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Chapter 3   Theoretical Perspectives 25

3.3   Theoretical perspective III: Project Dynamics 52

Barranquilla es una ciudad que está ubicada en la confluencia del mar Caribe con la desembocadura del río Magdalena. Según Ospino (2003) la información relacionada con cómo se formó la ciudad de

Barranquilla es escasa y tiene diferentes versiones. Una de ellas apunta a que se convirtió en ciudad en la segunda mitad del siglo XIX, tras destacarse, desde los inicios de la república, por ser el primer centro comercial e industrial de la Región Caribe colombiana (Ospino, 2003). Esto, según Ospino (2003), demuestra que “el desarrollo urbano de Barranquilla no responde al patrón tradicional de poblamiento desarrollado durante épocas como la conquista y la colonia” (p. 4); sino que Barranquilla fue poblada, en su mayoría, por “personas autodenominadas libres” (p. 4); es decir, quienes realizaban intercambios comerciales en ese lugar y al que accedían por las rutas que tenían establecidas los nativos de la región antes del arribo de los conquistadores (Ospino, 2003). A este respecto, Luis Palencia Caratt publicó en el diario El Heraldo en abril de 2001:

Barranquilla no tiene fecha alguna de fundación, ni fue fundada por ningún conquistador o encomendero de resonantes títulos a la usanza española. No debe darle vergüenza a esta ciudad el hecho de carecer de „partida bautismal‟, porque no puede negar ella que surgió como por

generación espontánea.

Entre 1916 y 1922 ocurrieron dos hechos urbanos que modificaron la forma cómo Barranquilla se venía construyendo. En 1916 se presentó la primera invasión en la ciudad. Seis manzanas del barrio

Montecristo fueron invadidas por los damnificados de las fuertes inundaciones que el río Magdalena ocasionó en los pueblos ribereños (Solano citado por Ospino, 2003). Para la época ya empezaba a

generarse una brecha social; por un lado, se construían bellas urbanizaciones destinadas a las personas que habían amasado sus fortunas gracias a la actividad comercial que imperaba en la ciudad; por el otro, hordas de inmigrantes nacionales arribaban a la ciudad –en palabras de Ospino (2003) “más pujante del país” – en busca de mejores oportunidades de vida.

El porcentaje total de las hectáreas urbanizadas para este periodo era del 62.37 %. El 21.40 %

correspondía a lo que Ospino (2003) denomina loteo, que no es otra cosa diferente a “la parcelación de los terrenos y delimitación de algunos espacios comunales, pero sin ninguna clase de servicios” (p. 21). El 16.23 % restante (262.64 hectáreas) estaba ocupado por invasiones que eran dirigidas y organizadas con base en las ideas políticas que reivindicaban a la clase proletaria.

Tras superar la Gran Depresión (1929), Barranquilla experimentó un crecimiento económico

importante, que de acuerdo con Ospino (2003), inició con “la construcción del nuevo puerto en el interior del río” (p. 23); esto provocó un significativo crecimiento urbano (260.32 %) que, junto con el que se dio en 1777, han sido, hasta ahora, los más grandes de todos los tiempos en la ciudad.

En 1957 la ciudad abarcaba el 43.84 % del área que ocupa hoy por hoy. En ese año se expidió el Plan Regulador, que aunque con su puesta en marcha impulsó la planeación de corte moderno en el país, no incluyó la expansión de la ciudad y se basó sobre un escenario que resultó totalmente contrario a las necesidades de Barranquilla. De acuerdo con lo que indica Ospino (2003) “el Plan Regulador intentó en principio articular la ciudad a través de varios proyectos, especialmente viales, pero el bajo nivel de gestión que ha caracterizado al municipio para concretar sus planes no permitió que tales objetivos se lograran” (p. 29). A partir de esta década, el límite imaginario de la ciudad propuesto por el plan fue rebasado por una incontrolable expansión realizada mediante invasiones impulsadas por recién llegados de las zonas rurales de la Región Caribe y del resto del país.

Aspectos como el anterior indican que el crecimiento de Barranquilla no se debió a un ordenamiento territorial planeado ni racional; sino que –según lo que indica Panza Mejía (2010) – su crecimiento es “la consecuencia de sucesivas uniones de diferentes tipos de tramas o tejidos urbanos y usos del suelo surgidos dinámicamente del rol que le corresponde asumir como sitio de encrucijada” (p. 14).

De acuerdo con Panza Mejía (2010), que Barranquilla hubiera aventajado a otras ciudades colombianas en términos comerciales –al convertirse en el primer centro comercial e industrial de la Región Caribe colombiana (Ospino, 2003) – afectó el tejido urbano de la ciudad que tuvo “un crecimiento de tipo radial hacia el sur, el occidente y el noreste, carente de un direccionamiento inducido desde la perspectiva institucional” (p. 14). Según lo que indica Panza Mejía (2010) tal trama urbana fue definida por “el trazado del ferrocarril proveniente de Sabanilla y luego de Puerto Colombia, y la disposición urbana delineada según el curso natural de los caños adyacentes al río Magdalena” (p. 15).

El panorama que deja entrever cómo se formó Barranquilla, dista enormemente de la manera cómo se han constituido las diferentes ciudades colombianas. Según Panza Mejía (2010), Colombia es “un país con tradición en materia de planeación” (p.13). Muchas de sus leyes y normas regulan los procesos propios que traen consigo fenómenos como el de la industrialización, la globalización y los tratados de libre comercio; pese a ello, Barranquilla habiendo “contado con ese importante conjunto de normas para obtener un desarrollo físico más armónico” no ha obtenido los resultados esperados. De acuerdo con Panza Mejía (2010) esto se evidencia en:

La multiplicidad de cinturones de miseria surgidos en su periferia urbana, así con en la debilidad y precariedad estructural de sus instituciones de planificación y la ausencia de un efectivo liderazgo de parte de su clase dirigente para derivar de estas el mayor de los provechos. (p. 13)

Lo anterior, a partir de lo que afirma Panza Mejía (2010), indica que Barranquilla no ha tenido

procesos de planeación que permitan ordenar de forma adecuada el espacio físico. E igualmente menciona tres factores que han influido en las falencias que la ciudad ha tenido en términos de planeación. El primero de ellos tiene que ver con que desde el principio los procesos de planeación fueron débiles, por no decir, inexistentes. El segundo, “la poca efectividad en la aplicación de los planes elaborados desde los 50 a través de los distintos gobiernos municipales, quienes no los asumieron como compromiso y disciplina social, y administrativa” (Panza Mejía, 2010, p. 15). A la vez a esto se le adiciona que “las características de la dinámica política tanto local como departamental y nacional son condicionantes del quehacer de la planeación”; a este respecto, Panza Mejía (2010) aclara que la planeación nunca ha sido concebida ni percibida por la política como un instrumento técnico “[…] al servicio de una causa común: la ciudad. Por el contrario la desecha como instrumento y la aborda como mero canal de „reparto burocrático‟” (p. 16). La prueba de esto es “el alto grado de rotación de los responsables de su aplicación a través de las diferentes administraciones” (Panza Mejía, 2010, p. 16).

El tercer factor, según Panza Mejía (2010), es el concerniente al problema de enfoque de la planeación, que en Barranquilla por muchos años no se vio como aquella que permite, mediante su apropiada

utilización, obtener resultados conscientes desde las perspectivas técnica, política, social e incluso cultural, tanto de la institucionalidad como de los actores que intervienen en y a través de ella, en aras de obtener beneficios colectivos.

De otra parte, el desarrollo urbano de la ciudad se debe a aspectos económicos de diversa índole que han dejado atrás a la Barranquilla boyante de otrora, y la han convertido en una urbe en donde las brechas sociales son cada vez más profundas.

Entre 1963 y 1983 la industria barranquillera vivió un proceso de desaceleración. Esto se debió a las medidas proteccionistas que se tomaron tras el establecimiento de un modelo económico de sustitución de importaciones desarrollado por la Cepal; lo que ocasionó que la ciudad perdiera la competitividad que, gracias a su privilegiada localización geográfica, tenía frente a otras ciudades del país. Una muestra de esto es que Buenaventura –por su cercanía con Cali y el Eje Cafetero– se consolidó como el principal puerto del país (Ospino, 2003).

A lo anterior se le suman razones de otro tipo. Barranquilla desde su creación ha acogido a personas que por circunstancias del orden social, político o económico, terminan asentándose en suelo

barranquillero; si bien es cierto esta fue una de las razones por las que la ciudad se consolidó, casi desde su creación, como un centro urbano empresarial que con el tiempo pasó a convertirse en un problema que debilitaría su economía, el desplazamiento masivo se volvió un inconveniente, cuando quienes migraban no encontraban oportunidades laborales formales, pues el sector industrial, cada vez más deteriorado, no podía ofrecerlas. Por tanto, las únicas alternativas laborales se derivaban de la economía informal y estaban relacionadas únicamente con la actividad comercial. Esto ocasionó que surgiera una intensa presencia de vendedores ambulantes que, de acuerdo con Ospino (2003), hizo que el espacio público del centro de la ciudad se fuera deteriorando. Todo esto condujo a que el desarrollo económico de

Barranquilla se fuera quedando atrás con respecto al de otras ciudades colombianas.

Es claro que quienes llegaron a buscar oportunidades laborales sin obtener los resultados que

esperaban, trazaron nuevas formas para conseguir ingresos, como la venta ambulante; lo propio sucedió con la vivienda. Ante la ausencia de un lugar para vivir, surgieron las invasiones y otro tipo de

mecanismos que solucionaron, así fuera de forma insegura, el problema de falta de vivienda de los nuevos pobladores.

Según Ospino (2003), “las invasiones o viviendas subnormales alcanzaron más del 60 % del área de expansión” (p. 34). Los gobiernos de turno pusieron en marcha planes y programas que facilitarían la consecución de casa propia. P. ej., en la década de los años setenta el gobierno creó una política

denominada Ciudades dentro de la ciudad que impulsó la construcción de urbanizaciones. En los ochenta, el expresidente Belisario Betancur creó políticas como Vivienda sin cuota inicial o Sí se puede; no

obstante, los barrios que surgieron como producto de estas iniciativas se caracterizaron, según Ospino (2003), por tener una trama urbana poco articulada con el resto de la ciudad; por ser sectores pobres y deprimidos con pocas zonas verdes, escaso equipamiento comunal y muy poco espacio público. Condiciones que invitan a la aparición y proliferación de pandillas que hacen de la violencia urbana un negocio que les permite sostenerse económicamente, así sea de forma precaria e indebida.

Barranquilla es una ciudad de dos caras. Que haya crecido sin ningún tipo de planificación (invasiones, loteo y crecimiento predio a predio) en más de la mitad de su área total (52, 72 %), la convierten en una ciudad desigual, en donde si bien es cierto, tiene algunos sectores relativamente modernos que gozan de ciertas comodidades, son privilegios a los que muy pocos tienen acceso. Según Ospino (2003) “es una ciudad altamente segregada” (p. 38), lo que da cuenta de que a pesar del potencial de desarrollo que la ciudad tiene para ofrecer a quienes allí viven, la inequidad y desigualdad, no han permitido que evolucione.

Desde el punto de vista político, de acuerdo con Villalón (s.f.), la ciudad de Barranquilla fue dirigida hasta principios de la década de los ochenta, desde “la Gobernación Departamental y la Alcaldía, por grupos y personas que pertenecían a las familias tradicionales” (p. 121). Al parecer, el único escenario en donde los políticos emergentes podían darse a conocer era la Asamblea Departamental y el Concejo Municipal. Tras varios años de lucha de poderes en 1988 se produjo la primera elección popular para escoger el alcalde de Barranquilla (Villalón s.f.).

En junio de 1987, Eduardo Posada Carbó historiador y director del Diario del Caribe empezó a publicar La ruta de una ciudad, una serie de editoriales titulados en los que reflexionaba sobre el pasado, presente y futuro de la ciudad de Barranquilla (Villalón s.f.). En esta publicación ya se atisbaban denuncias de la mala prestación de los servicios públicos o de los focos de corrupción. De acuerdo con lo que indica Villalón (s.f.) “en el ambiente se hablaba de que la clase dirigente de Barranquilla era la „culpable de todos los males ciudadanos sin que nadie aclarara a qué personas, grupos o partidos políticos se refería‟” (p. 126).

No obstante, Según Villalón (s.f.), Posada planteó, mediante su publicación, que la crisis de la ciudad era el resultado de la injerencia de los “caciques y clientelismos, zambras en el Concejo, etcétera y que del mismo modo los empresarios tampoco fueron más responsables en épocas anteriores” (p. 127). De acuerdo con lo que expone Villalón (s.f.), Posada adicionó a esta sugerencia que la explicación a la crisis radicaba en lo social con su respectiva reacción en la política, argumentando que “han entrado a jugar en la política unos factores antes inexistentes, o que aparecían de manera más sutil, como el poder corruptor del dinero […] muchos barranquilleros no se sienten representados en una clase política que se comporta como usurpadora del Estado, ajena a los intereses de la comunidad” (p. 127).

De acuerdo con lo que indica Villalón (s.f.) las crisis políticas que surgieron en la Barranquilla de los años ochenta no fueron resueltas en esa década, las disputas por el poder y los conflictos de intereses se trasladaron a los años siguientes sin hallar solución alguna; todo lo contrario, cada vez se agudizaban más con las diferentes confrontaciones políticas del momento.

El panorama político de la ciudad cambió con la llegada al poder de Bernardo Hoyos, un cura salesiano que militó como líder del incipiente Movimiento Ciudadano. Hoyos estuvo dominando la política de la ciudad durante una década. En ese lapso, “El cura Hoyos” –como es conocido en la ciudad y el país– se preocupó por darles prioridad a los barranquilleros más pobres, solucionándoles sus

necesidades más urgentes: el agua y el alcantarillado (Villalón, s.f.). Sin embargo, dejó de lado otros asuntos importantes “como la vocación de la ciudad, su evolución económica, el fomento de una economía urbana que permita un mínimo empleo a la mayoría de sus habitantes, el tema del puerto, el medioambiente, el ordenamiento y la planeación urbana” (Villalón, s.f.).

En Barranquilla las comunidades más vulnerables durante un tiempo muy prolongado han requerido con urgencia que las políticas del Estado se encaucen a mejorar las condiciones de vida de sus habitantes, a través del ordenamiento territorial, “una herramienta capaz de potenciar y orientar los procesos normales que se desarrollan espontáneamente por la misma dinámica del paisaje, con sus unidades biofísicas y socioculturales en el marco de un ideal esperado” (Bernal citado por De Arco y Vergara, 2012, p. 173). Esta condición no ha podido darse porque existen desatinos en la planificación urbana de la ciudad y, además, porque los encargados de tal ordenación, “ejercen cierto poder sobre diversos espacios de la geografía nacional, e inclusive, en muchos casos, llegan a ejecutar un ordenamiento territorial basado en sus intereses y en contravía al ordenamiento propuesto por el Estado” (Bernal citado por De Arco y Vergara, 2012, p. 173).

El proceso de ordenamiento territorial es entendido por la Constitución Política Colombiana de 1991 “como una política de Estado y una herramienta de planificación” (De Arco y Vergara 2012). Ordenar el territorio no es una tarea fácil y menos, según De Arco y Vergara (2012), en un país como Colombia, “si se tiene en cuenta que en la conceptualización en torno al territorio se han plasmado un conjunto de vínculos de dominio, de poder, de pertenencia o de apropiación entre una parte o la totalidad del espacio geográfico y un sujeto específico, bien sea individual o colectivo” (Montañés citado por De Arco y Vergara 2012).

En lo que se refiere estrictamente al caso de Barranquilla, las consecuencias de las inundaciones que afronta la comunidad cuando los arroyos se salen de su lecho, es una de las situaciones que más afecta a sus habitantes, no solo por los daños físicos y las pérdidas materiales o humanas que estas ocasionan, también, porque “el contorno de vida de las personas es importante para su desarrollo y para establecer lazos de pertenencia y valoración patrimonial” (De Arco y Vergara, 2012, p. 173).

De Arco y Vergara (2012) aseguran que “la ciudad continúa en mora de vías internas y de evacuación que permitan la movilización fluida de la población, así como de sistemas de alerta contra inundaciones y, de acciones y estudios que permitan establecer estrategias de prevención” (p. 191). También afirman que la inexistencia del ordenamiento territorial o sus equívocos conducen a que los habitantes de las zonas de riesgo no tengan suficientes alternativas u oportunidades para recrearse, dado que escasean los escenarios socioculturales, lo que provoca que se improvisen espacios de este tipo sin condiciones necesarias de seguridad que evidentemente afectan su desarrollo individual y comunitario y, por tanto, su calidad de vida (De Arco y Vergara, 2012).

En cuanto a la formulación de los planes de ordenamiento territorial, De Arco y Vergara (2012) recomiendan que deben darse:

Desde la determinación de criterios claros a nivel de ordenamiento jurídico que garanticen una planeación más participativa, menos informativa y que sea capaz de involucrar las capacidades organizativas a nivel comunitario y estimular la participación política en la construcción de contextos y, por ende, de patrimonio. (p. 191)

En lo referente a la caracterización del ordenamiento territorial de un barrio o zona en la ciudad de Barranquilla, De Arco y Vergara (2012) aseguran que:

No bastan las observaciones o estudios meramente geotécnicos […] existen asentamientos en áreas de riesgo y sin ningún tipo de adecuación ambiental. Entonces, no es menos importante escuchar a los afectados, quienes deben gran parte de sus problemas al proceso de urbanización no planeado que han experimentado, el cual ha causado, desde luego, un uso del suelo mediado por la informalidad y por dinámicas de construcción que no proyectaron el crecimiento actual del barrio ni lo visionaron como parte de un patrimonio con injerencia futura en la calidad de vida y

desarrollo social de sus pobladores. (p. 192)

En ese orden de ideas, el ordenamiento territorial no debe ser una fracción de las políticas de desarrollo del gobierno de turno, sino que debe ocupar un lugar privilegiado que se enfoque en lo humano, con visión de futuro, armonizado con la comunidad y las entidades regionales; de tal manera que sea democrático y flexible, en donde las políticas económicas respondan a un ambiente sostenible con una mirada regional y local para el bienestar social y estén armonizadas con las herramientas de gestión territorial (planes de desarrollo y programas del gobierno) (Arango citado por Gutiérrez y Sánchez, 2009).

Frente a los factores ambientales, el estudio de INGEOMINAS (2011) expone a partir del estudio multitemporal de los años 1972, 1977, 1995, 2000 y 2008, lo siguiente:

Las áreas de las construcciones urbanas han crecido a partir del año 1995, periodo en el que había un área de 1104,17 ha (36 % del área de estudio); en el 2000 era de 1123 ha (36 %); y en 2010, 1566 ha (51 %); es decir, tuvo un incremento de 15 %, aproximadamente, entre 1995 y 2010. (p. 383)

El estudio multitemporal indica que “la vegetación de arbustales disminuyó por cambios de uso del territorio. Los cambios más significativos son arbustales a urbano y arbustales a canteras. En 1995, el bosque estaba en 458 ha; en el 2000, en 364 ha; y en 2010, en 276 ha” (p. 382). Igualmente, el estudio menciona que el cambio de uso más significativo fue de 49,63 ha de vegetación a construcciones urbanas (22,61 % del área que había en vegetación). El cambio de uso significó la modificación del relieve y afectación a drenajes o cauces del área. Entre otras conclusiones, el estudio menciona que este elemento urbano junto con la población y el medio natural donde interacciona, es afectado, sobre todo, en la zona sur por inundaciones, deslizamientos, disposición de basuras, aguas negras, lo que hace urgente tomar decisiones de ordenamiento del territorio y ejecución de medidas de atención a la población,

Como se puede entrever con el anterior contexto, los problemas que durante años han aquejado a la ciudad de Barranquilla en todos los sentidos, no han sido solucionados de raíz ni de forma adecuada, entre otras razones, porque han primado los intereses personales sobre los colectivos; sin mencionar que quienes