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A la casa de Heimir había llegado Brynhildr, su hija adoptiva. Ella residía en su

skemma212 con sus doncellas. Era más hábil en las labores manuales que las demás mujeres. Había fresado de oro un tapiz en el que había bordado las proezas que Sigurðr había llevado a cabo: la muerte del dragón, la captura del oro y la muerte de Reginn.

Y se cuenta que un día Sigurðr cabalgó hasta el bosque con sus perros y sus halcones y un nutrido grupo de hombres que le acompañaban. Y cuando volvía a casa, su halcón voló y se posó en una alta torre, junto a una ventana. Sigurðr fue a por él. Entonces vio a una hermosa mujer y se dio cuenta de que era Brynhildr. Apreció en mucho ambas cosas: su belleza y la labor que estaba haciendo. Entró en la hǫll213 y no quiso participar en los entretenimientos de los demás hombres.

Entonces Alsviðr le dijo: “¿Por qué estás tan callado? Tu estado de ánimo me entristece a mí y entristece también a tus amigos. ¿Por qué has perdido tu alegría? Tus halcones están cabizbajos y también el caballo Grani, y no conseguimos remediarlo.”

212. Véase lo dicho en la nota nº 49. [Nota de los trad. 213. Véase lo dicho en la nota nº 25. [Nota de los trad.

Sigurðr le contestó: “Mi buen amigo, escucha lo que me apesadumbra: mi halcón se fue volando a una torre y cuando iba a cogerle vi a una hermosa mujer. Ella estaba sentada haciendo un tapiz en el que bordaba de oro todas mis hazañas, las pasadas y ya realizadas.”

Alsviðr le contestó: “Has visto a Brynhildr Buðladóttir, la más extraordinaria de todas las mujeres.”

Sigurðr le contestó: “Debe de ser cierto, pero dime, ¿cuánto tiempo hace que está aquí?”

Alsviðr le respondió: “Pasó poco tiempo entre la llegada de cada uno de vosotros dos.”

Sigurðr le dijo: “Hace pocos días que lo supe: esta mujer es la que más me ha gustado de todas las que hay en el mundo.”

Alsviðr dijo: “Un hombre como tú no debiera poner su atención en una sola mujer: no es bueno pasarse el día lamentándonos por no poder conseguir lo que pretendemos pero que no podemos tener.”

“Iré a verla”, dijo Sigurðr “y le daré oro y obtendré de ella placer y un amor correspondido.”

Alsviðr le contestó: “Todavía no se ha visto al hombre a la que ella deje sentarse a su lado o le dé de beber cerveza: lo que quiere ella es continuar guerreando y realizar toda suerte de hazañas.”

Sigurðr le dijo: “Todavía no sabemos qué me contestará ella ni si me permitirá o no sentarme a su lado.”

Y al día siguiente Sigurðr se fue a la skemma de Brynhildr y Alsviðr se quedó fuera, fijando el hierro a sus flechas.

Sigurðr dijo: “Os saludo, mi señora, ¿cómo estáis?”

Ella le respondió: “Todo va bien: mis parientes y amigos están con vida, aunque, ¿quién sabe qué fortuna acompañará a un hombre hasta el último de sus

días?”

Él se sentó a su lado. Entonces entraron cuatro mujeres llevando grandes jarras de oro llenas del mejor de los vinos y se sentaron ante ellos.

Entonces Brynhildr le dijo: “Este sitio está permitido a muy pocos, excepto cuando viene mi padre aquí.”

Él le respondió: “Ahora se ha concedido el asiento a uno de quien me gusta que lo tenga.”

Las paredes de la habitación estaban adornadas con tapices muy preciosos y todo el suelo estaba recubierto de ricas alfombras.

Sigurðr le dijo: “Se ha cumplido lo que me prometiste.” Ella le respondió: “Sé bienvenido.”

Y habiendo dicho esto, se levantó y con ella sus cuatro doncellas, se acercó a él con una copa de oro y le invitó a beber de ella. Él alargó la mano hacia la copa, la cogió y la cogió a ella de la mano al mismo tiempo e hizo que se sentara a su lado. Y la cogió con sus manos por el cuello, la besó y le dijo: “Ninguna madre te hubiera concebido más bella.”

Brynhildr le dijo: “Es un sabio consejo no depositar la confianza en una mujer y ponerse en su poder porque las mujeres rompen siempre sus promesas.”

Él le dijo: “El mejor de nuestros días habrá llegado cuando podamos disfrutar el uno del otro.”

Brynhildr le respondió: “Nuestro destino no nos ha asignado que vivamos juntos; yo soy una doncella de escudo, y me pongo un yelmo en la cabeza cuando estoy con los señores de la guerra: es a ellos a los que quiero asistir, y combatir no me disgusta.”

Sigurðr le respondió: “La alegría más grande nos florecerá cuando vivamos juntos, ahora, el pesar que me embarga es más duro de soportar que la más afilada de las armas.”

Brynhildr le respondió: “Yo pasaré revista a las huestes de los señores de la guerra, y, tú, tú te casarás con Guðrún, la hija de Gjúki214.”

Sigurðr le respondió: “Ninguna hija de rey me seducirá, y no tengo ninguna duda al respecto. Te lo juro ante los dioses: me casaré contigo o, si no, con nadie más.”

Ella dijo lo mismo.

Sigurðr le dio las gracias por lo que acababa de decirle, le dio un anillo de oro y se hicieron nuevos juramentos. Después, se fue a encontrarse con sus hombres y se quedó un rato con ellos, floreciendo de tanta felicidad.

XXVI.