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Shape Matrix Estimation and Division of the Object into Patches

Pedí a mi amiga Hillevi que contara su preciosa historia. Ahí va:

Estaba yo casada con un hombre maravilloso llamado Robert, que falleció. Unos años después de su muerte, visité a mi amiga Mara, que había visto a Robert una vez once años atrás. Mara y yo vivíamos lejos una de otra, por lo que no teníamos ocasión de vernos a menudo.

Mara se había ofrecido a darme una interpretación. Había asistido a algunos seminarios del doctor Weiss en Florida y había tenido algunas experiencias precisas. Le di el anillo de boda de Robert.

Ella se lo puso en un dedo y nos sentamos una frente a otra. Mara estaba de espaldas a la ventana, y yo de espaldas al apartamento. Su perro maltés, Ozzie, dormía al lado, en el suelo.

Estábamos las dos en silencio, esperando que Mara recibiera mensajes. Ella me iba dando la información que le llegaba, y en un momento dado yo dije: «Pero ¿cómo sé que Robert está de veras con nosotras?»

De pronto oímos un fuerte estrépito. Me di la vuelta, y en el suelo de baldosas vi una pequeña foto de Robert con marco de madera. Al lado estaba Ozzie, cuyo tamaño apenas doblaba el de la fotografía. Lo asombroso era que esa foto había estado antes en el dormitorio, metida entre unas bolsas y una maleta de gran tamaño.

¿Qué impulsó a Ozzie a despertarse, levantarse del suelo, dirigirse al dormitorio y llevar la fotografía al salón? Es algo que no había hecho nunca antes ni ha vuelto a hacer.

Fui al dormitorio a echar un vistazo, y las bolsas y la maleta seguían en su sitio. El suelo estaba embaldosado, de modo que si Ozzie hubiera arrastrado el marco de madera, lo habríamos oído. En vez de ello, había sujetado el marco con la boca, lo había transportado unos cinco metros, y lo había dejado caer a mi lado. No estoy segura de cómo lo hizo, pero Mara y yo estábamos convencidas de que Robert se encontraba con nosotras, y ayudó a Ozzie a llevar la fotografía al salón y dejarla caer con un fuerte ruido. ¡Así es como Robert respondió a mi pregunta! ~ Mara Gober

La mente instintiva de los animales no está obstaculizada por las funciones lógicas, analíticas y de pensamiento de la mente y el cerebro humanos, lo cual los libera para estar más adaptados a comunicaciones de diversas frecuencias, vibraciones y fuentes. Quizás a Robert le resultó más fácil conectar directamente con Ozzie, que a continuación realizó la compleja tarea de localizar una foto específica, cogerla de donde estaba y dejarla justo detrás de Hillevi. ¿Cuáles son las probabilidades de que suceda esto?

El psiquiatra Walter Jacobson escribió en su blog acerca de su experiencia mientras asistía a mi curso semanal en Omega. En una de las regresiones de grupo, Walter vio mentalmente la imagen de dos manos ahuecadas. Pero como persona analítica y de cerebro izquierdo confesa, durante los primeros días del taller se vio incapaz de recordar ninguna vida pasada ni otras imágenes afines.

El cuarto día llamé a Walter al escenario para hacer una demostración de cómo llevar a cabo una regresión en alguien con dificultades para recordar sus vidas anteriores. Las manos ahuecadas que él había visualizado fueron mi punto de entrada en su vida pasada. Cuando las personas tienen manos, normalmente tienen pies, así que le dije a Walter que se mirase los suyos. Efectivamente los vio, calzados con sandalias de piel, y advirtió asimismo que se encontraba junto a un río.

¿Qué significaban las manos ahuecadas? Al principio creí que él habría estado interaccionando con otra persona, pero a medida que fuimos ahondando en la escena nos dimos cuenta de que su perro moribundo estaba tendido en el suelo a su lado. Walter había estado cogiendo agua del río y acercándola

a la cara de su querido perro, pues este se hallaba demasiado débil para hacerlo por su cuenta. El gesto rebosaba compasión, y todos los participantes del taller estaban visiblemente conmovidos por el intenso amor entre el hombre y el animal. El perro murió poco después, y Walter, ahora totalmente solo, quedó abrumado por la tristeza. Le pregunté qué había aprendido de esa vida, y su respuesta fue sencilla y sentida: «El amor.»

Tras la regresión, a Walter le llegaron más noticias de esa vida anterior. Escribió lo siguiente al respecto: «La lección de mi regresión a esa vida anterior no tenía que ver solo con el amor sino también con la dedicación. La dedicación es una parte muy importante de la lección que he venido aquí a aprender. Cuando me preocupo de mi perro, debo hacerlo procurando que sus necesidades estén más satisfechas que las mías. Lo mismo cuando me preocupo de mis caballos: debo estar plenamente presente y entregado, comunicarme y atender en el grado máximo. Y por último, aunque igual de importante, debo consagrarme en mi servicio a los demás, en la expresión de la compasión, la aceptación y el perdón de todos aquellos en cuyo camino me cruzo, y en mis vínculos con quienes son especialmente importantes.» Esa semana, tras curiosear en la librería de Omega y entrar en el cuarto trastero, Walter bajó la vista y vio una estatua: una réplica exacta de las dos manos ahuecadas que había imaginado. La escultura llevaba por título Las manos de Dios.

Hace poco estaba yo leyendo el periódico local, consternado ante las incesantes crónicas de odio y violencia en todas partes del mundo. Personas que eran atacadas brutalmente y acababan muriendo en la calle. Un adolescente tiroteado y asesinado en un crimen de odio solo por el color de su piel. Pero inmediatamente debajo de esta última noticia había un artículo sobre dos gatos, y yo bendije en silencio al periódico por incluir esta maravillosa historia de amor y dedicación.

Una anciana de Florida se había enamorado de dos gatitos de la misma camada y los había adoptado, un macho y una hembra a los que puso los nombres de Jack y Jill. Con el tiempo, la mujer se mudó a Maine, pero Jack huyó justo antes de marcharse ella, de modo que la mujer se vio obligada a irse sin una de sus preciadas mascotas. Una vecina encontró por casualidad el gato extraviado y llamó a la anciana a Maine, solo para enterarse de que había fallecido y que dos meses atrás sus parientes se habían deshecho de Jill regalándola a una protectora de animales.

A la vecina la preocupaba que Jill estuviera tan sola, así que recorrió todas las sociedades protectoras de Maine. Después de un sinfín de oraciones y de observar minuciosamente centenares de gatos, Jill fue localizada. Sin embargo, la vecina no podía pagar los 500 dólares que costaba transportar la gata de nuevo a Florida. Cuando contó su historia a sus compañeros de trabajo del club de campo, estos hicieron causa común —junto a otros que también habían oído la historia— para reunir el dinero. En cuestión solo de un par de días alcanzaron su objetivo, y poco después Jill estaba de nuevo en casa, felizmente reunida por fin con su hermano Jack.

Tras leer esto, pensé en el recuerdo de las manos tiernamente ahuecadas de Walter, con las que saciaba la sed de su perro moribundo. Los seres humanos somos capaces de manifestar gran compasión y dedicación a nuestras amadas mascotas. Dedicar tanto dinero y energía a reunir dos gatos es una acción noble y sensible. Además, para lograr ese propósito han de participar muchos: no solo la resuelta vecina sino también clientes, miembros y personal del club de campo que echaron una mano. Si las personas se