran amigos. Baudelaire intentó una vez leer a Banville una obra de teatro. Banville se negó a escucharla. Otro día, se encontraron en plena calle y Baudelaire le dijo:
—Os invito a lo más inesperado: a tomar un baño. —No me parece mala idea.
Entraron en un establecimiento de baños y Baudelaire pidió un apartamento con baño doble. Y allí, ya los dos dentro del baño, Baudelaire sacó de su ropa un pliego de papeles y dijo:
—Y ahora, lo queráis o no, os leeré mi obra de teatro. Y leyó todo el primer acto.
BAUM
Vicki Baum, novelista austríaca, nacida en 1888, y que reside desde hace muchos años en Norteamérica. Su famosa novela Gran Hotel se ha llevado ya dos veces al cine. Se dice de ella que, una vez que se hablaba de la pobreza y de los pobres, dijo:
—Los pobres han de prescindir de muchas cosas en las que no encontrarían la felicidad, ni tan siquiera el bienestar. Pero ellos creen que sí, y tienen esta ventaja sobre los ricos, que ya saben que no.
Y alguien le dijo entonces:
—Pero a usted no le gustaría ser pobre.
—No; ahora ya no. Porque ahora ya sé que no y sería un pobre sin esperanza y sin ilusiones.
BEETHOVEN
Ludwig van Beethoven (1770-1827) es uno de los más geniales músicos que han existido jamás. La trilogía del genio musical la forman, sin duda alguna, Bach, Beethoven y Chopin. Su padre era un tenor poco famoso. Vio que el niño tenía disposición para la música y, a los cuatro años, ya le puso un profesor. A los seis años lo presentó en público, por primera vez, como violinista Y parece que, a partir de entonces, Beethoven se negó a continuar «aprendiendo» música con su profesor.
—¿Es que ya crees saber bastante? —le preguntó su padre.
—No creo saber bastante; pero estoy seguro de saber más que mi señor profesor.
Mozart tenía 14 años más que Beethoven. No le conoció músico célebre, porque Mozart murió muy joven, a los 35 años, cuando Beethoven sólo tenía 21. Pero le conoció mozo prodigio y como tal se lo presentaron en Viena. Era cosa frecuente que le presentaran muchachitos con buena disposición para la música y a todos les pedía que improvisaran en el piano, pues así se daba cuenta de sus posibilidades. Beethoven se sentó al piano y tocó tan bien que Mozart se negó a creer que aquello fuese improvisado. Y lo dijo:
—Esto lo has aprendido. ¿De quién es? —De nadie.
Mozart continuaba incrédulo y Beethoven le pidió que le diera un tema. Mozart accedió y, sobre el tema de Mozart, Beethoven hizo una improvisación tan notable que Mozart dijo después:
—Este muchacho hará que el mundo hable de él. Y tuvo razón.
Beethoven se mostró siempre muy orgulloso de sí mismo y convencido de su alta calidad como músico. Se lamentaba una vez, en su primera juventud, de tener que estar buscando siempre editor para su música. Decía:
—Haendel y Goethe tenían un editor que les pasaba un tanto y les editaba todo lo que iban produciendo.
Alguien le repuso:
—Sí; pero es que ellos eran Goethe y Haendel. —¡Y yo soy Beethoven!
Al que le había considerado inferior que a los otros dos dejó de tratarle como amigo.
Le preguntaban a Beethoven si se había escrito en música algo insuperable. Y contestó en seguida, sin pensarlo:
—La suite en re menor de Bach.
El segundo tiempo de esta suite el «aria» conocida como «el aria de Bach», es el poema musical mejor de cuantos se han compuesto.
Era un entusiasta de Napoleón Bonaparte y le había dedicado la tercera sinfonía, la Heroica. En la dedicatoria, puso: «A la memoria de un gran hombre». Cuando supo que Napoleón se había coronado a sí mismo emperador, borró la dedicatoria. Y parece ser que hizo este comentario:
—Al fin y al cabo, un hombre como todos.
Beethoven estuvo una vez en Weimar, donde Goethe tenía un cargo en la corte del duque. Y visitó a Goethe más de una vez. Un día iban los dos en coche por la ciudad y casi todo el mundo les saludaba. Goethe, que no era nada humilde, dijo:
—A mí, no; aquí no me conoce nadie. —Quién sabe, quién sabe...
Goethe lo que buscaba era la manera de demostrar a Beethoven que todos los de allí le saludaban a él, a Goethe. Y, al fin, como en busca de satisfacer una curiosidad, llamó a un desconocido que les había saludado y le preguntó:
—¿Sabéis a quién acabáis de saludar? —Desde luego: al gran duque de Weimar.
—¿Y sabéis cuál de nosotros dos es el gran duque?
—Supongo que el otro señor, puesto que vos sois el que pregunta.
Y esto fue todo lo que consiguió demostrar Goethe a Beethoven acerca de la popularidad de alguno de ellos dos.
Había entonces en Brunswick un organista llamado Widebein, cuyo mayor deseo era conocer personalmente a Beethoven. Tanto, que hizo un viaje a Viena sólo con este fin. Y una vez allí se encaminó a la casa de Beethoven, cuya dirección le habían dado. Por el camino encontró un grupo que ayudaba a un cochero a levantar su caballo, que se había caído de un resbalón. Se detuvo a ayudar también. Habló con otro de los que ayudaban y le dijo que acababa de llegar a Viena.
—Pues yo os diré dónde está lo mejor de la ciudad, para que lo veáis. , . —Es que no he venido para ver la ciudad, sino únicamente para conocer a