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Standardize common processes and procedures

2.2.1. Género

Otra de las nociones centrales que utilizamos en nuestra investigación es la de género. El interés como categoría analítica del campo de las ciencias sociales, ha surgido tardíamente en el siglo XX. Emerge como respuesta teórica y política a las explicaciones que justificaban las diferencias y desigualdades sociales entre varones y mujeres mediante un vocabulario naturalista.

En la década de 1930 la publicación “Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas” de Margaret Mead (1935), inicia un camino de crítica a las posturas biologicistas y esencialistas al confirmar etnográficamente la existencia de variabilidad en la construcción sociocultural de las femineidades y masculinidades. Una década más tarde, en 1949 Simone de Beauvoir en su libro El segundo sexo, afirma que no se nace mujer sino que se llega a serlo, aludiendo a que la mujer no es una identidad “natural” sino una identidad y un proyecto culturalmente interpretado (Butler, citado por Viveros Vigoyas, 2004). Sin embargo, no es hasta los años setenta que los estudios de la mujer se consolidan en el campo académico. Denominándose de género en los años ’90 al incorporar las investigaciones sobre masculinidades y el enfoque relacional.

En términos generales se acuerda que género no es sinónimo de sexo. Sexo alude a las diferencias biológicas entre el hombre y la mujer, mientras que género se refiere al significado social construido alrededor de esa diferencia, que se expresa en la distribución desigual de roles, recursos, responsabilidades y poder. Es decir, que género pasa a ser una forma de denotar las "construcciones culturales", la creación totalmente social de ideas sobre los roles apropiados para mujeres y hombres. Es una forma de referirse a los orígenes exclusivamente sociales de las identidades subjetivas masculinas y femeninas (Scott, 1986).

Además el concepto analítico de género pretende poner en cuestión el enunciado esencialista y universalista que nos recuerda la frase de Freud: “la biología es destino”. Por lo tanto, este concepto, trasciende el reduccionismo biológico, al interpretar las relaciones entre mujeres y hombres como construcciones culturales engendradas y al atribuirles significados sociales, culturales y psicológicos a las identidades sexuales biológicas (Stolcke, 1999).

Cabe advertir junto con Scott (2008), que la aparente claridad de la distinción entre sexo y género oscurece el hecho de que tanto el uno como el otro, son formas de conocimiento. Cuando utilizamos la oposición "natural" frente a "construido" perpetuamos la idea de que existe una naturaleza transparente que podemos llegar a conocer de algún modo, aparte del conocimiento que podamos producir acerca de ella.

Pero en realidad, tanto la "naturaleza" como el "sexo" son conceptos con una historia (Butler, 1993; citado por Scott, 2008), que están unidos a través del lenguaje y sus significados han cambiado a lo largo del tiempo y a través de las culturas.

Considerar que el género es un proceso de construcción social y cultural a partir de las características y particularidades biológicas o sexuales, permite afirmar que ningún carácter asignado a las mujeres o varones puede ser percibido como inmutable, sino que varía al interior de cada cultura, a lo largo de la historia y al comparar distintas sociedades.

En dicha construcción intervienen factores, sociales, culturales y políticos que influyen luego en el modo en que se establecen, al interior de una sociedad, las relaciones, papeles y estereotipos de género, así como la articulación que se instaura muchas veces de manera conflictiva con otros sistemas identitarios como son etnia, clase, religión, opción sexual, edad, etc.

Esta pluralidad de rasgos y definiciones de género imposibilita definir a “lo femenino” o “lo masculino” en un sentido esencialista, universal, ya que al interior presentan una gran pluralidad de rasgos en función del atravesamiento de los aspectos económicos, culturales, políticos, de poder, prevalentes en un tiempo y territorio considerado.

Ahora bien, aunque las relaciones entre hombres y mujeres pueden ser de distinto tipo (de desigualdad, complementariedad, subordinación, igualdad, equidad) en la mayoría de las sociedades las relaciones entre ambos son de desigualdad. Esto significa menores oportunidades, menor valoración y reconocimiento para las mujeres y un acceso diferencial a los recursos, lo que impide su participación paritaria en la sociedad (Guzmán, 2009).

De acuerdo a las afirmaciones precedentes, podemos decir, siguiendo a Robert Connell (1987), que la categoría de género alude a una relación de poder que atraviesa y se articula de maneras particulares con otras formas de ejercicio de poder que estructuran lo social (como la clase, la etnia22, la edad, la opción sexual, etc.). Ello hace necesario analizar las tensiones e intersecciones de género entre todas estas relaciones de poder, tomar en cuenta cómo se construye y se actúa tanto lo femenino como lo masculino sin olvidar, no obstante, que la evidencia histórica demuestra que el polo masculino ha estado y continúa estando en posición de superioridad.

Por último, pese a las distintas corrientes de desarrollo del concepto de género, las diferentes posiciones coinciden en afirmar que el género no es una propiedad de los/as sujetos/as, ni es un constructo fijo y terminado, condenado a una perpetua repetición y, en palabras de Gloria Bonder “nos impulsa a detectar y explicar cómo los/as sujetos/as se en-generan en y a través de una red compleja de discursos, prácticas e institucionalidades, históricamente situadas, que le otorgan sentido y valor a la definición de sí mismos/as y de su realidad. Ello implica abrir el interrogante acerca de

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La incorporación de la categoría etnia/“raza” no estuvo presente inicialmente en el proceso de construcción del concepto de género. A partir de la década del 80 las feministas negras, indígenas, lesbianas, etc., cuestionan fuertemente el modelo hegemónico por considerarlo etnocéntrico y heterocentrado, comenzando así un proceso de visibilización de la condición de las mujeres en función de

qué, cómo y por qué invisten y negocian, en y a través de estos dispositivos, posiciones y sentidos singulares” (Bonder, 1999: 37).

2.2.2. Género y salud

Siguiendo a Débora Tajer (2004), “adoptar una mirada de género en salud implica incorporar el modo en que las asimetrías sociales entre varones y mujeres, determinan diferencialmente el proceso salud-enfermedad-atención tanto de unos como de otras. Asimetrías jerárquicas entre los géneros que articuladas con otras diferencias entre las personas que también son fuentes de inequidad en nuestras sociedades -edad, etnia y clase social-, establecerán perfiles de morbimortalidad específicos, así como modelos de gestión de la enfermedad diferenciales” (Tajer, 2004: 28).

En el proceso salud-enfermedad-atención de cada género, dichas asimetrías sociales “operan estableciendo vulnerabilidades diferenciales relativas a los roles sociales que cada colectivo puede y debe cumplir en el marco del patriarcado. Lo cual determina modos diferentes de vivir, enfermar, consultar, ser atendidos/as y morir” (Tajer, 2004: 28).

En este sentido cabe destacar, los ejemplos señalados por Gita Sen23 y otros/as (2005), en su trabajo sobre los efectos del género en los procesos de salud/enfermedad/atención y su propuesta de incorporar una perspectiva de género y derechos que promueva la equidad en salud.

Otro ejemplo podemos recuperar de los trabajos de Débora Tajer y otros/as (2010) sobre la calidad de atención en pacientes cardiovasculares, donde se destaca que “en lo referente al género existen diferentes sesgos en el acceso a la atención que pueden caracterizarse según dos tipos de modalidades: 1) las inequidades producidas por actitudes del equipo de salud frente a pacientes varones y mujeres y 2) las inequidades relativas al acceso a ciertos tipos de tratamientos o análisis” (Tajer et al, 2010: 75). En nuestro trabajo, en coincidencia con las investigaciones de Tajer y otros (2012), cuando hablamos de inequidad de género en la atención de salud nos referimos a aquellos casos en que:

- Se dispensa una atención igual para los distintos sexos, cuando las necesidades de género no son iguales.

- Se imparte una atención diferente cuando en realidad las necesidades son iguales.

- O cuando desde los servicios de salud se refuerzan estereotipos de género, asimetrías de poder y distribución de recursos y roles.

En Latinoamérica, hay consenso en afirmar que el objetivo de una agenda política género sensible para la región, es lograr la equidad. La equidad entendida como la igualdad con reconocimiento de las diferencias. “Sólo la introducción de nuevas prácticas y de nuevas normas, contra las cuales las personas puedan ser medidas y evaluadas, y con una redistribución de recursos24 que verdaderamente refleje un nuevo

23 Gita Sen, es una destacada académica y activista de origen hindú, pionera en el campo del género y

desarrollo.

arreglo equitativo de género, es que se podrán atacar con eficacia las prácticas que producen desigualdad, tanto material como simbólica. El quid del asunto es establecer acciones con sinergia entre la sociedad civil (y sus asociaciones), el Estado y la iniciativa privada, buscando alcanzar la equidad y no sólo buscando transversalizar el género. Transversalizar es un cómo, no un qué. Más que proponer como fin último la transversalización de género, hay que infiltrar, contagiar, empapar de una aspiración por la equidad” (Lamas, 2003: 14).

2.2.3. Género y consumo problemático de sustancias

Habiendo descripto las nociones de género y su articulación con el proceso de salud- enfermedad-atención, es preciso discutir los modos en que éstos se relacionan con el consumo de sustancias.

Una de las primeras cuestiones que nos interesa precisar es aquella relativa a la distinción entre consumo y consumo problemático de tóxicos, partiendo de la premisa de que no todo/a usuario/a de sustancias hace un uso problemático de las mismas. Al mismo tiempo que debemos tener en cuenta que se trata de modelos interpretativos fijados en un tiempo y espacio determinados.

Según discursos conservadores hegemónicos, habría en el/la usuario/a de sustancias, una suerte de destino hacia la instalación en la adicción, es decir, se daría un recorrido dentro de una escala evolutiva unilineal, donde necesariamente, quien se inicia en la “droga” se convertirá en adicto/a. Tal es así, que Graciela Touzé (2006) sostiene que desde este tipo de concepciones no se “admiten” diferencias en los patrones de consumo en el caso de las sustancias ilegalizadas. Esto es, el/la consumidor/a –cualquiera sea la dosis, frecuencia y circunstancias del uso- es visualizado/a como un/a “adicto/a” y siempre se lo/a identifica como alguien peligroso/a, con una personalidad autodestructiva y con una actitud despreocupada respecto de su salud.

Sin embargo, es preciso subrayar diferencias entre consumo y consumo problemático de drogas. En este sentido el documento “Sobre los usuarios de drogas y las políticas para su abordaje” del Comité Científico Asesor en Control del Tráfico Ilícito de Estupefacientes, Sustancias Psicotrópicas y Criminalidad Compleja, dentro de la órbita del Ministerio de Justicia, establece en el apartado “III. Sobre los consumidores” (2009: 6) que, “del universo de personas que consumen sustancias, una inmensa mayoría no incurrirá en consumos problemáticos. (…) En un grupo relativamente pequeño en proporción al universo de consumidores/as, el uso adquiere características problemáticas. (…) Este conjunto de personas necesita tratamiento adecuado a las manifestaciones de su consumo patológico. Estas intervenciones asistenciales deben admitir por lo tanto, alternativas múltiples, incluidas las estrategias de reducción de daños y riesgos, que deben ampliarse a verdaderas construcciones del Estado y la Sociedad Civil con la participación de los sectores más específicos como ser: Salud, Educación, Trabajo, Desarrollo Social y otras dependencias”.

En segundo lugar, refiriéndonos específicamente al tema del tratamiento de los consumos problemáticos de drogas, se observa que la proporción de mujeres

hombres. Al respecto, consideramos que algunos rasgos de la identidad de género juegan un papel importante en la protección de las mujeres (toxicomanías menos arriesgadas) (Parga, 2010). Sin embargo, en las últimas décadas se vienen observando dos tendencias que han llevado a hablar de “feminización25 del uso de drogas”: una es la disminución de los ratios que separan a varones y mujeres en el uso de drogas ilegalizadas en las edades más jóvenes, y otra, un aumento progresivo del uso de drogas legalizadas entre las mujeres y en algunos grupos de edad (Romo Avilés, 2005). Esto concuerda con las conclusiones a las que arribamos en otro trabajo, al analizar las encuestas realizadas a jóvenes escolarizados en la Provincia de Buenos Aires (Parga, 2009a).

Sin embargo, aquellas que concurren a tratamiento no son proporcionalmente equivalentes, ya que de 10 personas que se atienden por consumo problemático de sustancias en la Provincia de Buenos Aires, sólo 2 o 3 son mujeres según el servicio que estemos analizando. Desde esta perspectiva se podría afirmar que el consumo de sustancias legalizadas 26 e ilegalizadas 27 por parte de las mujeres permanece invisibilizado, y en consecuencia las políticas públicas en materia de drogas, no toman en cuenta las particularidades de los padecimientos y sufrimientos de las usuarias, ni las necesidades específicas de éstas, que deberían abordarse desde los programas de prevención, tratamiento y rehabilitación del consumo, considerando que el modelo terapéutico está adaptado al paciente más habitual: en este caso los hombres. No obstante, tampoco se identifican en las etapas diagnósticas, factores que atentan contra la salud de los varones, vinculados con el proceso de socialización masculina, a fin de permitir adecuar los tratamientos a sus necesidades de género28.

Pese a lo dicho anteriormente, hemos relevado diversas investigaciones y publicado en trabajos anteriores (Parga, 2009b; 2010), las particularidades existentes en las mujeres que consumen drogas. A partir de estos datos elaboramos un marco general sobre las modalidades que adquiere el consumo de sustancias psicoactivas entre las mujeres29,

25 Se utiliza esta noción para poner de relieve el proceso por el cual el consumo de sustancias entre las

mujeres ha ido aumentando. Hasta, en algunos casos, según la droga de que se trate, ha igualado o superado a los varones. Tal es el caso, por ejemplo, de la ingesta de alcohol entre las mujeres que prácticamente ha igualado al uso que realizan los varones. Sin embargo, como veremos más adelante, no se traduce este aumento del consumo, en un aumento de las consultas de mujeres para realizar tratamiento en los servicios especializados.

26 Drogas legalizadas: tabaco, alcohol, psicofármacos con prescripción médica. 27

Drogas ilegalizadas: marihuana, cocaína –en sus distintas formas de administración: esnifada, fumada (pasta base) o inyectada-, drogas de síntesis o diseño, volátiles, opiáceos, etc.

28 La resistencia del sector salud a realizar diagnósticos en clave de género, está presente en muchos

problemas de salud. Como ejemplo tomemos el caso de las enfermedades coronarias. Tal como ha concluido Tajer (2009), la enfermedad coronaria en mujeres, difiere de los modos de enfermar de los varones, sin embargo, al realizarse el diagnóstico utilizando parámetros masculinos, se invisibilizan síntomas que difieren en las mujeres, y que, si se consideraran desde una perspectiva de género, permitirían realizar un diagnóstico precoz y tratamiento adecuado.

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Algunos de los hallazgos fueron: en relación al consumo de sustancias lícitas, hay dos formas de consumo que prevalecen en la actualidad, por un lado el de las mujeres adultas (psicofármacos y alcohol) donde el consumo se hace en el ámbito del hogar, esta situación ha sido señalada con anterioridad por Mabel Burin (1990) al describir cómo el malestar de las mujeres es “controlado” mediante una “tranquilidad recetada”, mientras que en las más jóvenes el consumo (alcohol, psicofármacos y también drogas de síntesis) ocupa los mismos lugares que el de los jóvenes varones: la noche, el baile, las salidas de fin de semana.

advirtiendo que dentro de dicho universo, hay diferencias de clase, edad, etnia, en cuanto a las drogas preferidas, los patrones de consumo, los padecimientos, etc.

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