5.5 Additional Resources
6.1.3 Semantics
1) Las lecturas de este domingo están signadas por el entusiasmo y la alegría propios de la esperanza: “Verán la salvación de Dios”. Lo justifica no sólo las grandes maravillas realizadas por el Señor en favor de sus servidores en aflicción, por ejemplo, de los israelitas desterrados (Primera lectura), o más en general, de cada creyente que sufre y abre esta experiencia humana a un significado trascendente; sino que el entusiasmo y la alegría surgen también del hecho que el evangelio va fructificando y dando vida, de un modo original y propio, en y a partir de cada uno de nosotros como discípulos-misioneros (Segunda lectura).
Este gozo, que tanto asociado a la acción de gracias como a la promesa será siempre un don, hubo sin embargo que prepararlo en
la soledad hostil del desierto, como lo hizo el mismo Juan Bautista en referencia a la primera venida de Jesús: “Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor”. Habitualmente esta preparación resultará laboriosa y requerirá una buena dosis de abnegación. Sobre todo porque “Dios dispuso que sean aplanadas las altas montañas y las colinas seculares, y que se rellenen los valles hasta nivelar la tierra”.
2) Abajar las montañasde la soberbia idolátrica, y rellenar los valles del apocamiento timorato, es un esfuerzo exigente y nunca acabado, pero que vale la pena realizar, ya que permitiéndonos superar la presunción y la desesperación a que se asocian lo que nos fascina y lo que nos atemoriza respectivamente, posibilita la acción transformadora del Señor; para vivir en esperanzada autenticidad, y llegar a ver “la Salvación de Dios”, es decir, el sentido pleno y trascendente de nuestra existencia humano- espiritual.
De este modo y por gracia, la cercanía y condescendencia del Señor nos convertirá en iconos radiantes de su presencia, mostrando Él “tu resplandor a todo lo que existe bajo el cielo”. En singular, pero también en plural, Dios conducirá a su pueblo “en la alegría, a la luz de su gloria, acompañándolo con su misericordia y su justicia”, ya que es simultáneamente Padre y Madre: con verdad y rectitud abriendo horizontes de esperanza (justicia de Padre), con amor y ternura protegiendo su vida (misericordia de Madre).
3) El contraste entre los tiempos de aflicción y la alegría que ahora adviene en el presente nos hace constatar, una vez más, esa
misteriosa lógica pascual, en la que “el sembrador va llorando cuando esparce la semilla, pero vuelve cantando cuando trae las gavillas”. Esta asombrosa constatación pascual nos lleva también a
nosotros a una convicción análoga a la que tiene Pablo para con los cristianos de Filipos: “Estoy firmemente convencido de que Aquél que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús”. Sabiendo que esta “buena obra” es simultáneamente don y tarea, y de cara a la complejidad socio- cultural que comporta y con la que nos desafía nuestra época, también nosotros debemos pedir que nuestro amor “crezca cada vez más en el conocimiento y en la plena comprensión”, a fin de que, viviendo en esperanza, podamos “discernir lo que es mejor”.
Podemos preguntarnos: ¿Cuál ha sido últimamente mi mayor motivo de alegría? ¿En qué sentido este acontecimiento contribuyó a nutrir y afianzar mi esperanza? ¿Llegó a convertirse para mí en experiencia concreta del Emmanuel, del Dios-con-nosotros?
[Domingo IIº de Adviento (C): Lc 3,1-6; Ba 5,1-9; Fp 1,4-11]
"Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está
cerca" (Mt 3,1)
El anuncio del Reino es, en primera instancia, predicación que exhorta a la conversión, a un cambio completo de mentalidad. A esta nueva actitud invita Juan el Bautista, el precursor de Jesús, quien preparó el camino para su venida. De aspecto austero y exigente, testigo íntegro y valiente, Juan despliega su misión profética pero sin perder de vista que "Aquél que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias" (v.11).
Juan no se predica a sí mismo, sino que lo dispone todo para Jesús. Cada uno/a de nosotros está llamado/a a seguir su ejemplo, contribuyendo a que la venida del Señor en nuestro presente resulte
un poco más sencilla. Podemos preguntarnos: ¿Estoy abierto/a al Adviento del Señor? ¿Colaboro activamente en la preparación de su llegada?
[Domingo IIº de Adviento (A): Mt 3,1-12]
"Hoy hemos visto cosas maravillosas" (Lc 5,26)
La gente quedó asombrada y glorificaba a Dios a causa de la curación del paralítico. En respuesta a la fe de quienes lo bajaron por entre las tejas, Jesús pudo realizar un signo más que elocuente. Sanando al enfermo mostró que estaba investido con autoridad divina. Pero también, que era capaz de perdonar los pecados.
Sin embargo, no basta con que ocurran cosas sorprendentes: hay que estar atentos para percibirlas. "Hoy hemos visto cosas maravillosas" (Lc5,26). El desafío para cada uno de nosotros es el de mantenernos vigilantes para que estos cotidianos acontecimientos sorprendentes no dejen de asombrarnos y entusiasmarnos. Podemos preguntarnos: ¿Estoy atento/a al paso del Señor por mi vida?
"Ni uno solo de estos pequeños" (Mt 18,14)
Dios tiene una extraña e inexplicable pasión por el hombre, ya que no quiere que ninguno/a de nosotro/as se pierda. Nos busca a cada uno/a como un pastor lo hace con la oveja extraviada de su rebaño. Pese a las dificultades, no claudica ni desespera en ningún momento. Y se alegra entrañablemente cuando, finalmente, nos encuentra.
Podemos preguntarnos: ¿Estoy convencido/a de que Dios me ama y me busca infatigablemente?
"No ha nacido ningún hombre más grande" (Mt 11,11)
Jesús hace notar que, aunque no haya nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista, "el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él" (v.12). El motivo es claro: la fe cristiana da un plus de luminosidad a la interpretación y desarrollo de nuestra existencia y a sus posibilidades de vida, que no aporta la más férrea disciplina ni el más coherente orden ético.
La fe permite entrar en el orden de la gratuidad, que conlleva siempre algo de inédito y asombroso. Por eso, la afirmación del Señor no intenta quitarle dignidad al precursor, sino más bien hacernos tomar conciencia de nuestra propia vocación cristiana.
Podemos preguntarnos: ¿Valoro y agradezco la vocación cristiana a la que he sido llamado/a?