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Small business in Australia

Engendering further improvements in engagement

1 Scope of the study

1.2 Small business in Australia

Antes de abordar los efectos de la política urbana, el turismo y el consumo cultural en el desarrollo de las identidades que se forjan sobre el patrimonio, es necesario definir qué se comprende por identidad. Según Jenkins (1996) el término identidad tiene dos acepciones: la primera refiere a un concepto de semejanza total, y la segunda es una referencia de distinción que presume consistencia y continuidad a lo largo del tiempo. El valor de la identidad radica en ser el principal recurso que le provee al hombre seguridad y orientación en su dinámica diaria con el entorno en el que habita (Hernando, 2002); para Giménez (2013), su trascendencia social implica la continuidad en el tiempo de una personalidad que contiene características que le ayudan a destacarse de terceros y a gozar de reconocimiento por parte de estos últimos para poder existir pública y socialmente.

La identidad de un individuo u objeto no necesariamente recae en los atributos físicos, sino también en aquellas cualidades que permiten relacionarlo con diferentes categorías, grupos o colectivos que forman parte de su estructura. Hernando (2002) sostiene que el punto de partida para comprender como se construye una identidad está relacionado con el grado de control que cada sociedad posee sobre su propia realidad, en términos de orden y representación. En el proceso para establecer un orden, tanto el espacio como el tiempo fungen como los parámetros que hacen asimilable un suceso para ser controlado.97 El espacio se encarga de mostrar los hechos físicos que moldean la estructura de un territorio con referencias inmóviles —trazos, asentamientos, edificaciones—, y el tiempo emplea referencias dinámicas para caracterizar los patrones de actividad que definen la experiencia de los grupos humanos en la organización de su entorno (Hernando, 2002).

Ahora, si el espacio y el tiempo ordenan la percepción de la realidad, el proceso para construir su interpretación requiere de una segunda etapa que es su representación mental (Hernando, 2002). De acuerdo con Olson (1994) existen dos modos de representar la realidad: la metonimia y la metáfora. Según Hernando (2002), en la metonimia los signos que personalizan la composición de un espacio derivan de la imaginación del hombre al atribuirle significados conforme a la intuición que guía su propio comportamiento —subjetividad—; sin poseer conocimiento sobre las causas que motivan su existencia. El uso de la metonimia ha estado vinculado con las sociedades en las que predomina un bajo nivel de especialización de actividades y profesan, entre sus habitantes, un culto por sus costumbres y tradiciones.

97 Según Hernando (2002), aquellos fenómenos que no forman parte de estas dos referencias —espacio y tiempo— no pueden ser contemplados o definidos dentro de la experiencia humana para obtener una representación de ellos.

En el caso de la metáfora, “la realidad y el signo que la representa son cosas diferentes” (Hernando, 2002: 53), que se diseñan a través de modelos científicos para explicar objetivamente los fenómenos que describen la vivencia que tiene el hombre con su entorno para tomar control de él. Los alcances de la metáfora asumen como reto crear nuevos conceptos, significados y bienes que hagan de la realidad el gran contenedor de las expectativas de progreso y desarrollo del hombre para señalar la evolución de su existencia. El desarrollo de la representación metafórica está vinculado con las sociedades que cuentan con una división de funciones y especialización del trabajo elevada, en la cual sus integrantes se reconocen como los únicos seres capaces de moldear su porvenir.

Cada modelo de representación ha constituido dos clases de identidad: la relacional y la individual. La identidad relacional está definida por los modelos metonímicos al describir la rutina de aquellas colectividades que respetan siempre la tradición de su entorno compartiendo comportamientos que están establecidos para ser únicamente experimentados sin cuestionarlos (Hernando, 2002).98 En cambio, la identidad individual conformada por los modelos metafóricos, se caracteriza por pensar la realidad aislada de las emociones, con el fin de ejercer un control racional de su progreso. Aquí, el tiempo y el espacio son considerados como escenarios para evidenciar la transformación y el cambio (Hernando, 2002: 76) que requieren las colectividades con miras a reconstruir su identidad y mejorar sus condiciones de vida.

En contextos donde se busca caracterizar el estado o nivel de apropiación de un territorio por la sociedad, la identidad relacional como la individual se convierten en estímulos para definir la imagen y estructura de un paisaje que se recrea por los lazos simbólicos de los actores que asumen como propio un espacio y se identifican emotivamente con él (Giménez, 2013: 330). De acuerdo con Tamayo (2010), los entornos que estimulan el bienestar subjetivo y social de una colectividad son producto del cúmulo de significados que la ciudadanía le atribuye a ciertos lugares relevantes en su historia biográfica y cotidianeidad que, al final, se articulan en una identidad urbana.

Según Valera (2014), la identidad urbana representa “la interacción simbólica que se da entre las personas que comparten un determinado espacio y que se identifican con él a través de un conjunto de significados socialmente elaborados” (Valera, 2014: 106), que permiten estructurar la identidad de un

98 Al estar definidos los criterios que indican “lo que se debe ser como individuos” (Hernando, 2002: 67), la identidad relacional motiva a sus seguidores a proteger su entorno ante cualquier intento de transformación o cambio de esencia.

grupo social influenciado por un sentimiento de apego hacia su territorio.99 Por lo tanto, al ser la identidad urbana una elaboración intelectual y emocional, tiene en el patrimonio edificado y en los centros históricos uno de sus principales testimonios que enriquecen afectiva y simbólicamente la percepción de la realidad.100 Para Rivera y Ledezma (2014), la necesidad de consolidar las identidades territoriales ha motivado en los proyectos de conservación de los centros históricos la protección de las prácticas ciudadanas que inciden en la apropiación simbólica de los bienes colectivos como parte de su identidad.

No obstante, con la inclusión del patrimonio en la dinámica de operación del mercado —oferta y demanda—, los cambios gestionados, en cuanto a imagen urbana y ocupación del territorio, pareciera que han dejado de potencializar la identidad local para desempeñarse como recursos de ocio y entretenimiento, materializados con acciones de renovación que tienden a recurrir a las mismas soluciones urbanas que se aplican en otros contextos: embellecimiento del espacio, mejora de las condiciones de seguridad, peatonalización de calles y la creación de una nueva oferta comercial al servicio del visitante (Muñoz, 2008).

Con el fin de comprender el alcance de los problemas que obstaculizan la continuidad de la identidad urbana, se presenta una revisión de los conflictos que surgen con la implementación de la política urbana neoliberal, las actividades turísticas y el consumo cultural en las acciones de renovación que emprenden para controlar el uso del patrimonio edificado en los centros históricos.

1.4.2. Efectos de la renovación de los centros históricos en el deterioro de la identidad