4.3 Kriging-based Surrogate for Parameter Calibration
4.3.3 Time-Series Surrogate
El cuerpo ingresa al psicoanálisis en el momento mismo de su constitución como disciplina, con el movimiento que lo desgaja de la clínica médica. Y lo hace bajo la forma del síntoma conversivo de la histeria que alumbra ese otro cuerpo escondido como pasajero furtivo, bajo las leyes anatómicas y fisiológicas del organismo biológico. The story’s been told many times before, pero es necesario subrayar aquí sus principales hitos, cada uno de los cuales marca el franqueamiento de un umbral efectuado por Freud con la audacia y el rigor que lo caracterizaron como investigador. El primer paso decisivo –ocurrido en tiempos considerados “pre-psicoanalíticos”– fue un cambio en el estatuto de la representación ligada al síntoma histérico. Para fundamentar esta afirmación, hace falta remontarse fugazmente a la clínica de la histeria capturada en el dispositivo
fotográfico de J.M. Charcot51. En ese contexto, deponiendo la mirada escrutadora, Freud inventó una praxis fundada en la palabra y la escucha52, a partir de un cambio en la concepción del cuerpo. El “museo patológico vivo”53 de Charcot, intentaba atrapar la pureza del cuadro psicopatológico en la regularidad o forma “típica” –nunca hallada e inhallable, por lo demás– de los gestos, los espasmos y “actitudes pasionales” de la histeria mediante el recurso fotográfico, es decir, mediante la captura pretendidamente objetiva en una imagen. En cambio, girando totalmente la perspectiva, la primera hipótesis freudiana se refiere a la representación en tanto noción cotidiana de ciertas partes del cuerpo, que organizaría el síntoma histérico. En un análisis comparativo riguroso54, Freud superpone las dos imágenes, la de las parálisis orgánicas y la de las parálisis histéricas, y “busca las diferencias”, dice Assoun (Cf. Assoun, 1997). De este modo, el fundador del psicoanálisis advierte – descubrimiento todavía impactante más de un siglo después – que el miembro paralizado de la histeria hace caso omiso de la anatomía, en sus palabras: “(...) la histeria se comporta en sus parálisis y otras manifestaciones como si la anatomía no existiera, o como si no tuviera noticia alguna de ella”55 (Freud, OC vol. I: 206). La representación ordinaria, lo que
51 El libro de Georges Didi-Huberman, La invención de la histeria. Charcot y la iconografía
fotográfica de la Salpêtrière (Madrid, Ediciones Cátedra, 2007) ofrece un análisis de dicho
dispositivo. El autor considera la praxis de Charcot como un momento sintomático de la historia del arte, y, más específicamente, de la fotografía.
52 Cabe destacar que este pasaje supone, por lo demás, un cambio del régimen pulsional, que sustenta la praxis, de la pulsión escópica a la invocante (las dos pulsiones que Lacan agrega al catálogo freudiano, en base a determinadas nociones y desarrollos presentes en la obra de Freud)
53 Charcot, como describe Didi-Huberman, “inventa” la histeria acorde con el problema
figurativo que obsesiona a toda clínica médica: el del vínculo fantasmático de la vista con
el saber y de la vista con el sufrimiento, dando por sentada una mirada “pura” capaz de extraer regularidades en el espectáculo que le ofrece la “vida patológica”. La fotografía, entonces, era la posibilidad figurativa de convertir el caso en cuadro, extrayendo de ella la
forma de las formas (el “tipo”). En esa búsqueda Charcot transgrede incluso el límite entre
clínica y experimentación, ya que no hay espectáculo sin puesta en escena, y en esto consisten las “presentaciones de enfermo”.
54 El texto se titula “Algunas consideraciones con miras a un estudio comparativo de las parálisis motrices orgánicas e histéricas” (1893), en Freud, S: Obras Completas (Buenos Aires, Amorrortu, 1992).
55 Aquí, muy tempranamente, encontramos sustento a la tesis lacaniana de la histeria como posición subjetiva que increpa y desafía al amo que ella misma contribuye a erigir. Más tarde en el seminario titulado El reverso del psicoanálisis, Lacan le concede estatuto de discurso, uno de los cuatro que formaliza (junto al del amo, el universitario y el analítico). La histeria hace discurso, y, por lo tanto, articula una modalidad de vínculo social, cuando,
coloquialmente se dice y entiende por “brazo” es lo que se paraliza, haciendo caso omiso del saber médico anatómico56. La hipótesis etiológica subsecuente es la de una sustracción de dicha representación del decurso asociativo, quedando en consecuencia el miembro representado fuera de juego o “no disponible”. Destaquemos que, après coup y según la perspectiva introducida por Lacan, se puede afirmar que desde el inicio se trataba de un hecho de lenguaje y su relación con el cuerpo.
El siguiente paso fundamental fue advertir que el síntoma histérico, sustentado en una anatomía otra, imaginaria y singular, tenía un nexo invariable con la vida sexual, y por ende con la satisfacción. La etiología sexual del síntoma fue y es motivo de grandes resistencias hacia el psicoanálisis, pero Freud no vaciló en sostener esa línea de investigación dando lugar a una creciente sofisticación de su teoría etiológica. Yendo más allá, y pasando por el estudio de las perversiones y la sexualidad infantil57, esta hipótesis le llevó a formular la subversiva concepción de la sexualidad fundada en el concepto de pulsión parcial, dando lugar asimismo a una noción de cuerpo específica. En “Tres ensayos de teoría sexual”(1905) Freud descubre que la sexualidad humana es “(…) una desviación paradójica de una norma que no existe” (Zupančič, 2013: 28)58 y describe los otros aspectos fundamentales que informan el concepto de pulsión como tal: la pulsión es ante todo sexual, múltiple y parcial, y su energía, que denomina “libido”, puede investir cualquier clase de objeto, ya que éste no está determinado de antemano, es decir que no sigue una pauta instintiva. Freud describe las pulsiones sexuales del siguiente modo:
Son numerosas, brotan de múltiples fuentes orgánicas, al comienzo actúan con independencia unas de otras y sólo después se reúnen en una síntesis más o menos situada en el lugar del agente ($), se dirige al amo (S1) forzándole a producir un saber (S2) que ella sistemáticamente pone en jaque, manteniendo bajo la barra de la represión, en el lugar de la verdad, el secreto de su goce (a).
56 Como señala Jacques-Alain Miller, el cuerpo histérico es un cuerpo enfermo de la verdad, que cesa de obedecer al saber. Cf. “Biologie lacanienne et événemment de corps”
Revue de Psychanalyse nº 44.
57 Cf. “Tres ensayos de teoría sexual” (1905), en Freud, S. op.cit. vol. VII.
58 Encuentro sumamente esclarecedora esta fórmula condensada, ofrecida por A Zupančič, a propósito de “Tres ensayos de teoría sexual”. Además del texto citado, la idea es desarrollada en Why Psychoanalysis? Three Interventions. Uppsala: NSU Press, 2008. Intervention 1: “Sexuality and Ontology”.
acabada. La meta a que aspira cada una de ellas es el logro del placer de órgano; sólo tras haber alcanzado una síntesis cumplida entran al servicio de la función de reproducción, en cuyo carácter se las conoce comúnmente como pulsiones sexuales. En su primera aparición se apuntalan en las pulsiones de conservación, de las que sólo poco a poco se desasen (…) (Freud, OC, vol. XIV: 121).
La extensión de la cita se justifica por la claridad expositiva de Freud, que en pocos trazos condensa la concepción de la sexualidad que la pulsión introduce. Si bien al inicio toman apoyo o se “apuntalan” en las funciones biológicas de supervivencia (alimentación, excreción), las pulsiones sexuales implican un “desvío” estructural que da cuenta de las extravagancias de la sexualidad humana, y que debe diferenciarse tajantemente de la fijeza de la pauta instintiva. De allí que, al abordar este concepto, Lacan insista en subrayar que Freud usa la palabra alemana “Trieb” – que en su opinión podría traducirse como “deriva”59 – y no “Instinkt”. La tesis subyacente a esa distinción es que el régimen instintivo se pierde con la entrada en el lenguaje, como si algo se saliera del curso trazado, con el efecto de descoloque o desajuste de la sexualidad humana.
El tercer paso requería edificar una teoría que pudiera dar cuenta del estatuto inconsciente del cuerpo –figurado plásticamente por la histeria– así como de otros fenómenos psicopatológicos que aquejan a los neuróticos60. Freud tomó un sendero inusual, prestando atención a fenómenos que nadie más tomaba en serio y siguiendo la pista de los sueños, dio con esa hipótesis que iba a producir una verdadera subversión: el inconsciente. Con el material de la teoría de los sueños, la “psicopatología de la vida cotidiana” y el análisis de los chistes, forjó una compleja teoría de los procesos inconscientes, fundada en la hipótesis basal de un aparato psíquico regulado por un principio homeostático, que persigue el placer y evita el displacer, dividido en los tres lugares de su primera tópica (consciente, preconsciente, inconsciente). Con esta teoría, Freud pudo ir más allá del umbral de
59 Así lo dice en la clase VIII del seminario 7, señalando que con esa traducción se enfatiza su desvío respecto de la meta (hay varios pasajes en que retoma esta idea, por ejemplo en “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, en Escritos, op. cit.).
60 Recordemos que la primera nosografía freudiana distingue entre “neurosis actuales” (la neurastenia y la neurosis de angustia), cuya etiología es una perturbación de la función sexual, y las psiconeurosis, es decir, aquellas en las que interviene un conflicto psíquico (la histeria y la neurosis obsesiva). Más tarde distinguirá entre neurosis de transferencia (histeria, neurosis obsesiva y neurosis de angustia) y neurosis narcisistas, que es como cataloga a las psicosis.
la medicina y poner de manifiesto que el otro cuerpo descubierto por la histeria es ante todo un cuerpo que habla, e incluso, que el humano habla con su cuerpo y que en ello se juega una satisfacción inconsciente, delimitando así los ejes fundamentales que circunscriben el lugar del cuerpo en la experiencia analítica. Podría decirse que hay una cierta textualidad que atañe al cuerpo desde el punto de vista del psicoanálisis – y allí la imagen el cuerpo-texto– pero hay que destacar se trata de un texto inconsciente y por descifrar, y que Freud no lo llama de este modo, sino que se refiere a representaciones o pensamientos (Gedanken) inconscientes. No obstante, desde la perspectiva aportada por Lacan, puede decirse que hay un texto condensado en el síntoma somático que se lee en el despliegue del discurso del analizante, mediante la asociación libre, regla fundamental del dispositivo analítico. Importa ante todo subrayar que, si el cuerpo habla, no lo hace con una voz oscura y mística. El cuerpo dice un mensaje cifrado, según las leyes del proceso primario que rigen el sistema inconsciente. Afirma Assoun: “[e]s justamente porque algo desfallece en el corazón de la lengua que el cuerpo (Körper/Leib) se cuela” (Assoun, 1997, tomo II: 76)61 en la conversación. Además, tal como lo exhibe la histeria, este cuerpo se revela modelado por la metáfora, y, por lo tanto, está tomado en las imágenes que lo informan, anticipando el registro imaginario descrito por Lacan.
Sin embargo –y esto es fundamental–, la postura freudiana no psicologiza el cuerpo, puesto que el síntoma conserva un asiento físico, sólo que éste no se reduce a lo orgánico-anatómico. Los procesos inconscientes son entonces el “eslabón perdido” entre el alma y el cuerpo. Tal es la metáfora de Freud formulada en una carta dirigida a G. Groddeck, en 1917, citada62 por Assoun, quien al respecto afirma:
Lo que está en juego – más allá de la creencia en el Cuerpo, que culmina en la creencia de Groddeck en el ello-cuerpo, principio material pero misterioso de carácter místico – es el espacio de un entre-dos. (Assoun, 2013: 42)
61 “C’est justement parce que quelque chose défaille au coeur de la langue (Sprache) que le corps (Körper/Leib) s’en mêle!” . La traducción de la cita es mía.
62 Carta de Freud a Groddeck, del 5 de junio de l9l7, in Georg Groddeck, Ça et moi, Gallimard, l977, p. 44
De allí que el fundador del psicoanálisis afirmara que había que volver a pensar el problema de las relaciones entre cuerpo y alma a partir del descubrimiento del inconsciente, puesto que no hay inconsciente del cuerpo como tal pero tampoco inconsciente como un hecho simplemente psíquico. De este modo, Freud pone en jaque al dualismo cartesiano, desestabilizando el modo tradicional de concebir las relaciones entre cuerpo y psique. Y aunque encomienda la tarea de repensar dichas relaciones a los filósofos, no se priva de postular valiosas ideas al respecto. Quizás como resto de su experiencia en la Salpêtrière, Freud recoge la idea de una cierta “plasticidad”63, que él adjudica al inconsciente, y este rasgo no es exclusivo de la histeria sino que es añadido por Freud a las cuatro características del funcionamiento de este sistema64. Nótese que la capacidad plástica no pertenece al cuerpo, sino a los procesos inconscientes que operan sobre él. Sin embargo, esta capacidad plástica no supone una captura total del cuerpo por parte de la representación o de lo medios figurativos – para sostener la metáfora– y tampoco una atribución causal simple o directa que derraparía en psicologismo. Allí se juega otro eje fundamental que posiciona al cuerpo para el psicoanálisis: el cuerpo es un cuerpo concernido por la sexualidad y, como tal, adelantando un término de Lacan, es un cuerpo que goza. Por lo tanto, algo tiene lugar en el cuerpo y ello concierne al goce. El símil65 que Assoun recoge de la obra de Freud es el del grano de arena en
63 Freud incluso se refiere a la histeria como “obra de arte deformada”. En el capítulo 2 de “Tótem y tabú” (1912, op. cit, vol. XIII) sostiene que hay analogías sorprendentes entre las neurosis y las grandes producciones culturales, respecto de las cuales las primeras serían “deformaciones”: la histeria de la obra de arte, el delirio paranoico del sistema filosófico, la neurosis obsesiva de la religión. Nótese que Freud no dice que la obra de arte sea como la histeria, sino que el vector es inverso, la obra de arte propone un modelo para entender la histeria. Aquí tenemos un ejemplo de importación conceptual a “beneficio de inventario”, como decía Lacan.
64 En una nota del texto “Lo Inconsciente” (1915, en Freud, S. op. cit. vol. XIV), Freud se refiere a esta característica, que debe sumarse, en su opinión, a las propiedades del sistema inconsciente, a saber: se rige por el principio de placer, sin miramiento por la realidad; es atemporal, es decir que las representaciones no están ordenadas con arreglo al tiempo; no se rige por el principio de no contradicción ni existe en él la negación; las “agencias representantes” de la pulsión que constituyen lo inconsciente funcionan acorde al “proceso primario”, es decir que se trata de representaciones cuya investidura es altamente móvil, permitiendo condensaciones y desplazamientos, como se ve en el trabajo del sueño. La “influencia plástica” de lo inconsciente sobre los procesos somáticos (capacidad que por lo demás nunca posee el acto consciente) es subrayada por Assoun mostrando su incidencia en el síntoma.
65 Cf. Freud, S. “Conferencias de introducción al psicoanálisis” 24ª conferencia: “El estado neurótico común”, en Freud, S. op.cit, volumen XVI.
la perla: el núcleo del síntoma, grano de arena, es un proceso de excitación somática, es decir, “algo” que sucede en el cuerpo y que el inconsciente rentabiliza para la formación de síntoma recubriéndolo con las capas nacaradas del fantasma (o fantasía inconsciente, para decirlo en términos freudianos). Ese “algo” que se pone a gozar en el cuerpo y que el fantasma aprovecha es el asiento físico al que Freud jamás renuncia. Este punto que no es efecto del trabajo de metaforización y figuración plástica del fantasma sobre el cuerpo, y que, por lo tanto, se le sustrae, es un punto opaco que Lacan recupera cuando define al síntoma, ya muy avanzada su enseñanza, como “acontecimiento de cuerpo”66. El síntoma por tanto, relaciona el cuerpo en tanto goce y el sentido a descifrar.
Si ahora nos detenemos a recapitular, el cuerpo, según la perspectiva inaugurada por Freud, se abre de un lado a lo psíquico, y allí a las representaciones inconscientes, y, del otro, a lo que él llamaba “excitación somática”. Estos son los términos concernidos en lo que él consideraba el concepto basal de su teoría67, a saber, la pulsión, a la que define como:
(…) un concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático, como un representante {Repräsentant} psíquico de los estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan el alma, como una medida de la exigencia de trabajo que es impuesto a lo anímico a consecuencia de su trabazón con lo corporal(Freud, OC, vol. XIV: 117, las cursivas son mías)68.
Según esta definición, el cuerpo puede concebirse como un “ser de frontera” – Assoun dixit– y la pulsión como una categoría “tercera” que recusa el dualismo cartesiano. De un lado, la pulsión alude a una presencia activa de la corporeidad en el seno de la psique, y también, al mismo tiempo, a la realidad psíquica de la corporeidad, lo cual, según propone aquel autor, queda condensado bajo la noción freudiana de “vida psíquica”, que hay que entender como indicador de la intimidad entre cuerpo y psique. Freud lo formula en un aforismo póstumo: “Psique es
66 Cf. Lacan. J: “Joyce el Síntoma”, en Otros escritos. (Buenos Aires, Paidós, 2012).
67 Así lo afirma sin ambages en la breve pero capital reflexión epistemológica con la que inicia su artículo “Pulsiones y destinos de pulsión” (1915), texto clave para abordar este concepto.
68 Una definición muy similar a esta (de “Pulsiones y destinos de pulsión”, 1915, op. cit. vol. XIV) se encuentra ya en “Tres ensayos de teoría sexual” (1905, op. cit vol.VII).
extensa. Nada sabe de eso”69. Al mismo tiempo, no debe perderse de vista que la pulsión también sustenta la noción de cuerpo erógeno y pulsional, es decir concernido por la sexualidad infantil, perversa y polimorfa, que atañe a todo el cuerpo, pero se concentra en determinadas zonas, según describe el inventor del psicoanálisis. Así, con este concepto, Freud descubre que la sexualidad humana no responde a la fijeza instintiva, ni se aviene a los fines de la reproducción sino por un complejo proceso cuyo recorrido y resultado es contingente y nunca del todo acabado, como muestra la sexualidad del neurótico.
Cabe aquí una digresión para señalar que, en la definición freudiana de la pulsión, se encuentra ya implicada la imagen del cuerpo-frontera, que impregna buena parte de la producción teórica contemporánea en torno al cuerpo, especialmente en la aproximación ontológica. Al respecto, no puede pasar inadvertida una afirmación contundente de Lacan, quien en la novena clase del seminario 7, dice: (…) el Trieb no puede limitarse en modo alguno a una noción psicológica –es una noción ontológica absolutamente originaria que responde a una crisis de la consciencia que no nos vemos forzados a delimitar claramente pues la vivimos (Lacan, S7: 157).
Sin embargo, en los análisis de la segunda parte de este trabajo, veremos que es un concepto que los pensadores contemporáneos del cuerpo omiten de modo sistemático. En cambio, el concepto que adquiere especial relevancia en la elaboración teórica en torno al cuerpo es la sublimación, que forma parte de la teoría pulsional freudiana, y que, por lo tanto, representa el modo en que ella se cuela en el debate contemporáneo. Importa, entonces, dejar consignada la importancia del concepto para la discusión que atraviesa esta investigación, así