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6. InterMarket Feasibility Study

6.1.2. The Migration Usecase

Incontestablemente, la crisis de los siglos XIII-XIV hizo que la doctrina de la infalibilidad pontificia avanzara en varios aspectos. Hemos asistido a la aparición del término infalibilidad a comienzos del siglo XIV. Los diversos datos de la cuestión fueron objeto de una primera clarificación importante, y la doctrina de la inerrancia personal del papa en materia de fe desarrolló su argumento principal: a una Iglesia inerrante debe corresponderle una cabeza incapaz de errar. Con todo, la infalibilidad dista mucho de haber invadido el conjunto del campo teológico. Sigue siendo una cuestión regional, debatida en las fronteras de la eclesiología naciente y del derecho canónico y sobre la que aún sigue estando abierto el debate. Las convicciones de un Olivi y de un Terrena nos parecen elocuentes, porque son portadoras de futuro y nos inician ya en ciertos aspectos de la definición del Vaticano I. Sin embargo, cometeríamos un doble error si las tomáramos tanto por doctrinas comunes en la época como por la anticipación del contenido de la definición moderna. La infalibilidad despejada en este momento de la historia dista mucho de ser la que será definida en el Vaticano I. En efecto, el papa sigue dependiendo del consentimiento de la Iglesia. La cuestión de las decisiones «irreformables ex sese» está absolutamente fuera del campo de la conciencia de la época. Es digno de destacar que el vocabulario tradicional, ecclesia non potest errare, sigue siendo la referencia común, y que el término infalibilidad no se emplea aún sino con bastante moderación. Ya veremos cómo, una vez apaciguada la crisis franciscana, el comportamiento doctrinal de los papas y de los teólogos retorna prácticamente a la doctrina anterior.

En un sentido, la crisis aparentemente caótica entre Juan XXII y los franciscanos es ejemplar, porque permite situar los principales aspectos del problema de manera precisa y porque, en el marco de un áspero debate, las intenciones de los socios se revelan de verdad. Aquí se trata claramente de la infalibilidad y de lo que es irreformable o irrevocable. Sin embargo, la crisis revela también una situación que mueve a los antagonistas a cometer excesos. Esto puede afirmarse de Olivi y de Ockham, pero también de Juan XXII, cuyas motivaciones distaban mucho de ser puras. Es preciso reconocer que la doctrina de la infalibilidad estaba habitada en su origen por la pasión y los intereses, que impidieron a la mayor parte de los socios llegar a una visión equilibrada de las cosas. La intervención de Terrena, llena de sabiduría y de moderación, prestó, pues, un auténtico servicio. Dicho lo cual, añadamos que no es este el único dogma que se ha desarrollado a través de dolorosos conflictos.

Este contexto, que puede parecer del orden del detalle, constituye una advertencia que nos recuerda la paradoja inherente a la doctrina de la infalibilidad. Esta instituye un absoluto en el corazón de lo contingente, y esa es la razón por la que fácilmente da lugar a la sobrepuja y enseguida se transforma en su contraria, abriendo el campo a contradicciones insolubles, como hemos visto en Olivi y en Ockham. Sin afirmar, con Br. Tierney, que la infalibilidad es una doctrina «corrosiva», y sin estimar que hay un

«veneno en esta doctrina», es menester prestar atención a la tentación interna que comporta: querer objetivar y aislar en estado puro, en una mera fórmula, la afirmación divina, trascendente y absoluta, como si fuera posible separarla de las inevitables contingencias del devenir del conocimiento humano.

En su tiempo, Terrena dio lugar a una primera distinción clarificadora entre lo disciplinar y lo dogmático, sin por ello resolver hasta el final un delicado problema que todavía hoy sigue irresuelto. El deslizamiento de un campo al otro fue tanto obra de los espirituales franciscanos como del papa Juan XXII. Algo análogo veremos al tratar del asunto de las indulgencias en el siglo XVI. Lutero se sublevaba contra un abuso disciplinar evidente. En ambos casos, la desobediencia a la Iglesia se convierte fácilmente en doctrinal, comprometiendo la fe y la herejía, la autoridad del papa y la estructura de la Iglesia.

En efecto, todo conflicto tiende a adquirir un alcance doctrinal en la Iglesia. Constatamos, tanto entonces como en otras épocas, la viva tendencia a radicalizar en el plano dogmático un conflicto que empezó siendo de orden disciplinar. La intención de Juan XXII era, claramente, clausurar un debate, ponerle un punto final, como ocurrirá más tarde con el afán de los papas del siglo XVII a propósito de la condenación de las tesis del Augustinus de Jansenio. Del mismo modo, en ninguna de ambas crisis será obra de los mismos papas el desplazamiento de lo disciplinar a lo doctrinal. Fue algo que se llevó a cabo contra ellos, como ha quedado de manifiesto en el caso de Juan XXII y como volveremos a ver cuatro siglos más tarde, con ocasión de las obstinadas contestaciones de los jansenistas y también del papel de Fénelon. En ambos casos, por último, la repetición de las bulas papales no permitió progresar hacia un consenso.

De momento, Terrena nos advierte que los conceptos clave implicados por esta doctrina no tienen en la Edad Media el mismo sentido que después del Vaticano I. Los conceptos de revelación, de fe y de herejía son mucho más amplios en esta época, y nos sorprende la rapidez con que aparece la acusación de herejía. El dogma concierne, pues, a una determinación eclesial de la que no se pretende que comprometa siempre formalmente a la Escritura, a menos que se mantenga la doctrina de las «dos fuentes de la revelación» (la Escritura y la tradición eclesial) o la de la revelación continuada92.

Las argumentaciones franciscanas contra Juan XXII preanuncian los argumentos de los seguidores de monseñor Lefebvre en el siglo XX, al estimar que un concilio y el papa se habían alejado de la tradición y, por consiguiente, de la verdadera fe. Allí donde sus predecesores hablaban de «papa hereje», se atreven a invocar la sede vacante y pretenden, de una manera más o menos explícita, que la totalidad de la Iglesia no existe más que en el grupo tradicionalista que ellos constituyen. Siguiendo la misma lógica, los «espirituales» afirmaban que, si el papa ya no es el papa, la Iglesia de la que era papa ya no era la Iglesia, dado que la Iglesia romana era la Iglesia carnal, que se opone a la Iglesia espiritual. Tales eran las ideas de Miguel de Cesena y de Guillermo de Ockham. Hoy,

como ayer, nos encontramos en presencia de unas posiciones que no se encuentran cómodas más que en el exceso.

1. Cf. supra, 136.

2. En referencia a Ap 6,12, interpretado en el marco de la visión profética de Joaquín de Fiore sobre los tres tiempos de la historia del mundo, en correspondencia con las tres personas divinas.

3. Br. TIERNEY, Origins, op. cit., 69. Me inspiro en este autor para todos estos elementos. Véase la recensión crítica de esta obra por Y. CONGAR: RSPT. 56 (1972), 650-653.

4. L. PARISOLI, «L’émergence de l’infaillibilité pontificale de Pierre de Jean Olieu à Guillaume d’Occam»: L’année

canonique, 41, 1999, 149. J. Ratzinger estima que Buenaventura creyó que el ideal franciscano no se podía

realizar en toda su pureza más que en una edad tardía, tras un nuevo impulso de la gracia divina, Br. TIERNEY,

Origins, op. cit., 71.

5. Volveremos a encontrar el mismo fenómeno de una serie de bulas pontificias repetitivas durante la crisis jansenista, señal de que estos documentos no llegaban a crear un consenso.

6. Prefiero conservar aquí el término inerrancia, porque Olivi no emplea todavía el de «infalibilidad», y siempre nos acecha el peligro de incurrir en el anacronismo semántico que ya hemos señalado. Sigo aquí la preferencia expresada por L. Parisoli, que prefiere quedarse con este término «para evitar todo anacronismo en lo concerniente al dogma proclamado en 1870 por el concilio Vaticano I. La apologética católica ha intentado encontrar huellas de la tesis de la infalibilidad en los principales doctores de la Iglesia» (art. cit., 150). Este término parece un poco más débil que el de inerrabilitas, empleado por Olivi, sobre cuyo modelo se formará

infallibilitas. En su estudio «Esquisse d’enquête sur le mot “infaillibilité” durant la période scolastique», en L’Infaillibilité de l’Église, op. cit., 107, P. de Vooght respeta claramente el vocabulario de Olivi, pero llega a

decir incluso que el término inerrabilitas sería para este «intercambiable con el de infalibilidad, que acabó triunfando en la teología». Además de que las dos palabras son diferentes, el problema sigue consistiendo en saber en qué sentido habría tomado Olivi la segunda si la hubiera empleado. Se corre el gran riesgo de considerar que este autor ya tenía en mente el concepto teológico moderno de infalibilidad.

7. Sobre Olivi, cf. la síntesis propuesta por Pierre PÉANO, con bibliografía, Dictionnaire de Spiritualité, artículo «Olieu», t. XI, col. 751-762, Beauchesne, Paris 1982. R. MANSELLI, «Le cas du pape hérétique. Les courants spirituels du XIV siècle», en L’infaillibilité. Son aspect philosophique et théologique, op. cit., 113-130. Marco BARTOLI, «Olivi et le pouvoir du pape», en Pensée scolastique, dissidence spirituelle et société. Actes du colloque de Narbonne (mars 1998), ed. Alain Boureau & Sylvain Piron, J. Vrin, Paris 1999, 173-192.

8. Br. TIERNEY, Origins, op. cit., 105-109.

9. «Dicimus quod abdicatio proprietatis hujus modi omnium rerum non tam in speciali, quam etiam in communi

propter Deum meritoria est et sancta, quam et Christus, viam perfectionis ostendens, verbo docuit et exemplo firmavit quamque primi fundatores militantis ecclesiae, prout ab ipso hauserant, volentes perfecte vivere, per doctrinae ac vitae exempla, in eos derivarunt», Liber Sextus, ed. E. Friedberg, en Corpus juris canonici, II

(Leipzig 1879) Sext. 5, 7, 3, 1112; Br. TIERNEY, Origins, op. cit., 98.

10. Sigo aquí a Br. TIERNEY, Origins, op. cit., 127.

11. Ibid., 129.

12. Br. TIERNEY, Origins, op. cit., 130.

13. Cf. Michele MACCARONE, «Una questione inedita dell’Olivi sull’infallibilità del papa»: RSCI (Rivista di Storia

della Chiesa in Italia) 3 (1949), 309-343, este artículo nos proporciona la totalidad del texto que nos ha

llegado. Ahora bien, este título lo ha puesto Maccarone, mientras que Olivi habla de inerrabilitas. Para Maccarone, Buenaventura y Tomás se adhirieron a la doctrina de la infalibilidad, que ya habría sido proclamada por los canonistas del siglo precedente. Hemos visto que no era este el caso. Maccarone mantiene asimismo que Miguel Paleólogo confesó el magisterio infalible del Pontífice romano. Este autor es un testigo típico de la retroactividad semántica del término «infalibilidad».

14. Esta cuestión es particularmente extensa: ocupa 18 páginas de escritura pequeña, y eso que nos ha llegado incompleta. Pretende agotar el tema mediante la multiplicidad de los testimonios de la Escritura, de los Padres de la Iglesia, del decreto de Graciano y de argumentos de razón.

15. «Impossibile est Deum dare alicui plenam auctoritatem diffiniendi de dubiis fidei et divinae legis cum hoc,

quod permitteret eum errare; [...] ipse sequendus est tamquam regula inerrabilis; sed romano pontifici dedit Deus hanc auctoritatem»: M. MACCARONE, ibid., 328.

16. Ibid., 326-330. Cf. DE VOOGHT, L’infaillibilité de l’Église (Chevetogne), op. cit., 107; (trad. esp.: La

infalibilidad de la Iglesia, Estela, Barcelona 1964).

17. «Cum enim ecclesia generalis errare non possit, et sic consequens nec capiti erroneo seu falso veraciter

conjungi et inniti possit»: M. MACCARONE, ibid., 342; DE VOOGHT, ibid., 109.

18. M. MACCARONE, ibid., 331-333.

19. Olivi expone argumentos que serán más tarde los de la infalibilidad papal. Encontraremos algunas de sus expresiones en el Vaticano I. Serán los argumentos de los ultramontanos. Sin embargo, Olivi llega a una conclusión radicalmente diferente de la de los defensores modernos de la infalibilidad papal.

20. J. RAT ZINGER, «Theologie in Geschichte»: art. cit., 721-722.

21. Olivi emplea ya las palabras magisterium y magistralis prácticamente en el mismo sentido que los teólogos modernos. Habla del «magisterio universal» de la Iglesia romana.

22. L. PARISOLI, «L’émergence de l’infaillibilité pontificale de Pierre de Jean Olieu à Guillaume d’Occam»: L’année

canonique, 41, 1999, 152.

23. Br. Tierney ha respondido a sus críticas en el Postscript de la 2ª edición de su libro, Origins, 299-327.

24. Por ejemplo, J. Ratzinger cita el texto de Olivi sobre la inerrancia papal, sin subrayar nada nuevo en ella.

25. Ulrich HORST, «Infallibilität und Geschichte. Ein Ruckblick», en Unfehlbarkeit und Geschichte, Mathias Grünewald Verlag, Mainz 1982, 214-256.

26. U. HORST, ibid., 229

27. Ibid., 224.

28. Klaus SCHAT Z, La primauté du pape. Son histoire, des origines à nos jours, Cerf, Paris 1992, 179-186; (trad. esp.: 167 ss.).

29. Ibid., 181; (trad. esp: 169).

30. Ibid., 183; (trad. esp.: 171), citando a Hermann de Schildesche.

31. Cf. infra, 200-202.

32. Ibid., 183-184; (trad. esp. 171).

33. G. GAUDEMET, Église et cité. Histoire du droit canonique, Cerf / Montchrestien, Paris 1994, 346.

34. Este vocabulario es el que volveremos a encontrar en Melchor Cano y en el concilio de Trento, cf. infra, 251- 258.

35. DH 908.

36. Cf. supra, 147-150.

37. Sobre Juan XXII, cf. J. HEFT, John XXII and Papal teaching Authority, New York / Queenston (Ont.) 1986.

38. «Quia nonnumquam, quod conjectura profuturum credidit, subsequens experientia nocivum ostendit: non

debet reprehensibile judicari, si canonum conditor canones a se vel suis praedecessoribus editos, vel aliqua in eisdem contenta canonibus revocare, modicare vel suspendere studeat», Extravagantes D. Joannis XXII, E.

Friedberg ed., Corpus Juris canonici, II (Leipzig 1879) Tit 14, c. 2, 1224; Br. TIERNEY, Origins, op. cit., 173.

39. L. PARISOLI, «L’émergence de l’infaillibilité pontificale de Pierre de Jean Olieu à Guillaume d’Occam»: L’année

canonique 41 (1999) 157.

40. AGUST ÍN, Contra epistolam Manichei quam vocant fundamenti, c. 5, n. 6, PL 42, 176.

41. «Dicimus quod abdicatio proprietatis omnium rerum tam in speciali, quam etiam in communi propter Deum

meritoria est, et sancta, quam Christus viam perfectionis ostendens verbo docuit, et exemplo firmavit», Exiit,

L. VI, E. Friedberg ed., Corpus juris canonici, II (Leipzig, 1879), Sext 5.7.3., col. 1112; Br. TIERNEY, Origins,

op. cit., 176.

42. «Nulla propositio debet dici haeretica, cujus oppositum non exprimitur evidenter in sacra scriptura, nec

secundum se, nec secundum expositiones sanctorum», BALUCIO, Miscellanea III, 210; Br. TIERNEY, ibid., 176. La misma idea se encuentra en el canon 749 § 3 del Derecho canónico actual.

44. L. PARISOLI, «L’émergence de l’infaillibilité»: art. cit., 158.

45. Ibid., 158. Notemos que el punto de vista es muy diferente del que aparece en el Vaticano I, donde se considera la infalibilidad como algo perteneciente a la soberanía.

46. «Nos, huic concertationi finem imponere cupientes, assertionem hujusmodi pertinacem, quum scripturae

sacrae, quae in plerisque locis ipsos nonnulla habuisse asserit, contradicat expresse, ipsamque scripturam sacram, per quam utique fidei orthodoxae probantur articuli quoad praemissa fermentum aperte supponat continere mendacii, ac perconsequens, quantum in ea est, ejus in totum fidem evacuans, fidem catholicam reddat, ejus probationem adimens, dubiam et incertam, deinceps erroneam fore censendam et haereticam, de fratrum nostrorum consilio hoc perpetuo declaramus edicto», DH 930.

47. Br. TIERNEY, Origins, op. cit., 182. La palabra infalible empleada aquí es del autor.

48. «Quod enim per clavem scientiae per Romanos pontifices semel determinatum est in fide et moribus rectae

vitae est immutabile eo quo ecclesia Romana est inerrabilis in fide. [...] Nam quod semel per summos pontifices Dei vicarios per clavem scientiae est diffinitum esse de fidei veritate, non potest per successorem aliquem in dubium revocari vel ejus quod diffinitum est contrarium affirmari, quin hoc agens manifeste haereticus sit censendus. ... Et ideo quod semel est diffinitum verum esse in ipsa fide vel moribus, in aeternum verum est et immutabile per quemcumque», Die Appelation Königs Ludwigs des Baiern von 1324, ed. J.

Schwalm, Weimar 1906, 28; Br. TIERNEY, ibid., 182-183.

49. L. PARISOLI, «L’émergence de l’infaillibilité pontificale...»: art. cit., 159.

50. Encontramos un ejemplo significativo de esto en el hecho de que ninguna de las bulas papales ha sido incluida en el Enchiridion de Denzinger, cuya vocación es reunir la totalidad de los textos de naturaleza magisterial. Los sucesivos autores de este manual, que cuenta con 32 reediciones, nunca han considerado que debían incluirlos.

51. G. TERRENA, Quaestio de magisterio infallibili Romani Pontificis, B. M. Xiberta, Typis Aschendorff, Münster 1926. 52. Cf. supra, 125-129. 53. Quaestio, 12. 54. Ibid., 13. 55. Ibid., 13-14. 56. Epître 190, n. 23: CSEL 57, 159 sq. 57. Quaestio, 15. 58. Ibid., 15-16. 59. Ibid., 16-17. 60. Ibid., 17-18.

61. Contra epistolam Manichei quam vocant fundamenti, c. 5, n. 6, PL 42, 176.

62. Quaestio, 21-22.

63. Ibid., 22-23.

64. Ibid., 24.

65. P. DE VOOGHT, «Esquisse d’une enquête sur le mot “infaillibilité“ durant la période scolastique», en

L’infaillibilité de l’Église, Chevetogne 1963, 113; (trad. esp.: La infalibilidad de la Iglesia, Estela, Barcelona

1964).

66. L. PARISOLI, «L’émergence de l’infaillibilité pontificale...» art. cit., 160.

67. Quaestio, 25-26.

68. Ibid., Introduction, 8, citando de manera indebida el testimonio de Hervé Natalis, que subraya que es el papa solo el que decide, y los cardenales no hacen más que aconsejar y rezar.

69. P. DE VOOGHT, L’infaillibilité de l’Église, op. cit., 112.

70. Ibid., 110.

71. Quaestio, 18.

72. Cuestión planteada por Br. TIERNEY, Origins, op. cit., 247.

73. Br. TIERNEY, ibid., 268.

75. Duns SCOTO, Ordinatio, IV, d. 17, q. 1, n. 17, ibid., 519; Br. TIERNEY, ibid., 141.

76. Por ejemplo, Inocencio III afirmó el carácter que el bautismo imprime en el alma. Dado que el papa es el juez supremo en materia de fe, es preciso mantener la cosa «propter auctoritatem ecclesiae sub Innocentio III»,

Ordinatio IV, d. 6, q. 9, n. 14, Opera (Vivès), XVI, 604.

77. Cf. Br. TIERNEY, Origins, op. cit., 206-210; L. PARISOLI, «L’émergence de l’infaillibilité pontificale...», art.

cit., 161-164.

78. Por ejemplo, J. LECLER, Le pape ou le concile?, Le Chalet, Lyon 1972, 64-66. Opiniones sobre este punto en Br. TIERNEY, Origins, op. cit., 209.

79. Lo que hace decir a Br. Tierney que «la infalibilidad puede ser un concepto corrosivo para la eclesiología católica, si se exploran al mismo tiempo todas sus implicaciones con rigor y audacia», Origins, op. cit., 209.

80. Cf. Br. TIERNEY, Origins, op. cit., 220.

81. P. DE VOOGHT, L’infaillibilité de l’Église, op. cit., 113. Textos de H. de Schildesche citados 114-115.

82. Que evoca siempre el término alemán Unfehlbarkeit.

83. Ibid., 115, 54 y 57.

84. Por ejemplo, Guillaume de Saint Amour (comienzos siglo XIII-1272), Enrique de Gante (comienzos del siglo XIII-1293), gran adversario de Olivi, Juan de Pouilly (1270-después de 1321, episcopalista) , Gil de Roma († 1316).

85. Estima Br. TIERNEY, Origins, op. cit., 153.

86. P. DE VOOGHT, L’infaillibilité de l’Église, op. cit., 118 y 122.

87. Agustín de Ancona, Summa de Potentia ecclesiae, 63, 1 ad 1.

88. K. SCHAT Z, La primauté, op. cit., 183; (trad. esp.: 171).

89. P. DE VOOGHT, L’infaillibilité de l’Église, op. cit., 128-133.

90. Ibid.

91. Ibid.

92. Terrena estima que la Iglesia no puede errar cuando define verdades de fe «no evidentes por la Escritura» y recuerda que el contenido de la Escritura ha sido determinado por la misma Iglesia. Según Br. Tierney (Origins, op. cit., 251), no mantiene las «dos fuentes» a la manera de Olivi, sino que afirma que todas las enseñanzas de la fe vienen expresamente de la Escritura o «de manera remota». Esa es también la interpretación de P. De Vooght. Sin embargo, B. M. Xiberta y G. Tavard lo consideran partidario de las dos fuentes.

C

APÍTULO

6.

De la crisis conciliarista

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