CHAPTER 3 Methodology
3.8 Textual analysis
con la canadiense ni la mexicana. Entre el 2004 y 2006, las empresas estadounidenses concentraron el 47% del mercado farmacéutico en el mundo seguido de Europa (19%) y Japón (10%) (OCDE, 2009). Además, fue el país que más invirtió en medicamentos, triplicando la inversión que realizan países como Japón, Alemania, Suiza, Francia o Canadá, con alguna trayectoria y reconocimiento mundial, pero aún lejos de alcanzarlo (OBS Business School, 2013). Según las estadísticas del IMS Health en el 2005, el 70% de la producción mundial de medicamentos fue suministrada por las empresas estadounidenses y su industria mantuvo un ritmo de crecimiento dos veces más rápido que el resto del mundo (European Federation of Pharmaceutical Industries, 2005). Por lo
tanto, ésta se convirtió en uno de los sectores más lucrativos y protegidos por EEUU. Sin embargo, la prosperidad de las empresas farmacéuticas estadounidenses, desde 1980, tiene un trasfondo político y económico antes que científico y tecnológico. A diferencia de otros países que realizaron cambios sustanciales en su actividad productiva e invirtieron en I&D, las empresas estadounidenses priorizaron las actividades de comercialización y administración para garantizar la estabilidad de sus empresas. Además, se apoyaron en el estímulo estatal que trascendió la cooperación público-privada y se convirtió en el pilar de su rápido crecimiento industrial. A continuación se detallaran cuáles fueron las prioridades de la industria farmacéutica estadounidense y cómo ésta se diferencia de las industrias de sus socios.
La industria farmacéutica de los EEUU inició como un negocio rentable, con pocas empresas dispuestas a invertir, a pesar del riesgo y la incertidumbre en el sector. Desde 1960, la industria farmacéutica empezó a reportar ganancias estables, hasta 1980, cuando los beneficios se triplicaron y las empresas estaban en la capacidad de globalizar la producción y extender su oferta al mercado mundial (Corona & Jiménez, 2003). Sin embargo, el rápido desarrollo industrial en esta época no fue el resultado de algún avance cuantitativo en la ciencia, descubrimiento o mejora sustancial en los indicadores de investigación y desarrollo del país. El auge de la industria farmacéutica en 1980 fue el resultado de varias acciones gubernamentales que iniciaron en la administración de Ronald Reagan, a favor del comercio. Tradicionalmente, el financiamiento estatal se dirigía a universidades y centros de investigación que se encargaban de desarrollar nuevos procesos, servicios y productos, y luego publicarlos en el registro oficial para que pasen a ser de dominio público. Sin embargo, en 1984, la nueva “Ley de expansión de patentes” autorizó a las universidades y pequeñas empresas la posibilidad de patentar sus descubrimientos, otorgar licencias y cobrar regalías por sus creaciones. Entonces, las creaciones y descubrimientos dejaron de ser de dominio público. Se convierten en activos de estas instituciones y luego pasan a manos privadas, aun cuando seguían utilizando el financiamiento estatal (Angell, 2004). Por lo tanto, las grandes empresas dejaron de invertir en I&D y se aprovecharon de la inversión pública. Así, esta medida redujo el riesgo de invertir en el sector farmacéutico y les permitió a las empresas priorizar otros aspectos como la comercialización de sus productos. Mientras tanto, instituciones no lucrativas como universidades y centros de estudio, convirtieron a la investigación científica en un negocio.
Otras de las leyes que estimularon el desarrollo de la industria farmacéutica fueron aquellas que ampliaron los derechos monopólicos sobre los medicamentos originales. En ese sentido, las patentes extendieron su período de duración, de 8 años en 1980 a 14 años en 1994, y el último cambio en el 2000 otorgó 20 años de protección (Scherer, 2001). Además se generalizó el uso de patentes en todos los campos de la ciencia y tecnología, y se redujo el número de pasos para adquirirlas. Así, las empresas farmacéuticas se aprovecharon de estas medidas para obtener estabilidad y acumular ganancias billonarias, con cargas impositivas inferiores al resto de industrias en el país (Ortún, 2007; Forcades, 2006). En el 2002, las ganancias de las 10 principales empresas farmacéuticas estadounidenses superaron las ganancias de 490 empresas fuera de esta industria26 (Angell, 2004). Sin embargo, aún después de reportar dichos
beneficios, el gasto de las empresas en I&D no incrementó. Se preocuparon más por colocar un mayor número de productos en el mercado, en lugar de desarrollar nuevas fórmulas para combatir un espectro más amplio de enfermedades (Scherer, 2001). Con el tiempo, los intereses económicos se convirtieron en el hilo conductor de las investigaciones científicas. Se priorizó la producción de fármacos para combatir las enfermedades en los países desarrollados. Mientras tanto, se descuidó la investigación de medicamentos para enfermedades menos conocidas, que no serían bien remuneradas. Por lo tanto, esta industria no resultó 100% innovadora ya que se aprovechó de ventajas políticas y desvíos para evitar algunos procesos de innovación, y así mantener los derechos exclusivos sobre sus productos estrella.
Como se mencionó, durante el auge industrial, las empresas dejaron de generar nuevo conocimiento, y pasaron a depender de la investigación financiada por el estado, en unidades académicas y pequeñas empresas. Por lo tanto, es un error justificar el alto precio de los medicamentos estadounidense como resultado del gasto en inversión en I&D, ya que este rubro lo cubría el presupuesto estatal. Además, a diferencia de otros países, en EEUU la relación entre el estado y el sector empresarial dejó de ser el resultado de la cooperación público-privada y se convirtió en una sociedad económica. En el caso canadiense por ejemplo, el estado también se encargaba de destinar un porcentaje del gasto en I&D, llevado a cabo por universidades, centro de estudio y las propias empresas. Sin embargo, el apoyo del estado no estaba
condicionado por el poder político o económico de las compañías. Se manejaban carteras individuales y las empresas no intervenían en las decisiones estatales, ni viceversa. Ambos sectores trabajaban de manera independientes e incluso el gobierno mantenía un control periódico sobre los precios de medicamentos, y otras regulaciones sobre el uso de patente. Mientras tanto, en el caso estadounidense, la regulación estatal era mínima, las empresas podían establecer precios sin techos y acumular capital. Así fue como esta industria logró superar los esfuerzos del resto de empresas farmacéuticas en el mundo, sin necesariamente ser más productivos o innovadores.