Los padres de la generación 0 (narrados por los padres de la G1), entienden al buen padre como aquel que es responsable, lo que implica ser trabajador, y rígido, característica de los campesinos cundiboyacenses. Esa rigidez de la que hablan, puede ser motivo de castigo físico, pues se requería cuando los hijos no obedecían lo que el padre mandaba. Los castigos físicos eran ejercidos con varas, fuetes, zurriaga, etc., y eran propinados tanto por el padre como por la madre en el caso en que él no estuviera presente. Debido a que en esta generación era común que las familias fueran numerosas, el hijo mayor era el que más recibía el castigo físico por parte del padre, pues cuando ya los demás estaban más grandes, los hijos mayores se oponían a que el padre les pegara a los hermanos. Se observa por tanto, una estructura patriarcal muy bien definida, en la que el padre responsable o buen padre es aquel que no falta con el sustento económico, aquel que merece respeto y que para lograrlo, tiene que ser rígido y por lo tanto utilizar lo que esté a su alcance para mantener cierto poder sobre la familia incluido el castigo físico.
Los padres de la G1 valoran enormemente el respeto de los hijos hacia ellos, pues les daba el poder y reconocimiento de los demás, reforzando el Código de Honor establecido en la estructura patriarcal. Una de las ideas más difundidas en esta generación, es la que tiene que ver con la efectividad del castigo físico para educar y de cómo esta idea ha sido
heredada de las generaciones anteriores, aspecto igualmente encontrado por Torres Velásquez (2004) y que se asocia con una cultura patriarcal, sustentado a su vez por instituciones políticas y sociales. Otro aspecto presente en esta generación es el uso del alcohol que se mezclaba con el ejercicio de la autoridad. El autoritarismo era ejercido por estos padres sobre todo hasta la adolescencia o hasta la edad en la que los hijos cuestionaban dicho poder. Es importante observar también cómo en esta generación, los hijos de estos padres agravan en sus narraciones, los castigos sufridos por sus padres, mientras que estos últimos tienden a aminorarlos. A los padres de esta generación, los comienza a afectar la ley colombiana con respecto al castigo físico, con sus últimos hijos, aunque se observa más ampliamente en la siguiente generación. Otra de los aspectos comentados por estos padres es el castigo físico propinado por los profesores.
A lo largo de las generaciones se manifiesta entonces un cambio en la autoridad unido a un cambio en las relaciones de poder. En la generación 0 y generación 1, el poder estaba en manos del padre, considerado incluso como patriarca por una de las participantes. Este poder estaba asentado en la capacidad masculina y era aprobado e incluso afirmado por diferentes actores contextuales como los profesores. En la generación 2, el padre experimenta un cuestionamiento de su poder por parte de la mujer y del Estado, quienes en muchas ocasiones desautorizan al padre en las decisiones tomadas o en las acciones ejercidas por este. El cuestionamiento del padre, conlleva a una pérdida de poder que se ve más acentuada, como se explicó en el párrafo anterior, cuando el hijo se encuentra en la adolescencia. Por último, en la generación 3 pareciera que el poder dentro de la familia es compartido por el hombre y la mujer, sin embargo se perciben muchas ambigüedades en el ejercicio de la autoridad, al no saber exactamente cómo articular dichos poderes con relación a la educación de los hijos.
Los castigos físicos propinados por los padres de la generación 1 a la generación 2, se ven reflejados en las narraciones de estos últimos, quienes manifiestan sentimientos de temor e inseguridad, aunque también existe una naturalización, al considerar que dichos castigos les sirvieron o se los merecían. Estos padres comienzan a ejercer prácticas ambiguas en cuanto a la autoridad, pues aunque dialogan más con sus hijos, no pueden dejar de ver el castigo físico como una forma de control, incluso especifican una diferencia entre ser padre y ser amigo, pero encuentran a su vez, contradicción entre estos dos conceptos. Como se explicó para la generación anterior, en ésta la legislación
juega un papel importantísimo en la desnaturalización del castigo físico, sin embargo se quejan estos padres de haber sido despojados de su autoridad paternal. Con razón decía Elías (1998) que ―nos encontramos en un periodo de transición en el cual unas relaciones de padres e hijos más viejas, estrictamente autoritarias, y otras más recientes, más igualitarias, se encuentran simultáneamente, y ambas formas suelen mezclarse incluso en las familias‖ (p. 412). El estudio sigue siendo un punto de quiebre en estos padres, pues aunque saben que es necesario en el momento, en su infancia sufrieron las secuelas de un sistema totalmente autoritario.
En los padres de la generación 3 hay más conciencia de lo que significa el castigo físico, sin embargo persiste, al igual que en la generación 2, cierta naturalización manifestada en el merecimiento de dichos castigos. En esta generación 3, los padres hablan de la necesidad del cariño y la afectividad en el ejercicio de la autoridad, convenciéndose de no querer repetir lo mismo con sus hijos y aunque no quieren castigar físicamente, se enfrentan a una situación en la que se desesperan al no saber qué hacer cuando sus hijos desobedecen. Uno de los aspectos que se percibe en esta generación es la participación de la mujer en el ejercicio de la autoridad, que fue pasando de tratar de evitar el castigo de los hijos por parte de sus padres en las primeras generaciones, a promoverlo en esta última.