Como el tango, Buenos Aires nació y se desarrolló desde afuera, mirando a Europa: con un sincopado compás de música ya comenzado, a destiempo y como quebrado, “atado con alambre” o improvisado como el jazz, reelaborando a contrapunto lo dicho “desde el otro lado del charco”; con una contradictoria aspiración de arraigo “arrabalero”, inconfesable nostalgia oceánica e inclaudicable voluntad de progreso. Como Vicente “Nonino” Piazzolla, el padre de Ástor, como tantísimos otros inmigrantes, cultivadores de sueños y creadores audaces. Viviendo a contramano de lo instituido, en la precaria ilegalidad del suburbio o de campos inexplorados, arremetiendo enoff-sidecon un difícil partido en desventaja.
Buenos Aires creció como un loco, poseído de melancólicos violines o afectado por el nervioso e inquietante demonio de un contrabajo… Persistente como los decisivos acordes de un piano, e impredecible cual el tan agitado como expresivo bandoneón de
Piazzolla. En la música de éste último, que es la música de una ciudad en pleno crecimiento y enervado desarrollo vanguardista en los 60’, me arriesgaría a sondear e intuir trasfondos místicos, perceptibles para quien vive y padece el corazón de esta megápolis afectada por contrastes, en la atenta escucha de las cuatro estaciones porteñas.
Entre las muchas posibilidades que ofrecerían, entre otros, Oblivion, Libertango, Nonino, Milonga y Muerte del Ángel, Verano, Otoño, Invierno y Primavera porteños, Escualo, Balada para mi muerte, me voy a concentrar en tres piezas emblemáticas: Balada para un loco, Adiós NoninoyLa bicicleta blanca.
Balada para un loco (1969)91: experiencia cumbre del amor
Con letra de Horacio Ferrer, Piazzolla nos invita a salir de la mortecina cotidianeidad “de siempre” de la mano de un loco, que a modo de estrafalario Romeo porteño o chiflado personaje nietszcheano, viene a experimentar y proponer el amor “de repente”: “Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizón en el viaje a Venus: medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre levantada en cada mano”. Es el “piantao, piantao, piantao” que ve “la luna rodando por Callao”, o que con “un corso de astronautas y niños”, invita a la apolínea rutina laboral de un habitante sin vida: “¡Bailá! ¡Vení! ¡Volá!”; el que observa a Buenos Aires desde el desposeído pero amparado y tierno “nido de un gorrión”, y la ve “tan triste”.
“¡Loco! ¡Loco! ¡Loco! Cuando anochezca en tu porteña soledad, por la ribera de tu sábana vendré con un poema y un trombón a desvelarte el corazón”. El loco “me convida a andar en su ilusión super-sport” despertando la noche de Buenos Aires. “De Vieytes nos aplauden: ‘¡Viva! ¡Viva!’, los locos que inventaron el Amor […]. Y el loco, loco mío, ¡qué sé yo!, provoca campanarios con su risa”, e invita a treparse a “a esta ternura de locos que hay en mí”.
Es la locura de un amor que redime de la inercia (“¡Volá! ¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá, vení!) y puebla a la ciudad de duendes y misterio, sin eximirla del presuntuoso fragor idolátrico que poseídamente parece animarla en sus horas nocturnas. “Loco él y loca yo! ¡Locos! ¡Locos! ¡Locos! ¡Loco él y loca yo!”.
“Adiós Nonino” (1969)92: experiencia límite de la muerte
Ése mismo año, la inesperada muerte del padre de Astor, hace entrar en la escena de su vida la experiencia de lo trágico. La tristeza honda, dolida e indescriptible, que revela el bandoneón de “Adiós Nonino”, exime a esta pieza de cualquier posible letra. Como si incluso la misma pudiera profanar el silente arte creador de esta elocuente poesía de Buenos Aires, que se expresa y disfruta mejor en su lenguaje musical desnudo, más que con palabras. Es cierto que Eladia Blázquez aventuró “explicar” con posterioridad la percepción más profunda de este capo laboro, buscando poner de relieve el dramatismo de la pérdida que aqueja a su autor, como así también poner letra a ese empinado camino que hay que transitar desde un dolor profundo hacia la resignada esperanza del ángel. Es
la experiencia de quien a mitad de camino advierte que deberá proseguir sólo su marcha, elaborando el duelo de una pérdida paterna decisiva, y emprendiendo a oscuras el trecho final de su intransferible existencia “haciéndose cargo” de la vida.
“Adiós Nonino… qué largo sin vos será el camino. ¡Dolor, tristeza, la mesa y el pan […]. Mi adiós a tu amor, tu tabaco, tu vino!”, esas presencias simbólicas que evocan la inevitable ausencia. Y así emerge el cuestionamiento religioso y una referencia a esa trascendencia que no se resigna: “¿Quién, sin piedad, me robó la mitad, al llevarte Nonino... Tal vez un día, yo también mirando atrás... Como vos, diga adiós ¡No va más…! Y hoy mi viejo Nonino es una planta. Es la luz, es el viento y es el río... Este torrente mío lo suplanta, prolongando en mi ser, su desafío. Me sucedo en su sangre, lo adivino. Y presiento en mi voz, su propio eco...”.
“Adiós Nonino” pone de manifiesto el resignado desencanto y aceptación de quien constata a mitad de camino, interpelado por su propio dolor en cruz, que toda convicción, apoyo y punto de referencia humano es relativo cuando de vivir en profundidad se trata. “Adiós Nonino” es la antesala del “a oscuras y segura” con que el alma en la Subida al Monte Carmelo de Juan de la Cruz se expresa, en una probable traducción criolla del da Seinexistencial de Heidegger. Y acaso sea también éste el recurrente “ángel” de Ástor, que guía secretamente la vida del creador a modo de llama ténue…
“La bicicleta blanca” (1971)93: experiencia icónica de
redención y trascendencia
Pero la crisis posibilita una decidida experiencia mística, con referencias cristológicas claramente perceptibles en La bicicleta blanca, con letra de Horacio Ferrer. Esa experiencia que con certeza es la de todos: “Lo viste. Seguro que vos también, alguna vez, lo viste”. Se trata de ése misterioso personaje en bicicleta del que en cierto modo se hará eco más tarde Gustavo Cordera, en El ángel de la bicicleta: “Te hablo de ese eterno ciclista solo, tan solo, que repecha las calles por la noche”, dice Ferrer y musicaliza Piazzolla, que como animado por el Espíritu Santo “nadie sabe, no, de dónde cuernos viene, jamás se le conoce a dónde diablos va” (cf. Jn3,8).
Se trata del “flaco que tenía la bicicleta blanca”, y que con claros tintes escatológicos de anticipada esperanza cruzaba la ciudad “silbando una polkita”, como marginal inmigrante del interior en la gran ciudad, obrero sencillo o simple cartonero. En realidad, muy parecido al profeta de Nazaret ingresando a Jerusalén; pretendido rey montado en un ridículo y humilde burro (cf. Lc 19,30): “Sus ruedas, daban pena: tan chicas y cuadradas ¡que el pobre se enredaba la barba en el pedal!”. Además, “llevaba, de manubrio, los cuernos de una cabra”, afirmación que en el imaginario porteño no deja de remitirnos a la humillante figura del “cornudo”, con la cual el Dios de Israel se identificaba (en Os 2,4ss.), o implícita y simbólicamente el mismo Jesús enJn4,18.
El paralelismo con el Señor se pone elocuentemente de manifiesto cuando dice que “atrás, en un carrito, cargaba un pez y
un pan” (cf. Jn 6,11ss.), y que “jadeando a lo pichicho, trepaba las barrancas”, como Jesús subiendo a la Ciudad Santa (ver Lc 9,51), incomprendido y despreciado; animándose él mismo al pedalear: “¡Dale, Dios!... ¡Dale, Dios!... ¡Meté, flaquito corazón! Vos sabés que ganar no está en llegar sino en seguir...”. Como si el artista que interpreta y remite al músico intuyese en Buenos Aires, la ciudad eterna de Borges, una Nueva Jerusalén.
Sin embargo, en seguida se nos aterriza: en la mirada burlona e irreverente de sus habitantes, que somos nosotros, queda de manifiesto que esta ciudad (y todas) está(n) lejos de ser aquella morada definitiva. “Todos, mientras tanto, en las veredas, revolcándonos de risa ¡lo aplaudimos a morir! [“Bendito sea el rey que viene en el nombre del Señor”, Lc19,38], y él, con unos ojos de novela, saludaba, agradecía, y sabía repetir: ‘¡Dale, Dios!... ¡Dale, Dios!... ¡Dale con todo, dale, Dios!...’”. Como comprendiendo, por tres veces y con razón, que no lo comprendieran (cf. Lc9,22; 43ss.; 18,31ss.).
Efectivamente, “cierta noche, su horrible bicicleta con acoplado entró a sembrar una enorme cola fosforescente”, con efectos increíbles de redención: “los pungas devolvían las billeteras en los colectivos; los poderosos terminaban con el hambre; los ovnis nos revelaban el misterio de la Paz; el Intendente, en persona, rellenaba los pozos de la calle, y hasta yo, pibe, yo que soy las penas, lloré de alegría bailando bajo esa luz la polka del ciclista”. Extraño, porque “después, no sé, ¡te juro!, por qué siniestra rabia, no sé por qué lo hicimos ¡lo hicimos sin querer!, al flaco, ¡pobre flaco!, de asalto y por la espalda, su bicicleta blanca le entramos a romper. Le dimos como en bolsa, sin asco, duro, en grande: la hicimos mil pedazos...”.
“Lo ultrajaban y lo golpeaban” (Lc 22,63), “que muera ese hombre” (23,18), “crucifícalo, crucifícalo” (v.21), “que se salve a sí mismo si es el Mesías de Dios, el Elegido” (Lc23,35). Por eso, el flaco “mordiéndose la barba”, gritó compasivamente: “‘¡Que yo los salve!...’ Miró su bicicleta, sonrió, se fue de a pie”; como diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc23,34).
La canción termina con un recitado en forma de oración, que entrecruza y aúna en la confesión de fe las figuras cristológica de Jesús y de Dios Padre, pero haciendo emerger, simultáneamente, la misericordia en cada uno de nosotros: “Mi viejo Flaco Nuestro que andabas en la Tierra: ¿Cómo te olvidaste que no somos ángeles sino hombres y mujeres?”. “Él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades” (Is53,4-5). Sin embargo, “si ofrece su vida en sacrificio de reparación, verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él. A causa de tantas fatigas, él verá la luz, y al saberlo, quedará saciado. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos” (cf. vv.10-11).
Por eso, “Flaco, no te quedes triste, todo no fue inútil, no pierdas la fe... en un cometa con pedales ¡dale que te dale! yo sé que has de volver...”. Y “todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: ‘La paz esté con ustedes’ […]. Los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo” (Lc24,36.50-51).
3. “El Aleph” (J. L. Borges)
Por lo significativo que aún resulta en nuestro medio y en el mundo literario, quisiera hacer algunas observaciones teológicas sobre una de las obras más emblemáticas de Jorge Luis Borges: El Aleph. Publicado en 1957, los relatos que lo componen manifiestan claramente su pensamiento metafísico. A mi modo de ver, “una interpretación acotada de lo real”.
Borges tiene la presunción de querer pensar el entramado de los acontecimientos con la mente de Dios; pero entendiendo lo infinito como lo ilimitado. Es así que su narrativa deriva en una especie de panteísmo donde una cosa, por ejemplo, el Aleph, son todas las cosas: “un Aleph es uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”94; “un lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”95, donde convergen “millones de actos deleitables o atroces […], sin superposición y sin transparencia”96.
En esta perspectiva, lo que rige la vida de las personas es el destino y lo que cambia son apenas las circunstancias. En realidad, sólo hay apariencia de historia. “Un hombre se confunde, gradualmente, con la firma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias”97. En el relato de Emma Zunz, “la historia era increíble […], pero sustancialmente era cierta […]. Sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”98. Del mismo modo el valiente Cruz “comprendió que su destino no es
94J. L. B
ORGES, El Aleph, Emecé, Buenos Aires712005, 236. 95 Ib., 237.
96 Ib., 241.
97La escritura del dios, ib., 174. 98Emma Zunz, ib., 93.
mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro”99; y también el fugitivo Otálora “comprendió que desde el principio lo han traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando y el triunfo, porque ya lo daban por muerto, porque para Bandeira ya estaba muerto”100.
Se impone así una especie de determinismo donde todo está ya decidido, donde no hay espacio para la libertad (“más que un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado”, dirá el destituido y cautivo Tzinacán desde su prisión101). Las personas somos como piezas de ajedrez movidas por la mano inflexible de Dios, que tan sólo jugamos a tomar decisiones ya dictadas; como monedas que circulan azarosamente de mano en mano, en una especie de destino ciego e impredecible, que no controlamos pero que nos determina. Por eso “el hombre [de La espera] pensó que esas cosas (ahora arbitrarias y casuales y en cualquier orden, como las que se ven en los sueños) serían con el tiempo, si Dios quisiera, invariables, necesarias y familiares”102.
En términos absolutos, no hay sorpresas en el devenir, ni espacio para el asombro, porque Dios todo lo ha calculado y todo se concatena con precisión matemática. Trascendencia y gratuidad son expresiones absolutamente ajenas a la cosmovisión borgeana. “No hay hecho, por humilde que sea, que no implique la historia universal y su infinita concatenación de efectos y causas”103. Es por eso que “decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los
99Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874), ib., 81. 100El muerto, ib., 44.
101La escritura…, ib., 174. 102La espera, ib., 201. 103El Zahir, ib., 165.
ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra”104.
De este modo, “acaso” las personas viven la misma vida que otras vivieron: porque negar la libertad es, en realidad, apostatar de la identidad. De hecho, “nada puede ocurrir una sola vez”105. Por eso “acaso las historias que he referido [de su abuela inglesa y la cautiva inglesa, en Historia del guerrero y de la cautiva] son una sola historia”, y “el anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales”106. También acaso, “en el paraíso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona”107.
En términos religiosos, Borges está más del lado de una religiosidad oriental de tipo hinduista (“entonces ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren)”108), la cábala hebrea (“para la Cábala, esa letra [Aleph] significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad”109) o el sufismo islámico (“Zahir, en árabe, quiere decir notorio, visible; en tal sentido, es uno de los noventa y nueve nombres de Dios”110), que de la tradición judeo- cristiana enmarcada en un monoteísmo histórico-trascendente.
La metafísica inmanentista de Borges se conjuga perfectamente con el nominalismo inglés (Ockam) y el idealismo
104La escritura…, ib., 173. 105El inmortal, ib., 28. 106
Biografía de Tadeo Isidoro Cruz…, ib., 71. 107Los teólogos, ib., 62.
108
La escritura…, ib., 174-175. Y continúa: “Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, aun tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita”.
109El Aleph, ib., 245.
110“La plebe, en tierras musulmanas, lo dice de ‘los seres o cosas que tienen la terrible virtud de ser inolvidables y cuya imagen acaba por enloquecer a la gente’” (El Zahir,
filosófico alemán (Spinoza, Leibniz). En su filosofía no hay lugar para un Dios verdaderamente personal, ya que como para Aristóteles o Avicena, “un dios sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud”111. Borges es más deísta (siguiendo a Kant y Hegel) que monoteísta. Por eso mismo, su lectura en cierto modo asfixia. Es así que el Minotauro, figura del hombre angustiado, podrá preguntarse en su laberinto: “¿Cómo será mi redentor? […] ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?”112. El laberinto es la inmejorable metáfora de una cosmovisión sin trascendencia, en la que no hay otra salida más que la muerte.
Borges es muy exacto en su decir, pero dice sólo eso: lo que dice. Las palabras parecerían estar vacías de contenido real, ser sólo literatura, de modo que, al mejor estilo nominalista, “en el instante en que yo dejo de creer en él, ‘Averroes’ desaparece”113. La metáfora es una ingeniosa constatación de que las cosas ‘no son sino’ palabras pensadas, o incluso, mucho menos que esto, meros nombres, ya que los dioses nos engañan. En el mejor de los casos, nosotros mismos somos pensados por Dios, y existimos sólo en su pensamiento.
Es evidente que, desde una perspectiva teologal, es muy difícil deconstruir un sistema tan cerrado, hermético y absoluto. Esta Ciudad [de los Inmortales, que según da a entender el mismo autor acaba siendo el mundo de la cultura civilizada desde Homero y Ulises114] es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto [¿la mente de cada
111La escritura del dios, ib., 173. 112La casa de Asterión, ib., 102. 113En busca de Averroes, ib., 150.
114“Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve seré todos: estaré muerto” (El inmortal, ib., 32).
hombre?], contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz”, dice el mismo Borges115.
Sólo la muerte puede liberar al Minotauro de su laberinto. La realidad es un laberinto asfixiante si no existe un punto de referencia trascendente que la abra y redimensione. Tal vez haya que recurrir a un teólogo como H. U. von Balthasar –nacido en Suiza, donde Borges se formó y pidió ser sepultado– para descubrir, con un modo de lectura análogo de los acontecimientos, que las realidades “no son sólo” circunstancias, sino más bien eslabones providenciales e irrepetibles de una “teodramática”, en la que puede leerse una acción teo-soteriológica de Dios: “la totalidad en el fragmento”, pero no el Aleph… Un buen ejercicio para realizar promediado la mitad de la vida; ya que a esta edad, Borges y Balthasar, el que cierra con un “no son sino”, y el que abre con un “no son sólo”; el idólatra y el iconógrafo, pueden terminar habitando en la misma persona116.
115 Ib., 19.
116Tardíamente descubrí la ficción de I. NAVARRO, Últimas inquisiciones. Borges y Von
Balthasar recíprocos, Bonum – Ágape Libros, Buenos Aires 2009, en la que el autor hace dialogar y opinar, recíprocamente y con asombro, al literato sobre la obra del teólogo y viceversa.