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3.4. Why using Mobile Agents?

En un tratado análogo al de Buenaventura, Olivi abordaba las Quaestiones de

perfectione evangelica y el De evangelica paupertate. Fue en este marco en el que

escribió una quaestio que trataba sobre la obediencia al papa, pero yendo mucho más lejos que Buenaventura: «¿Debe ser obedecido el romano pontífice por todos los católicos como una regla incapaz de errar [tamquam regula inerrabili] en la fe y en la moral?» Ese es el tenor exacto de su cuestión, que se plantea, por consiguiente, en términos de inerrabilitas13 y no de infalibilidad. Los términos infallibilis e infallibilitas aparecen en él, pero están reservados a Dios o al contenido objetivo de la regla de fe. Olivi permanece, pues, fiel al vocabulario de Tomás de Aquino y de Buenaventura en esta materia. El término clave en su cuestión será siempre el de inerrabilitas, referido tanto a la Iglesia como al papa.

Trata el tema en la forma escolástica de la cuestión14, enumerando, en primer lugar, los argumentos opuestos, a los que responde así:

[1] Cuanto más superior y primordial sea toda causa y toda regla con respecto a las otras, y menos dependa de ellas, tanto más indefectible [indefectibilior] será; ahora bien, el poder del papa romano es de este tipo respecto de todos los poderes de la Iglesia. Por consiguiente, tiene poder incluso sobre los concilios generales, puesto que sin su autoridad no disponen de ninguna fuerza [...]

[2] Del mismo modo, es imposible que Dios me obligue a seguir de manera fija e inmóvil una regla capaz de errar. Todos nosotros estamos obligados, por tanto, a creer y seguir con certeza [certitudinaliter] lo que el papa romano transmite para ser creído y seguido, y a reprobar lo que él mismo juzga que se debe reprobar. [...]

[3] Del mismo modo, es imposible que Dios conceda a alguien la plena autoridad de definir sobre las dudas en materia de fe y de ley divina, dado que le permitiría caer en el error. Ahora bien, si es evidente en cualquier hipótesis que no le está permitido caer en modo alguno en el error [errare], debe ser seguido como una regla inerrante [inerrabilis]; pero Dios ha dado esta autoridad al pontífice romano15.

[4] Cristo fundó por sí mismo la Iglesia romana por encima de todas las demás [...]. El papa no puede ser juzgado ni corregido por otro16.

El problema se refiere esencialmente a la obediencia debida al papa. Observemos el empleo del término indefectibilior, que parece claramente ser el equivalente de la

inerrancia. Olivi va mucho más lejos que los canonistas de su tiempo en estas diversas

afirmaciones: el papa goza de un poder soberano indefectible, y su autoridad es superior a cualquier otra, incluso a la de los concilios generales, en virtud de la superioridad de la Iglesia romana. Su autoridad fue instituida inmediatamente por Cristo. El papa no puede ser juzgado por nadie: esta afirmación, que se remonta a los axiomas de Gregorio VII, es aplicada al ámbito doctrinal. El paso de la Iglesia romana al papa está justificado en el tercer argumento. Es imposible que Dios obligue a los hombres a seguir una regla sujeta a error. No es posible concebir una Iglesia inerrante sin una cabeza inerrante17. Puesto que el papa no puede ser juzgado por nadie, eso significa que no puede incurrir en el error.

Ahora bien, la Iglesia romana no ha errado nunca. Dios no puede admitir la discontinuidad en su Iglesia. Los hombres no pueden servir a Dios si no es apoyándose en una fe firme. Esta fe debe estar basada sobre una autoridad en la Iglesia capaz de guiar a todos los miembros. El papado es esta autoridad. El primado de jurisdicción confería a Pedro el atributo de la inerrancia.

Después de estas respuestas, Olivi justifica su propia postura con respecto a cuatro puntos en causa:

1. Sobre el primer punto: «hay que decir que todos los católicos deban obedecer al papa en cuestiones de fe y de moral [...] y que ha sido necesario que toda la Iglesia de Cristo tenga una sola cabeza, por cuatro razones»:

–– «a causa de la necesidad de un gobierno universal»;

–– «a causa del vínculo y la estabilidad de la unidad de la Iglesia»; –– «a causa de una mejor comunicación del poder divino»;

–– «a causa de una conformidad mayor y más expresiva con el ejemplo divino»18.

Olivi se detiene ampliamente en la multiplicidad de las pruebas racionales y de los testimonios tradicionales en favor de esta inerrancia, que él considera más fácilmente garantizada por uno solo que por la totalidad de los obispos y patriarcas, entre los cuales siempre hay algún que otro hereje. No se muestra favorable a la colegialidad ni insiste en el carácter irreformable de las decisiones tomadas.

2. Sobre el segundo punto, «era útil que no hubiera más que una sola sede principal, que sería por antonomasia la sede del sumo pontífice. De este modo, el recurso al sumo pontífice sería más conocido, más cierto, más común y más solemne». Es la autoridad necesaria para la sede romana.

3. Sobre el tercer punto, «hay que prestar atención, en primer lugar, a la inerrancia general de la Iglesia; en segundo lugar, y especialmente, a la inerrancia de la misma sede romana y a la de quien preside ambas, es decir, al soberano papa». La Iglesia, tomada en general, nunca ha errado ni errará jamás, según el acto de fe «en la santa Iglesia católica» que forma parte del Credo. Eso es lo que exigen la magnificencia de Dios y la estabilidad de la Iglesia –si toda la Iglesia pudiera errar, no podría haber en ella ninguna autoridad inerrante–; y es lo que exigen también la clemencia, la justicia y la sabiduría de Dios.

En cuanto a la inerrancia especial de la sede romana y del soberano papa, dice, es preciso hacer, ante todo, tres tipos de distinciones: la primera concierne al error; la segunda, a la sede y a quien la preside; la tercera, a la misma inerrancia.

1) Hay varios tipos de error. Un error puede ser propiamente personal o «magisterial»; puede constituir una opinión personal o haber sido propuesto en una enseñanza pública, capaz de afectar a la fe de otros. Algunos errores son incompatibles con la sinceridad de la fe, mientras que otros afectan a materias de conocimiento humano que apenas tienen relación con las verdades de la religión. Por último, un papa puede mostrarse obstinado (pertinax) en su error o aceptar de buen grado una corrección. Olivi tiene en cuenta, por tanto, todas las hipótesis posibles, como si las considerara corrientes.

2) La segunda distinción concierne a la sede y al que la preside. Porque puede que la sede no tenga de sede más que el nombre y que únicamente lo sea aparentemente; y lo mismo puede decirse del papa. La hipótesis parece casi normal.

3) La tercera distinción es la inerrancia misma o la imposibilidad de equivocarse. La sede romana que existe como verdadera sede no puede equivocarse, como tampoco puede equivocarse un papa que sea verdaderamente papa y cabeza de la Iglesia. El papa es la regula inerrabilis de la fe. Estas imposibilidades son secundum quid, es decir, relativas a su razón de ser. Ni el papa ni la sede romana pueden equivocarse en la fe de una manera obstinada, al menos en lo que respecta a un error común o magistral. Puesto que la Iglesia general no puede equivocarse, tampoco puede estar unida ni apoyarse, por consiguiente, en una cabeza errónea o falsa. Un papa que se equivocara así, es decir, que cometiera un error común, no podría ser ni un verdadero papa ni la verdadera cabeza de la Iglesia. Ningún hereje público ni nadie, en cuanto hereje, tiene el poder de bendecir o maldecir en la Iglesia, porque cualquier fiel es más grande que él.

4) La exposición del cuarto punto falta en el texto, que nos ha llegado inacabado. Tal es, pues, la tesis fundamental de Olivi. Observemos que el teólogo franciscano se queda en el fondo de las cosas y, de manera repetitiva, en el vocabulario tradicional: la Iglesia o el papa «no pueden incurrir en error». Lo que realmente pretende Olivi no es pasar de la indefectibilidad de la Iglesia a la infalibilidad, sino hacer pasar la indefectibilidad de la Iglesia a la persona del papa, aunque con unas consecuencias particularmente inquietantes. La afirmación de que quien desobedece incurre en herejía debe ser entendida en el sentido amplio que este término tenía en aquella época.

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