El que es buen papá
María -señora de 70 años, hija de esta generación- también afirma que su padre fue buen papá "dentro de sus posibilidades y de la ignorancia de esa época", dando a entender que su papá fue así porque no conocía otra forma de ser padre. Ahora parece no ser así, debido a que en el momento de la entrevista María expresa que ―hoy en día el
que sea mal papá y mal marido es porque quiere serlo, no por ignorante sino por estúpido…” de tal forma que ser padre le significaba a María otra cosa diferente de la que
ella misma pensaba cuando estaba pequeña, ya que ―no hay un relato que no sea interpretado por quien relata a partir de su propia historia de vida y de las elaboraciones hechas en el presente, sobre el pasado‖ (Puyana Villamizar, 2013, p. 118). De esta forma se enmarca el significado de ser padre como un hecho histórico y cultural.
César, con 85 años de edad, se jacta a su vez, de que su papá fue trabajador, juicioso y riguroso; características que lo constituyen en un buen padre:
―No pues mi papá era un hombre de mucho trabajo, pa‟ que, muy juicioso, muy
cumplido con su deber, de eso me jacto y le agradezco mucho, que me levantó como un padre debe criar a sus hijos (…) con el rigor, con el respeto, porque hoy en día ya no hay respeto”.
El padre por lo tanto es aquel que inspira respeto a sus hijos, que logra que sus hijos lo respeten, no necesariamente con un castigo físico aunque sí con la rigidez. Rigidez que
manifiesta un poder en la relación y que se da en tanto el hijo pertenezca al grupo donde se está ejerciendo dicho poder (Arendt, 2005), es decir a la familia.
El que castiga
El poder adquirido por estos padres, se manifiesta en lo que sus hijos (los participantes de la generación 1, narran cuando estaban pequeños, recordando cómo sus padres los obligaban a hacer los mandados, tal como lo rememora Luis, campesino de 82 años de edad, residente en una vereda de Sutamarchán: ―y entonces lo obligaban a uno por un
mandado, vaya a tal y tal, donde tal vecino y lleve esto y esto, tocaba por la fuerza‖ y si
no obedecía "el rabito no era de nosotros", llegándolo a castigar con ―una varita y fuete,
ellos eran delicados25, lo hacían porque lo hacían, por gusto que vamos o no vamos… van porque van y si no la zurriaga26, era obligación y así le tenía uno miedo…”, con la
consecuencia de temerle al papá. Y aunque hubiera miedo, al papá ―tocaba apreciarlo‖ como Luis mismo lo dice, sentimiento que al ser obligado, dista mucho de tener un carácter cariñoso. Como se observa en este caso, hay una imposición tanto en el hacer como en el pensar, que no admitía contradicción, pues de lo contrario se ejercía un castigo físico.
Julio, campesino de 91 años, por su parte recuerda que recibió también castigo físico:
―Algo de juetecito también chupábamos. Cuando uno es pequeño siempre es
necio. No nos daba fuete… palo. Poníame a arar y uno, uno cuando joven sé que es, es trabajoso27, como tenaz es uno cuando joven. Le mandaban a uno a hacer cualquier cosa que, estaba uno primero el juego que hacer lo que lo mandaban a…, y, y así les hacía uno motivo para que lo castigaran también‖
En este comentario de Julio, se observa una justificación del castigo físico por lo que no se portaba como su papá quería. También hay una justificación de este tipo de castigos por parte del hijo cuando se trata de aprender a trabajar, tal como el papá de César lo
25
Expresión utilizada por los campesinos para referirse a la exigencia de los padres.
26
Látigo o correa con que se castiga.
27
Expresión que significa que le daba trabajo a los papás, es decir por lo inquieto que era, a los papás se les dificultaba su educación.
hizo: ―con manito‖, y este considera que así aprendía ―pues con manito28… y uno
aprendía pa‟qué…”.
En estos dos casos, se observa que el papá entonces es el que manda sobre los miembros de la familia ―como parte de un derecho a hacerlo y se le obedece como orden inviolable, parte de una tradición inmemorial‖ (Gutiérrez de Pineda y Vila de Pineda, 1988, p. 31). La desobediencia al poder patriarcal desembocaba en un castigo físico, por lo general violento, entendiendo violencia según la OMS, como:
El uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones (Salud, 2002, p. 15).
Aparte de los instrumentos que se utilizaban para propinar el castigo físico, como se observó arriba: fuete, palo, vara y otros, se perciben también otras circunstancias específicas en éste. El hijo mayor era el que recibía castigos más drásticos, como en el caso de César: ―claro… siendo el mayor, es el sufrido… a los otros… el que me seguía a
mí, no‖. Así también lo asegura María ―mis dos hijos menores no se alcanzaron a dar cuenta del manejo de él tan cruel conmigo y con los hermanos mayores‖. Esto puede
deberse a que como los hijos mayores se le enfrentan cuando van creciendo en el mismo momento en que los menores están todavía pequeños, el padre se ve condicionado por esta situación. Además, si el padre asegura la obediencia y sumisión del primero, es más probable que se siga transmitiendo a los demás hijos esa forma de piedad filial, como la denominaban Gutiérrez de Pineda y Vila de Pineda (1988).
En otro caso, Pedro (conductor de 65 años) relata su experiencia un poco dramática por la forma como trataban de aliviarse de los dolores causados por el castigo físico de su padre, de tal forma que se convertía a su vez en algo humillante:
28
―El día que se nos perdiera una vaca… o no llegábamos con ella, las contaba y
faltara una vaca, entonces ahí mismo, mire que fulano no trajera tal vaca… de una vez con el cinturón (PAM!, PAM!) y con semejante frio con esos de los que está haciendo ahorita y uno emparamado y corra, y cómo hacía uno para… cuando caía el hielo, en enero o febrero… cuando uno veía que la vaca, depositaba su… digamos su cagada, saltaba uno allá, con todo y alpargata para sentir calor, pa‟ quitarse el hielo de los pies y después llegar a la casa y bañarse los pies‖.
El que recibía apoyo
Julio, se refiere a los profesores, y describe que castigaban con ―unas férulas que tenían
unos huecos y le pegaban así a uno, le ponían las manos así a uno y ¡Pa! ¡Pa! Mijitico. Y tenían unos huecos y se le formaban a uno unas vejigas así‖. Estos castigos eran
ocasionados también porque no se aprendían las cosas, pues según César, ―cogía la
profesora una regla ancha y cogía tatatata y los castigaban, los que estaban de tercero o cuarto, eso los castigaban pero duramente y todo. Tenía que aprender todo de memoria‖
o porque no hacían las tareas pues ―allá uno le ponían una tarea y si no la hacía (hace un ruido de palmada) vamos a hacerla‖. Este tipo de castigo propinado por los profesores era una herencia del sistema lancasteriano que ―contaba con sanciones destinadas a producir dolor físico mediante el uso de varas, fuetes, reglas de madera, férulas o palmetas‖ (Banco de la República, 2012, 2012, p. 58).
También las mujeres ejercían el castigo físico y era algo que manifestaba lo buena mamá que era. Así lo entendía César al narrar que ―mi madre era muy sencilla y muy
cumplidora con su santo deber… cuando debía dar un chamizazo29 lo daba‖. En esta
expresión se perciben varias condiciones que daban cuenta de la naturalización del castigo físico en un sistema patriarcal: que había ocasiones en que era necesario ejercer el castigo físico y otra en la que si la madre lo ejercía, era considerada muy buena madre y cumplidora con su deber.
29
Otra de las circunstancias que se observan en torno al castigo, era que se intensificaba con el uso del alcohol (más precisamente de la chicha), como ingrediente de la violencia, tanto así que se justifica:
―Alguna vez borracho que me corretió por una tienda y ahí sí como con ganas de
hacer… quién sabe qué hacer y me defendía en las columnas de la casa y yo corra pa‟quí, entré a una pieza y me encerré y me planté así, tranqué, siempre lo atajaba… esa vez no me alcanzó a pegar, esa eran cosas de borrachera…‖. (César)
El alcohol, además de la agresividad propia de las gentes, colaboraba también agravando la violencia bipartidista vivida en el contexto cundiboyacense, tal como lo califica Fals Borda (1961):
Gran parte de esta agresividad es el resultado de una combinación del alcoholismo y la política. En los años de 1950 y 1951, cuando las pasiones políticas estaban desencadenadas en Colombia, cualquier alusión a los partidos podía originar fácilmente graves trifulcas, cuyos escenarios eran casi invariablemente las tiendas. (Fals Borda, 1961, p. 259)
Y es curioso, la forma como Caballero Calderón (2009) en su libro Siervo sin tierra, cuenta cómo el alcohol, al juntarse con la política adquiere consecuencias que para Siervo son determinantes, siendo acusado de un crimen del cual no fue consciente.