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Dejando a un lado la rica literatura intertestamentaria, vamos a concentrarnos en el contenido de los textos reconocidos posteriormente como canónicos por la Iglesia. Digamos solamente de pasada que este discernimiento de la canonicidad de los libros sagrados, que en el caso de algunos escritos del Nuevo Testamento llevó años, y que en los casos extremos, el de los llamados escritos “deuterocanónicos”, sólo se consolidará definitivamente en Trento. Este proceso se tornó particularmente difícil a causa de dos tendencias entre sí antitéticas: la apocalíptica, con influjo prevalentemente judaizante, y el gnosticismo, con influjo prevalentemente helénico. La inmensa mayoría de la literatura intertestamentaria adolece de alguna de estas improntas.

Dentro del grupo de los cuatro evangelios canónicos, tres de ellos (el deMarcos, MateoyLucas) ofrecen notorias coincidencias: por eso los podemos visualizar “sinópticamente”. Sin embargo, cada uno conserva un estilo y perspectiva propios, que en muchos casos los hace diferir de los otros. Por eso vamos a recorrerlos procurando rastrear sus principales vetas teológicas, primero individualmente tomados, y luego en conjunto.

Marcos: la “kenosis” del Hijo de Dios

El relato más antiguo de que disponemos es el de Marcos. Escrito entre el 65 y el 70 en y para la comunidad de Roma, conmocionada por las mencionadas persecuciones, nos presenta a

Jesús, el Cristo e Hijo de Dios (Mc1,1), en condición de humillación y sufrimiento.

El evangelio, que comienza mostrando los signos

desconcertantes de un Jesús que asombra por su autoridad (por ejemplo, realiza muchos exorcismos y curaciones [cf. Mc 1,22.27.41]), después de la profesión de fe de Pedro (cf. Mc8,27- 30) nos lo ofrece preanunciando por tres veces su muerte (cf. Mc 8,31-33; 9,30-32; 10,32-34), y pidiendo a sus discípulos, a quienes a diferencia de los rabinos de la época Él mismo había elegido (Mc 1,16-20; 2,13-14), ser capaces de perseverar en ese mismocamino de despojocon Él (Mc8,34-38).

“Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: ‘¿Quién dicen los hombres que soy yo?’ Ellos le dijeron: ‘Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas’. Y él les preguntaba: ‘Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?’ Pedro le contesta: ‘Tú eres el Cristo’. Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente” (Mc8,27-32).

Sólo después de su agonía en Getsemaní, cuando confiese a los suyos que su alma está triste hasta la muerte (cf. Mc 14,34), y de morir en la cruz después de haber expresado dramáticamente su sentimiento de abandono por el Padre (cf. Mc15,34). Sólo entonces el centurión romano podrá decir: “Verdaderamente éste hombre era Hijo de Dios” (Mc15,39). Pero aún así, el final original del segundo evangelio no deja de desconcertarnos:

“‘No se asusten. Buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí. Vean el lugar donde lo pusieron’ [...]. Ellas salieron huyendo del sepulcro, porque un gran temblor y espanto se había

apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo...” (Mc 16,6-8).

La comunidad de Roma, formada prevalentemente por paganos convertidos a la fe, podía sentirse confortada por este profeta escatológico que, antes que ellos mismos, había sufrido la tribulación (cf. Mc13,5-23), pero que ahora se manifestaba como el Hijo del hombre enaltecido y resplandeciente (Mc 13,26-27); como lo expresa el relato de la transfiguración (Mc9,2-8) o la imagen del joven vestido de blanco en el sepulcro vacío, contracara “luminosa” del que huyó de modo “humillante” (=desnudo) en el momento del prendimiento de Jesús (cf. 14,51-52 y 16,5-7).

Mateo: Jesús como Maestro y nuevo Moisés

Mateofue escrito después del 70 en territorio palestino. Por el texto, inferimos que este relato surge en el seno de una comunidad de judeocristianos. Algunos detalles que nos permiten esta inferencia son: la genealogía de Jesús, que lo presenta como hijo de David y de Abraham (1,1); las numerosas referencias véterotestamentarias, sobre todo en los primeros cuatro capítulos; la estructuración del Evangelio en cinco partes, al estilo Pentateuco, y la división de cada una de esas partes en narración y discurso. El evangelio presenta cinco discursos vertebradores, a modo de “nuevo Pentateuco”: muestra a Jesús como “nuevo Moisés”, realizando un nuevo éxodo para entrar en Palestina (cf. Mt 2,19-21) y promulgar una nueva Ley superior a la antigua (cf. Mt 5,17-48).

“No piensen que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento [...]. Les digo que si la justicia de ustedes

no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos. Han oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás’; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal [...]. Han oído que se dijo: ‘No cometerás adulterio’. Pero yo les digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón [...]. Han oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente’. Pero yo les digo: no resistan al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pelear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto’ ” (Mt 5,17-48).

El nuevo Moisés, revestido con autoridad para promulgar la ley nueva, es simultáneamente el reyhijo de David (cf. Mt 1,20; 2,5-6; 12,3; 21,41-46) que responde a las expectativas mesiánicas que anidaban en el corazón del pueblo véterotestamentario (Mt 21,8- 11); es el que viene a instaurar el Reino de los Cielos (Mt 11,5-6; 13,1-52), que Él se encargará de explicitar en parábolas (cf. Mt 13), y de inaugurar con signos que lo acrediten como superior a Elías o al Bautista (cf. Mt 8,1-9,38). Es por último el que purificará el Templo, expulsando a cambistas y mercaderes (cf. Mt 21,12-17).

“Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: ‘¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?’ Jesús les respondió: ‘Vayan y cuenten a Juan lo que oyen y ven: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquél que no halle escándalo en mí!’ ” (Mt 11,2-6).

En consonancia con la resignificación de la historia véterotestamentaria, el Jesús del primer evangelio establece un nuevo Israel en torno a los Doce por Él elegidos (cf. Mt 4,18-22; 15,13-20), y los constituye en sus enviados para enseñar y obrar con autoridad. Si bien según algunos biblistas la perícopa final del evangelio es un añadido posterior, parece resumir muy bien esta

última afirmación, que abre definitivamente el cristianismo a las naciones (=go’im), trasponiendo el estrecho corsé al que pretendían circunscribirlo las tendencias judeocristianas:

“Jesús se acercó a ellos y les habló así: ‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, entonces, y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,16-20; cf. 10,1ss.).

Lucas: el revelador de la misericordia del Padre

Vinculado a la predicación paulina y con destinatarios mayoritariamente provenientes del paganismo, Lucas pone por escrito su evangelio, y el libro de los Hechos, que es su continuación natural, hacia el 80. La relativa tranquilidad de esta época le permite presentar con más serenidad el itinerario evangelizador de Jesús, quien a partir de su Pascua en Jerusalén, donde debían cumplirse las Escrituras (cf. Lc 24,25-27.44) y el envío del Espíritu Santo (cf. Lc24,49; Hch2,4), inaugura el tiempo de la Iglesia.

“Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día y que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas. Miren, yo voy a enviar sobre ustedes la Promesa de mi Padre” (Lc24,46-48).

El evangelio presenta a un Jesús manifestador de la misericordia del Padre, a través de curaciones (cf. Lc 5,12-20) y grandes perdones (cf. Lc 7,36-50; 19,1-10). La expresión más

significativa de estos últimos es sin duda la parábola del hijo pródigo:

“Estando [el hijo menor] todavía lejos, lo vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Dense prisa, traigan el mejor vestido y vístanlo, pónganle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies. Traigan el novillo cebado, mátenlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado” (Lc15,20-24).

La buena noticia de Jesús convoca al banquete del Reino a todas las naciones y a todas las personas, pero especialmente a los más dejados de lado por el Israel de su tiempo: los paganos, las mujeres, los pecadores y enfermos (cf. Lc4,25-27).

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor [...]. Esta Escritura se ha cumplido hoy” (Lc4,18-19.21).

A causa de todos estos ingredientes, Lucas transmite gozo y esperanza (cf. 1,14.28.41; 2,10), jalonados por la presencia del Espíritu (cf. Lc1,35; 4,1; Hch2,1-13) y de numerosas mujeres que, con los Doce y otros discípulos, acompañan a Jesús camino a Jerusalén (cf. Lc 9,53ss), y comparten su vida y ministerio (cf. Lc 8,1-3; 24,1-11).

“[Jesús] recorrió a continuación ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes” (Lc8,1-3).

El Jesús de Lucas muestra actitudes de delicadeza humana como la compasión en la mirada (cf. Lc19,5; 21,2-3; 22,61); pero no por esto deja de manifestarse exigente con los que lo siguen: el verdadero discipulado debe manifestarse en la capacidad de compartir los bienes y de estar dispuesto a poner en práctica las más absolutas renuncias (cf. Lc 14,25-33; 16,9-13), para llevar la buena noticia hasta los confines de la tierra (cf. Lc24,44-49).

“Designó el Señor a otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios adonde él había de ir. Y les dijo [...]: ‘No lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saluden a nadie en el camino. En la casa en que entren, digan primero: <Paz a esta casa>’”(Lc 10,1-5).

Recapitulación sinóptica

Si tratamos de leer sistematizadamente las convicciones teológicas subyacentes a los sinópticos, observamos que el ministerio de Jesús se orienta hacia la pascua: los evangelios son fundamentalmenterelatos pascuales40. Pero la pascua no es sino el desenlace de una plenitud de entrega que Jesús vive con conciencia filial de cara al Padre y al servicio del reino41, en el espíritu de las bienaventuranzas:

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos [...]; los mansos, porque poseerán en herencia la tierra [...]; los que lloran, porque serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados [...]; los misericordiosos,

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porque alcanzarán misericordia [...]; los limpios de corazón, porque verán a Dios [...]; los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios [...]; los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5,3-10; cf. Lc6,20-23).

Éste espíritu supone una vivencia de fraternidad en el amor entre los discípulos, abierta a todos, donde el mayor debe hacerse el último y servidor de todos42. Es así que se desarrolla la lógica del reino; el cual va madurando lentamente (Mt 13,24ss.), al ritmo de la naturaleza, tal como lo sugieren las parábolas de crecimiento; con una dimensión misteriosa y oculta, y que tiene como referente último la figura delAbbá43.

Esta buena noticia de Jesús, superior a la Ley

véterotestamentaria (cf. Mt 5,17.20), que toma en cuenta sobre todo al que socialmente no importa, genera una oposición creciente por parte de los escribas, fariseos y sumo sacerdotes; vinculados a la anterior tradición religiosa, pero también a sus mezquinos intereses personales (cf. Mc7,1-23). EnLucases muy claro cómo la práctica de la misericordia con los pecadores, menesterosos y enfermos, acaba por conducir a la muerte al Hijo de Dios (cf. 5,21.30; 6,11; 11,37-54; 12,2; 13,14ss; 20,2.19; 22,2-6; 23,1ss). Ͷʹ ˆǤ…ͳǡͳ͸ǦʹͲǢ ʹǡͳͻǢ ͵ǡͳ͵ǦͳͻǢ ͸ǡ͹Ǣ ͺǡʹ͵Ǣ ͻǡ͵ͷǦͶʹǢ ͳͲǡͶ͵ǦͶͷǢ ͳ͸ǡͳͷǢ–ͶǡͳͻǤʹͳǢ ͷǦ͸Ǣ ͳͲǡͳ͸ǤʹͷǤͶͲǢͳ͸ǡͳͺǦͳͻǢͳʹǡͶͻǢͳ͵ǡͳͲǦͳ͹ǤʹͶǦ͵ͲǢͳͺǡͳǦͳͺǢͳͻǡͳʹǤʹͺǢʹͲǡʹͺǢʹʹǡͳǦͳͶǢʹͷǡͳǦͳ͵Ǣ ʹ͸ǡ͵ͳǢ ʹͺǡͳ͸ǦʹͲǢ…ͳǡͶͺǢ ͶǡͶͲǢ ͳͲǡͳǦʹǤͳ͸ǦʹͲǢ ͳʹǡ͵ʹǢ ͳ͵ǡͳ͵Ǣ ͳ͸ǡͳ͵Ǣ ʹʹǡʹ͸Ǧʹ͹Ǥ͵ͲǢ…ŠͳǡͺǢ ʹǡ͵͵Ǥ͵ͺǤͶͳǦͶ͸ǢͶǡʹͶǦ͵ͲǤ͵ʹǢ͸ǡ͸ǢͺǡͳʹǦͳ͵Ǥͳ͸Ǧͳ͹Ǥ͵ͺǢͻǡͳʹǦͳ͵Ǥͳ͹ǦͳͺǢͳͲǡ͵ͷǤͶ͹ǦͶͺǢͳͳǡʹ͸Ǣͳ͵ǡ͹Ǣ ͳ͸ǡͳͷǤ͵͵ǢͳͺǡͺǢͳͻǡ͵Ǧ͸Ǥ͵ͻǢʹͲǡ͵ʹǢʹͳǡͳͶǢʹʹǡͳ͸Ǥ Ͷ͵ˆǤ–͸ǡʹͷǦ͵ͶǢ͹ǡ͹ǦͳͳǢͳͳǡʹͷ••ǢʹͷǡʹͶ••Ǥ

El evangelio de Juan y la inculturación en el Asia