Chapter 5 – Conclusion and Recommendations 96
5.2 Recommendations for the Resource Centre 100
5.2.2 Services at the Resource Centre for Learning and Empowerment 104
Aunque La vorágine (1928) nos presenta los manuscritos de Arturo Cova, este personaje no es el único que cumple el rol de narrador. En el texto de partida encontramos cinco narradores que nos refieren a hechos diferentes: José Eustasio Rivera, Arturo Cova, Helí Mesa, Clemente Silva y Ramiro Estévanez. La novela comienza con un prólogo en forma de una carta escrita por José Eustasio Rivera —tomando este nombre como el de un personaje y no como el autor— quien da a conocer que lo que vamos a leer es producto de Arturo Cova. Lo anterior quiere decir que este personaje se encuentra en una posición externa a los acontecimientos de los manuscritos, está fuera de la historia central, y además nos indica que el principal narrador interno corresponde al protagonista.
La presencia de este narrador que aparece previo a la historia nos indica que tenemos un primer nivel extradiegético en el que él se ubica y uno intradiegético —el de los manuscritos— en donde se posicionan todos los
demás. Como lectores, nos acercamos a los manuscritos a través de la narración de Cova, quien comienza el relato hablando en pasado y haciendo referencia a las peripecias que tuvo que vivir. Durante gran parte del relato no tenemos indicios del momento en el que se está escribiendo el texto, solo nos muestran hechos e intervenciones de otros narradores que nos llevan a pensar que lo que se nos relata corresponde al pasado del narrador. Es hasta la página 174 que nos enteramos de que Cova empezó a escribir las memorias de sus últimos ocho meses para entretener a Ramiro Estévanez. Antes, Cova como
qué iba a ocurrir. En el momento en el que se mezcla el momento de la historia y el de la narración, ni el narrador ni el personaje saben qué sucederá:
Va para seis semanas que, por insinuación de Ramiro Estévanez, distraigo la ociosidad escribiendo las notas de mi odisea, en el libro de caja que el Cayeno tenía sobre su escritorio como adorno inútil y polvoriento. Peripecias extravagantes, detalles pueriles, páginas truculentas forman la red precaria de mi narración, y la voy exponiendo con pesadumbre, al ver que mi vida no conquistó lo trascendental y en ella todo resulta insignificante y perecedero.
Erraría quien imaginara que mi lápiz se mueve con deseos de notoriedad, al correr presuroso en el papel tras de las palabras para irlas fijando sobre las líneas. No ambiciono otro fin que el de emocionar a Ramiro Estévanez con el breviario de mis aventuras, confesándole por escrito el curso de mis pasiones y defectos, a ver si aprende a apreciar en mí lo que en él regateó el destino, y logra estimularse para la acción, pues siempre ha sido provechosísima disciplina para el pusilánime hacer confrontaciones con el arriscado. (p. 174-175)
Es importante recordar que, a pesar de que Cova es el narrador principal, decide ceder la palabra en ciertos momentos a otros narradores que nos permiten conocer perspectivas desconocidas tanto para él como para nosotros como lectores: “Cada uno de estos trae una visión nueva de la selva, de la vida y del hombre” (Green, 1967, p. 272). El hecho de que más narradores hablen dentro del manuscrito de Cova implica que existen niveles metadiegéticos de la narración. Gracias a personajes como Mesa, Silva y Estévanez conocemos anécdotas que solo ellos han experimentado u oído, que Arturo Cova desconoce, y que nos ayudan a comprender mejor el contexto de la historia. Son ellos quienes hablan de su experiencia como caucheros y relatan sucesos que configuran lo que es la selva. Según Genette (1998), estos narradores cumplirían lo que él denomina función explicativa, ya que lo que cuentan en sus narraciones tiene una relación directa con la historia principal y ayuda a resolver las preguntas que tienen los lectores. Después de esas intervenciones que nos brindan información que solo ellos conocen, Cova retoma su narración en el primer plano interno.
El primer personaje que cumple el rol de narrador metadiegético es Helí Mesa, quien interviene en la segunda parte de la novela. Sabemos de la existencia de Mesa desde la primera parte, pero no porque él sea un personaje en ese momento, sino porque el mulato
Correa se refiere a él al contar un poco del pasado de Franco: “Un joven llamado Helí Mesa, que «actualmente vivía como colono en el caño Caracarate», vino una vez a La Maporita” (p. 64). Hasta la segunda parte aparece como personaje, cuando se cruza con Cova, don Rafo, Correa y el Pipa. Sin embargo, al momento de responder cómo ha llegado hasta ese punto, Cova decide no contar de manera indirecta la anécdota, sino imitar la intervención del personaje. “Ya sería la medianoche cuando Helí Mesa resumió su brutal relato, que escuchaba yo sentado en el suelo, hundida la cabeza entre las rodillas” (p. 93). En ese momento Helí Mesa relata la manera en la que logró escaparse de los hombres de Barrera aprovechando una situación infortunada en medio de un río y, con su anécdota, nos da un indicio de lo que sucede con quienes están destinados a trabajar como caucheros. Los acontecimientos los narra de primera mano, es decir, es él el personaje principal de su propia intervención —lo que lo convierte en narrador homodiegético— y esto lo podemos evidenciar por la presencia frecuente de verbos conjugados en primera persona: “resolví gritar como todos al embarcarme (...)” (p. 94), “... le hundí al Matacano la bayoneta entre los riñones, lo dejé clavado contra la borda, y, en presencia de todos, salté al río” (p. 94). Luego de que menciona su escape de los hombres de Barrera, Cova retoma su rol como narrador, y Mesa vuelve a su rol de personaje.
El viejo amigo de Franco y ahora compañero de viaje de Cova tiene un segundo momento más adelante en el relato en el que funge como narrador, y es entonces cuando cuenta a los demás la leyenda de la india Mapiripana. Este segundo momento de Helí Mesa es distinto del primero, en cuanto no se trata de sus vivencias, sino de las creencias de un pueblo que él narra en tercera persona. Esto representa un cambio en la narración, ya que al no estar presente en la historia se convierte en narrador heterodiegético. En este caso, el narrador no es a la vez personaje, sino que es externo a lo narrado: “La indiecita Mapiripana es la sacerdotisa de los silencios, la celadora de manantiales y lagunas. Vive en el riñón de las selvas (...)” (p. 97), “En otros tiempos vino a estas latitudes un misionero, que se emborrachaba con jugo de palmas y dormía en el arenal con indias impúberes” (p. 98), “Desde entonces se entregó a la oración y a la penitencia y murió envejecido y demacrado” (p. 98). Como se puede notar, Helí Mesa comenta las vivencias de otra persona, las creencias de un pueblo, hechos que él no experimentó pero sobre los cuales parece conocer inicio, desarrollo y desenlace. Cuando el personaje termina de narrar la leyenda, Cova retoma su
narración de lo acontecido en la selva, y Mesa no vuelve a tomar la palabra en lo que queda del relato. En las traducciones de James (1935) y Chasteen (2018), la aparición de Mesa como narrador se mantiene en ambos momentos; cuando narra su escape y cuando explica la leyenda:
Tabla 6 - La narración metadiegética de Helí Mesa
Nº Contexto J. E. R. E. K. James J. C. Chasteen
14 Escape de los hombres de Barrera
«Aunque muy bebido, me siguió la corazonada de que por aquí no hay monte apropiado para organizar caucherías, y estuve a punto de volverme a buscar mi rancho, a rejuntar con la indiecita que dejé. Pero como hasta la niña Griselda hacía la burla a mis recelos, resolví gritar todos al embarcarme: “¡Viva el progresista señor Barrera! ¡Viva nuestro empresario! ¡Viva la expedición!” (p. 93-94)
“Although full of liquor, I felt some premonition within me urging me to go back to my ranch-to the little Indian wench I had left behind. It seemed to me there was no region near there suitable for rubber tapping, as Barrera Claimed. But as even Griselda laughed at my fears, I decided to yell with the rest on going aboard. ‘Viva the progressive Señor Barrera! Viva our enterprising contractor! Viva the expedition!’ (p. 185)
“I knew there was something fishy about Barrera and his projects. I almost turned around and went back to my hut and the little woman I left there. But everyone, even Griselda, made fun of my worries, and I ended up shouting with the rest as we trooped aboard his boats: ‘Long live Barrera! Hurrah for Progress! Hurrah for the expedition!’ (p. 99)
15 Leyenda de la india Mapiripana
»Los indios de estas comarcas le temen, y ella les tolera la cacería, a condición de no hacer ruido. Los que la contrarían no cazan nada; y basta fijarse en la arcilla húmeda para comprender que pasó asustando los animales y marcando la huella de un solo pie, con el talón hacia adelante, como si caminara retrocediendo. Siempre lleva en las manos una parásita y fue quien usó primero los abanicos de palmera. De noche se la siente gritar en las espesuras, y en los plenilunios costea las playas, navegando sobre una concha de tortuga, tirada por bufeos, que mueven las aletas mientras ella canta. (p. 98)
The Indians of this regions fear her, and she allows them to hunt provided they make no noise. Those who disobey, return from the hunt empty- handed; and it is enough to look at this damp clay to see that she passed here frightening away the animals, and leaving the print of one foot only, heel foremost, as though she trod the forest walking backwards. She always carries an orchid in her hand, and she it was who first used fans made of palm-trees. At night one hears her calling in the shadows, and when the moon shines full she skirts the river shores, sailing on a turtle shell, drawn by dolphins, which move their fins softly as she sings. (p. 193)
“The Indians fear her, and she tolerates their activities only when they don’t disturb the peace of the forest. Natives who offend her find no game to hunt. The disappointed hunters know that she has frightened away the game when they notice the mark of her single foot in the moist clay. Skilled trackers, they recognize her distinctive footprint not only because no others appear nearby but also because the impression shows that she always walks backward. She always carries an epiphyte in her hands, too. And she was the first person ever to fan herself with a palm frond. You can hear her crying in the undergrowth at night, except during the full moon, when she navigates the rivers in a giant tortoise shell pulled by pink river dolphins whose fins sway in time with her singing. (p. 104)
*Se encuentran subrayados algunos fragmentos que detallan cambios frente al texto de partida que serán analizados posteriormente.
Como es posible ver en la tabla 6, Helí Mesa sigue teniendo el rol de narrador metadiegético durante estos dos fragmentos en las traducciones y su narración no presenta mayores alteraciones. Observamos en todos los casos que el fragmento nº 14 se caracteriza por estar contado en primera persona, de modo que se mantiene la narración homodiegética: “I felt some premonition…”, “I decided to yell…”, “I almost turn around…”. De forma similar, el fragmento nº 15 también preserva las características del texto de partida, en este caso describiendo a la india Mapiripana en tercera persona: “she allows them to hunt…”, “she has frightened away the animals…”, “She always carries and epiphyte in her hands, too.”
Retomando lo que acontece en la narración de Cova tras cruzarse con Mesa, los hombres se encuentran siguiendo los rastros de Barrera rumbo al Isana. En el camino, se topan con un cauchero viejo y herido que se encuentra armado: el rumbero Clemente Silva. Este hombre despierta la compasión de Cova y se une a su travesía. Al conocerlo Cova, se menciona que es un hombre pastuso que lleva recorriendo los montes por más de dieciséis años y que conoce muy bien la empresa de las caucherías por lo que se dispone a ayudarlos. Silva se convierte en el narrador que toma la palabra para darle voz a los caucheros y hablar desde su propia experiencia sobre los maltratos a los que se ha visto sometido. En el relato se ve explícitamente que se abre un nuevo nivel en la narración: mientras Cova narra que todos pretendían no escuchar a excepción del mulato, Clemente Silva contaba sus desventuras: “Había tal dolor en las palabras de don Clemente, que nosotros aparentábamos no comprender. Franco se cortaba las uñas con la nava, Helí Mesa escarbaba el suelo con un palillo, yo hacía coronas con el humo del cigarro. Tan solo el mulato parecía envaído en la punzante narración” (p. 114). Tanto Franco como el mulato Correa y Helí Mesa desconocen, al igual que los lectores, lo que Silva está a punto de contar. En este nivel metadiegético, Silva les explica a los otros personajes y a los lectores cómo termino allí con esas heridas y gracias a su información es que siguen avanzando en la travesía.
La narración del cauchero se caracteriza por ser en primera persona y en pasado, ya que su objetivo es contar sus memorias a los otros personajes, en especial el propósito por el que emprendió su viaje que es buscar a su hijo, Luciano. Es interesante detallar que siempre se le recuerda al lector que es una narración dentro de otra, pues en varias ocasiones los personajes interrumpen a Silva para acelerar o delimitar lo que cuenta: “— Don Clemente: no resucite
esos recuerdos que hacen daño. Procure omitir en su narración todo lo sagrado y lo sentimental. Háblenos de sus éxodos en la selva.” (p. 115)
En su narración, Silva cuenta cómo terminó siendo considerado uno de los mejores rumberos al adentrarse en el mundo del caucho para buscar a su hijo. Recorrió selvas y trabajó como gomero en diferentes frentes sufriendo toda clase de maltratos. En lo que narra, se resalta la intervención de Balbino Jácome, un abuelo proveniente de Garzón, que cuenta cómo ha intentado ayudar a sus compatriotas desempeñando el papel de espía sin ganarse la mala voluntad de sus patrones y pasando desapercibido. Silva lo conoce después de haber recorrido muchos lugares y tras haber ayudado a un francés que tomó fotografías sobre los maltratos para denunciar lo que sucedía en los barracones. Estos personajes se encuentran cuando llega a la selva un visitador encargado de comprobar si las acusaciones son verdaderas. Balbino cuenta otra perspectiva proveniente de la empresa cauchera y revela, de forma desalentadora, cómo la presencia del visitador no lleva a ninguna garantía, sino todo lo contrario. Él conoce más sobre los libros en donde se llevan los registros del personal y sobre los trámites legales que podrían darle garantía y libertad a los trabajadores — esclavos— o tranquilidad a los patrones. Gracias a Balbino, Clemente fue vendido a la madona Zoraida Ayram y, también gracias a él, nosotros como lectores conocemos un poco más a fondo los crímenes de la selva. La segunda parte del relato termina con la noticia que le llega a Clemente Silva sobre la muerte de su hijo a causa de un árbol.
Al comenzar la tercera parte encontramos una reflexión sobre ser cauchero, que podría ser considerada como un canto muy similar al del inicio de la segunda parte: “¡Yo he sido cauchero, yo soy cauchero! Viví entre fangosos rebalses, en la soledad de las montañas, con mi cuadrilla de hombre palúdicos, picando la corteza de los árboles que tienen sangre blanca, como los dioses.” (p. 137) En el fragmento podemos observar que se narra en primera persona una especie de monólogo y se podría pensar que es Clemente Silva quien lo dice, teniendo en cuenta las características del personaje. Sin embargo, esto no es completamente claro, ya que algunas transiciones entre narradores pueden ser confusas. Se asume que Clemente Silva es quien abre la tercera parte con su canto, pero el estilo de este fragmento es muy similar al estilo del canto a la selva, como podemos notar en el siguiente fragmento de ese canto: “¡OH SELVA, esposa del silencia, madre de la soledad y de la neblina! ¿Qué hado maligno me dejó prisionero en tu cárcel verde?” (p. 77). Además, por lo que hemos visto en su narración,
Silva no maneja un lenguaje tan rimbombante como Cova en sus reflexiones. Dado que la narración de Clemente Silva se inscribe dentro de la narración de Cova puede ser confuso saber en qué nivel narrativo se encuentran estos cantos; hasta ese punto de la historia, Arturo Cova no ha sido cauchero, solo ha compartido con ellos y es el viejo rumbero quien ha experimentado por décadas los desmanes de la labor, pero las personas a las que se refiere más adelante el fragmento concuerdan con la descripción de su familia: “A mil leguas del hogar donde nací, maldije los recuerdos porque todos son tristes: (...) el de las hermanas, de belleza núbil, que sonríen a las decepciones, sin que la fortuna mude el ceño, sin que el hermano les lleve el oro restaurador!” (p. 137).
En las siguientes tablas se puede observar la manera en la que se tradujeron algunos pasajes de Clemente Silva para mostrar su narración, algunas interrupciones y los cantos.
Tabla 7 - La narración metadiegética de Clemente Silva
Nº Contexto J. E. R. E. K. James J. C. Chasteen
16 Clemente Silva cuenta lo sucedido en las caucherías
»El año siguiente fue para los caucheros muy fecundo en expectativas. No sé cómo, empezó a circular subrepticiamente en gomales y barracones un ejemplar del diario La Felpa, que dirigía en Iquitos el periodista Saldaña Roca. Sus columnas clamaban contra los crímenes que se cometían en el Putumayo y pedían justicia para nosotros. Recuerdo que la hoja estaba maltrecha, a fuerza de ser leída, y que en el siringal del caño Algodón la remendamos con caucho tibio, para que pudiera viajar de estrada en estrada, oculta entre un cilindro de bambú, que parecía cabo de hachuela. (p. 124)
“The following year was one of hope for the workers. I don’t know how a copy of the newspaper La Felpa began to circulate clandestinely in the rubber groves and settlements. It was published in Iquitos by Saldaña Roca, and it clamored against the crimes committed in the Putumayo, demanding justice for us. I remember the ragged condition in which the sheet arrived, having been smuggled from hand to hand; and how we mended it with warm latex, so that it could travel still farther afield, hidden in the bamboo handle of an ax. (p. 237)
“For us workers, the following year brimmed with expectations. I don’t know how, but a small, independent newspaper began to circulate in the rubber fields. It was La Felpa, published in the Peruvian city of Iquitos by the crusading journalist