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3.4 RESEARCH METHODS

3.4.2.5 Secondary data analysis

Una hipótesis que hay que destacar conforme con las manifestaciones de la presencia olmeca en los valles de Oaxaca, la brinda Marcus y Flannery (2001). La autora plantea la vigencia de una iconografía procedente de la Costa del Golfo la cual se extiende a lo largo de un territorio que comprende desde Puebla hasta el Istmo de Tehuantepec. Los motivos a los cuales se refiere Marcus son los mismos ampliamente difundidos como elementos sumamente estilizados en las áreas montañosas de los Valles de Puebla y del Altiplano Central con particular referencia a los sitios de Las Bocas, Tlatilco y Tlapacoya (Marcus y Flannery, 2001: 102). Eso parece demostrar que en las primeras fases de desarrollo de las comunidades del valle, ya se habían establecidos importantes intercambios con las regiones calidas de la Costa del Golfo y con las tierras frías del altiplano poblano y del Valle de México.

Dentro de las expresiones iconográficas presentes en los Valles Centrales de Oaxaca durantes las fases Tierras Largas y principalmente San José, aparecen símbolos olmecas que la autora atribuye a una diferencia en las manifestaciones de identidad y descendencia utilizadas por las élites que gobernaban los centros principales de la región. Según la perspectiva sugerida por la investigadora, los motivos relacionados con el hombre-jaguar (la esfera terrestre) y la serpiente de fuego (la esfera celeste), representarían los emblemas

mediante los cuales diferentes linajes de poder se reconocían, en relación con su procedencia mítica, para justificar una posición de autoridad en el interior del grupo.

Escribe Marcus: “Estos dos motivos [de la tierra y del cielo] fueron casi mutuamente

excluyentes por su distribución. Las aldeas pequeñas como Abasolo y Tomaltepec tuvieron únicamente vasijas del Cielo (o Rayo); Tierras Largas tuvo casi exclusivamente vasijas de Tierra (o Terremoto). En la gran aldea de San José Mogote hubo diferentes barrios residenciales, algunos de ellos ocupados por personas descendientes de la Tierra y otros por descendientesdel Cielo. Aquella dicotomía […] se releja tanto en los entierros como en el desecho doméstico.”(Marcus y Flannery, 2001: 112)

Marcus, analizando la presencia olmeca dentro de los Valles Centrales de Oaxaca, introduce una problemática que vincula el sistema iconográfico y de representación simbólica de este fenómeno, con los aspectos del poder relacionado al control político y territorial (es decir a un espacio simbólico). Dentro de esta propuesta algunas unidades iconográficas pertenecientes al estilo olmeca difundidas hasta el Altiplano Central de México, se transforman en el vehículo privilegiado de una identidad gentilicia que se reconoce como unida dentro de un territorio determinado.

La autora plantea la existencia de organizaciones políticas complejas que, dentro de un mismo centro urbano, se reconocían y distinguían mediante símbolos específicos vinculados al tiempo primordial y al recuerdo de la creación.

Sabemos por las crónicas de la Conquista, que uno de los mitos de origen más difundidos en Mesoamérica durante ese periodo, fue aquel del recuerdo de la separación entre la tierra y el cielo. Marcus bosqueja que este evento mítico fue un elemento decisivo en la construcción de grupos dinásticos particulares, los cuales reconocían su derecho sobre una determinada porción de territorio y que estaban políticamente vinculados a otros grupos mediante un sustrato mítico común.

Si la separación entre cielo y tierra había servido de evento fundacional de la vida del hombre, la sociedad humana tenía la obligación de reproducir ritualmente este acontecimiento en la forma misma mediante la cual se daba la organización política y social del grupo.

Cielo y tierra eran dos elementos que, desuniéndose, dieron vida y estructura al cosmos. El constante equilibrio que mantenía estos dos ámbitos separados, definía la continuidad de la vida y la dramatización necesaria de este evento dentro de la vida socio-política de la comunidad. La existencia de dos o varias agrupaciones de linaje que se reconocían dentro de un territorio particular, no era solamente una forma de mantener los equilibrios internos de poder a un nivel bajo de conflicto, sino también significaba dramatizar la arquitectura del universo dentro del ámbito comunitario, justificando al mismo tiempo, una organización profundamente jerarquizada, donde la autoridad y el poder eran concesiones que procedían directamente del escenario mítico. Dentro de éste, se reconocía la identidad de un grupo más amplio que coincidía probablemente con el centro urbano y el ámbito local que éste controlaba.

Mediante esta propuesta, los escenarios políticos dibujados por la tradición felinista que veía en el jaguar el animal totémico de una gran cultura fundadora a lo largo de Mesoamérica, cambian radicalmente, ya que, más que referirse a la presencia de un principio sustraído a la naturaleza, éste se convierte en un elemento de identidad a lo largo de un vastísimo territorio.

Marcus pone el acento sobre la función política derivada del manejo de un complejo iconográfico, plenamente atribuible al estilo olmeca y cuyo sentido último se relaciona con los eventos míticos que fundan el sentimiento de identidad del grupo.

El escenario cosmogónico imaginado por estos grupos, se convierte en el elemento central de interpretación de un complejo sistema iconográfico y de los aspectos relacionados con el poder, la autoridad y el control social. Ya no es el jaguar el elemento que determina cabalmente el equilibrio político y la identidad de un grupo, sino este reconocimiento participa de una unidad significativa mayor y más compleja: la arquitectura del cosmos y la interpretación del espacio-tiempo dentro del cual se movían las suertes de estos grupos.